ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Hay una cosa que no se enseña en ningún sitio y que se aprende tarde: los casos no se pierden por falta de datos. Se pierden por exceso de datos cómodos.

A las ocho y diez de la mañana siguiente yo tenía sobre la mesa de la sala pequeña todo lo que habíamos reunido contra Tomás Bermejo en tres semanas, ordenado por fecha, con separadores de colores, y llevaba cuarenta minutos mirándolo sin tocarlo, como se mira una radiografía cuando ya sabes lo que pone y prefieres que lo diga otro.

Hugo llegó con su termo y se sentó enfrente sin quitarse el abrigo.

—¿Has dormido?

—Dos horas.

—Yo tres. Gano.

—No es una competición.

—Todo es una competición si la llevas bien. —Se sirvió el té, olió el vapor y me miró por encima de la taza—. Vale. La sociedad.

—Dime.

—La sociedad familiar de los Bermejo lleva inactiva desde 2009.

Presentó cuentas hasta 2011 y luego nada.

En febrero alguien la reactiva: designa administrador único, cambia el domicilio social, abre cuenta, solicita certificado electrónico y en once días empieza a emitir facturas.

—Giró la pantalla hacia mí—. Todo correcto. Todo en plazo. Todo bien hecho.

—Hasta ahí ya lo sabíamos.

—Hasta ahí sí. Lo que he mirado esta noche es cómo se hizo, no qué se hizo.

Esperé.

—El poder que se presentó es un escaneo de un poder real de 2007, el que el padre de Tomás le dio a él cuando se puso enfermo. Existe. Es auténtico. Está caducado de facto pero sobrevive en el registro. Y el escaneo —bebió— tiene metadatos.

—Tiene metadatos todo.

—Tiene metadatos que nadie deja. Nombre de usuario del equipo que lo digitalizó. Ruta completa de la carpeta. Fecha, hora, modelo de escáner. —Fue leyendo—. Carpeta: «Documentación T. Bermejo / personal». Usuario: «tbermejo».

Me quedé quieta.

—Eso lo encontramos el día doce —dije.

—Eso es exactamente lo que encontramos el día doce, y lo celebramos, si no recuerdo mal. Yo hice un ruidito.

—Hiciste un ruidito.

—Pues llevo toda la noche escuchando ese ruidito y me da vergüenza. —Dejó la taza—. Vera, dime tú cuántas veces en quince años has visto a un defraudador dejar el nombre de su propio usuario en los metadatos de la prueba que lo entierra.

No contesté, porque la respuesta era ninguna.

—Y no es un fallo aislado —siguió—. Es una colección.

El alta de la cuenta se hizo desde una IP que sale a nombre de una línea contratada por la empresa familiar.

El certificado se descargó a un equipo cuyo identificador coincide con un inventario interno de Nexo de hace cuatro años.

La primera factura está guardada en PDF con el campo «autor» relleno.

Relleno, Vera. A mano. —Levantó dos dedos—.

Ocho rastros. Ocho. Y todos apuntan al mismo sitio y ninguno se pisa con otro.

—Un rastro real es sucio.

—Un rastro real es un desastre. Un rastro real tiene contradicciones, huecos, un archivo con la fecha mal y dos cosas que no encajan y te vuelven loco durante semanas. —Se recostó—. Esto no es un rastro. Es un folleto.

Miré los separadores de colores. Rojo para movimientos bancarios, azul para documentación societaria, amarillo para correos.

Amarillo, azul y rojo. Muy bonito.

—Lo montaron para que lo encontráramos —dije.

—Lo montaron para que lo encontraras tú.

—Para que lo encontrara cualquiera.

—No. —Hugo cogió el termo, se sirvió más té que no necesitaba y tardó en hablar más de lo que tarda él normalmente—. Tengo que enseñarte una cosa. Y prefiero que estés sentada, aunque ya lo estás, así que prefiero que estés callada, que te cuesta más.

Me callé. Y él abrió la carpeta.

La cuenta de almacenamiento colgaba del dominio que usaba Suministros Adarve para su correo.

Habíamos entrado en ella hacía nueve días por vía de la orden del juzgado y habíamos vaciado lo evidente: facturas, plantillas, un albarán, dos contratos.

Hugo había seguido raspando por debajo, que es lo suyo, y en una rama que se llamaba «adm» había encontrado una carpeta de tres letras.

No tres. Dos.

SM.

—Salvatierra y Montes —dije.

—Sí.

La abrió.

Dentro había catorce archivos. Los fui viendo uno a uno con las manos sobre la mesa y sin tocar el ratón, porque si tocaba el ratón iba a notarse algo en mis dedos que prefería que no se notara.

El primero era nuestra web, guardada entera, con fecha de agosto del año pasado.

El segundo, la ficha del despacho en el registro de peritos judiciales de la Comunidad. Mi número de colegiación como perito, mis especialidades declaradas, mi histórico de designaciones.

El tercero y el cuarto eran dos informes míos.

Uno era el peritaje de trazabilidad patrimonial que firmé para el procedimiento abreviado 412 del Juzgado de Instrucción número 8 de Madrid, el asunto de la distribuidora de Tarazona, incorporado a los autos y por tanto público para quien sepa pedirlo.

Ciento nueve páginas. El otro era la ponencia que di hace dos años en unas jornadas de cumplimiento normativo en un hotel de Nuevos Ministerios, delante de sesenta personas y un cáterin de pinchos de tortilla.

Se titulaba, y esto es lo que más me duele todavía, «Por dónde empezar a tirar».

Los dos estaban subrayados.

No con un rotulador. Con la herramienta de resaltado del visor de PDF, en amarillo, que es lo que usa la gente que lee documentos para trabajar. Había notas al margen. Había una frase en la página 31 del peritaje marcada dos veces, con un recuadro alrededor y un signo de exclamación, que decía:

«En el fraude interno con volumen, el rastro documental rara vez empieza en quien ejecuta. Empieza en quien puede autorizar. Cuando hay que decidir por dónde tirar, se tira de la firma.»

La había escrito yo. En 2021. A las tantas de la noche, orgullosísima de la frase.

—Hay más —dijo Hugo, muy bajito.

—Enséñamelo.

—Vera.

—Enséñamelo, Hugo.

Abrió el archivo número once.

Era un documento de dos folios, redactado por alguien que sabe redactar. Se titulaba «V.S. — método». Tenía cuatro epígrafes.

Uno: prioriza cargos con capacidad de autorización. Dos: desconfía de lo desordenado y se fía de lo documentado. Tres: trabaja sola hasta que tiene una hipótesis, y a partir de ahí busca confirmación, no refutación. Cuatro: cuando está bajo presión de cliente, acelera.

Debajo del cuarto punto había una línea más, en cursiva.

«Ver antecedente Zurbano.»

Y el archivo doce era el atestado. El mío. El de Zurbano, con mi nombre, con la hora y con la referencia a la denuncia por usurpación que Nicolás Ferrer había interpuesto tres semanas antes de que yo lo empujara contra un pilar de hormigón.

Me levanté.

Fui hasta la ventana, que da a un patio interior con un tendedero y una antena parabólica, y me quedé ahí mirando la antena parabólica como si fuera lo más interesante de Chamberí.

—El Porsche llevaba tres días aparcado en Zurbano —dije.

—Sí.

—Nicolás me lo dijo esa noche. Me dijo que lo veía desde el ascensor. Me dijo que el conductor llevaba su mismo abrigo.

—Sí.

—Zurbano es donde vive. Aparcar un coche robado tres días seguidos en el garaje del hombre cuyo nombre estás usando no es un error.

—Me di la vuelta—. Es un cebo. Y no era un cebo para la aseguradora.

Era un cebo para que alguien fuera allí, encontrara a un tío de metro ochenta y algo con abrigo azul marino y le montara un número.

Hugo no dijo nada.

—Y yo llegué once minutos antes de la hora y se lo monté.

—Tú no podías saber...

—No. —Levanté la mano—. No hagas eso. No me lo hagas tú.

Se calló.

—Necesito cinco minutos —dije.

—Necesitas cuarenta.

—Cinco.

* * *

Clara no da cinco minutos. Clara da la conversación cuando toca.

Entró a las nueve y media con dos cafés, cerró la puerta de la sala pequeña con el pie y puso uno delante de mí. Llevaba el jersey gris que se pone cuando va a haber lío, porque dice que el gris no la delata.

—He leído el correo de Hugo —dijo.

—Vale.

—Voy a hacerlo rápido y sin rodeos, porque envolvértelo sería una falta de respeto y porque tenemos una reunión con Berta Ayala el jueves.

—Adelante.

Se sentó. Abrió su libreta. Clara siempre abre la libreta, aunque no escriba nada; es su forma de decir que esto consta.

—Uno. Hemos dedicado a Tomás Bermejo diecinueve días de trabajo, cuatro requerimientos documentales, una entrevista formal con acta y un aviso escrito a la aseguradora en el que sugeríamos, con condicionales muy prudentes pero sugeríamos, que había un directivo implicado.

Eso son mil ochocientos euros de horas y algo que no se factura, que es la credibilidad.

—Lo sé.

—Dos. El hombre al que hemos tenido mes y medio en la diana ha resultado ser el único de esa empresa que estaba investigando el fraude por su cuenta y comiéndose que todos lo tratáramos como un obstáculo.

Ayer lo demostró él. No nosotras. Él. Con un certificado del registro que podríamos haber pedido en marzo.

—También lo sé.

—Tres, y este es el importante. —Levantó la vista—. No te la han jugado. Te han leído.

Ahí sentí el calor subiéndome por el cuello. Ese calor concreto.

—Hay una diferencia —siguió—. Que te la jueguen es mala suerte y buen adversario.

Que te lean significa que eres previsible.

Y tú eres previsible, Vera, porque llevas ocho años escribiendo lo mismo en todos los informes y diciéndolo en las jornadas y poniéndolo en la web.

Tu método es público. Lo hiciste público tú, a propósito, porque vende.

Y ha venido alguien, se lo ha estudiado, ha subrayado la frase de la firma y ha construido un decorado a la medida exacta de lo que tú ibas a buscar.

—Me estás diciendo que soy tonta.

—Te estoy diciendo que eres reconocible. —No suavizó la voz—. Y que en este caso concreto, además, has ido más deprisa de lo que vas normalmente.

—Eso no es verdad.

—Eso es verdad y lo sabes, y no voy a decir en voz alta por qué, porque no me hace falta y porque no me corresponde.

Nos quedamos calladas.

Fuera, en el pasillo, sonó el ascensor y alguien se rio de algo.