ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Se lo conté esa misma tarde, en la sala pequeña del despacho, con Clara al otro lado de la mesa y una grabadora encendida entre los tres, porque eso fue lo primero que exigí: que no se lo dijera Vera Salvatierra a Nicolás Ferrer en una cocina, sino el despacho al interesado, con acta.

Hugo lo explicó en once minutos. El snapshot, las dos horas y veintiún minutos, la IP de Fráncfort, los tres elementos, la etiqueta del token.

Nicolás escuchó sin interrumpir ni una sola vez. Cuando Hugo terminó, se quedó mirando la pantalla con las manos cruzadas sobre la mesa y dijo:

—¿Cuántos tokens vivos quedan?

—Cuatro. Bueno. Tres, desde anoche, que revoqué uno con permiso de tu gente.

—Revócalos todos hoy. Y que roten las claves maestras del gestor de secretos esta noche, no el lunes. —Se giró hacia Clara—. Eso lo puedo ordenar sin consultar a nadie y lo voy a ordenar ahora, y quiero que conste que lo ordeno después de saber que uno de esos tokens me señala a mí.

—Consta —dijo Clara.

—Bien. —Entonces me miró—. ¿Qué necesitas?

Y ahí fue donde se me hizo un nudo, porque yo llevaba desde las nueve y media de la mañana ensayando cómo pedírselo.

—Necesito tus registros —dije—. Todos. No los de Nexo: los tuyos.

Correo personal, extractos bancarios de las tres cuentas, tarjetas, el historial de ubicación de tu móvil, tus dispositivos, tu calendario de los últimos dos años completo.

Y necesito la autorización escrita para que Hugo haga una imagen forense de tu portátil y de tu teléfono, lo que significa que va a ver cosas que no tienen nada que ver con este caso.

—Vale.

—No digas «vale» todavía, porque falta la parte fea.

—Me obligué a no bajar la voz—. Si en esos registros aparece algo que te perjudique, va al informe.

No lo puedo negociar, no lo puedo suavizar y no te lo puedo avisar antes.

Y el informe lo lee la aseguradora, y si esto acaba en juzgado lo lee la otra parte, y la otra parte tiene abogados cuyo trabajo consiste en encontrar una frase tuya de hace año y medio y leerla en voz alta.

—Lo he entendido.

—Nicolás, estoy diciendo que puedes salir de esta habitación habiéndote hecho daño.

—Sí. —Se recostó—. Y estoy diciendo que sí.

Clara carraspeó.

—Señor Ferrer, como responsable del expediente tengo que recomendarle formalmente que consulte con su abogado antes de firmar nada.

—Está al llegar.

Ismael Ponte llegó catorce minutos después, con la gabardina puesta y esa expresión de abogado al que han sacado de otra reunión.

Leyó el documento de cesión de pie, sin sentarse, pasando páginas con el pulgar, y cuando terminó lo dejó sobre la mesa y se quedó callado el tiempo justo para que todos entendiéramos lo que venía.

—No.

—Ismael.

—He dicho que no. —Se quitó las gafas—. Nicolás, esto no es una cesión de datos, esto es un cheque en blanco.

Estás entregando dos años de tu vida a una investigadora externa que trabaja para una aseguradora que, llegado el caso, tiene interés económico directo en encontrar un responsable.

Cualquiera. Y si mañana Nexo tiene que defenderse, la primera pregunta que te van a hacer en una sala es por qué abriste voluntariamente tu vida entera a una tercera parte.

—Porque no tengo nada.

—Todo el mundo tiene algo. —Ismael dijo aquello sin ninguna maldad, y por eso se quedó en el aire—.

Todo el mundo tiene un correo mal escrito, una comida mal explicada, una transferencia que en su momento fue una tontería.

Yo llevo dieciocho años viendo cómo se construyen acusaciones con material honesto.

Nicolás se levantó y fue hasta la ventana. Estuvo ahí quizá quince segundos, de espaldas, mirando la calle Viriato.

—¿Cuál es tu consejo, en una frase?

—Cesión parcial, auditada, con un tercero independiente y un índice de lo que entregas. Tardamos diez días y estás protegido.

—Diez días.

—Diez días.

—Landa se llevó la empresa entera en un disco duro en agosto, Ismael.

Nosotros no tenemos diez días. —Se giró—.

Que conste en acta que mi abogado me recomienda expresamente no hacer esto, que me ha explicado los riesgos con detalle y que los he entendido.

Y que lo hago igual, en contra de su consejo y bajo mi exclusiva responsabilidad.

Clara escribió sin levantar la cabeza.

—Consta.

—Dame el boli.

Ismael Ponte se puso las gafas otra vez y soltó el aire por la nariz.

—Firma tú abajo también —le dijo Nicolás, tendiéndole el bolígrafo después—. Como testigo de que me has avisado. Es lo justo.

Y eso, más que la firma, fue lo que me atravesó. Que en el mismo minuto en que se estaba dejando abierto en canal delante de mí, se acordara de cubrir a su abogado.

Firmaron. Ismael recogió su gabardina, me dio la mano con una firmeza que era claramente una advertencia y se fue sin despedirse de nadie más.

Hugo se llevó el portátil y el teléfono a la sala de al lado para empezar la imagen forense, que son cuatro horas de barra de progreso.

Clara apagó la grabadora, dijo «buenas tardes» de una manera muy particular y cerró la puerta.

Nos quedamos los dos solos con una carpeta de dieciocho páginas firmadas sobre la mesa.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Estoy hecho polvo.

—Ya.

—No me preguntes si me arrepiento, porque no, pero llevo veinte minutos con el pulso raro.

—Se aflojó el nudo de la corbata de un tirón seco—.

Acabo de firmar que puedes leer cualquier cosa que yo haya escrito en dos años.

Ni siquiera recuerdo qué he escrito en dos años.

Es como abrir un armario que no ordenas nunca.

—¿Quieres que lo hablemos?

—No. —Levantó la vista—. Quiero irme a casa contigo y quiero que esta noche no decida nada.

Me quedé quieta.

—Dilo en primera persona y entero —dije—. Ya sabes que en esto no adivino.

—Quiero que esta noche mandes tú. —Lo dijo sin bajar la voz y sin adornarlo—.

Todo. La hora, el ritmo, cuándo puedo moverme, cuándo no.

Llevo desde las ocho de la mañana tomando decisiones que me pueden costar la empresa y acabo de tomar la peor de todas voluntariamente.

Quiero una hora en la que la única decisión que me quede sea si abro la mano.

Noté el calor subiéndome por el cuello y no hice ningún chiste.

—Vale —dije—. Pero hoy hay una condición nueva.

—Dime.

—Que hable yo. En voz alta. —Tragué—. Y que no te rías.

Nicolás cogió la carpeta, la metió en el sobre y me sostuvo la puerta.

—No me voy a reír —dijo.

* * *

Fuimos a mi casa, que es más pequeña que la suya y donde todo está donde yo lo he puesto.

No pasó nada durante casi una hora. Cenamos algo mediocre, puse música baja, recogí la mesa y él se apoyó en el marco de la puerta de la cocina y me miró recoger sin ayudar, porque se lo dije. Esa es la parte que nadie entiende desde fuera: que lo que más funciona no es el metal. Es el tiempo.

—Ve al dormitorio —dije por fin—. Desnúdate y espera de pie.

—¿Cuánto?

—Lo que yo tarde.

Tardé nueve minutos. Fregué dos cazos que no hacía falta fregar esa noche, me lavé los dientes y me quité el jersey y los vaqueros en el pasillo. Los nueve minutos los conté, porque seguro que él también los contó.

Cuando entré estaba de pie a los pies de la cama, desnudo, con las manos a los lados, y tenía la respiración alta y la piel del pecho marcada de calor. No se tapó. No hizo ninguna broma.

Me senté en el borde de la cama, en ropa interior, y lo miré sin tocarlo durante un rato largo. Al minuto le empezaron a temblar un poco los dedos de la mano izquierda.

—Repíteme el protocolo.

—Norte y paras. Y la llave en la mano: si la suelto, se acaba.

—Bien. Hoy hay más cosas que de costumbre, así que añadimos una.

—Le mostré lo que llevaba—. Vas a estar así mucho tiempo.

Si en algún momento notas los brazos dormidos, los dedos fríos o un hormigueo, me lo dices inmediatamente y no esperas a ver si se pasa.

Eso no es parar, eso es logística. ¿Entendido?

—Entendido.

—Repítemelo.

—Dormidos, fríos u hormigueo, lo digo inmediatamente.

—Túmbate. Boca arriba, en el centro.

Se tumbó.

Le cogí las manos y se las llevé por encima de la cabeza, muñeca contra muñeca.

El primer aro se cerró con ese chasquido pequeño que en mi casa suena distinto que en un aparcamiento.

El segundo también. Comprobé el espacio de un dedo entre el metal y la piel, cerré el doble seguro y después pasé por dentro de la cadena una cinta de algodón ancha, de las de yoga, y la até al travesaño del cabecero con dos vueltas y un nudo que se suelta tirando de un extremo.

No apretado. Lo justo para que no pudiera bajar los brazos.

Le abrí la palma derecha y le puse la llave dentro.

—Tira —dije.

Tiró. La cinta aguantó, el cabecero crujió y los hombros se le tensaron en una línea larguísima.

—Otra vez.

Tiró otra vez, más fuerte, y esta vez se le escapó el aire entre los dientes.

—¿Cómo estás?

—Muy bien.

—Voy a decirte lo que quiero —dije, y me oí la voz rara, más grave de lo normal—. Lo que quiero yo, no lo que te toca a ti. Es lo que te pedí en el despacho.

—Te escucho.

Me subí a la cama. Me senté a horcajadas sobre sus muslos, sin tocarlo todavía donde importaba, con las manos apoyadas en su abdomen, y noté cómo el vientre se le contraía bajo las palmas.

—Quiero tenerte así mucho rato. No diez minutos: mucho rato.

Quiero llegar al punto en que se te olvide la hora que es.

—Le cerré el pulgar y el índice alrededor de la muñeca esposada, como el primer día—.

Quiero ser la única que decide cuándo va más rápido.

Quiero oírte pedirlo y no dártelo. Y quiero oírte pedirlo otra vez.

—Joder.

—No he terminado. —Me incliné y le hablé muy cerca de la boca, sin besarlo—. Quiero que estés tan cerca que te dé igual todo y quiero pararlo. Dos veces. Y a la tercera te dejo.

—Vera.

—¿Eso es un norte?

—Eso es que si sigues hablando no llegamos a la primera.

Me reí contra su mejilla, y fue la risa la que me soltó del todo la garganta.