CAPÍTULO 24 #2
No esperaba nada y no encontré nada, que es el noventa por ciento de este trabajo.
El encargado era un chico de veintipocos que llevaba allí desde enero y que miró las dos fotografías con la mejor voluntad del mundo antes de decirme lo evidente: que por esa barra pasan trescientas personas al día y que septiembre del año pasado le quedaba más lejos que la Transición.
Pedí las imágenes de las cámaras por escrito.
Me dijeron, también por escrito, que el sistema sobrescribe cada treinta días.
Guardé el papel igualmente, porque un «no» documentado vale más que un «no» recordado.
Lo que sí hice fue quedarme veinte minutos sentada dentro.
Hay once mesas. Solo en tres de ellas la cafetera te queda a la izquierda y hay sillas pasando por la derecha. Fotografié las tres, medí a ojo las distancias y anoté cuál era la única desde la que no se ve la puerta.
En esa me habría sentado yo. Y en esa se sentó Landa, con el móvil boca arriba sobre la mesa, dando la espalda a la calle para que el hombre al que iba a grabar tuviera algo que mirar por encima de su hombro.
* * *
Lo vi esa noche en Casa Lúa porque insistí yo, y elegí Casa Lúa a propósito: mesa del fondo, ruido suficiente, camarero que no se acerca si no lo llamas y, sobre todo, un sitio donde no hay una cama a seis metros.
Pidió agua. No pidió vino, y ese detalle me dijo cómo estaba más que la cara.
—Mañana rectifico el acceso a los sistemas —dijo—. Yo mismo. Le doy a Tomás lo que ha pedido en esa parte, porque tiene razón y porque si me peleo parezco culpable. Lo que no voy a hacer es apartarte a ti.
—Eso no lo decides tú.
—Ya. Pero puedo no pedirlo.
—Nicolás. —Aparté la copa—. Te voy a decir una cosa y necesito decirla de corrido, sin que me ayudes.
—Te escucho.
—Quiero creerte.
Levantó la vista.
—Quiero creerte y no es una manera de hablar.
Llevo dos días haciendo el mismo cálculo cada veinte minutos y siempre me sale lo mismo: que un hombre que quiere comprar silencio no le entrega a una investigadora dos años de correo, extractos y ubicaciones.
No tiene sentido. Nadie se abre en canal y luego se preocupa por cuarenta y un segundos en una cafetería.
—Bebí agua yo también, porque tenía la boca seca—.
Ese es el argumento y es bueno. Y no me vale.
—¿Por qué no te vale?
—Porque es exactamente el argumento que yo querría que fuese verdad. —Lo miré—. Y todo lo que yo quiero que sea verdad tiene que pasar por delante de mí dos veces.
—Vale.
—No he terminado. Te voy a contar lo que estoy haciendo, porque no pienso hacerlo a tus espaldas y porque si te lo digo a la cara ya no puedo suavizarlo después.
—Saqué la libreta y la dejé cerrada sobre la mesa, que era una forma de decirle que aquello no era conversación de pareja—.
Uno: esta tarde he estado en esa cafetería con una fotografía tuya y una de Landa y he preguntado en la barra, aunque fuera septiembre del año pasado y no se acordara nadie.
Dos: he pedido las imágenes de cámara y me han dicho que se conservan un mes, y las he pedido igual por escrito para que conste que las pedí.
Tres: tu partida discrecional de dirección.
Los cuatro mil doscientos. Quiero ver si se ejecutaron, si se retiraron en efectivo, si se movieron a algún sitio, y quiero ver los doce meses anteriores y los doce posteriores.
—Los vas a ver.
—Cuatro, y esta es la fea: voy a pedir a Hugo que compare tu voz de esa grabación con las grabaciones de las actas del despacho. Todas. Incluidas aquellas en las que hablabas de mí.
Nicolás dejó el vaso en la mesa muy despacio.
—¿Y eso para qué sirve?
—Para descartar que el audio sea sintético.
Hoy se clona una voz con cuatro minutos de material.
Si alguien te ha fabricado, lo sabremos.
Y si no te ha fabricado, también lo sabremos, y entonces las tres frases primeras son tuyas de verdad y hay que explicarlas una a una.
—Me obligué a sostenerle la mirada—. Las dos posibilidades me interesan igual. Eso es lo que significa verificar.
Estuvo callado un rato largo. La gente de la mesa de al lado se reía de algo.
—Vale —dijo—. Hazlo todo.
—Nicolás.
—No, escúchame. Yo también he estado pensando.
—Se pasó el pulgar por el borde del vaso—.
Ayer, cuando Tomás pidió apartarte, ¿sabes cuál fue mi primer impulso?
Enfadarme. Y a los dos segundos me di cuenta de que mi primer impulso de siempre es el mismo desde que tengo catorce años: resolverlo yo, rápido, antes de que se entere nadie.
Eso fue Ponzano. Ponzano fue eso exactamente.
Yo solo, un martes, sin acta, arreglándole la vida a alguien para que el problema no existiera.
—Levantó la cabeza—. Y me ha costado la única cosa que no me podía permitir perder.
—¿Cuál?
—No lo digas como si no lo supieras.
Me quedé quieta.
—Vera, te voy a hacer una pregunta —dijo—. No como socio de Nexo. No como sujeto de un expediente. Te la hago yo.
—No la hagas.
—¿Confías en mí?
Y ahí estaba, encima del mantel, entre el agua y una libreta cerrada.
Podía haber dicho que sí. Habría sido sencillo, habría sido amable y me lo habría creído él, porque lleva cuatro meses creyéndome cosas mucho menos probables. Podía haber dicho que no, y habría sido mentira, y las mentiras limpias a mí se me dan bien.
Lo que no podía hacer era lo único que estaba haciendo, que era mirarle las manos sobre la mesa, esas manos que dos noches antes se cerraban alrededor de una llave, y notar que el cuerpo me contestaba que sí mientras la cabeza me ponía delante un cargo bancario de siete euros con cuarenta.
Abrí la boca.
No salió nada.
Nicolás asintió una sola vez, muy despacio, como cuando archiva algo. Después llamó al camarero y pidió la cuenta.