ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

—Alguien se descargó una copia completa del entorno de Nexo en agosto —dije—. No consta en su registro interno. Para hacerlo necesitó tres elementos que solo se pueden tener desde dentro.

—O sea que hay una persona dentro de Nexo ayudando a Landa.

—O una persona dentro a la que le han robado lo suyo sin que se entere. Que es distinto y que es lo que vamos a determinar.

Clara asintió una vez.

—Berta Ayala me va a preguntar si esto compromete a nuestro interlocutor —dijo, y eligió la palabra «interlocutor» con mucho cuidado, mirándome a mí—. Cuando me lo pregunte quiero una respuesta que no dependa de la opinión de nadie. ¿Nos entendemos?

—Nos entendemos.

—Bien. —Y se fue, dejando la puerta abierta, que en el idioma de Clara Montes significa que volverá.

Me quedé de pie, con los brazos cruzados, mirando la moqueta gris del despacho de Clara, que es una moqueta que no ha inspirado un pensamiento noble en su vida.

Lo peor de trabajar con alguien que te conoce bien es que no tienes dónde meterte.

Porque tenía razón, y la tenía en un sitio muy incómodo.

Yo no había pensado «Bermejo es sospechoso».

Yo había pensado «que sea Bermejo». Y esas dos frases se parecen mucho por fuera y no tienen absolutamente nada que ver por dentro.

La primera es una hipótesis. La segunda es un deseo, y los deseos dentro de una investigación funcionan como el agua dentro de un motor.

Cuatro nombres. Un chaval en Tailandia, un responsable de infraestructura al que le faltaba una pieza, Tomás Bermejo y Nicolás Ferrer.

Yo esa mañana me había duchado con uno de los cuatro.

Y lo que me dio miedo no fue eso. Lo que me dio miedo fue darme cuenta de que en el segundo exacto en que Hugo había dicho «el director financiero», mi cabeza había cerrado la carpeta.

No la había abierto más: la había cerrado.

Con Bermejo dentro y con la tapa bien puesta, aliviada, satisfecha, lista para pasar a otra cosa.

Quince años enseñándome a no hacer eso y bastan tres meses y un hombre que me lava el pelo en la ducha.

Álvaro no me destrozó nada importante. Solo me convenció de que lo que siento y lo que sé tienen que vivir en habitaciones separadas, y llevaba seis años pensando que eso era disciplina.

Esa mañana, en la sala pequeña, con el té frío de Hugo enfriándose todavía más, empecé a sospechar que a lo mejor era otra cosa.

—Vale —dije—. Tienes razón.

—¿Perdona?

—Que tienes razón, Hugo, no lo repitas que se te sube.

—Es que quiero disfrutarlo despacio.

—Lo vamos a hacer bien. —Me senté otra vez y cogí la libreta—.

Los cuatro exactamente igual. Ubicación de cada uno la madrugada del 14, dispositivos asignados, actividad de red esa semana, viajes, y todo cruzado con el registro del proveedor de Barcelona.

Sin excepciones y sin atajos. Y lo documentamos como si lo fuera a leer un juez que nos odia.

—Los cuatro.

—Los cuatro.

Hugo me sostuvo la mirada dos segundos más de la cuenta y después empezó a teclear, que es su manera de decir que está de acuerdo.

—Hay otra cosa —dijo, sin levantar la vista—. Y la he dejado para el final a propósito, porque sé cómo eres.

—Dilo.

—El proveedor no solo registra la IP y la hora.

Registra qué credencial se usó. —Movió el ratón—.

El token de aplicación que se empleó para esa descarga es uno de los que Nexo generó en marzo del año pasado, durante la migración del sistema de compras.

Se crearon dieciséis, se usaron doce y cuatro se quedaron vivos sin revocar, que es exactamente el tipo de cosa que pasa en todas las empresas del mundo y que un día te cuesta un disgusto.

—¿Y?

—Los tokens llevan una etiqueta interna. Un campo de texto donde el administrador escribe para quién es, para poder auditarlos después. —Hugo giró la pantalla hacia mí por última vez esa mañana—. El que se usó a las 03:41 del 14 de agosto tiene esta.

Me acerqué.

Era una línea de texto pequeña, gris, sin ninguna solemnidad, del tipo que escribe un técnico a las cinco de la tarde de un jueves sin pensar que va a leerla nadie:

`svc-compras-migr-04 | prop: DIR.OPERACIONES | despacho N.FERRER`

Lo leí tres veces.

Luego me senté, muy despacio, en la silla que tenía detrás.

—Eso no significa que fuera él —dijo Hugo, y por una vez lo dijo en voz baja—. Un token asignado a un despacho es un token que estuvo en un ordenador de ese despacho. Nada más. Y a ese despacho entra su equipo, entra limpieza, entra quien quiera cuando él está de viaje.

—Ya lo sé.

—Es exactamente el mismo razonamiento que usaste con la firma biométrica y con el dispositivo de Paula.

—Ya lo sé, Hugo.

—Te lo digo porque hace ocho minutos querías que fuera Bermejo, y ahora mismo estás blanca.

Miré la pantalla otra vez. Nueve caracteres detrás de una barra vertical.

`despacho N.FERRER`

Fuera, en Viriato, alguien tocó el claxon dos veces y siguió su camino. Yo pensé, con una claridad que me dio náuseas, que llevaba exactamente dos horas y cuarenta minutos de mi vida sin querer marcharme de una cama, y que ese era el tiempo total que me había durado.

—Nicolás no puede enterarse por mí de esto en una reunión —dije al fin.

—No.

—Y no puedo ocultárselo.

—No.

—Y no puedo pedirle acceso a sus registros personales otra vez, porque ya se los pedí una vez y lo pasó fatal.

Hugo separó las manos del teclado, cogió el té frío y esta vez sí se lo bebió, con una mueca.

—Pues entonces tienes un problema de los tuyos —dijo—. De los que no se resuelven con una hoja de cálculo.