CAPÍTULO 22 #2
—Y quiero una cosa más y esta me cuesta decirla —dije—. Quiero que me mires todo el rato. No quiero cerrar los ojos y que tú cierres los tuyos. Me gusta esto. Me gusta muchísimo. Y estoy harta de que eso solo lo sepa yo.
Nicolás se quedó muy quieto.
—Repítelo —dijo, con la voz destrozada por abajo.
—Me gusta muchísimo.
—Otra vez.
—No abuses.
Lo besé antes de que contestara.
Y a partir de ahí se me fue el reloj a mí también.
Lo besé de pie sobre él, con las dos manos en su mandíbula, mordiéndole el labio inferior, y bajé por el cuello y por el esternón y por el vientre sin tocarlo con nada más que la boca, sintiendo cómo cada centímetro de piel se le ponía por delante de mí.
Le recorrí la cara interna del brazo con la lengua, desde el codo hasta la axila, y se le escapó un sonido que no tenía nada de educado.
Le besé la muñeca por debajo del acero, muy despacio, y esa fue la primera vez en toda la noche que tiró de la cinta sin darse cuenta.
—Quieto.
—No puedo estar quieto si haces eso.
—Entonces te voy a hacer eso mucho más.
Le llevé la mano entre los muslos y lo tomé con la palma entera, sin ritmo, solo presión, mientras seguía besándole el cuello. Estaba durísimo y le latía contra la mano y tenía la respiración partida en trozos irregulares, y yo estaba empapada de una manera casi ridícula solo de mirarle la cara.
Usé la boca después. Lo hice como me apetecía a mí, despacio, deteniéndome cada vez que le notaba el vientre contraerse, y cuando llegó ese punto en que se le cerró la mandíbula y las caderas empezaron a subir solas, paré.
Del todo. Las dos manos apoyadas en sus muslos, quietas.
—No —dijo.
—Sí.
—Vera, por favor.
—Esa era la primera. —Le aparté el pelo húmedo de la frente—. Respira.
Respiró. Tardó casi un minuto en bajar y yo me lo pasé entero acariciándole el interior del muslo con dos dedos, lo cual no ayudaba en absoluto y era exactamente el objetivo.
La segunda vez fue peor y duró más.
Me quité la ropa interior, cogí un preservativo de la mesilla y se lo puse yo, con las dos manos, mirándolo.
Después me coloqué encima y bajé despacio, obligándome a sentirlo entero, y me quedé quieta ahí, sentada sobre él, con las palmas apoyadas en su pecho y el corazón golpeándome en sitios que no son el pecho.
—No te muevas —dije.
No se movió. Aguantó seis segundos y luego levantó la cadera un centímetro.
—He dicho que no te muevas.
—Se me ha escapado.
—Otra vez y me bajo.
Se quedó absolutamente inmóvil, con los brazos estirados por encima de la cabeza y las manos cerradas alrededor de la llave, y me miró. Y me sostuvo la mirada mientras yo empezaba a moverme a un ritmo tan lento que era prácticamente una crueldad administrativa.
Estuvimos así mucho tiempo. No sé cuánto.
Sé que en algún momento me di cuenta de que le estaba temblando la pierna izquierda, y que tenía el pelo pegado a la frente, y que había dejado de hablar en frases para hablar en palabras sueltas: mi nombre, «por favor», «más», y una vez, muy bajito, «no pares», que fue la que casi me deshace a mí.
—Dilo entero —conseguí decir.
—Quiero que vayas más rápido. Quiero correrme. Llevo una hora queriendo correrme. Por favor.
Y paré por segunda vez.
El sonido que hizo fue casi de dolor. Se le tensó todo el cuerpo debajo de mí, la cadena chocó contra el travesaño y después se quedó sin fuerzas de golpe, con la cabeza girada contra el brazo, respirando como si hubiera subido siete pisos.
—¿Cómo tienes las manos? —pregunté, porque eso no se pregunta después.
—Bien. Calientes. Bien.
—¿Los dedos?
—Bien, Vera, están bien, por favor.
—¿Norte?
—No. —Levantó la cabeza y me miró y tenía los ojos completamente abiertos y brillantes—. No, no, no. Sigue.
Seguí.
Y esta vez no lo frené. Bajé el pecho contra el suyo, le puse la boca en el cuello y me moví como quería moverme desde el principio, rápido y sin ninguna elegancia, y él empujó hacia arriba a mi encuentro con toda la fuerza que llevaba una hora sin usar, tirando de la cinta con los dos brazos hasta que el cabecero sonó contra la pared.
Me corrí yo primero, con los dientes en su hombro y las manos agarradas a la almohada por encima de las suyas. Y a él lo noté irse cuatro o cinco embestidas después, con un sonido largo y roto que no le había oído nunca, y con la llave todavía cerrada dentro del puño.
Nos quedamos así, deshechos, mucho rato.
* * *
Lo primero fue el nudo.
Tiré del extremo de la cinta, la deshice y le bajé los brazos yo, sujetándoselos, despacio, uno y luego el otro, porque después de tanto rato arriba bajarlos de golpe duele. Le abrí la mano derecha, cogí la llave caliente de su palma y le quité las esposas.
—Mueve los dedos.
Los movió.
—Ciérralos. Ábrelos. Otra vez.
—Los tengo bien.
—Yo decido si los tienes bien.
Le froté las muñecas con los dos pulgares, arriba y abajo, hasta que la piel recuperó el color.
Dos líneas rosadas, superficiales, sin piel rota.
Después le masajeé los hombros y la parte alta de los brazos, que era donde de verdad iba a notarlo al día siguiente, apretando con los nudillos en el deltoides hasta que soltó un gruñido de alivio distinto a todos los de antes.
Fui a por agua. Volví con dos vasos grandes, el edredón que guardo en el armario del pasillo y una barrita de chocolate de las de emergencia del cajón de la cocina, porque me había temblado a mí la mano al abrir el grifo y eso significa azúcar.
Bebió el vaso entero. Le partí media barrita y se la puse en la mano sin preguntarle si quería.
—¿Tienes frío?
—Un poco.
Lo tapé. Me metí debajo del edredón con él, de lado, y le puse la mano abierta en el pecho para contarle las pulsaciones, que es una manía mía y él ya lo sabe y ya no se ríe.
—Noventa y cuatro.
—Baja.
—Baja, sí.
Estuvimos callados un rato. Le peiné el pelo mojado hacia atrás con los dedos, una y otra vez, sin ningún objetivo.
—¿Cómo estás? —pregunté.
—No sé decirlo todavía.
—Inténtalo mal.
—Vacío. —Se quedó pensando—. No vacío triste. Vacío de cosas. Como cuando sales de una reunión de seis horas y te das cuenta de que llevas todo el día sin respirar y de repente respiras. Llevo dos semanas sin dormir bien y ahora mismo podría dormir doce horas.
—Pues duerme.
—Espera. —Se giró hacia mí—. ¿Y tú?
—Yo he dicho en voz alta que me gusta.
—Sí.
—Dos veces.
—Tres. —Media sonrisa, con la cara medio hundida en la almohada—. Te llevo la cuenta.
—Eres insoportable.
—Y tú has estado toda la noche aquí. Dentro. Ni un segundo mirando una factura. —Alargó la mano y me apartó el pelo de la cara—. Eso también te lo llevo yo, si quieres.
Se durmió a los cuatro minutos, boca abajo, con un brazo por fuera del colchón.
Yo no.
A las dos y media me levanté con cuidado, cogí el portátil y me senté en la cocina con una manta por los hombros y la carpeta de dieciocho páginas firmadas, porque Hugo me había dejado antes de irse el primer bloque exportado: agenda y calendario, dos años, en un archivo plano de doce mil líneas.
Lo abrí por costumbre. Lo hice sin esperar nada, que es como se encuentran las cosas.
Empecé por los últimos meses y fui hacia atrás. Reuniones de dirección, comités, viajes, una revisión trimestral, el cumpleaños de Martina marcado con una nota que decía «regalo NO caballo», dentistas, dos vuelos a Barcelona, una cena con inversores.
Y entonces, a la altura de septiembre del año anterior, nueve semanas después del despido, una entrada de cuarenta y cinco minutos un martes a las 19:30.
Sin sala. Sin equipo. Sin asunto.
Solo un lugar —una cafetería de la calle Ponzano que yo conozco— y dos iniciales en el campo de asistentes., S. L.
Me quedé mirando la pantalla con la manta resbalándoseme del hombro y el piso en silencio y ese hombre durmiendo doce horas seguidas a seis metros de mí, confiado, deshecho, en mi cama, después de haberme entregado voluntariamente todo lo que tenía.
Cuarenta y cinco minutos con Sergio Landa.
Y en tres meses enteros de entrevistas, de actas, de cronologías y de noches enteras repasando su relación con ese hombre, Nicolás Ferrer no me lo había mencionado ni una sola vez.