CAPÍTULO 20 #2
—No, si me ha... —Me sequé los ojos con el canto del índice, cabreada conmigo—. Me ha dado un bajón absurdo, no me hagas caso.
—Te hago todo el caso. —Me apoyó la palma entre las clavículas, en el sitio donde se la apoyo yo a él, y esperó—. ¿Sigo o paramos?
—Sigue. Sigue, por favor.
Y entonces por fin me tocó, y yo llevaba tanto rato esperándolo que el primer contacto real de su mano me arrancó un sonido que no pensaba hacer.
Lo que vino después no tuvo orden.
Esa es la única forma honesta de contarlo.
No hubo un plan, ni una secuencia, ni un momento en que uno de los dos decidiera qué tocaba a continuación.
Nos tocamos a la vez, mal, estorbándonos, con los codos en sitios raros.
Yo le mordí el hombro sin ninguna intención pedagógica.
Él me besó las costillas y la cara interna del brazo y una cicatriz de la rodilla que yo tengo desde los once años y de la que no le había hablado nunca, y me preguntó por ella en mitad de todo, y yo se la conté con su boca en el muslo, muerta de risa y a punto de perder la cabeza a partes iguales.
Bajó. No se lo pedí y no se lo prohibí, que en mi caso es casi lo mismo.
Me abrió las rodillas con los hombros y se tomó su tiempo, y lo hizo distinto de las otras veces: sin dejar las manos quietas, subiéndolas para buscarme el pecho, entrelazando los dedos con los míos cuando yo agarré la sábana.
Yo estaba pendiente de no estar pendiente de nada.
Me duró unos minutos. Después se me fue la cabeza de verdad y ya no estaba administrando nada en absoluto, solo empujando contra su boca con una mano en su pelo y diciendo cosas que no eran instrucciones.
Me corrí así, con la lámpara encendida y sin haber dado una sola orden en toda la noche.
Y cuando volví, en vez de quedarme quieta esperando a recomponerme, hice algo que no había hecho jamás en esa cama: tiré de él hacia arriba, lo tumbé de espaldas y bajé yo, inmediatamente, todavía temblando.
—Vera...
—Calla.
—Eso ha sido una orden.
—Ha sido una petición muy mal formulada.
Y me lo tomé en la boca sin ceremonia ninguna, sin anunciarlo, sin controlar el ritmo, sin ese juego mío de mirarlo desde abajo para ver qué cara pone.
Solo porque quería. Y él me puso la mano en la mejilla, con el pulgar en mi pómulo, y me dijo mi nombre dos veces, y a mitad de camino tuve que parar porque me dio un tirón horrible en el cuello.
—¿Qué pasa?
—Nada. El cuello. Espera.
—¿Te has hecho daño?
—Me estoy haciendo vieja, que es peor. —Me incorporé, girando el cuello, y él se sentó y me lo frotó con los dedos, y nos quedamos así un momento, los dos desnudos y jadeando, y con él haciéndome un masaje cervical—. Esto es lo más antierótico que ha pasado nunca en esta habitación.
—A mí me está gustando muchísimo.
—Estás fatal.
—Estoy desnudo en mi casa contigo, dándote un masaje. Es la mejor noche de mi vida.
Lo besé por decir eso. Lo besé y ya no paramos.
Se colocó encima. No me lo pidió ni me lo avisó. Buscó el preservativo en el cajón, se le cayó, se le enganchó el envoltorio, lo abrió con los dientes y lo hizo fatal, y yo se lo quité de las manos y se lo puse yo, y nos reímos otra vez, y entonces me miró desde arriba y se le fue la risa de golpe.
—¿Puedo? —preguntó.
Y no era una pregunta de protocolo. Era una pregunta de verdad, hecha por un hombre que hasta esa noche solo había entrado en mí cuando yo lo había decidido.
—Sí —dije.
Entró despacio, mirándome a la cara, y yo me obligué a no cerrar los ojos.
Eso fue lo que lo hizo distinto. No la postura, que era la más común del mundo.
Fue que no tenía nada detrás de lo que esconderme: ni el metal, ni las reglas, ni la voz de mando, ni el trabajo de estar pendiente de él.
Solo un hombre encima de mí, moviéndose despacio, con la frente contra la mía y las dos manos ocupadas en sujetarme la cara.
—Estás llorando otra vez —dijo.
—No estoy llorando. Es que me estás mirando muchísimo.
—Puedo mirar a otro lado.
—Ni se te ocurra.
Nos movimos juntos, y al principio fatal, porque resulta que llevar el mismo ritmo que otra persona sin que nadie lo dirija es bastante más difícil que dar órdenes.
Nos chocamos. Me dio un rodillazo en el gemelo.
Yo intenté girarme y casi le tiro de la cama, y acabamos de lado, cara a cara, con una pierna mía por encima de su cadera y su mano abierta en mi espalda, y desde ahí sí.
Desde ahí encontramos una cosa lenta y sostenida que no se parecía a nada que hubiéramos hecho.
—No sé quién está llevando esto —dije.
—Nadie.
—Eso me da un miedo espantoso.
—Ya lo sé. —Me apartó el pelo de la frente—. Sigue teniéndolo y no te vayas.
No me fui.
Me corrí la segunda vez así, de lado, con la boca contra su clavícula y su mano baja sujetándome contra él, y él se corrió poco después, diciendo algo ininteligible contra mi pelo y agarrándome con una fuerza que al día siguiente me dejó dos marcas pequeñas en la cadera.
Las marcas eran suyas. Por una vez, no eran mías.
Nos quedamos enredados, sudados y sin aire, con la lámpara todavía encendida y el calcetín debajo del radiador.
—Norte —dije.
Nicolás se incorporó de golpe.
—¿Qué?
—Es broma. —Me tapé la cara con las dos manos—. Perdón. Perdón, ha sido malísimo, era una broma.
—Vera, me ha dado un infarto.
—Lo siento muchísimo.
—No vuelvas a hacer eso jamás.
—No lo voy a hacer nunca más. —Me estaba riendo con los ojos cerrados y con la cara ardiendo—. Es que no sabía cómo decirlo.
—¿Decir el qué?
Me destapé la cara.
—Que me gustas —dije—. Muchísimo. Y que esto ha sido lo más difícil que hemos hecho.
Se quedó callado. Después se dejó caer otra vez sobre la almohada y soltó el aire muy despacio.
—Vale —dijo—. Vale.
—¿Vale?
—Si digo algo más, lo estropeo. Llevo desde el miércoles con esa frase en la cabeza y no pienso pisarla.
Se levantó a por agua. Volvió con dos vasos, un plátano y media tableta de chocolate, y comimos en la cama a las dos y cuarto de la mañana como dos adolescentes, y después me llevó de la mano a la ducha, y en la ducha no pasó nada excepto que me lavó el pelo él, fatal, dejándome espuma en una oreja.
Nos dormimos sobre las tres y media.
* * *
Me desperté a las 7:02.
Siempre me despierto así, en casa de alguien: de golpe, con el mapa entero ya cargado en la cabeza.
Dónde está mi ropa. Dónde está el bolso.
A qué hora abre el metro. Cuánto tardo en llegar a Ríos Rosas.
Qué frase voy a decir en la puerta para que no parezca una huida, y cuánto tiempo tengo que esperar sentada en el borde de la cama para que resulte educado.
Llevo seis años haciendo esa cuenta. La hago antes de abrir los ojos.
La hice también aquella mañana. Salió: veinticuatro minutos hasta mi casa, y mi ropa estaba en la silla, y el bolso en la estantería de la entrada con las esposas dentro, sin abrir, exactamente donde lo había dejado.
Y después no me moví.
Fue eso, sencillamente. Terminé la cuenta, tuve el plan completo y no lo ejecuté. Me quedé de lado mirando la luz gris del amanecer entrando por la ventana grande, con el brazo de Nicolás pesándome en la cintura y la boca abierta contra mi hombro, roncando un poco, sin ninguna elegancia.
Esperé a que llegara. La cosa que llega siempre a los cuatro minutos: la urgencia, el pinchazo en el pecho, las ganas de estar sola en mi cocina con mi café y mis papeles y nadie mirándome la cara recién levantada.
No llegó.
Estuve muy quieta un rato largo, como quien espera un dolor conocido que se retrasa, y lo único que noté fue que tenía frío en un pie y que no me apetecía levantarme a taparlo.
La llave de las esposas seguía en el bolsillo de mi chaqueta, colgada en el recibidor, a ocho metros de distancia. No la había necesitado. No había hecho falta nada de lo que yo sé hacer.
Me giré con muchísimo cuidado, le pasé el brazo por encima y me dormí otra vez.