ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

—Dudé. Durante nueve días. Y lo peor no es que dudara de si eras corrupto, porque eso duró día y medio. Lo que duró nueve días fue lo otro.

—Dilo.

Me costó más de lo que esperaba, y eso que se lo había contado a Rocío entero el viernes, con dos copas y llorando de una manera muy poco elegante.

—Hace seis años estuve con alguien que se llamaba Álvaro.

Le conté cosas mías. Cosas de esto, de lo que me gusta, de por qué me gusta.

Se lo conté en una cama, de noche, muerta de vergüenza, y él lo escuchó muy bien.

—Me oí la voz demasiado plana—. Y cuando lo dejamos lo contó delante de seis personas en una terraza, en Malasaña, tres semanas después, como si fuera una anécdota graciosa.

Yo estaba delante. Me reí, además. Y lo que todavía me revienta seis años después no es él: es que me reí.

Nicolás no se movió del sitio. Y le agradecí eso más que si hubiera cruzado el medio metro.

—Desde entonces funciono así: si alguien me esconde algo, mi cuerpo entiende que el siguiente paso es la terraza de Malasaña.

No lo decido. Se enciende solo. —Levanté la vista—.

Tú me escondiste una reunión de cuarenta y cinco minutos por vergüenza, y yo reaccioné como si me hubieras puesto en ridículo delante de gente.

No era proporcionado. Lo sé desde el cuarto día y he tardado cinco más en venir a decírtelo.

—¿Y no venías por orgullo?

—Venía por orgullo, sí.

Asintió despacio.

—Mi parte es más simple y más tonta —dijo—.

Yo no callé la reunión porque me protegiera.

La callé porque quedaba fatal. Me vi diciéndote «le ofrecí tres meses pagados al hombre que me estaba robando» y me vi tu cara, y decidí que no.

Y entre que lo decidí y hoy han pasado cuatro meses en los que esa reunión ha dejado de ser una vergüenza y se ha convertido en una prueba en mi contra.

Yo hago esto. Lo hago desde los catorce años.

Guardo lo que no queda bien y luego llega tarde.

—Se miró las manos abiertas sobre las rodillas—.

Mi padre aparecía o no aparecía y yo aprendí a no contar en casa lo que no se pudiera arreglar esa misma noche.

—Pues no me sirve.

—Ya lo sé.

—No te lo estoy diciendo para hacerte daño. Te lo estoy diciendo porque quiero una regla. —Me giré del todo hacia él—. Cuéntamelo aunque te dé vergüenza. Sobre todo si te da vergüenza. Lo que te dé vergüenza es exactamente lo que va a acabar en manos de Landa.

—Acepto. Con una tuya.

—Dime.

—No te vayas sin decir que te vas. —Lo dijo sin ningún reproche, que fue lo que lo hizo difícil de aguantar—. Puedes irte. Puedes dejar de contestarme una semana si lo necesitas. Pero dilo. Nueve días de silencio no es distancia, Vera, es otra cosa, y yo con esa otra cosa crecí y no la aguanto.

—Acepto.

Nos quedamos callados. Fuera había un autobús, y una sirena lejos, y el zumbido de la nevera.

—¿Y ahora qué hacemos? —dijo él.

—Ahora nada. —Solté el aire por la nariz—. Llevo una semana imaginándome esta conversación terminando de otra manera y ahora estoy aquí sentada pensando que no tengo ni idea de cómo se vuelve.

—Despacio.

—Es que yo no sé hacer despacio.

—Mentira. —Media sonrisa, la primera en nueve días—. Eres la persona más despacio que conozco. Lo que no sabes hacer es incierto.

Me reí. Sonó mal, medio rota, pero se me soltó algo en el pecho.

Alargué la mano y le toqué el dorso de la suya. Solo eso, dos dedos sobre los nudillos, y lo noté respirar distinto.

—Ven aquí —dije.

Cruzó el medio metro.

Lo besé con una cautela que no me conocía. Fue un beso pequeño, cerrado, casi de comprobación, y me aparté a los dos segundos para mirarle la cara. Él tenía los ojos abiertos. Los dos los teníamos abiertos, como dos idiotas, a diez centímetros.

—Otra vez —dijo.

El segundo duró más. En el tercero me sujetó la cara con las dos manos, con los pulgares justo debajo de las orejas, y yo me oí hacer un sonido contra su boca que llevaba nueve días sin hacer.

Nos levantamos sin decidirlo. Por el pasillo perdí los zapatos y él perdió la chaqueta, y en la puerta del dormitorio me paré yo.

—Hoy no —dije, y señalé con la cabeza mi bolso, que se había quedado en la entrada con todo lo que llevo siempre dentro.

—No he pensado en eso ni una vez.

—Pues yo sí. Y he decidido que hoy no.

—Vale.

—Hoy quiero saber que estás porque quieres, no porque no puedes moverte.

Me desnudó él. Fue la primera vez en meses y lo hizo mal, con las manos torpes en los botones, y cuando se atascó en el tercero nos reímos los dos y eso deshizo más que cualquier otra cosa.

Le saqué la camisa de la cinturilla, le pasé las palmas por las costillas y por el vientre, y noté cómo se le contraía todo bajo las manos como si le hubiera pasado hielo.

Nos tumbamos de lado, frente a frente, sin prisa ninguna. Le recorrí la cara con los dedos como se reconoce algo a oscuras: la ceja, el pómulo, la línea de la mandíbula. Él tenía una mano abierta en mi cadera y no la movía.

—¿Puedo? —dijo.

—Puedes.

Bajó la boca por mi cuello, por la clavícula, por el pecho, y se quedó ahí mucho rato, con una lentitud que me estaba volviendo loca precisamente porque no tenía nada de estrategia. Cuando bajó más y me abrió los muslos con el hombro, me tensé.

No de miedo. De costumbre.

—Para —dije.

Paró en el sitio. Levantó la cabeza, apoyó la mejilla en el interior de mi muslo y esperó.

—¿Estás bien?

—Sí. —Me tapé los ojos con el antebrazo y me obligué a quitármelo—. Es que esta parte es la que me cuesta y no me apetece que hoy me cueste.

—¿Sigo o no sigo?

—Sigue. —Tragué—. Y no dejes de mirarme.

Siguió.

Lo hizo con una paciencia que no era dominación ni sumisión ni nada con nombre en nuestro vocabulario, solo atención, y yo me pasé dos minutos peleando con la idea de estar siendo mirada y el resto sin ninguna idea en absoluto.

Le agarré el pelo con una mano. Le oí decir mi nombre contra la piel.

Me corrí con el talón clavado en el colchón y un sonido que se me escapó entero, sin editar, y la habitación se quedó girando un poco.

—Ven —dije, cuando pude.

Subió. Le busqué las muñecas y se las sujeté por encima de la cabeza con mis dos manos, y él dejó que se las sujetara, y los dos sabíamos perfectamente que con mis manos no lo sujetaba nadie. Eso era el asunto. Metal no había. Había un acuerdo, y el acuerdo estaba recién pegado.

—Mírame —dije.

—Te estoy mirando.

Le solté una muñeca para coger el preservativo y se lo puse yo. Después me tumbé de espaldas y lo llevé encima, y cuando entró lo hizo despacio, tan despacio que se me escapó el aire de golpe a la mitad, y se quedó quieto ahí, con la frente contra la mía y la respiración rota.

—Sigue.

—Espera.

—¿Por qué?

—Porque llevo nueve días y si sigo ahora esto dura cuarenta segundos.

Me reí debajo de él, y reírme así, con él dentro y la frente pegada, fue lo más parecido a volver que me pasó en toda la noche.

Después ya no hubo cautela. Le rodeé la cintura con las piernas y le pedí más y me lo dio, y en algún momento le clavé los dedos en el hombro y le dije que no parara y él dijo mi nombre dos veces seguidas con una voz que no le sale en ningún otro sitio.

Nos movíamos mal, sin ritmo, empujando los dos a la vez, y no me importó nada.

Llegué la segunda vez agarrada a su espalda, mordiéndome yo misma el labio para no gritar en un edificio con vecinos.

Él se dejó ir casi inmediatamente después, con la cara hundida en mi pelo y el cuerpo entero temblando, y se quedó ahí, sin apartarse, hasta que los dos recuperamos algo parecido a la respiración.

Nos quedamos mucho rato así. Le busqué el pulso en la garganta con dos dedos y se lo conté, que es otra manía mía, y él ya no se ríe.

—Ciento cuatro.

—Voy a tardar.

—Tardas.

Trajo agua. Bebimos de la misma botella, sentados en la cama, sin decir nada brillante, y después me tapó y se durmió con la mano en mi cadera.

No volvió de golpe. Quiero dejarlo escrito porque algún día alguien me lo preguntará y diré una tontería bonita: no volvió de golpe.

A las cuatro me desperté y tardé un segundo entero en acordarme de por qué había alguien respirando a mi lado, y en ese segundo lo primero que sentí fue una alarma. No es bonito. Es verdad.

A las seis y cincuenta me sonó el móvil en la mesilla.

Hugo, que no duerme.

He terminado la conciliación de las autorizaciones de Paula. Cinco transferencias que no cuadran con ningún albarán. Cuatro van a proveedores conocidos. La quinta no.

Y debajo, una captura.

11.400 €. Beneficiario: MADERAS BERMEJO ARRIAGA, S. L.

Abrí el registro mercantil con el pulgar, medio a oscuras, con Nicolás durmiendo a mi lado por primera vez en nueve días.

Administrador único: Bermejo Arriaga, Tomás.