CAPÍTULO 21
Me desperté otra vez a las siete y doce. Diez minutos antes había hecho la cuenta de siempre y había decidido no ejecutarla.
Esta vez ni siquiera la hice. Miré el techo, que seguía sin ser el mío, y esperé la urgencia conocida de levantarme, buscar la ropa y volver a casa.
No llegó.
Nicolás dormía boca abajo con un brazo por fuera del colchón y la sábana a la altura de los riñones, y tenía una marca de la almohada cruzándole la mejilla que le quitaba unos diez años y toda la autoridad.
Lo miré más tiempo del que se puede justificar.
Después me levanté, porque quedarme mirándolo dormir me parecía un nivel de exposición peor que cualquier cosa que hubiéramos hecho la noche anterior.
La ducha de su baño tiene una manivela que no entiendo. Llevaba dos minutos peleándome con ella cuando se abrió la mampara.
—Se gira al revés —dijo.
—Eso es una decisión de diseño criminal.
—Es alemana.
Se metió detrás de mí. No hizo nada espectacular: me apartó el pelo del cuello con una mano y lo puso bajo el chorro, y después me pasó el pulgar por la marca que me había dejado la costura de la almohada en el hombro, como si estuviera comprobando que era eso y no otra cosa.
—Marcas leves, sin lesión —dijo.
—No tienes derecho a usar mi frase.
—La he comprado a plazos.
Nos besamos debajo del agua y fue un beso completamente distinto a todos los anteriores, porque no llevaba a ningún sitio.
Eso es lo que no sabía hasta esa mañana: que existe un beso que no es una promesa ni una negociación.
Me lavó el pelo. Con champú suyo, que huele a cedro y a hotel caro, hundiéndome los dedos en el cuero cabelludo con una minuciosidad de hombre que hace bien todo lo que hace, y yo me quedé quieta con la frente apoyada en los azulejos pensando que había pasado tres meses esposando a este señor y que esto de ahora me estaba desarmando mucho más.
—Se te está poniendo cara de que esto te preocupa —dijo.
—Se me está poniendo cara de que son las siete y media.
—Son las siete y veinte.
—Tengo a Hugo a las nueve.
—Entonces te doy de desayunar y te vas.
Desayunamos de pie en la isla de la cocina.
Café, tostadas, media naranja que él partió en cuatro y fue dejándome en el plato de una en una sin comentarlo.
Con Madrid entero saliendo de la niebla por la pared de ventanas y él con una camiseta gris y el pelo mojado, leyéndome por encima del hombro el titular económico del móvil en voz alta y con acento de locutor, porque a las siete y media de la mañana Nicolás Ferrer se pone tonto.
Me fui a las ocho menos cuarto. En el ascensor me miré en el espejo y tenía una cara ridícula.
Lo apunté mentalmente, con fecha y hora, por deformación profesional, y bajé a la calle.
* * *
Hugo estaba en la sala pequeña del despacho con tres pantallas, un té que ya olía a frío y ese silencio suyo que solo aparece cuando ha encontrado algo que le fastidia.
—Buenos días —dije.
—Ajá.
—¿Ajá bueno o ajá malo?
—Siéntate.
Me senté. Clara pasó por el pasillo, nos miró a través del cristal, levantó una ceja y siguió andando, que es su forma de decir «documentadlo todo».
Hugo giró la pantalla del medio.
—Nexo hace copias de seguridad completas del entorno corporativo dos veces por semana.
Martes y viernes, madrugada. Correo, unidades compartidas, el sistema de compras, la base de proveedores.
Todo. Las guardan en un almacenamiento externo contratado con un proveedor de Barcelona, que es lo normal y lo razonable.
—Vale.
—Las copias no se tocan nunca. Se generan, se cifran y se quedan ahí noventa días.
Si alguien necesita recuperar algo, pide una restauración y la hace el administrador de sistemas con un procedimiento de cuatro pasos y un registro que firma dos personas.
—Señaló una columna con el boli—. En dieciocho meses se han pedido once restauraciones.
Todas justificadas. Un buzón borrado, dos carpetas, un portátil que se murió.
—Once.
—Once en el registro interno. —Cambió de pantalla—. Le pedí al proveedor de almacenamiento el registro de accesos desde su lado. Tardaron seis días y una llamada de Clara con voz de abogada. Llegó ayer a las once de la noche.
—¿Y?
—Y desde su lado hay doce.
Me quedé mirando el número.
—La duodécima no está en el registro interno de Nexo.
—La duodécima no existe para Nexo. —Hugo se recostó—. Descarga completa del snapshot del viernes 14 de agosto. Empezó a las 03:41 y terminó a las 06:02. Dos horas y veintiún minutos. Cuatrocientos ochenta gigas.
—¿Desde dónde?
—Desde una IP de un centro de datos de Fráncfort que se alquila por horas y que a los siete días recicla los registros. Eso es una pared. No hay nada detrás.
—Entonces la IP no nos sirve.
—La IP no. El cómo, sí. —Se inclinó hacia delante y ahí se le puso la voz de cuando de verdad tiene algo—.
Vera, ese almacenamiento no es una carpeta en internet.
Para bajarse un snapshot completo necesitas tres cosas a la vez.
Una: el identificador exacto del punto de restauración, que es una cadena de treinta y seis caracteres y que solo está en la consola interna de Nexo.
Dos: la clave de descifrado del volumen, que se custodia en el gestor de secretos de la empresa.
Y tres: un token de aplicación válido, de los que usan los sistemas para hablar entre ellos sin que haya nadie tecleando.
—Y el segundo factor.
—Los tokens de aplicación no tienen segundo factor. Por eso son cómodos y por eso son una bomba. —Se frotó los ojos—. Nadie adivina tres cosas a la vez. Nadie fuerza tres cosas a la vez. Alguien que estaba dentro le dio a Landa el manual completo o le dio directamente las llaves.
Me levanté y me puse a andar entre la mesa y la ventana, que es lo que hago cuando necesito que la información se coloque sola.
—Repite la fecha.
—Viernes 14 de agosto. Descarga de madrugada.
—El 14 de agosto —dije— es exactamente once días antes de que se constituyera Suministros Adarve.
—Sí.
—Y con ese snapshot tienes la base de proveedores entera. Formatos de factura, numeración, condiciones de pago, los nombres de los interlocutores, quién firma qué, los umbrales.
—Tienes Nexo en un disco duro. —Hugo asintió despacio—. Todo lo que hemos estado explicándonos durante tres meses preguntándonos cómo demonios sabía tanto. No lo sabía. Se lo llevó.
Me apoyé en el marco de la ventana.
Hay un momento en todos los casos en que el adversario deja de ser una lista de hechos y se convierte en una persona con una mañana y una tarde y una manera de pensar.
Sergio Landa llevaba semanas siendo para mí una fotografía de perfil profesional, un expediente de despido y una firma en tres contratos irregulares.
Y de repente lo vi: un hombre despierto a las cuatro menos veinte de la madrugada de un viernes de agosto, mirando una barra de progreso durante dos horas y veintiún minutos, con la casa a oscuras y el móvil en modo avión.
Eso no es rabia. Eso es proyecto.
—Vale —dije—. ¿Quién tiene acceso a los tres elementos?
Hugo sonrió sin ninguna alegría y giró la tercera pantalla.
—Nominalmente, cuatro personas. El administrador de sistemas, que es un chaval de veintiséis años que estaba en Tailandia esa semana y tiene los sellos del pasaporte. El responsable de infraestructura, que solo tiene dos de los tres. El director de operaciones.
—Nicolás.
—Nicolás. Y el director financiero, porque en Nexo la custodia del gestor de secretos se aprobó en un comité de riesgos hace dos años y Tomás Bermejo se empeñó en que finanzas tuviera copia de las claves maestras. Consta en acta. La leí anoche.
Se me fue una cosa por dentro, muy rápida, y no me gustó reconocerla.
Alivio.
Eso es lo que fue. Un alivio físico, en el estómago, del tamaño exacto de un vaso de agua fría. *Bermejo. Otra vez Bermejo.*
—Cuéntame lo de Tomás —dije, y me oí la voz un poco más deprisa de lo normal.
—Se empeñó él. Dos correos internos insistiendo. Argumentó continuidad de negocio: que si operaciones desaparecía en un accidente, finanzas tenía que poder abrir la caja. Es un argumento legítimo, por cierto.
—Es un argumento legítimo que además le da la llave.
—Correcto.
—Y Tomás tenía una carpeta de Adarve en su escritorio.
—Que él explicó.
—Que él explicó —repetí—. Y las explicaciones se comprueban, no se aceptan.
Hugo se quedó callado un segundo de más. Después cogió el té frío, lo miró, decidió no bebérselo y lo dejó otra vez.
—Vera.
—Dime.
—¿Te puedo decir una cosa que no te va a gustar?
—Es lo único que me dices desde hace cuatro años.
—Llevas ocho minutos en esta habitación. Te he dado dos nombres con acceso a la clave maestra que son sospechosos por igual, y de los dos solo has querido hablar de uno.
No contesté.
—No estoy diciendo que Bermejo sea inocente —siguió—. Estoy diciendo que has ido a por él a una velocidad que no es tu velocidad. Tú tardas. Tú haces esa cosa insoportable de repetir «¿y si no?» hasta que me dan ganas de tirarte por la ventana. Hoy no lo has hecho.
—Tomás Bermejo lleva desde el primer día intentando echarme del edificio.
—Eso lo hace antipático. No lo hace culpable. —Levantó las manos—. Y tampoco lo contrario. Solo te estoy diciendo lo que veo desde esta silla.
—¿Y qué ves desde esa silla?
—Veo a una investigadora que normalmente pide cuatro cosas antes de emocionarse y que hoy ha pedido una. —Se rascó la barbilla—. Te he dicho que hay un acta de un comité de riesgos de hace dos años. Tú ni siquiera me has preguntado quién más votó a favor.
—¿Quién más votó a favor?
—Todos. Por unanimidad. Incluido tu director de operaciones.
Clara eligió ese momento para abrir la puerta de la sala sin llamar, que es un derecho que se ha ganado pagando el alquiler.
—¿Tenemos algo nuevo o tenemos algo nuevo que va a obligarme a llamar a la aseguradora?
—Lo segundo —dijo Hugo.
—Estupendo. —Se apoyó en el quicio con los brazos cruzados—. Resumen en tres frases.