ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

A las nueve y veinte de la mañana teníamos tres transferencias, un administrador único y un hombre al que todo el mundo llevaba meses deseando señalar.

Maderas Bermejo Arriaga, S. L. Administrador único: Tomás Bermejo Arriaga, director financiero de Nexo Logística Digital.

—Treinta y tres mil cuatrocientos cincuenta euros —dijo Clara—. Es poco para un director financiero.

—Es exactamente lo que cobra alguien que no está robando, sino ayudando —contesté—. Landa no necesita comprar a Tomás. Necesita que Tomás firme por dónde tienen que entrar los pagos grandes en septiembre.

Nicolás estaba de pie junto a la ventana y llevaba cuatro minutos sin decir nada, que en él es un ruido.

—Lo suspendo hoy —dijo.

—No.

—Vera.

—He dicho que no y te voy a explicar por qué.

—Explícamelo por el camino, porque tengo consejo a las doce y media y pienso llevar esto.

Se giró. Tenía la cara que le sale cuando ya ha decidido y está siendo cortés mientras te lo comunica, y a mí esa cara me duró simpática exactamente hasta esa mañana.

—Cuarenta y ocho horas —dije—. Te estoy pidiendo cuarenta y ocho horas.

—No las tengo. La alianza se firma en tres semanas. Si dentro de once días se descubre que mi director financiero tiene una sociedad cobrando de mis propias compras y yo lo sabía hoy, no hay abogado en Madrid que me salve. Ni a mí ni a los ochenta y cuatro que cobran de esto.

—Y si lo suspendes hoy y es él, se va a su casa con dos días para limpiar correos, disolver la sociedad y llamar a un penalista. Le estás dando el aviso, Nicolás. Se lo estás dando tú.

—Le corto los accesos a las nueve y cinco y a las nueve y seis está fuera.

—No le cortas la cabeza. La gente guarda las cosas en sitios que tú no administras. —Me levanté—. Y si no es él, hoy destrozas a un tío de cuarenta y cinco años con una nota interna que no se borra en la vida.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me lo cruce en el pasillo y le pregunte por el fin de semana?

—Quiero que esperes cuarenta y ocho horas mientras yo miro el registro mercantil como se mira, y no como se mira cuando te conviene el resultado.

—Eso ha estado feo.

—Sí. Perdón.

Clara hizo un gesto minúsculo con dos dedos que significaba «seguid, pero conmigo delante», y no se movió de la silla, y a mí en ese momento me pareció un acto de amistad.

—Hay una cosa que no te he dicho todavía. —Me apoyé en la mesa—. Estas tres transferencias llevan ahí desde marzo. Hugo lleva cinco semanas conciliando cuentas de Nexo. ¿Sabes cuándo han aparecido? Anoche. Doce horas después de que probáramos que el audio estaba manipulado.

—Porque Hugo ha llegado a ese bloque anoche.

—O porque alguien ha esperado a que se nos cayera un sospechoso para darnos otro. —Dejé que se le posara—. La grabación nos deja sin nombre. «No estás tan solo ahí dentro.» Y a la mañana siguiente, milagrosamente, tenemos un nombre. Es demasiado puntual.

—Eso es una intuición.

—Es un patrón. Llevas cinco meses viéndome trabajar y sabes perfectamente que no es lo mismo.

—Y también llevo cinco meses viéndote buscar razones para no cerrar nada.

Eso sí me llegó.

—Dilo entero.

—Lo digo entero. —Dio dos pasos hacia la mesa—. Desde el aparcamiento de Zurbano no has vuelto a señalar a nadie sin cuatro capas de verificación. No es prudencia, Vera. Es miedo. Te da terror volver a equivocarte de hombre y yo he tenido la mala suerte de ser el hombre.

—Vale. —Noté el calor en el cuello y no bajé la voz porque si la bajaba se me iba a romper—.

Y tú quieres a Tomás hoy porque llevas cinco meses siendo tú el sospechoso, porque lo del audio te ha dejado temblando y porque necesitas desesperadamente que el culpable tenga otra cara.

Y da igual cuál sea, con tal de que no sea la tuya.

Se quedó muy quieto.

—Eso también ha estado feo.

—Sí. No pido perdón por esa.

Clara carraspeó.

—Voy a decir una cosa y me vuelvo a callar —dijo—. Los dos tenéis razón en el diagnóstico del otro. Eso suele significar que ninguno de los dos está mintiendo.

Nos quedamos los tres en silencio. Hugo, que había desaparecido al empezar la discusión con la excusa del té, no volvía, lo cual era lo más elegante que ha hecho en su vida.

—Nicolás. —Respiré—. Te voy a decir la frase que llevo veinte minutos tragándome.

El día que te esposé contra un pilar yo tenía la matrícula, tenía la descripción física, tenía la orden judicial y tenía prisa.

Cuatro de cuatro. Era el hombre equivocado.

Lo que estás a punto de hacer con Tomás es exactamente lo mismo, con traje y con acta del consejo, y yo no me puedo quedar aquí sentada viéndolo desde el otro lado.

Tardó bastante en contestar.

—Veinticuatro horas —dijo—. Y con una condición.

—Dime.

—Hoy mismo entra una revisión de accesos al sistema de pagos.

Pero no para Tomás: para los cuatro apoderados, yo incluido.

Doble autorización para cualquier orden por encima de cinco mil, a partir de esta tarde y hasta después de la firma.

Si es él, no puede mover nada. Si no es él, no se ha enterado de que sospechábamos, porque le ha tocado lo mismo que a mí.

Me quedé mirándolo.

—Eso es mejor que lo mío.

—Ya lo sé. —Cogió el móvil—. Llevo pensándolo desde que has dicho lo del pilar.

—Veinticuatro horas.

—Veinticuatro horas, Vera. Y si mañana a esta hora no tienes nada, lo llevo al consejo.

—Trato.

Clara cerró la carpeta.

—Que conste que la discusión ha sido productiva —dijo—, aunque a ratos he tenido que mirar por la ventana.

* * *

Esa noche subió a mi casa a las diez, después de cuatro horas de reuniones, con dos bolsas del chino de Ríos Rosas y cara de no haber comido desde el desayuno.

Cenamos en el sofá. Discutimos otra vez, más suave, sobre si veinticuatro horas eran veinticuatro o eran hasta el consejo de las once, y llegamos a un acuerdo malo que a los dos nos valía. Después él dejó el plato en la mesa baja, se limpió las manos y dijo:

—Te voy a pedir una cosa y me gustaría que no la analizaras durante veinte minutos.

—Eso no te lo puedo prometer.

—Diez minutos, entonces.

—Dime.

—Quiero llevarlo yo esta noche.

No dije nada durante un rato razonable.

—¿Llevarlo cómo?

—Como tú lo llevas. Los tiempos, cuándo pasa cada cosa, cuándo te toco.

—Se recostó, sin ninguna teatralidad—. No es una revancha por esta mañana, y sé que lo estás pensando.

Es que llevo cinco meses siendo el objeto del procedimiento de todo el mundo, incluida tú, y esta mañana me has dicho una verdad muy grande delante de mi supervisora.

Y esta noche me apetece esto. Si te apetece a ti.

—¿Y si no funciona?

—Pues no funciona y nos reímos.

Me di cuenta de que tenía las manos apretadas en el regazo y de que llevaba así desde «quiero llevarlo yo».

—Vale. Condiciones. —Me oí la voz de reunión y me dio rabia, pero siguió saliendo—. «Norte» funciona igual en las dos direcciones, y si la digo paras aunque creas que estoy de broma. Especialmente si crees que estoy de broma, porque yo hago bromas.

—Hecho.

—No me ates. —Eso me costó decirlo entero—. Nada en las muñecas, nada a la cama, nada que yo no pueda deshacer con una mano. Puedo estar quieta porque tú me lo digas. No puedo estar quieta porque no me quede otra.

—No tenía ninguna intención. —Ni un segundo de pausa, ni una pregunta. Eso es lo que me desmontó—. ¿Algo más?

—Sí. Si ves que me pongo a organizar, me lo dices.

—Vas a organizar.

—Voy a organizar, sí.

Se levantó, fue a la entrada, cogió mi bolso y lo trajo. Sacó las esposas, las dejó sobre la mesa baja, cerradas, y puso la llave al lado.

—Esto se queda aquí —dijo—. Donde lo vemos los dos. Por si a alguna de las dos cabezas le hace falta.

—Qué considerado.

—Levántate.

Y ahí, de una sola palabra, se acabó la conversación.

Lo obedecí. Me sorprendió lo rápido que lo obedecí. Me puse de pie en mitad del salón con los brazos algo tontos y él se quedó sentado, que es un truco mío, y lo reconocí perfectamente y no me sirvió de nada.

—Quítate el jersey.

Me lo quité.

—Ahora nada. Quédate así.

—¿Cuánto?

—¿Ves? Eso es organizar.

—Es una pregunta legítima.

—Es una pregunta de la que ya sabes la respuesta.

—Se levantó por fin y vino, y no me tocó.

Se quedó a un palmo, con los brazos colgando quietos a los lados, mirándome como se mira una factura que no cuadra—.

Voy a hacerte lo mismo que me haces tú. Vas a esperar y no vas a saber cuánto.

Y te voy a avisar de una cosa: yo he estado del otro lado ocho veces, así que sé exactamente dónde duele.

—Eres un chulo.

—Me lo has enseñado tú. Los vaqueros.

Me los quité de pie, sin ninguna elegancia, tropezando con un tobillo, y él no ayudó y tampoco se rio.

Estuve así lo que me parecieron diez minutos y eran probablemente tres.

Él dio una vuelta entera a mi alrededor.

Me apartó el pelo del hombro con dos dedos y volvió a apartar la mano.

Me pasó el dorso de los nudillos por la columna, de arriba abajo, una vez, y se me puso la piel de gallina hasta la nuca.

—No te muevas.

—No me estoy moviendo.

—Estabas a punto.

Lo peor —lo mejor— fue darme cuenta de que tenía razón.

Estaba a punto. Todo mi cuerpo llevaba tres minutos calculando cómo coger el mando, y no podía, porque se lo había dado yo esa misma noche, en voz alta y con condiciones, igual que él me lo daba a mí.

Y no había ni una sola parte de aquello que no hubiera elegido.

Eso fue lo que me soltó las rodillas. No la mano en la espalda.

Me llevó al dormitorio andando detrás de mí, sin tocarme, y aquello me pareció profundamente injusto.

—Túmbate. Boca arriba. Las manos donde quieras: son tuyas.

Me tumbé.

Tardó una eternidad en llegar a algún sitio útil. Me besó la cara interna de la rodilla. Subió por el muslo y se paró tres veces, y a la tercera se me escapó un ruido de pura frustración administrativa.

—Eso ha sonado a queja.

—Ha sonado a que llevas cuarenta minutos.

—Doce.

—Mentira.

—Doce, Vera. —Me miró desde abajo con una calma insoportable—. Lo tuyo con el tiempo es un problema serio.