CAPÍTULO 19 #2
Subió los tres pisos y no entró hasta que me aparté de la puerta. Ese detalle suyo, el de no ocupar nunca el espacio antes de que se lo den, es una de las cosas que más me desarman de él y no pienso decírselo jamás.
—¿Cómo ha ido? —preguntó.
—No puedo contarte nada.
—No te he preguntado eso. —Se apoyó en el marco de la cocina—. Te he preguntado cómo ha ido para ti. Lo otro ya sé que no me lo puedes contar, y me fastidia muchísimo: llevo todo el día con la cabeza en otro sitio y he firmado dos cosas que no he leído.
—Eso es malísimo para una empresa.
—Ya. —Media sonrisa—. Contrataremos a alguien que investigue.
Me quedé junto a la encimera y noté perfectamente lo que estaba haciendo mi cuerpo: se colocaba de lado, con el hombro hacia él y los pies apuntando al pasillo. Nicolás también lo notó. Bajó la mirada a mis pies medio segundo y volvió a subirla sin comentar nada.
—«Esta semana imposible» —dijo.
—Tengo trabajo.
—Tienes trabajo desde marzo y hemos cenado catorce veces. —Ni una gota de reproche. Eso era lo peor—. No vengo a exigirte tiempo. Vengo porque ese mensaje no lo has escrito tú. Lo ha escrito la otra, la que empieza a archivar a la gente.
—No hay otra.
—Hay otra. Yo la he visto. Es muy educada.
Abrí el grifo y llené un vaso de agua que no me apetecía, solo para tener las manos ocupadas.
—Vete a casa, Nicolás.
—Dime por qué.
—Porque es tarde y mañana tengo que estar en el despacho a las siete y media.
—Esa no es la razón y los dos lo sabemos. —Se apartó del marco y se sentó en el taburete, que es su forma de quedarse sin invadir nada—. Dilo en voz alta.
—No.
—Una frase. La que llevas todo el día pensando. No la explicación razonable, no la versión que le darías a Clara. La frase.
—Nicolás.
—Dila y me voy si quieres.
Y me salió.
Me salió con la voz fea y demasiado alta y con el vaso todavía en la mano.
—Que me da asco disfrutar de ti.
Se hizo un silencio en el que se oyó la nevera.
—Ya está —dije—. ¿Contento?
—No especialmente.
—Llevo semanas acostándome contigo y buscando a la vez lo que puede destruirte.
—Dejé el vaso porque me estaba temblando—.
Hoy he pasado dos horas oyendo cosas que van a caerte encima a ti, a tu empresa y a ochenta y cuatro personas que cobran de ti.
Y luego he cogido el metro y en Ópera me he acordado del domingo.
Con el bolsillo lleno de cosas que no te puedo enseñar. Me acordé del domingo con ilusión.
—Sí.
—No lo entiendes. —Me apreté los ojos con el pulgar y el índice—. No sé si sigo creyendo que eres inocente porque lo dicen los datos o porque me gusta cómo te ríes. Ya no lo sé. Y eso era lo único que tenía. Mi cabeza limpia. Es lo único que vendo.
Él no se movió del taburete.
—¿Y tu plan cuál era? —preguntó—. Porque tenías uno.
—Dos días. Tres, como mucho.
—Dos días sin verme.
—Dos días sin verte, cerrar el informe con la cabeza fría, y luego...
—Y luego ya no habría luego. —Lo dijo tranquilo, sin ninguna crueldad, que es como dice él las cosas duras—.
Eso no es una pausa. Te vas dos días y vuelves con el asunto ya resuelto por dentro, con las condiciones nuevas escritas y sin haber discutido ninguna conmigo.
Eso no es enfriar. Es decidir sola y notificarme después.
Me apoyé de espaldas en la encimera y miré al suelo.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer?
—Investígame. Hasta el fondo. Mis cuentas, mis dispositivos, mis horarios, sin avisarme de lo que miras. Si al final sale un informe que dice que soy un ladrón, quiero que lo firmes. —Se inclinó hacia delante con los codos en las rodillas—. Lo que no voy a aceptar es lo otro. Que me protejas.
—No te estoy protegiendo.
—Claro que sí. Te estás yendo dos días para no tener que decidir si me miras como sospechoso mientras te acuerdas del domingo. —Sostuvo la mirada—. Y si algún día me ocultas algo por cuidarme, ahí sí me haces daño. Ahí sí. Lo demás lo aguanto.
Me quedé callada un rato largo. Se oía la tele del vecino de abajo.
—Lo que dijiste en tu casa —dije al fin—. Lo de estar dentro.
—Sí.
—Estoy dentro. Ese es el problema. —Me reí, y me salió rara—. Llevo seis años organizando mi vida para no estar dentro de nada, y ahora la parte de mí que decide si un hombre miente está a dos metros de la parte de mí que quiere que ese hombre se quede a dormir. Y no sé cómo se hace eso.
—No lo sé yo tampoco —dijo—. Pero se hace hablando a las nueve de la noche en una cocina, no desapareciendo dos días.
Crucé la cocina. Me puse entre sus rodillas, le pasé los brazos por los hombros y apoyé la frente en su pelo, y él me rodeó la cintura y no dijo nada más, que era exactamente lo que necesitaba.
Estuvimos así lo que duró una canción entera del vecino de abajo.
—Quédate —dije—. Solo a dormir. Hoy no soy capaz de nada más.
—Vale.
—¿Vale así, sin negociar?
—Vale así. —Me besó el interior de la muñeca, una vez, y se levantó—. ¿Dónde está el lado izquierdo?
—Es mío.
—Claro que es tuyo.
* * *
A las 3:10 de la mañana vibró el móvil en la mesilla y yo ya estaba despierta.
Era Hugo. Dos palabras: «Ha abierto».
Me llevé el portátil a la cocina, cerré la puerta del dormitorio con el pie y me senté en el suelo, con la espalda contra los armarios.
El primer volumen tenía cuatro carpetas. Tres eran basura: plantillas, documentos internos, una agenda de contactos con nombres que ya conocíamos. La cuarta contenía una sola hoja de cálculo, con un nombre que no decía nada: «prev_Q4».
La abrí.
Diecinueve filas. Cada una con una fecha, un importe, un ordenante, un beneficiario y una referencia.
Suministros Adarve, S. L. aparecía en cuatro. Las otras quince eran sociedades constituidas entre enero y abril, tres de ellas en Valencia. Los importes iban de veintiocho mil a noventa y un mil euros y sumaban cuatrocientos doce mil trescientos.
Miré la columna de fechas dos veces, y luego una tercera, porque llevaba tanto tiempo reconstruyendo cosas ya ocurridas que tardé unos segundos en entender qué tenía delante.
Ninguno de esos pagos se había hecho todavía.
Diecinueve órdenes preparadas, con ordenante, con beneficiario, con importe y con día. La primera, dentro de tres meses y medio. Las diecinueve, en una ventana de setenta y dos horas.
Y en la última columna, la de referencia, la misma anotación repetida diecinueve veces, en minúsculas, escrita por alguien que sabía muy bien lo que escribía:
«firma».