ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

Cuando por fin bajó la boca donde tocaba, me arqueé entera contra el colchón y me oí decir algo que no era una palabra.

Lo hizo despacio, deteniéndose cada vez que notaba que me tensaba, exactamente como yo se lo hago a él, y me di cuenta con horror y con una especie de risa interna de que me estaba aplicando mi propio método punto por punto.

Paró justo antes.

—No —dije.

—Sí.

—Nicolás, te juro que...

—¿Eso es un norte?

—Eso es que te voy a matar.

—Entonces sigo cuando yo quiera.

Me dejó dos minutos enteros con la mano abierta y quieta en el vientre, sintiéndome respirar, y yo me pasé esos dos minutos descubriendo una cosa muy desagradable y muy clara: que esperar así, decidiendo no decidir, me gustaba. No porque me gustara ceder. Porque me gustaba cederle a él.

Eso es distinto. Eso lo entendí ahí, con el techo de mi habitación encima y el corazón golpeándome en la garganta. No estaba perdiendo nada. Estaba eligiendo a quién.

—Date la vuelta —dijo.

Me di la vuelta.

Me colocó de rodillas, con los antebrazos apoyados en el colchón, y me sujetó las dos muñecas contra la cama con una sola mano, y no había metal, y no había nudo, y me podía haber soltado en medio segundo, y no me solté.

—¿Bien?

—Muy bien.

—¿Seguro?

—Nicolás, si me vuelves a preguntar me levanto.

Se rio contra mi nuca y entró despacio, y yo hundí la cara en la almohada y dejé de tener opiniones sobre nada.

Fue distinto a todo lo anterior, y no por la postura: porque no estaba pendiente de él.

Por primera vez en cinco meses no estaba leyéndole la respiración para saber cuándo podía apretar.

Solo estaba ahí. Se me acabaron los datos.

Acabé la primera vez con su mano libre entre los muslos y los dientes cerrados sobre la funda de la almohada, y me oí perfectamente, y no me importó lo más mínimo.

La segunda fue después, cuando me soltó las muñecas y me llevó de espaldas y me pidió que le mirara, y esa vez tardó mucho y fue casi insoportable y acabé agarrándome a su antebrazo con las dos manos.

Él fue detrás, con la frente contra la mía, diciendo mi nombre de una manera que no se puede transcribir.

Después se ocupó él de todo, que era la otra parte del asunto y yo no lo había previsto.

Trajo agua. Me tapó. Me apartó el pelo de la cara, me frotó los antebrazos con los pulgares aunque no hacía ninguna falta, se sentó contra el cabecero y me dejó ponerle la cabeza en el muslo.

Estuvo un rato dibujándome círculos en el omóplato con el pulgar, sin decir nada, y yo, que llevo toda la vida siendo la que trae el agua, me dejé cuidar durante once minutos exactos porque los conté, porque soy quien soy.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Hecha polvo. Bien. Las dos cosas.

—¿Ha funcionado?

—Ha funcionado. —Me giré para verle la cara—. Y me da un poco de miedo, así que te lo digo hoy y no dentro de nueve días.

—¿Qué te da miedo?

—Que llevo seis años explicándole a la gente que yo soy así.

Tal cual, con esas palabras, como si fuera el grupo sanguíneo.

—Cerré los ojos—. Y resulta que no es lo que soy.

Es lo que elijo casi siempre. Y eso es mucho más difícil de gestionar, porque lo otro no se discute y esto hay que decidirlo cada vez.

—Pues lo decidimos cada vez.

—Qué fácil lo haces sonar.

—Es que es lo único que sé hacer fácil. —Me pasó el pulgar por la ceja—. Vera.

—Dime.

—Mañana, cuando vuelvas a ser insoportable a las nueve de la mañana, no voy a usar nada de esto contra ti.

—Ya lo sé.

—No lo sabías hace tres semanas.

—No. —Le cogí la mano y me la puse en el esternón, que es al revés de mi manía de siempre—. No lo sabía.

* * *

Tomás Bermejo se presentó en Viriato 32 a las ocho y cuarenta de la mañana siguiente, sin avisar, con una carpeta de gomas y el abrigo puesto.

—Sé lo de las transferencias —dijo, antes de sentarse—.

Me llegó anoche la notificación de la doble autorización y me pareció una idea excelente, así que a las once de la noche revisé quién más la tenía.

Todos. Eso solo se hace cuando se está buscando a alguien concreto y se quiere disimular. —Me miró—. Es suya la idea, ¿verdad?

—Es suya de él.

—Peor. —Dejó la carpeta sobre la mesa y la abrió—.

Maderas Bermejo Arriaga. Escritura de 1987.

La montaron mi padre y mi tío en Aranda de Duero.

Cerró en 2009 y desde entonces no ha facturado un euro.

Mi padre tiene alzhéimer desde 2014 y vive en una residencia en Burgos.

Yo consto como administrador único porque en 2011 firmé para poder cerrarla y nunca terminé el papeleo, porque cerrar una sociedad cuesta dinero y da pereza.

Clara se puso las gafas.

—Esto es del registro —dijo.

—Esto es del registro de ayer por la noche.

—Tomás pasó la hoja con el índice—. Nota simple actualizada.

La sociedad fue reactivada telemáticamente el 11 de febrero de este año.

Depósito de cuentas, alta censal, apertura de cuenta bancaria y cambio de domicilio social, todo en nueve días, todo con certificado digital.

Con mi certificado digital. Yo el 11 de febrero estaba en Oporto en un comité de auditoría con siete personas y hay facturas de hotel.

Cogí la nota simple.

—Llevo tres semanas intentando demostrar esto —siguió, y por primera vez desde que lo conocía le tembló algo en la voz—.

Por eso tenía la carpeta del proveedor ficticio en el cajón.

Por eso no quería investigadores externos, porque cuando abres una puerta así no sabes qué encuentran ni en qué orden.

Y ustedes han tardado exactamente un día en creerse lo contrario.

—Menos de un día —dije.

Y entonces llegué al pie de la página, al campo del domicilio social nuevo, y se me paró todo.

Ausiàs March 68, planta cuarta, Valencia.

El mismo centro de negocios que alquilaba la dirección de Suministros Adarve, S. L. La empresa pantalla que Hugo y yo habíamos localizado en abril, en un viaje que yo había decidido, con un método que era mío.

Alguien llevaba meses construyendo dos caminos. Y los dos terminaban en el mismo rellano de Valencia, porque los dos los había puesto ahí la misma persona, para que yo los encontrara por ese orden.