ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Mi prima Rocío tiene una norma que consiste en que si le mando un mensaje un domingo diciendo «¿estás?», ella no pregunta nada por escrito. Contesta con la hora y con lo que hay de comer.

Vive en Tetuán, en un segundo sin ascensor con las paredes llenas de láminas mal colgadas y una camilla de fisioterapia plegada detrás del sofá porque a veces trata gente en casa. Todo está un poco torcido. Es lo contrario de mi piso y por eso voy.

Me abrió la puerta, me miró dos segundos y dijo:

—Siéntate ahí y quítate la chaqueta.

—Vengo a cenar.

—Vienes a cenar y tienes el trapecio derecho como un canto rodado. Lo he visto desde el rellano. Siéntate.

Me senté en la silla de la cocina, del revés, con los brazos cruzados sobre el respaldo, y ella me puso los pulgares en la base del cuello y empezó a apretar en sitios que dolían de una manera casi agradable.

—¿Cuántas horas duermes?

—Cinco.

—¿Y de esas cinco, cuántas seguidas?

—Tres.

—Ajá. —Apretó un poco más—. ¿Y esto es trabajo o es un hombre?

—Es trabajo.

—Vale. —Silencio de seis segundos—. ¿Y cómo se llama el trabajo?

Me reí sin ganas y ella me dejó reírme. Rocío nunca insiste: suelta el sedal y espera.

Cenamos las lentejas. Le conté lo que se puede contar, que es nada: que llevo meses con un caso feo, que hay un cliente, que hay un tercero que le está haciendo daño a ese cliente, que la semana había sido mala.

Rocío no sabe a qué me dedico exactamente y le da igual; lleva diez años oyéndome decir «no puedo contarlo» y ha construido un sistema para funcionar sin información, que es preguntar por lo otro.

—Vale —dijo, apartando el plato—. Ahora la parte que sí puedes contar.

—No hay parte.

—Vera, son las diez y media de un domingo y has subido dos pisos con pan para no estar sola. Hay parte.

Me quedé mirando el mantel de hule, que tiene limones.

Y entonces dije una cosa que no había dicho nunca en voz alta, en ningún sitio, ni a Clara, ni a Hugo, ni a un terapeuta, ni a la propia Rocío, que estuvo en aquella época a quince minutos en metro.

—¿Te acuerdas de Álvaro?

Rocío no se movió. A su favor tengo que decir que ni se movió.

—Me acuerdo de Álvaro.

—Nunca te conté por qué lo dejé.

—Me contaste que te habías cansado.

—Ya.

—Y yo me lo creí, porque tú dices las cosas de una manera que se creen. —Empujó su silla un poco hacia mí—. Cuéntamelo.

Y se lo conté.

Estuvimos dos años. Los dos últimos meses fueron malos de esa forma en que todo el mundo sabe lo que va a pasar y nadie quiere ser el que lo diga.

Y en algún momento del primer año, en la cama, de noche, yo le había contado una cosa mía.

Una sola. Le había dicho lo que me gusta: dirigir, marcar el ritmo, que alguien seguro de sí mismo decida hacerme caso.

Le pedí una vez, con las manos frías de vergüenza, que me dejara atarle las muñecas.

Él dijo que bueno. No le gustó mucho. Lo hicimos dos veces y no volvimos a hablar del tema, y yo lo archivé en la carpeta de «cosas que se piden una vez».

Lo dejamos en abril. Tres semanas después hubo una cena de cumpleaños de un amigo común a la que fuimos los dos porque en Madrid siempre acabas yendo a la misma cena que el que te acaba de dejar.

Éramos siete en la mesa. Estaba Lucía, que trabajaba en la aseguradora con la que yo empezaba a colaborar.

Y Álvaro, con la tercera copa, contando anécdotas, dijo:

—No, si a Vera hay que entenderla. Es investigadora. Necesita esposar a la gente para asegurarse de que no se le escapa. —Pausa de cómico—. En la cama también, ¿eh? Literalmente. Trae el material de casa.

Seis personas se rieron.

No se rieron con maldad. Ese es el detalle que tardé años en digerir. Se rieron porque era una frase con forma de chiste, dicha en el momento en que se dicen los chistes, y porque nadie en esa mesa sabía que aquello era la única cosa que yo había entregado en dos años.

—¿Y tú qué hiciste? —preguntó Rocío.

—Me reí.

Silencio.

—Me reí, Rocío. Eso es lo peor de toda la historia.

No que lo dijera él. Que yo me reí, que dije algo ingenioso encima, algo de que el material se paga con las horas extra, y la mesa se rio otra vez y la conversación pasó a otra cosa en cuarenta segundos.

Cuarenta segundos y ya estaban hablando de un piso en Lavapiés.

—Cogí aire—. Y yo me fui a los veinte minutos con la excusa de una llamada, bajé a la calle y vomité en un contenedor de Antón Martín.

Rocío no dijo «ay», ni «pobre», ni ninguna de las cosas que yo llevaba seis años temiendo que me dijera alguien.

Dijo:

—Qué hijo de puta.

—Sí.

—No. Escúchame bien, porque quiero que quede claro y luego seguimos.

—Se inclinó hacia delante—. No fue una torpeza.

No se le escapó. Tú le habías dado la única llave que tenías y él la usó delante de gente que a ti te importaba profesionalmente, para hacerse el gracioso, tres semanas después de que lo dejaras tú.

Eso tiene un nombre y el nombre no es «tuvo un mal día».

—Ya lo sé.

—No lo sabes, porque llevas seis años sin decirlo en voz alta. —Se echó hacia atrás—. ¿Y qué hiciste después?

—Lo de siempre.

—Que es…

—Separarlo. —Abrí las dos manos sobre el hule, y me salió un gesto que yo misma vi ridículo—. Deseo por un lado, afecto por otro. Funciona perfectamente, por cierto. Llevo seis años durmiendo bien, follando lo que quiero y sin que nadie tenga nada mío. No es una tragedia. Es un sistema.

—Vera.

—Es un sistema y es eficiente.

—Vera. —Rocío me puso la mano en el antebrazo—. ¿Por qué me lo cuentas hoy?

Y ahí me quedé sin respuesta, que es una cosa que me estaba pasando demasiado esa semana.

—Porque hasta ahora no había nada que perder —dije.

Rocío asintió muy despacio.

—Vale. —Se levantó a poner el agua—. Pues entonces el tema no era Álvaro.

—El tema es un caso.

—El tema es un tío. —Sacó dos tazas y no se giró—. Y no te voy a preguntar cómo se llama, ni a qué se dedica, ni si es el del caso, porque sé que no me lo vas a decir y porque me da igual. Solo te voy a preguntar una cosa.

—Dime.

—¿Se lo has contado a él?

—¿El qué?

—Lo tuyo. —Puso el agua a hervir—. Lo que le contaste a Álvaro.

Me quedé callada demasiado tiempo.

—Le he contado lo que quiero —dije—. Se lo he dicho en voz alta. Hace nueve días. Y me costó la vida.

—No te he preguntado eso. —Rocío se apoyó en la encimera con los brazos cruzados—. Te he preguntado si le has contado que la última vez que dijiste eso alguien lo convirtió en un chiste delante de seis personas.

—No.

—Ya.

—No tiene nada que ver.

—Vera, cariño. —Lo dijo con un cansancio enorme y sin una gota de burla—. Tiene todo que ver. Tú no le estás pidiendo a ese hombre que no te mienta. Le estás pidiendo que no te repita.

* * *

Volví a casa a las doce y veinte andando, que son cuarenta minutos, porque necesitaba que se me enfriara la cabeza y porque el taxi te deja en el portal antes de que hayas terminado de pensar.

Mi piso estaba exactamente como lo había dejado.

Ese es, para que se entienda, el problema de mi piso.

Todo está donde yo lo pongo. Si algo está fuera de sitio, es porque lo he movido yo.

No hay accidentes. Y esa noche entré, colgué la chaqueta, vi la cocina impecable y caí en la cuenta: llevaba nueve días sin fregar dos cazos innecesarios para hacer esperar a nadie.

Nueve días. Los había contado sin querer, que es la peor manera de contar.

No habíamos discutido. Eso era lo raro. No hubo portazo ni frase definitiva: hubo una pregunta en Casa Lúa, un silencio mío y una cuenta pagada, y a partir de ahí dos personas adultas comportándose con una corrección exquisita.

Nos escribíamos. «Los extractos de la partida discrecional están en tu correo.

» «Recibido, gracias.» «Hugo necesita el modelo del móvil viejo.

» «Te lo paso en diez minutos.» Once mensajes en nueve días y todos impecables.

Me metí en la ducha y estuve ahí más rato del necesario.

Y el cuerpo, que no lee expedientes, empezó a hacer lo suyo.

Me acordé de la primera noche con las esposas, en ese mismo piso, cuando dijo «norte» solo para comprobar que funcionaba y yo paré en seco con la mano a medio camino, y de cómo me miró después, con una especie de asombro, como si acabara de descubrir un país.

Me acordé de su despacho a las once de la noche, la persiana bajada, la planta entera vacía, y de él siguiendo instrucciones mías en el único sitio del mundo donde manda él.

Me acordé del hueco de su cuello, que huele a jabón normal y a algo más.

Del peso exacto de su muslo bajo mi mano. Del sonido que hace cuando aguanta.

Me acordé de la última noche. De la cinta de algodón en el travesaño y de la llave caliente dentro de su puño.

Cerré el agua y me quedé de pie en el plato de la ducha, chorreando, con las dos manos en la cara.

Porque lo que me estaba pasando no era ganas de sexo.

Ganas de sexo he tenido toda la vida y se gestionan.

Lo que me estaba pasando es que echaba de menos el momento posterior: los noventa y cuatro latidos bajo mi palma, la barrita de chocolate partida en dos, ese hombre enorme tapado hasta la barbilla diciendo «vacío de cosas» como si le hubiera quitado una mochila.

Y eso no sabía ponerlo en ninguna carpeta.

El teléfono sonó a las 00:41.

Lo vi desde el pasillo, con la toalla puesta, y lo dejé sonar dos tonos enteros por dignidad.

—Dime.

—¿Te he despertado?

—No.

—Ya sabía que no. —Ruido de fondo: una calle, un coche—. Estoy en Príncipe de Vergara. Vengo de casa de mi hermana.

—¿Está bien Elena?

—Elena está perfectamente. Elena me ha dado de cenar macarrones recalentados y me ha puesto a montar una estantería de Martina que llevaba tres semanas en el pasillo. —Una pausa—. Y luego me ha destrozado.

—¿Qué ha pasado?

—Que le he contado lo de Ponzano. Todo. Y ella me ha escuchado como escucha ella, sin decir nada, y al final ha dicho: «O sea que otra vez». Y yo le he preguntado qué es «otra vez». Y me ha dicho: «Otra vez arreglándolo tú solo y sin avisar, como con papá».

Me senté en el brazo del sofá.

—Sigue.

—Me ha recordado una cosa que yo no tenía presente así.

Cuando mi padre desaparecía, el que llamaba a los sitios era yo.

Tenía catorce años. Llamaba al bar, llamaba a mi tío, llamaba al trabajo y decía que estaba con gripe.

Y a mi madre no le contaba ni la mitad, porque para qué.

—Un silencio con tráfico dentro—. Elena me ha dicho: «Llevas desde los catorce siendo el adulto de esta familia y todavía no has entendido que eso también es una manera de no dejar entrar a nadie».

—Es buena.

—Es arquitecta y es insoportable. —Casi se rio—. Y después me ha preguntado por ti.

—¿Qué le has dicho?

—Le he dicho la verdad. Que hay una mujer. Que trabaja en esto. Que probablemente la esté perdiendo. Y ella me ha preguntado qué tiene esa mujer.

—Nicolás…

—Déjame terminarlo, porque he tardado nueve días en poder decirlo y si me paras no lo digo. —Oí cómo se apoyaba en algo—. Le he contado lo que hacemos. No con detalle, que es mi hermana. Pero le he contado la parte importante.

Me quedé absolutamente quieta.

—Le he dicho que hay una hora, a veces dos, en las que yo no decido nada.

—Habló despacio, como si leyera algo escrito por otro—.

Que llevo veintitrés años decidiendo. Decido en Nexo, decido por mi madre, decidí por Elena cuando éramos críos, decidí despedir a Sergio y decidí ir a esa cafetería.

Y que no es que me pese: es que no sé apagarlo.

Que lo llevo puesto hasta durmiendo. Y que contigo, cuando me dices que no me mueva y yo no me muevo, se apaga.

Es lo único que lo apaga. Y no es que tú me quites nada, Vera, es que yo lo dejo en el suelo un rato y sé que alguien lo está vigilando.

Tenía la toalla mojada y estaba temblando de frío y no me moví.

—Elena me ha preguntado si eso me hace sentir menos hombre —siguió—. Y le he dicho que no, y me ha preguntado por qué, y le he dicho: porque soy yo el que abre la mano.

—¿Se lo has explicado?

—No. Le he dicho que hay una llave y me he callado.

Cerré los ojos.

—¿Por qué me cuentas esto?

—Porque me ha preguntado si tú lo sabías.

—Su voz se bajó un grado—. Y me he dado cuenta de que no.

De que tú sabes lo que hago, que es distinto.

Sabes que obedezco. No sabes por qué me hace falta.

Y llevo dos meses dejando que lo adivines, que es exactamente lo mismo que hice con Ponzano, en pequeñito.

—No es lo mismo.

—Es la misma mano.

Un autobús pasó por su lado y perdí dos palabras.

—…y no te estoy pidiendo que me creas —decía cuando volvió—. Ya sé que eso lo decides con documentos. Te estoy pidiendo otra cosa.

—¿Cuál?

—Que cuando lo compruebes todo, y lo vas a comprobar, no te cuentes a ti misma que lo hiciste porque yo no te importaba. —Una pausa muy larga—. Me lo vas a contar así. Te conozco.

Se me llenaron los ojos, y me alegré profundamente de que aquello fuera una llamada y no una mesa.

—Te voy a colgar —dije.

—Vale.

—No porque esté enfadada.

—Ya lo sé.

—Buenas noches, Nicolás.

—Buenas noches.

* * *

Hugo me llamó a las 07:12 de la mañana siguiente y no dijo «buenos días».

—Estás despierta.

—Estoy despierta.

—Vente. Y no le digas nada a nadie hasta que lo veas con tus ojos, porque si te lo cuento por teléfono me vas a hacer prometértelo y yo hoy no prometo nada.

Llegué a Viriato en veintidós minutos, con el pelo mojado y sin desayunar. Hugo tenía tres pantallas encendidas, cuatro vasos de té vacíos y esa cara de no haber dormido que en él es prácticamente un estado civil.

—Siéntate. Mira esto.

En la pantalla grande había una franja azul con picos, y debajo, otra imagen: una nube de color, azules y verdes, con líneas horizontales.

—Espectrograma. Los cuarenta y un segundos.

—Señaló con el bolígrafo—. ¿Ves esta línea de aquí abajo, constante, que va de un extremo a otro?

Es el zumbido del local. Nevera, luces, la máquina.

Cincuenta hercios y sus armónicos. Está siempre, es aburridísima y por eso es maravillosa: en una grabación continua, esa línea no se interrumpe jamás.

—Vale.

—Ahora mira el segundo treinta y ocho coma seis.

Me incliné.

La línea se cortaba. No se desvanecía: se cortaba, y un milímetro más allá volvía a empezar, un pelo más arriba, con otro color.

—Eso es un empalme —dijo Hugo—. La fase del zumbido salta. Es imposible que eso pase en una grabación de una sola toma. Y hay más: aquí, justo antes del «sí», hay una sibilante truncada. Alguien estaba empezando una ese y le han cortado el principio a cuchillo.

Me quedé mirando la pantalla sin parpadear.

—O sea que el «sí» no responde a la pregunta de los proveedores.

—O sea que entre la pregunta y el «sí» falta material. —Hugo dejó el bolígrafo—. No sé cuánto. No sé qué dice. Pero te puedo firmar delante de un juez que ese archivo está cortado en el segundo treinta y ocho, y a partir de ahí el que tiene que explicarse ya no es él.