CAPÍTULO 20
Nicolás me lo pidió un miércoles, de pie en su cocina, con un paño de secar los platos en la mano.
Eso es importante. No lo dijo en la cama, ni en un mensaje, ni en el minuto peligroso de después. Lo dijo mientras recogía dos platos y una sartén, en pantalón de chándal, como quien propone cambiar el sitio de una estantería.
—Quiero una noche sin nada.
—¿Sin nada de qué?
—Sin esposas. Sin órdenes. Sin anunciarme lo que vas a hacer. Sin que ninguno de los dos lleve el ritmo. —Dejó el paño doblado sobre el grifo, porque este hombre dobla los paños—. Una noche normal.
Yo estaba sentada en el taburete con una copa de vino y noté que se me cerraba la garganta como si me hubiera dicho que me quería presentar a sus padres.
—¿Y eso a qué viene?
—A que llevo dos meses pensándolo. —Se apoyó de espaldas en la encimera y se cruzó de brazos—. Y no lo pido porque me haya cansado. Lo pido justo por lo contrario.
—Explícate mejor, porque suena a las frases que dice la gente antes de dejarte.
—No voy a dejarte. —Ni sonrió—. Lo pido porque quiero saber qué hay debajo. Si mañana desaparecen las esposas del mundo, si se me duerme un brazo, si tú tienes un mal día y no te apetece dirigir absolutamente nada... ¿queda algo? Quiero saber la respuesta y quiero saberla contigo delante.
—Ya sabes la respuesta.
—Yo la sé. Tú no.
Bebí vino para tener algo que hacer con la cara.
Lo peor es que tenía razón, y lo segundo peor es que yo llevaba semanas evitando esa pregunta con la misma disciplina con la que evito los espejos de los probadores.
—Es que eso es simplemente... acostarse —dije—. Eso es lo que hace todo el mundo. Es lo más básico que existe.
—Sí.
—No lo digas como si fuera una virtud.
—Lo digo como lo que es. —Ladeó la cabeza—. Y te has puesto blanca, por cierto.
—No me he puesto blanca.
—Vera, llevo cuarenta minutos viéndote comer tranquilamente y ahora tienes la copa agarrada como si fuera un pasamanos.
Bajé la copa. Efectivamente.
—Vale —dije—. Sí. Me da miedo.
—Eso es lo más rápido que has admitido nada nunca.
—Aprovecha, porque no se va a repetir. —Hice girar la copa por el pie, media vuelta, dos veces—. ¿Sabes por qué me da miedo? Y no te rías.
—No me voy a reír.
—Porque yo sé hacer lo otro. —Lo dije al vaso, no a él—.
Lo otro tiene un procedimiento. Hay un orden, hay unas reglas, hay una palabra de seguridad, hay una llave y hay un sitio donde mirar.
Yo entro ahí y sé exactamente quién soy.
Y si un día sale mal, sale mal el procedimiento.
—Levanté la vista—. Si quitas todo eso, me quedo yo sola, desnuda, en una cama, sin nada que administrar.
Y entonces si algo no funciona, lo que no funciona soy yo.
Nicolás no dijo nada durante unos segundos.
—Es la cosa más triste que te he oído decir —dijo al fin—. Y la he oído dentro de mi propia cabeza con otras palabras.
—No me tengas pena.
—No te tengo pena. Te estoy pidiendo una cita. —Descruzó los brazos—. Viernes. Aquí. Y con dos condiciones mías, que las dos son tuyas en realidad.
—Dilas.
—Uno: «norte» sigue existiendo. No desaparece nunca, ni en una noche normal, ni cuando tengamos ochenta años. Si en cualquier momento quieres parar, paras, y no hay que justificar nada.
Se me destensó un músculo del pecho que no sabía que tenía contraído.
—¿Y dos?
—Dos: puedes traerte las esposas.
—¿Qué?
—Tráetelas. En el bolso, en el bolsillo, donde quieras. —Lo dijo como quien recita una lista de la compra—. No para usarlas. Para que estén. Porque si vienes sin ellas vas a pasarte la noche pensando que te las he quitado, y no te las quita nadie. Son tuyas. Es que esta noche no van a hacer falta.
Me quedé mirándolo desde el taburete, con el vino a medias y la sensación exacta de cuando un testigo te contesta algo que no le habías preguntado y te descoloca el guion entero.
—Eres muy irritante —dije.
—¿Eso es un sí?
—Es un sí.
* * *
El viernes llegué a Arganzuela a las nueve y diez con las esposas en el bolso y la llave en el bolsillo interior de la chaqueta, y me pasé todo el ascensor repitiéndome que era ridículo estar nerviosa por algo que llevo haciendo desde los diecinueve años.
Me abrió con los pies descalzos y una camisa blanca vieja.
—Hola.
—Hola.
Y nos quedamos los dos en el recibidor sin saber qué hacer, como dos personas que se han presentado a un examen sin temario.
—Esto va a ser rarísimo —dije.
—Ya lo está siendo. —Cogió mi chaqueta y la colgó—. ¿Te apetece cenar o quieres que nos quitemos de en medio el pánico?
—Cenar.
Cenamos. Tortilla de patatas hecha por él, que estaba mejor de lo que me esperaba, y una ensalada que estaba peor.
Hablamos de su hermana, de una obra que Elena tenía atascada en Lavapiés, de la niña, de una serie que él no había visto y que yo tampoco.
Ni una palabra de Nexo, ni de Landa, ni del archivo que yo tenía en tres copias y que estaba a punto de cambiarle la vida.
Dejé el bolso en la estantería de la entrada. Nicolás puso la llave de casa al lado. No lo comentamos ninguno de los dos.
Y a las once y veinte, en el sofá, con la copa vacía, llegó el momento de que alguien hiciera algo y ninguno de los dos hizo nada.
—Bueno —dije.
—Bueno.
—Normalmente a estas alturas yo ya te habría dicho algo.
—Sí.
—Y tú ya estarías obedeciéndome con esa cara insoportable de estar pasándotelo bien.
—Es una cara preciosa.
—Es insoportable. —Me reí—. ¿Cómo empieza esto?
—No lo sé. —Miró la copa vacía como si el problema estuviera ahí dentro—. Esto es como bailar sin música.
—Pues no sé bailar.
—Ni yo.
Y entonces se inclinó y me besó, y fue un beso torpe porque yo me moví a la vez y le di con la nariz en el pómulo, y nos reímos los dos con la boca pegada, y ese fue exactamente el momento en que empezó a funcionar.
Lo besé yo. Despacio, sin pensar en el siguiente paso, que es lo que nunca hago.
Me subí a horcajadas sobre él en el sofá y él me sujetó por la cintura con las dos manos, y durante un rato larguísimo no hicimos absolutamente nada más que besarnos, como si tuviéramos diecisiete años y los padres de alguien estuvieran a punto de llegar.
A los diez minutos caí en lo que estaba haciendo: esperar una instrucción. Mía. De mí misma.
—No sé qué hacer con las manos —dije contra su cuello.
—Ponlas donde quieras.
—Eso no ayuda nada.
—Lo sé. Es lo único que se me ocurre y encima es verdad.
Le desabroché la camisa. Botón por botón, como siempre, y a mitad de camino él me interrumpió: me cogió las muñecas con suavidad, me las apartó y terminó de quitársela él mismo, de un tirón, por la cabeza.
—Eso lo hacía yo —protesté.
—Hoy no. Hoy los dos hacemos lo que nos dé la gana. —Me miró—. Quítate el jersey.
—Eso ha sonado a orden.
—Ha sonado a que me muero por verte.
Me quité el jersey, y se me quedó enganchado en el pendiente, y tuve que estar quince segundos con la cara tapada de lana mientras él intentaba desengancharlo y se reía.
—Estate quieta.
—Estoy quieta.
—Vera, me estás dando cabezazos.
—Porque no veo nada, imbécil.
Salí del jersey despeinada, con el pendiente en la mano de él y la cara roja, y él se estaba riendo con esa risa suya de pecho que casi no se oye, y yo pensé, con una nitidez incómoda: esto no lo controlo.
Esto no se parece a nada de lo que hemos hecho.
Aquí no hay coreografía, no hay guion, no hay nadie sosteniendo la escena.
Y no se cayó nada.
Fuimos al dormitorio andando, los dos, sin que ninguno llevara al otro de la muñeca. Eso también fue extraño. Descubrí allí mismo que no sabía por dónde entrar en la habitación si no iba delante.
Él encendió la lámpara de la mesilla.
—Apágala —dije automáticamente.
—No.
—Nicolás.
—No es una orden, es una respuesta. —Se sentó en el borde de la cama y me miró desde abajo—. Puedo apagarla si me lo pides en serio. ¿Me lo estás pidiendo en serio?
Lo pensé. Lo pensé de verdad, que era justamente lo que él quería.
—No —dije.
—Vale.
Me terminó de desnudar él, sentado, con una lentitud que no tenía nada que ver con la mía.
La mía es lenta porque es una herramienta.
La suya era lenta porque no tenía prisa, que es distinto y es mucho peor.
Me bajó los vaqueros y yo tuve que apoyarme en su hombro para sacar un pie, y al sacar el otro se me quedó el calcetín a medias y lo mandé de una patada debajo del radiador.
—Esto es lo menos elegante que he hecho en mi vida.
—Es lo mejor que he visto yo en la mía. —Me pasó las manos por detrás de los muslos—. Ven.
Y ahí llegó la parte difícil.
Me tumbé de espaldas, con la lámpara encendida y el pelo hecho un desastre, y Nicolás se apoyó en un codo a mi lado y no me tocó.
—Déjame mirarte —dijo.
—Me estás mirando.
—No. Te estoy mirando mientras hablamos, que es lo que hacemos siempre. —Muy tranquilo—. Quiero mirarte un minuto. Sin tocarte y sin que tú hagas nada. Y si dices que no, digo vale y seguimos.
Se me puso el corazón en las costillas.
Yo puedo estar desnuda delante de un hombre.
Llevo haciéndolo con normalidad desde hace media vida.
Lo que yo no sé hacer es estar quieta mientras alguien me mira sin que yo esté haciendo algo al mismo tiempo: hablar, moverme, tocarle, dirigir.
Hay una diferencia enorme entre desnudarse y dejarse ver, y yo llevaba seis años confundiéndolas a propósito.
—Un minuto —dije—. Ni uno más.
—Un minuto.
Y se quedó mirándome.
Fue insoportable. Los primeros diez segundos me reí, hice un chiste que no recuerdo, me tapé la cara con el antebrazo.
Él no dijo nada. A los veinte segundos me aparté el brazo de la cara yo sola.
A los treinta dejé de buscar sus ojos y empecé a mirar el techo, y a los cuarenta noté que tenía los hombros levantados hasta las orejas y los bajé.
No me tocó. Esa fue la parte que casi no aguanté.
Me recorrió despacio, la cara, el cuello, el pecho, el vientre, las piernas, y volvió a subir, y cuando llegó otra vez a mi cara yo tenía los ojos llenos de agua y no me había dado ni cuenta.
—Ya está —dijo—. Un minuto.
—¿Ya?
—Ya.
—Joder.
—Ya lo sé.