ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 28 #2
79%

CAPÍTULO 28 #2

—Hay una parte que sí es mía —dijo Clara al final, y eso me descolocó más que todo lo anterior—.

Yo supervisé el expediente. Yo leí los cuatro requerimientos y los firmé.

Vi lo mismo que tú y no dije «esto está demasiado ordenado».

Así que en la reunión del jueves hablo yo primero y no me vas a interrumpir.

—Clara...

—No me vas a interrumpir. —Cerró la libreta—.

Y otra cosa. Cuando te pasa algo así tienes una tendencia muy fea, que es castigarte con horas.

Quince al día, dormir en el sofá, contestar correos a las cuatro.

No me sirve. Necesito a alguien capaz de mirar esto otra vez desde cero, y para mirar desde cero hay que tener la cabeza en su sitio.

—La tengo en su sitio.

Me miró un rato largo.

—Vale —dijo, en un tono que no significaba vale.

* * *

Nicolás apareció a las seis y diez de la tarde sin avisar, que es algo que no hace nunca.

Yo lo vi entrar por el cristal del pasillo, con el abrigo abierto y el móvil en la mano, y lo primero que pensé, con una claridad humillante, fue: que no me vea la cara.

Salí yo. Lo intercepté antes del despacho, en el hueco que hay junto a los archivadores, que mide metro y medio y huele a papel viejo.

—Hola.

—Hola. —Me miró—. Me ha llamado Tomás.

—Ya.

—Me ha llamado para decirme que no me preocupe, que él entiende cómo funcionan estas cosas y que no va a tomárselo a nivel personal. —Una pausa—. Tomás. Diciéndome a mí que no me preocupe. Llevamos seis años sin estar de acuerdo en nada y hoy me ha dado una palmada en el hombro.

—Se la merece.

—Se la merece. —Ladeó la cabeza—. ¿Estás bien?

—Estoy trabajando.

—No te he preguntado eso.

—Es lo que tengo.

Y ahí es donde debería haber dicho lo que había que decir, porque él tenía derecho a saberlo y porque yo se lo iba a contar de todas formas al día siguiente en el informe.

Que Landa me había estudiado. Que tenía mis peritajes subrayados.

Que había creado una carpeta con nuestras iniciales desde antes de que nos conociéramos y que después había guardado dentro el atestado del aparcamiento.

Que aquella noche, en Zurbano, yo no fui la investigadora que llegó pronto: fui la pieza que llegó puntual.

No lo dije.

No lo dije por un motivo muy concreto y muy poco elegante, y me lo reconocí ahí mismo, apoyada en un archivador: no quería que Nicolás Ferrer supiera que a mí me habían manejado.

Podía soportar que lo supiera Clara, que me ha visto vomitar en un juzgado.

Podía soportar que lo supiera Hugo. No podía soportar que lo supiera él, porque él me había visto de otra manera y esa manera me importaba más de lo que yo estaba dispuesta a facturarle a nadie.

—Vera.

—Estoy cansada. Es eso.

Dio un paso. No dos: uno. Levantó la mano y me pasó el dorso de los dedos por la muñeca, por dentro, donde la piel es fina y donde él sabe perfectamente lo que pasa cuando hace eso.

No pasó nada.

Es mentira. Pasó todo. Se me cerró el estómago, se me fue el aire por un sitio raro, y durante un segundo y medio lo único que existió en aquel pasillo fue el peso de su mano a punto de subir por mi brazo y la certeza física, tonta, inmediata, de que si me dejaba ir hacia delante iba a acabar con la frente en su clavícula y ahí no se puede pensar.

Me aparté.

Fue un movimiento pequeño. Diez centímetros. Bajé el brazo, me llevé la mano al bolsillo y se convirtió en un gesto neutro, de esos que no se pueden reprochar.

Él lo notó. Por supuesto que lo notó. Nicolás nota cuando alguien cambia el peso de un pie a otro en una reunión de catorce personas.

Retiró la mano sin prisa.

—Vale —dijo.

—No es...

—No he preguntado.

—No es lo que estás pensando.

—No estoy pensando nada. —Y lo peor es que lo dijo suavemente—. Estoy esperando. Que es distinto y se me da razonablemente bien.

Se metió las manos en los bolsillos del abrigo, exactamente igual que aquella noche en el aparcamiento, y durante un instante fue la misma imagen calcada, el mismo hombre educado bajo una luz mala esperando a que yo decidiera algo.

—Te llamo mañana —dije.

—Vale.

Se fue. Y yo me quedé en el hueco de los archivadores contando hasta veinte, que es mi manera de no hacer ninguna otra cosa.

Llegué a catorce.

—¡Vera! —Hugo, desde la sala, y por el tono supe que no era una pregunta—. Vera, ven.

Tenía tres pestañas abiertas y la cara de alguien que preferiría estar en otro trabajo.

—¿Qué?

—El requerimiento a la operadora. El de los repetidores. Ha entrado la respuesta hace veinte minutos.

—¿Y?

—Habíamos pedido posicionamiento de las líneas corporativas de Nexo en las ventanas de las cuatro entregas confirmadas. Era un descarte. Yo lo pedí para descartar.

—Hugo.

Giró la pantalla.

—Día 14. Nave del polígono de la Cañada, San Fernando de Henares. La entrega de los equipos informáticos, los cuarenta y tres mil euros. Firma de recepción falsificada a las 06:58.

Miré la tabla. Números de línea anonimizados, sectores, horas.

Una fila estaba marcada.

—Línea 612 —dijo Hugo—. Registrada en el sector nordeste de la estación base que cubre ese polígono. Entrada en cobertura a las 06:41, salida a las 07:19. Radio estimado del sector, cuatrocientos metros.

—¿De quién es la 612?

No contestó enseguida. Eso ya me lo dijo todo.

—Hugo. ¿De quién es la línea?

—De Nicolás.