ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Hugo me llamó a las siete y diez de la mañana y lo primero que dijo no fue hola.

—El corte no está solo. Tiene una madre.

—Son las siete y diez.

—Llevo despierto desde las cuatro, así que técnicamente para mí es media tarde. Ven al despacho. Y trae a Clara, porque esto lo vas a querer con acta.

Llegué a Viriato 32 a las siete y cuarenta y dos con el pelo mojado y un café de la esquina. Hugo tenía tres pantallas encendidas, una taza de té con la bolsita todavía dentro y esa cara de euforia sin dormir que le sale dos o tres veces al año.

—Recapitulo para que conste. —Señaló la pantalla de la izquierda, donde la onda del audio se estiraba en una cordillera gris—.

El archivo que le mandaron a Nexo con la amenaza se llama reunion.mp3, dura cuarenta y un segundos y en el segundo treinta y ocho hay un empalme.

Eso ya lo sabíamos anoche. Un empalme no es que alguien cortara un silencio: es que el ruido de fondo cambia de nivel en una centésima.

El tráfico de la calle no puede bajar tres decibelios de golpe, Vera. Las calles no hacen eso.

—Eso ya me lo dijiste.

—Lo que no te dije, porque lo he encontrado a las cinco menos cuarto, es que el que montó el archivo lo exportó con un editor que deja restos. —Cambió de pantalla—. Aquí. En la cola del contenedor. Un nombre de proyecto y una ruta de origen.

Me incliné. Entre un bloque de caracteres ilegibles había una línea limpia:

/material/ponz/PONZ_0917_B.wav

—Ponz —dije.

—Ponzano. La cafetería de la calle Ponzano, diecisiete de septiembre, pista B.

B, porque había dos micrófonos o dos móviles.

Y ahora la parte por la que te he estropeado la ducha.

—Hugo giró la tercera pantalla—. Esta es la estructura de carpetas del contenedor cifrado que nos dio Paula Mir.

El índice, lo poco que llevo descifrado. Mira el cuarto nivel.

/material/ponz/

—Joder.

—Sesenta y un megas. Cuarenta y siete minutos de audio. Está ahí dentro, entero, y cerrado con una contraseña que no es la que nos dio Paula, porque el muy metódico partió el contenedor en volúmenes y ella solo tenía la llave del suyo.

—Entonces hay que pedírsela a Paula.

—Hay que pedírsela a Paula —dijo Hugo—. Y yo de ti no le mentiría.

La llamé desde la sala pequeña al número desechable. Contestó al quinto tono y no dijo su nombre.

—Soy Vera Salvatierra.

Silencio. Respiración.

—¿Qué quiere?

—La segunda contraseña del contenedor. La del bloque de septiembre.

—No sé de qué me habla.

—Paula. —Me senté en la mesa, no en la silla—.

Le voy a decir la verdad porque creo que a estas alturas es lo único que le queda de valor.

Tengo un audio manipulado que puede destruir a una persona y tengo el original a cuatro caracteres de distancia.

Si me da la contraseña, ese original entra en el expediente. Y en el expediente también está usted.

—Ya.

—No le voy a prometer que su nombre no salga, porque su nombre va a salir. Lo que le puedo decir es cómo va a salir. Si esto lo abre usted, voy a escribir que lo abrió usted, con fecha y hora, y eso lo va a leer un fiscal algún día.

Se oyó un coche al otro lado de la línea. Después algo parecido a una risa que no era una risa.

—¿Sabe lo más ridículo? Que yo pensaba que era lista.

—Casi todos lo pensamos.

Me dio catorce caracteres. Los repetí en voz alta, los escribí, se los volví a leer y colgó antes de que terminara.

Hugo montó el volumen en cuatro minutos.

—Cuarenta y siete minutos y doce segundos —dijo—. ¿Lo abrimos ya o esperamos?

—Esperamos. —Cogí el teléfono—. Esto lo escuchamos con Clara delante, con grabadora, con acta y con él en la sala. Si lo oigo yo sola y luego se lo cuento, no sirve de nada.

—Vera.

—Dime.

—Lo dices por el procedimiento o lo dices por ti.

Lo miré.

—Por las dos cosas. Y eso lo puedes apuntar.

* * *

Llegaron a las diez y cuarto. Clara con el expediente; Nicolás con un traje gris y nueve días de distancia encima.

Nueve. Los había contado. No nos habíamos visto fuera de una sala con más gente dentro desde la noche en que le dije que una omisión no es una mentira pequeña cuando dura un mes, y él me dijo que yo no distinguía entre verificar y castigar, y los dos tuvimos razón, que es la peor manera de discutir.

Se sentó enfrente. No al lado.

—Antes de poner nada —dijo Clara— quiero que quede constancia de la cadena. Hugo, ¿el volumen se ha abierto con una credencial facilitada por la testigo Paula Mir a las 08:31 de hoy?

—Correcto.

—¿Se ha hecho copia forense antes de reproducir?

—Dos. Con hash. Ninguna se toca.

—Adelante.

Hugo le dio al espacio.

Lo primero que se oyó fue una cucharilla contra un platillo y el ruido plano de una cafetería a las siete y media de la tarde. Después la voz de Landa, más cálida de lo que yo esperaba, preguntando si querían tomar algo. Después la de Nicolás, seca, diciendo que no.

Estuvimos veintidós minutos escuchando cosas irrelevantes. Reproches, un contrato de 2018, la palabra «desagradecido». Nicolás escuchaba su propia voz con las manos cruzadas y la mandíbula apretada.

En el minuto veintidós y cuarenta Landa bajó el tono.

—Te lo pongo fácil. Tres proveedores. No son míos, son de un amigo, y facturan servicios reales, solo que facturan más. Tú firmas lo que ya firmas todos los meses, no cambia ni un procedimiento, y hay un cuatro por ciento que no pasa por Nexo.

—¿Cuánto es un cuatro por ciento?

—Al año, y con el volumen que vais a tener con la alianza, unos ciento cuarenta mil.

—¿Y quién los cobra?

—Tú y yo.

Clara dejó de escribir.

—¿Y la trazabilidad? —La voz de Nicolás sonaba exactamente igual que en las reuniones: ordenada, sin subir—. ¿Quién concilia las facturas contra los albaranes?

—Nadie las concilia. Las concilia un sistema que configuré yo.

—Ya.

Hubo tres segundos de nada. Una silla.

—No —dijo Nicolás.

Y siguió:

—No, y no voy a fingir que me lo estoy pensando para no hacerte pasar un mal rato. No por los ciento cuarenta mil. Porque he despedido a cuatro personas este año por menos de lo que acabas de decir en voz alta, y si te digo que sí no vuelvo a poder mirar a ninguna de ellas. Así que no.

—Nicolás...

—Te he dejado terminar. Ahora me dejas a mí.

—Un ruido de tela, alguien que se recoloca—.

Voy a hacer algo que mi departamento legal me va a discutir, y lo hago porque te trajimos nosotros y porque tienes una hipoteca.

Carta de salida neutra, sin mención a la causa del despido.

Tres meses de consultoría facturada a precio de mercado por trabajo real, que yo mismo te voy a supervisar.

Y a cambio firmas un compromiso de no concurrencia y devuelves los accesos, todos, incluidos los dos que no has declarado y que sé que tienes.

—O sea que me compras.

—Te ofrezco una salida. Si la quieres llamar así, llámala así.

—¿Y si digo que no?

—Si dices que no, mañana esta conversación está por escrito en manos de Ismael Ponte.

Landa se rio. Fue una risa corta y sin gracia, y después dijo la frase que me erizó la nuca a mí y que no le hizo falta decir más alto:

—Te crees que esto va de ti. —Una pausa—. No estás tan solo ahí dentro como te piensas, Nicolás.

Fin de la conversación. Un vaso. Una silla. Cuarenta segundos de cafetería vacía y el corte.

Hugo paró la reproducción.

—Y ahora lo importante —dijo—. En la versión que mandaron a Nexo, la propuesta enlaza directamente con esto.

Puso el archivo corto. La voz de Nicolás decía, sin contexto: «Sí».

—Ese «sí» está en el minuto treinta y uno catorce del original —dijo Hugo—.

Está contestando a una pregunta sobre un presupuesto de mantenimiento de 2019.

Lo cogieron de ahí, lo pegaron detrás de la propuesta y borraron todo lo que hay en medio, incluido el «no».

Es un trabajo bueno. No es un trabajo perfecto, porque para que fuera perfecto tendría que haberme tocado a mí otro caso.

Clara dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Con esto la amenaza se cae —dijo—. Y si publican el fragmento, los destruimos.

—Con esto se cae la amenaza —repetí yo—. Lo que no tenemos es el nombre. «No estás tan solo ahí dentro.» Ni una inicial. Ni un cargo. Nada.

—Nada —confirmó Hugo.

Nicolás no había dicho una palabra desde que empezó la reproducción.

—¿Puedes poner otra vez los últimos cuarenta segundos? —pidió.

Hugo los puso. Nicolás escuchó su propia voz ofreciendo una carta de recomendación a un hombre que lo estaba comprando, y después se quedó mirando la mesa.

—Eso es lo que no te conté —me dijo—. Ni el «no». El «no» lo habría contado el primer día. Lo que no conté es que le ofrecí una salida limpia a un tío que acababa de proponerme un delito, porque me daba pena y porque conozco a su mujer. Y no quería que leyeras eso.

—Ya lo he leído.

—Ya lo has leído.

Me levanté antes de que se me notara en la cara lo que se me estaba notando en la cara. Dije algo sobre archivar los hashes, salí al pasillo, llegué hasta la ventana del descansillo y me quedé ahí, con la frente a diez centímetros del cristal, respirando como si hubiera subido corriendo.

Alivio. Así se llama. Es una cosa física y no tiene absolutamente nada de digno.

Cuando volví a entrar, Clara cerraba el acta y Hugo se había ido a por otro té. Nicolás seguía sentado.

—A las nueve —dije—. En tu casa.

—Vale.

—No he venido a celebrarlo.

—No lo he pensado ni un segundo.

* * *

Su ático huele a limpio y a nada, y esa noche tenía dos vasos y una botella de agua sobre la encimera, y ninguna vela y ninguna música, lo cual le agradecí más que un ramo.

Nos sentamos en el sofá, separados por medio metro deliberado, y empecé yo porque si no empezaba yo me iba a pasar la noche esperando.

—Te debo una frase y la he estado ensayando en el coche, así que si me sale mal la repito.

—Puse las manos en las rodillas—. No te he creído.

Te he verificado. Y no voy a fingir que es lo mismo, porque no lo es, y porque si te digo hoy que nunca dudé te estaría mintiendo exactamente igual que tú a mí.

—Vale.