ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Paula Mir eligió la cafetería de la primera planta del centro comercial de Príncipe Pío, y eso me dijo más de ella que las dos horas de conversación que vinieron después.

No es un sitio discreto. Es lo contrario: cristal, ruido, gente con bolsas, dos escaleras mecánicas y una salida a cercanías a ochenta metros. Nadie mira a nadie, y quien te siga tiene que quedarse quieto donde todo el mundo se mueve. Yo habría elegido lo mismo.

La había visto dos veces en Nexo y las dos veces iba impecable.

Ahora llevaba un abrigo bueno, de los que cuestan un sueldo, encima de una sudadera que no era suya, y el pelo recogido con una goma de farmacia.

Había perdido peso en diez días. Se sentó enfrente sin quitarse el abrigo y puso el móvil boca abajo sobre la mesa.

—No voy a hablar si eso graba —dijo.

—No graba. Tomo notas a mano. —Dejé la libreta abierta entre las dos, para que viera lo que escribía—. Y tengo que decirte tres cosas antes de empezar.

—Dígalas.

—Una: no trabajo para ti y no puedo protegerte. Dos: no soy policía, así que esto no es una declaración, pero puede acabar en un informe que lea un juez. Tres: si me cuentas algo que me obligue a llamar a alguien, lo llamaré delante de ti.

—¿Y por qué me dice eso? Sería más fácil para usted que no lo supiera.

—Porque si no te lo digo ahora, dentro de tres meses tu abogado dirá que te engañé y nada de esto valdrá. —Destapé el bolígrafo—. Me interesa que valga.

Fue lo primero que hice bien ese día. Se le soltaron los hombros dos centímetros.

Tenía las uñas mordidas hasta la carne. Me fijé porque en Nexo las llevaba pintadas de rosa claro, y porque cuando alguien destroza en diez días una cosa que cuidaba, no está calculando: está aguantando.

—Compré un billete a Alicante —dijo—. Llegué al andén y no me subí, porque pensé que si me iba ya era culpable del todo. Que hasta que no te vas todavía puedes explicarlo. —Se rio sin ninguna gracia—. Llevo una semana durmiendo en el sofá de una amiga que cree que he roto con mi novio.

—Paula, voy a preguntártelo una sola vez y quiero la respuesta corta. ¿Cobraste?

Tardó cuatro segundos.

—Sí.

—¿Cuánto?

—Al principio setecientos. Después mil doscientos. Después dos mil, y una vez cuatro mil. —Miró el móvil boca abajo como si fuera a contestarle por ella—. Once mil ochocientos en catorce meses. Los tengo casi todos. Me compré este abrigo y un ordenador y ya está. Es lo más ridículo de todo.

Lo anoté. Pagos escalonados en orden creciente, que es exactamente cómo se engancha a alguien: no se empieza por cuatro mil.

—¿Quién te pagaba?

—Sergio.

—Di el nombre completo, por favor.

—Sergio Landa. —Lo dijo mirándome a los ojos—. Y no me lo presentó nadie. Trabajé con él dos años y medio antes de que lo echaran. Entré en compras con veintiséis años y sin saber nada, y el único que se sentaba conmigo a explicarme por qué una homologación tarda seis semanas era él.

—¿Y qué te pidió a cambio?

—Al principio nada. Eso es lo que nadie entiende.

—Se apretó el puente de la nariz—. Solo quería saber cómo iban las cosas.

Cotilleos. Que si Bermejo se había puesto pesado con los cierres.

Y un día me dijo que tenía un cliente interesado en entrar como proveedor y que si le pasaba la plantilla de homologación le ahorraba dos meses.

Me dio setecientos euros por un documento colgado en la intranet.

—¿Y el segundo?

—El segundo ya no fue un documento. Autorizaciones. Pequeñas. Por debajo de quince mil.

—El umbral.

—El umbral. —Asintió despacio—. Por debajo de quince mil lo valida un adjunto de compras sin firma de dirección, y Sergio lo sabe porque ayudó a diseñar ese circuito.

Me pedía que validara facturas de servicios que no existían.

Catorce mil doscientos. Doce mil ochocientos.

Trece mil quinientos. Nunca redondas, nunca dos el mismo mes.

—¿Falsificaste algo?

Paula miró la mesa.

—Puse la firma escaneada de mi jefa en cuatro conformidades de recepción.

Y me inventé dos actas de comité que no se celebraron.

—Tragó saliva—. No voy a decir que me obligaron, porque no me obligó nadie.

Lo hice sabiendo que estaba mal y me decía a mí misma que era una comisión, que en este país las comisiones son un deporte, y que el daño eran veinte mil euros al año en una empresa que factura veinte millones.

Subrayé la cifra. Veinte mil es la cantidad exacta que una persona lista necesita para poder dormir: lo bastante grande para que merezca la pena, lo bastante pequeña para que no parezca un delito de verdad.

—¿Y qué cambió?

—Que dejaron de ser facturas. —Levantó la cabeza, y por primera vez no parecía una chica de veintinueve años con el abrigo equivocado, sino alguien que lleva tres semanas echando cuentas a las cuatro de la mañana—.

En enero me pidió los certificados digitales de una máquina de compras.

En marzo, que no cerrara mi sesión al salir a comer.

En junio, un token del entorno de pruebas, como quien te pide un boli.

Y se lo di todo, porque cuando llevas catorce meses diciendo que sí, el «no» ya no lo tienes. Se te ha gastado.

—¿Y cuándo te diste cuenta de que no era una trama de comisiones?

—Cuando la oficina empezó a hablar de que alguien había comprado un Porsche con el nombre de Nicolás Ferrer.

Me fui al baño y vomité. —Lo dijo casi con fastidio—.

Porque yo sabía de dónde habían salido dos de esos certificados.

De mi mesa. Y entendí que Sergio no estaba sacando veinte mil euros al año de Nexo: estaba construyendo otra cosa encima de lo mío.

—¿Se lo dijiste?

—Lo llamé. Le dije que se había vuelto loco, que un Porsche sale en los periódicos. —Se le quebró algo en la voz y lo empujó hacia abajo—. Y se rio: «Paula, el coche es ruido». Con ese tono suyo de profesor. «El coche está para que miren el coche.»

—¿Y qué es lo que no tienen que mirar?

—Los pagos. —Se inclinó hacia delante—. A él no le interesa el dinero de las compras de lujo.

Eso es escaparate. Lo que quiere es que en el histórico de Nexo queden pagos a proveedores autorizados por Nicolás Ferrer, con su firma y con su dispositivo, justo antes de la operación grande.

Me lo dijo así: «A Ferrer no lo quiero arruinado.

Lo quiero explicando». Explicando delante de un comité de socios por qué autorizó cuatrocientos mil euros a empresas que no existen la misma semana en que firma una alianza.

Por eso se lo digo así, y quiero que lo apunte.

Nicolás no es el objetivo. Es el arma. El objetivo es la empresa que echó a Sergio.

Me quedé un momento con el bolígrafo parado sobre el papel.

Yo había pensado en Landa como un estafador con conocimientos técnicos. Y resulta que llevaba dos meses persiguiendo un coche colocado ahí precisamente para que alguien como yo lo persiguiera.

—¿Por qué me has llamado a mí? —dije.

—Porque usted no es de Nexo. —Ni un segundo de duda—.

Si voy a Bermejo, me despiden el martes y me denuncian el miércoles.

Si voy a la policía sin nada, soy una adjunta de compras que confiesa haber cobrado once mil ochocientos euros.

Sergio tiene mi voz en tres audios, correos de mi cuenta y mi firma en todo.

No hay un solo papel con la suya. —Se le tensó la mandíbula—.

Me va a dejar a mí en la silla. Lleva catorce meses preparándome para eso y yo no lo vi, y se supone que soy lista.

—Eres lista.

—No me consuele.

—No te consuelo. Eres lista y aun así te la ha jugado; las dos cosas son verdad a la vez. —Cerré la libreta—. ¿Qué me traes?

Sacó un estuche de auriculares, apartó la espuma del fondo con la uña y dejó sobre la mesa una tarjeta microSD del tamaño de un sello.

—Lo copié en agosto del año pasado —dijo—.

Sergio me pidió que le guardara una carpeta «por seguridad» y estuvo cuatro días en mi equipo.

La copié porque me dio miedo. Está cifrada en dos volúmenes y solo pude sacar el primero.

—Empujó hacia mí un tique de supermercado doblado en cuatro—.

La contraseña está detrás. Es la que usaba para todo. Si la ha cambiado, esto no vale nada.

Cogí el tique sin desdoblarlo y lo metí en la libreta.

—Voy a documentar la entrega ahora mismo, con la hora y una descripción del soporte, y vas a firmar debajo.

No para tenerte cogida: es lo único que demostrará dentro de seis meses que lo entregaste voluntariamente y en qué fecha.

—Escribí cuatro líneas y le di la vuelta a la libreta—.

Y después coges un abogado y te presentas tú, antes de que te presente él.

Firmó. Le temblaba la mano y aun así firmó bien, con letra pequeña y ordenada de persona que ha hecho oposiciones.

—¿Me va a pasar algo?

—Sí. Va a ser peor de lo que te imaginas y mejor de lo que crees ahora mismo, y no puedo decirte más sin mentirte.

Asintió. Se levantó, se quedó un segundo agarrada al respaldo de la silla y dijo, mirando las escaleras mecánicas:

—Yo creía que estaba haciendo trampas. No creía que estuviera haciendo esto.

Después se fue hacia la estación, y yo me quedé delante de un café frío con medio gramo de plástico en la mano, pensando que acababa de conocer a una persona que no era un monstruo y que iba a perderlo todo de todas formas.

* * *

Escribí a Nicolás a las ocho y diez de la tarde, desde la cocina, todavía con el abrigo puesto.

«Esta semana lo tengo imposible. Hablamos el viernes.»

Lo leí tres veces y me pareció perfecto: la longitud justa, el tono justo, ni una mentira verificable. Llevo quince años detectando esa clase de frases en boca de otros.

Lo envié.

A las nueve menos veinte sonó el telefonillo.

—No has llamado antes —dije por el portero automático.

—Si llamo antes, me dices que no suba.

—Es probable.

—Vera. —Una pausa—. No traigo comida, no traigo vino y no vengo a discutir. Abre y en diez minutos me voy.

Le abrí.