CAPÍTULO 24
Hugo escuchó los cuarenta y un segundos siete veces seguidas con los cascos puestos y sin decir nada, y a la séptima se los quitó, los dejó sobre la mesa y pidió té.
—Que alguien me traiga té. No café. Té.
—Hugo.
—Es que si no lo digo me pongo a hablar y no quiero hablar todavía.
Le puse el té delante y le di ocho minutos. Los aproveché en no mirar el teléfono, que es un ejercicio que me sale fatal.
—Vale —dijo por fin—. Por partes. El fichero es un MP3 a 128 kilobits, que es una barbaridad de compresión para cuarenta y un segundos.
Eso puede ser tacañería o puede ser intencionado, porque comprimir mucho te tapa cosas.
Metadatos: limpios. Demasiado limpios. Alguien pasó el archivo por un programa que borra la huella del dispositivo de origen, la fecha de creación y el software de edición.
No es difícil de hacer. Sí es difícil de hacer sin querer.
—O sea que está tocado.
—Está manipulado en el sentido de que le han quitado la etiqueta.
Otra cosa es si le han quitado contenido.
—Levantó un dedo—. No te voy a decir todavía que sí.
Te voy a decir que en cuarenta y un segundos hay dos sitios donde el ruido de fondo me hace cosas raras y necesito el espectrograma en condiciones y unas horas.
—¿Y la grabación en sí?
—La grabación en sí es buena. Micrófono cerca y bajo.
Se oye la máquina del café a la izquierda y una silla arrastrándose a la derecha, o sea que el aparato estaba sobre la mesa, no en un bolsillo.
Un móvil boca arriba, apoyado en la funda.
—Se giró en la silla—. La gente deja el móvil sobre la mesa. Lo hacemos todos. Por eso funciona.
—Ponlo por el altavoz.
—Vera.
—Ponlo.
Lo puso.
Primero, seis segundos de ambiente: loza, la cafetera, alguien pidiendo algo al fondo. Después la voz de Landa, tranquila, educada, con un punto de guasa.
«Entonces, resumiendo, tú me estás ofreciendo dinero.»
Y Nicolás:
«Cuatro mil doscientos. Brutos. Y la carta la firmo yo.»
«¿Y esto lo sabe el comité?»
«Esto no sale del comité, Sergio. Esto no sale de esta mesa.»
Una pausa. Dos segundos y medio. El roce de una taza.
«¿Y lo de los proveedores de Levante? ¿Seguimos como estábamos?»
«Sí.»
Y ahí terminaba.
Me quedé mirando el altavoz del portátil como si fuera a añadir algo.
—Otra vez —dije.
Hugo lo repitió. Y una tercera. Y a la tercera ya no escuchaba las palabras, escuchaba el tono, que es lo que llevo quince años haciendo y lo único que en ese momento me parecía sólido: ese «sí» no sonaba como suena un sí. Sonaba corto. Sonaba como la primera sílaba de otra cosa.
—El «sí» está cortado —dije.
—El «sí» me parece cortado a mí también y esa es exactamente la clase de frase que un perito de la otra parte destroza en treinta segundos preguntándote si conocías personalmente al declarante. —Hugo me sostuvo la mirada—. Lo cual es un problema, porque lo conoces.
—Lo sé.
—Vale. Solo quería decirlo una vez.
—Ya lo has dicho.
—Ya lo he dicho. —Se giró hacia el teclado—. Dame hasta mañana y te lo digo con una gráfica, que en un juzgado vale mil veces más que tu oído.
Lo que teníamos, mientras tanto, era esto: cuarenta y un segundos en los que el director de operaciones de Nexo Logística Digital ofrecía dinero en efectivo a un exempleado despedido por manipular contratos, pedía que no saliera del comité y contestaba que sí a una pregunta sobre proveedores.
No hacía falta ser abogado. Con eso se acaba una carrera.
* * *
El correo llegó a las 09:14 del día siguiente, a la dirección general de Nexo, a la de Tomás Bermejo y a la de dos de los cuatro socios.
Lo leí de pie en la sala de reuniones de Méndez Álvaro, con el abrigo todavía puesto, mientras Tomás lo proyectaba en la pantalla con la mandíbula como una piedra.
Ciento ochenta mil euros. En criptomoneda, a una dirección de un solo uso.
Setenta y dos horas. Si en setenta y dos horas no había movimiento, el archivo completo —«completo», decía, subrayado— llegaría a los cuatro socios, a los dos fondos que estaban en la ronda y a una periodista de económicas cuyo nombre aparecía escrito con las iniciales y el medio.
Sin insultos. Sin adjetivos. Tres párrafos redactados por alguien que sabía exactamente cuánto vale la calma en un texto así.
Y una frase al final, sola:
«Setenta y dos horas es más tiempo del que le disteis a él.»
—Eso es él —dijo Nicolás—. Eso es Sergio.
—Eso no es nadie hasta que lo probemos —dije—. Y si es él, es la primera vez en cinco meses que comete un error, porque llevaba cinco meses sin pedir nada. Quien pide, se expone.
Uno de los socios, un hombre mayor con pinta de haberse levantado de la cama para aquello, preguntó lo que tenía que preguntar.
—Nicolás, la pregunta obvia. ¿Lo dijiste?
—Dije las tres primeras frases.
—¿Y la cuarta?
—No de esa manera.
—Eso no es un no.
—No, no lo es. —Nicolás tenía las manos planas sobre la mesa—. Le dije que sí a una pregunta que no era esa. Y no os puedo demostrar lo que hay entre el segundo treinta y ocho y el segundo cuarenta y uno hasta que alguien recupere el archivo entero.
—O sea que no.
—O sea que todavía no.
Tomás Bermejo se levantó.
Lo he visto hacerlo otras veces. Se levanta para hablar porque sentado le sale menos autoridad, y es consciente, y aun así lo hace.
—Yo tengo una cuestión previa y la voy a plantear ahora, con los socios delante, porque llevo cuatro meses planteándola en privado y no ha servido de nada.
—Ni siquiera me miró; habló como si yo fuera un punto del orden del día—.
Esta empresa contrató de facto, a través de un acuerdo de colaboración, a un despacho externo de investigación.
Ese despacho lleva desde marzo trabajando con acceso a nuestros registros, a nuestros empleados y, desde hace dos semanas, a los dispositivos personales del director de operaciones.
Y quiero que conste que en todo ese tiempo no hemos recuperado un euro, no tenemos a nadie imputado y hoy hemos amanecido con una extorsión.
—Tomás…
—Déjame terminar, Nicolás. —Se volvió por fin hacia mí—. Señora Salvatierra, ¿usted sabía lo de la reunión de Ponzano?
—Lo supe anteayer a las dos y treinta y ocho de la madrugada y consta en el expediente con hora.
—¿Y por qué no lo sabía en abril?
—Porque no estaba en ninguna parte y porque el declarante lo negó expresamente.
—Exacto. —Abrió las dos manos como si acabara de ganar algo—.
El declarante lo negó expresamente. Y usted ha construido cuatro meses de trabajo sobre la palabra de ese declarante.
Esa es mi objeción, y no es personal: es metodológica.
Esta investigación se ha organizado alrededor de la hipótesis de que Nicolás es una víctima.
Todo lo demás se ha ido colocando detrás de esa hipótesis.
Y ahora resulta que la víctima se reunió a solas con el sospechoso, le ofreció dinero en metálico y no se lo contó a nadie, ni a su director financiero, ni a su comité, ni a la investigadora que ha metido en su propia empresa.
Nadie dijo nada. La máquina de ventilación hizo ese clic que hace cada cuatro minutos.
—Pido formalmente dos cosas —siguió Tomás—.
Una: que la señora Salvatierra quede apartada de todo lo relativo a la conducta del señor Ferrer.
Que siga con el rastro patrimonial si la aseguradora lo quiere, pero que la parte que afecta a Nicolás la lleve un tercero independiente designado por el consejo.
Y dos: que hasta entonces se le retire el acceso a los sistemas internos.
—¿Y quién paga el tercero independiente, Tomás? —preguntó el socio mayor.
—Nosotros. Y nos sale barato.
Nicolás se echó hacia atrás muy despacio.
—¿Tú crees que lo hice?
—Creo que no lo sé. —Tomás no bajó la mirada—. Y llevo cuatro meses siendo el único de esta sala al que se le permite no saber. A mí me habéis mirado la contabilidad línea por línea. Yo lo acepté. No pedí un tercero independiente cuando el sospechoso era yo.
Y ahí, por primera vez, me pareció que Tomás Bermejo tenía razón en algo, y fue una sensación desagradabilísima.
—Señora Salvatierra —dijo el socio mayor—. ¿Usted qué dice?
—Digo que la objeción del señor Bermejo sobre el acceso es razonable y que la decisión no me corresponde a mí, sino a mi cliente, que es Mutua Ibérica de Riesgos, y a mi socia, que supervisa el expediente desde marzo precisamente para que exista una capa entre el señor Ferrer y yo.
—Cogí aire—. Y digo que si mañana se me aparta, el informe que entregue seguirá diciendo lo mismo que diría hoy, porque lo escribo con documentos y no con simpatías.
—¿Y hoy qué diría?
—Que hay una grabación cuya integridad está en duda, que hay una extorsión con plazo, y que quien extorsiona tiene el archivo completo.
—Miré a Tomás—. Y añado una cosa: no paguen.
No por principios. Porque el que pide ciento ochenta mil euros por un archivo sin dar prueba de vida del archivo completo está enseñando que no puede permitirse que se oiga entero.
Se hizo un silencio de otro tipo.
—Eso último ha sido inteligente —dijo Tomás, a regañadientes—. Sigo pidiendo lo que he pedido.
Berta Ayala me llamó cuarenta minutos después, mientras bajaba en el ascensor.
Fue breve. Me dijo que la Mutua mantenía el encargo, que el expediente seguía bajo la firma de Clara Montes y que a partir de ese momento cualquier actuación que afectara personalmente a Nicolás Ferrer requería la validación previa de Clara por escrito.
Y luego me dijo la frase que llevaba esperando desde marzo, con una amabilidad que la hacía peor:
—Vera, no me obligue a preguntarle nada incómodo.
—No la voy a obligar.
—Perfecto. Buenos días.
Esa tarde fui a la cafetería de Ponzano.