ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Estuve cuatro horas y diez minutos sentada en mi propia cocina antes de despertarlo.

No fue indecisión. Fue método. Cuando encuentras algo a las dos y media de la madrugada, lo peor que puedes hacer es levantarte y preguntar, porque entonces conviertes un dato en una conversación y ya nunca vuelve a ser un dato.

Así que hice lo que hago siempre: abrí un documento nuevo, escribí la fecha y me puse a verificar.

Siete euros con cuarenta.

Me quedé mirando esa cifra mucho más rato del que merecía.

Dos cafés y una caña, o dos cañas y un café.

Da igual. Lo que decía esa cifra es que Nicolás Ferrer se sentó cuarenta y cinco minutos con Sergio Landa nueve semanas después de despedirlo, que fue una conversación lo bastante larga para pedir dos rondas, y que pagó él.

El historial de ubicación del móvil no llegaba tan atrás: la política de conservación se lo come a los dieciocho meses.

Anoté la limitación. Anoté la hora a la que lo comprobé.

Anoté que el cargo bancario situaba el dispositivo de pago en esa dirección a las 20:04 y que eso no acredita la presencia física del titular, aunque en la práctica sí.

Después abrí la carpeta del caso y busqué la palabra «Landa» en todas las actas firmadas por Nicolás desde marzo.

Cuarenta y una apariciones. Nicolás explicando el despido.

Nicolás detallando los contratos irregulares.

Nicolás reconstruyendo de memoria quién tenía qué accesos.

Nicolás en la sala pequeña, el once de abril, diciendo textualmente: «Desde que salió por esa puerta no he vuelto a tener contacto con él».

Lo leí tres veces. Estaba en un acta con mi firma al pie.

A las siete menos cuarto empezó a entrar luz gris por la ventana de la cocina y yo seguía con la manta por los hombros y las piernas dormidas.

Él dormía. Lo oía desde allí, esa respiración pesada de la gente que por fin descansa, y doce horas antes yo le había dicho en voz alta, dos veces, tres según él, que me gustaba muchísimo.

Cerré el portátil.

Fui al dormitorio, me apoyé en el marco de la puerta y lo miré un rato. Estaba boca abajo, con un brazo colgando fuera del colchón y las marcas de las muñecas ya casi desaparecidas. Tenía la cara de alguien que no tiene nada pendiente.

—Nicolás.

Abrió los ojos enseguida. Siempre se despierta entero, sin ese tramo de confusión que tiene el resto del mundo.

—¿Qué hora es?

—Las siete menos diez. Levántate y ven a la cocina. Vístete.

Se incorporó sobre un codo. Me miró de arriba abajo una sola vez y vio lo que tenía que ver, porque no preguntó nada más.

—Dame dos minutos.

Tardó tres. Apareció con los vaqueros y la camisa del día anterior sin abrochar del todo, descalzo, con el pelo hacia un lado, y aquello me pareció profundamente injusto. Yo llevaba cuatro horas construyendo una posición y él entró en mi cocina con ese aspecto.

Puse el portátil girado hacia él, con la entrada de calendario en pantalla.

—¿Qué hiciste el martes 17 de septiembre del año pasado, a las siete y media de la tarde?

No miró la pantalla. Me miró a mí.

Y ahí lo supe, antes de que dijera una sola palabra, porque a Nicolás Ferrer no se le pone ninguna cara: se le va la que tenía. Se le vació la expresión como se vacía un vaso.

—Me vi con Sergio Landa —dijo.

—En Ponzano.

—En Ponzano.

—Cuarenta y cinco minutos.

—Una hora, más o menos. La reserva de agenda me quedó corta. —Se apoyó con las dos manos en la encimera—. Vera.

—No. Todavía no. —Giré la pantalla otra vez hacia mí—. Cuéntamelo entero y en orden, y no me lo cuentes como se lo contarías a tu abogado. Empieza por quién llamó a quién.

Tragó saliva.

—Llamó él. Cuatro veces en tres semanas. Yo no cogí ninguna. A la quinta me mandó un mensaje diciendo que solo quería quince minutos y que después no volvería a molestarme.

—Y fuiste.

—Fui.

—¿Por qué?

—Porque lo despedí mal. —Lo dijo sin levantar la voz—.

Técnicamente lo hice bien. Detecté las irregularidades en tres contratos, lo documenté, se lo llevé al comité y lo echamos con una carta que decía «pérdida de confianza» y ninguna acusación concreta, porque la acusación concreta habría obligado a abrir una denuncia y a explicarle a media docena de clientes que teníamos un problema de compras.

Un año antes de una ronda de financiación. Eso fue lo que decidimos.

—Decidisteis.

—Decidí yo y el comité lo ratificó, que es lo mismo.

—Se frotó la mandíbula con los nudillos—.

Y luego me quedé con la sensación de haber tirado a un tipo de cuarenta años a la calle con un papel que no dice nada y que, precisamente por no decir nada, lo hace imposible de colocar en ningún sitio.

En este sector se llaman todos. Nadie pregunta, pero todos llaman.

—¿Y qué le ofreciste en esa cafetería?

Levantó la vista.

—Una salida discreta. Que la baja constara como renuncia voluntaria por motivos personales.

Una carta de recomendación neutra, firmada por mí, sobre su trabajo en los años en que su trabajo estuvo bien.

Y tres meses de indemnización adicional que habría sacado de mi partida discrecional de dirección.

—A cambio de qué.

—De que devolviera todo el material corporativo que tuviera, de que firmara una cláusula de confidencialidad ampliada y de que se acabara ahí.

—¿Firmó?

—Dijo que se lo pensaba. —Una pausa muy corta—.

Nunca firmó nada. No volvió a coger el teléfono.

Tres semanas después me llegó un burofax de un abogado suyo reclamando una liquidación de horas y luego ni eso.

Y yo me quedé con una carta de recomendación en un cajón que no llegué a entregar y con la impresión perfectamente clara de haber hecho el ridículo.

Me quedé callada.

—Esa es la parte que no conté —dijo—. No la reunión. La cara de imbécil.

—¿Se lo dijiste a Tomás?

—No.

—¿Al comité?

—No.

—¿A tu abogado?

—No.

—O sea que te reuniste a solas, sin acta, sin testigos y fuera de la sede, con un empleado al que acababas de echar por manipular contratos, para ofrecerle dinero de tu partida discrecional y una carta firmada por ti.

—Lo enumeré despacio, con los dedos, porque necesitaba oírlo yo también—. Y eso excedía tus competencias.

—Sí.

—Dilo entero.

—Excedía mis competencias, no tenía autorización del comité y si el comité lo supiera hoy tendría un problema serio. —Cerró los ojos un segundo—. Eso también es verdad.

—Bien. Ahora la buena. —Giré el portátil por última vez y le enseñé el acta del once de abril, con el párrafo señalado—. Esto lo firmaste en mi despacho hace tres meses. «Desde que salió por esa puerta no he vuelto a tener contacto con él.» ¿Lo leíste antes de firmarlo?

—Sí.

—¿Y?

—Y lo firmé.

—Eso no es una omisión, Nicolás. Eso es una declaración falsa en un expediente que va a una aseguradora y que probablemente acabe en un juzgado.

—Noté que se me estaba subiendo la voz y la bajé a propósito, que es peor—.

Y yo la he presentado. Yo se la he leído a Berta Ayala por teléfono.

He construido tres meses de cronología encima de esa frase.

He defendido delante de Clara Montes, que no se fía de ti y hace bien, que tu versión era consistente.

He puesto mi firma en una consistencia que tú sabías que no existía.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. —Me aparté de la encimera—.

Si mañana la otra parte encuentra ese cargo bancario, y lo va a encontrar porque lo he encontrado yo en veinte minutos, lo que van a decir en una sala no es «Ferrer se reunió con Landa».

Van a decir «Ferrer se reunió con Landa y lo ocultó a la investigadora, y la investigadora no lo detectó en tres meses o no quiso detectarlo».

¿Entiendes la segunda parte de esa frase?

—Sí.

—Repítemela.

—Que te salpica. —Tenía las dos manos abiertas sobre la encimera, muy quietas—. Que te salpica a ti y que además te da la forma exacta que más daño te hace, porque a ti no te van a acusar de nada: te van a insinuar que te ablandaste.

—Exacto.

—Vera, no lo hice contra ti.

—Ya sé que no lo hiciste contra mí.

—Lo escondí antes de conocerte. Lo escondí de todo el mundo, de Tomás, del comité, de Ismael, y cuando llegaste tú ya estaba escondido. Nunca hubo un día en que me sentara y decidiera no contártelo. Simplemente era una cosa que no le había contado a nadie y tú llegaste después.

—Yo no soy todo el mundo.

Lo dije sin pensarlo y me oí decirlo, y se me quedó flotando en la cocina como un olor.

Él no se movió.

—No —dijo—. No lo eres.

—Y ese es justo el problema. —Aflojé los dientes a propósito: tenía la mandíbula agarrotada de cuatro horas apretándola—.

Porque yo llevo desde las dos y media de la mañana haciendo comprobaciones, y son buenas comprobaciones, y todo lo que te acabo de decir es cierto, y aun así te estoy mintiendo con la mitad de la cara.

—No te entiendo.

—Llevo quince años viendo expedientes ocultarse. Es mi trabajo. La gente me miente todos los días y no me duermo peor por eso. —Me obligué a mirarlo—. Anoche estabas esposado a mi cabecero y yo te dije en voz alta que me gustaba esto. Que me gustaba muchísimo. ¿Sabes lo que me costó decir eso?

—Me lo imagino.

—No te lo imaginas. —Se me rompió algo en la voz y lo odié—.

Lo dije porque llevaba tres meses convenciéndome de que contigo se podía.

Y lo que me ha tenido cuatro horas sentada en esa silla no ha sido el acta del once de abril.

El acta la arreglo. Con un anexo, una declaración rectificativa y una bronca de Clara, lo arreglo en dos días.

Lo que no sé arreglar es que yo estaba en esa cama diciendo la verdad más incómoda de mi vida mientras tú tenías eso en un cajón.

—No es lo mismo.

—Ya sé que no es lo mismo. Sé perfectamente que no es lo mismo y me da igual, y eso es exactamente lo que me está fastidiando.

—Solté una carcajada horrible—. Me duele más como amante que como investigadora.

¿Te das cuenta de lo ridículo que es eso viniendo de mí?

Yo soy la que separa las cosas. Es lo único que se me ha dado siempre bien.

Dio un paso.

—No.

Se paró en seco. Se quedó exactamente donde estaba, a un metro y medio de mí, con la camisa abierta y la marca de la almohada todavía en la mejilla, y yo noté con una precisión insultante todo lo que mi cuerpo quería hacer en ese momento y que consistía íntegramente en cruzar ese metro y medio.

No lo crucé. Pero lo medí. Lo medí como mido las plazas de aparcamiento y las distancias entre cámaras, y darme cuenta de que lo estaba midiendo me humilló más que la frase de las cuatro de la mañana.

—Dime qué necesitas —dijo.

—Necesito que te sientes delante de Clara con una grabadora y lo cuentes entero. Hoy. Con fechas, con la cifra que le ofreciste, con el nombre del que tenía que autorizarlo y no autorizó nada. Y necesito que asumas que eso va al informe y que te va a doler.

—Vale.

—Y necesito una cosa más, y esta no es profesional. —Me crucé de brazos, que es lo que hago en vez de agarrarme a algo—. Necesito que no me vuelvas a decir «vale» tan rápido. Porque a mí ese «vale» tuyo me encanta y hoy no me lo puedo permitir.

Nicolás bajó la cabeza y asintió una vez, despacio.

—Entendido.

—Ponte los zapatos.

* * *

Clara nos escuchó con las manos entrelazadas y la grabadora en el centro de la mesa y esa cara suya que no es de enfado, que es peor, que es de estar calculando plazos.

Nicolás lo contó en catorce minutos. Lo contó bien: sin adornos, sin buscarme con la mirada ni una sola vez, sin el recurso barato de convertir la vergüenza en explicación.

Dio la cifra exacta de la indemnización que había ofrecido, cuatro mil doscientos euros brutos de su partida, y dio la fecha en que redactó la carta de recomendación que nunca entregó, y dijo la frase que Clara estaba esperando:

—Reconozco que la declaración del once de abril es inexacta y solicito rectificarla. La inexactitud es mía y fue deliberada.

Clara paró la grabación, redactó el anexo en el portátil y se lo imprimió allí mismo. Lo firmó él, lo firmó ella, lo firmé yo como testigo y Clara metió el papel en la carpeta con esa forma que tiene de cerrar las carpetas.

—Señor Ferrer, salga cinco minutos, haga el favor.

Salió.

—Vera.

—Dime.

—¿Lo encontraste tú o te lo contó él?

—Lo encontré yo. A las dos y treinta y ocho de la madrugada, en la exportación de agenda. Está en el registro con hora.

—¿Y cuánto tardaste en preguntárselo?

—Cuatro horas y diez minutos.

Clara me miró por encima de las gafas.

—Esa es la respuesta correcta —dijo—. Y me preocupa muchísimo que la tengas cronometrada.

—Es mi trabajo tenerla cronometrada.

—Es tu trabajo tenerla cronometrada cuando el sujeto no duerme en tu casa.

—Levantó una mano antes de que yo abriera la boca—.

No te estoy echando nada en cara. Te estoy diciendo que a partir de hoy todo lo que hagas con este hombre tiene que poder leerse en voz alta por un desconocido.

Todo. Y que si en algún momento no puedes garantizarme eso, quiero enterarme por ti.

—Te enterarás por mí.

—Bien. —Se quitó las gafas—. Y ahora la parte que no te va a gustar: esto es malo, Vera. No es fatal. Es malo. Una reunión a solas, sin acta, con oferta económica y documento firmado por él. Si yo fuera la abogada de la otra parte, dormiría muy bien esta noche.

—Lo sé.

—Pues empieza a pensar cómo lo blindamos.

Abrió la puerta. Nicolás estaba en el pasillo, de pie, con el móvil en la mano y una cara que no le había visto nunca.

Y no era la cara de un hombre al que acaban de regañar.

—¿Qué pasa? —dije.

Giró la pantalla hacia mí.

Correo entrante en su dirección corporativa, recibido a las 11:52. Remitente: una cuenta de dominio genérico, doce caracteres alfanuméricos sin sentido. Sin cuerpo de mensaje. Sin firma.

Asunto: *Ponzano*.

Un archivo adjunto de audio. Cuarenta y un segundos.

—No lo abras aquí —dije automáticamente—. Ni lo descargues. Hugo tiene que ver la cabecera antes de que…

—Ya lo he abierto.

Se hizo un silencio muy corto.

—¿Y?

Nicolás me tendió el teléfono con el brazo extendido, sin acercarse, exactamente igual que aquella noche en el aparcamiento cuando me dio el DNI entre dos dedos.

—Somos nosotros —dijo—. Es esa cafetería. Se oye la máquina del café. Se me oye a mí ofrecerle la carta.

Cogí el móvil.

—Vera. —Tenía la voz completamente plana—. Ese hijo de puta me grabó.