ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 18
49%

CAPÍTULO 18

El sábado por la mañana compré un cuaderno.

A las once se lo dejé a Clara encima de la mesa.

Lo leyó entero sin decir nada. Tardó seis minutos.

—¿Esto de quién ha sido? —preguntó al final.

—Mío.

—Vera.

—La idea es suya. El cuaderno es mío.

Clara asintió despacio y dejó el cuaderno sobre la pila de la derecha, que es donde pone las cosas que se queda.

—Tres de las cuatro las firmo hoy —dijo—.

La de la aseguradora no. Berta Ayala tiene que saber lo de la firma biométrica el lunes a primera hora, y el motivo que has escrito («no contaminar la línea de investigación con una comunicación formal prematura») es correcto en un manual y es una excusa en tu boca.

—Vale.

—¿Vale? ¿Sin discutir?

—Ese era el punto del cuaderno.

Clara me miró por encima de las gafas con una expresión que no le había visto nunca, y que consistía básicamente en estar reajustando quince años de opinión sobre una persona.

—Que conste en acta que me parece bien —dijo—. Y dile a ese hombre que deje de darte ideas, que me lo vas a hacer imprescindible.

El mensaje entró a las 18:47 de ese mismo sábado.

Número español, prefijo de móvil, sin foto y sin nombre. No estaba en mi agenda. Yo tengo dos mil doscientos contactos y ninguno de ellos empieza una conversación así:

«¿Es usted Vera Salvatierra, la investigadora?»

Me quedé mirando la pantalla más tiempo del necesario. Después contesté como se contesta en estos casos, que es sin confirmar nada:

«¿Quién pregunta?»

Tardó cuatro minutos.

«La persona que se fue de la sala Ebro el miércoles.»

Me senté en el borde de la cama.

«Paula, ¿estás bien?»

«No.»

«¿Estás en un sitio seguro?»

«Estoy en un sitio donde nadie sabe que estoy. No es lo mismo pero me vale.»

Escribí tres respuestas distintas y las borré las tres. Con un testigo asustado hay una regla y solo una: no eres tú quien pone el ritmo. Si empujas, se cierra. Si esperas, se le acumula lo que quiere decir y acaba diciéndolo.

Esperé.

«Quiero hablar con usted. Solo con usted.»

«Puedo escucharte.»

«Sin Nexo. Sin nadie de Nexo. Ni el señor Ferrer, ni Bermejo, ni el abogado, ni la de personas. Nadie. Si hay alguien de Nexo no voy.»

«Entendido.»

«Y sin policía.»

Ahí paré.

«Paula, te voy a decir esto ahora y no cuando estemos sentadas, porque no quiero que te enteres tarde y sientas que te he engañado.

Yo no soy tu abogada. No puedo ofrecerte inmunidad, no puedo prometerte que lo que me cuentes no acabe en un juzgado y no voy a mentirte sobre eso.

Lo que sí puedo hacer es escucharte sin nadie delante, explicarte exactamente en qué situación estás y no moverme de la ley ni un milímetro.

Si eso no te sirve, lo entiendo y no insisto. »

Tardó nueve minutos en contestar.

«Nadie me había dicho la verdad desde marzo.»

«Elige tú el sitio y la hora. Que sea público.»

«Mañana a las doce. Cafetería de la primera planta de Príncipe Pío.»

«Allí estaré.»

«Venga sola o no salgo del baño.»

Bajé el teléfono a la manta y me quedé un rato mirando la pared.

Después llamé a Clara, que estaba cenando con su mujer y que aun así cogió a la segunda, y le conté las tres cosas relevantes: que había contacto, que era desde un número que con toda probabilidad era un prepago comprado en efectivo, y que la testigo condicionaba la reunión a la ausencia de cualquier persona vinculada a Nexo Logística Digital.

—¿Y tu cliente? —preguntó Clara.

—Mi cliente es Mutua Ibérica. Nexo no es cliente nuestro. Nicolás Ferrer es parte interesada con acuerdo de intercambio de información, y ese acuerdo tiene una cláusula que redactaste tú.

—La seis punto dos.

—La seis punto dos. «Quedan excluidos del deber de comunicación los datos cuya revelación pueda comprometer la integridad de una fuente o testigo.»

—Muy bien. —Oí cómo dejaba la copa en algún sitio—. Entonces ya sabes lo que tienes que hacer y también sabes que hacerlo te va a costar una conversación desagradable esta noche.

—Sí.

—Vera. —Una pausa—. Grábalo todo. Y mándame un mensaje cuando entres y cuando salgas.

* * *

Nicolás llegó a mi casa a las diez menos cuarto con una bolsa del chino de la esquina y una expresión de haber corrido los últimos cien metros.

—Dime que estás bien.

—Estoy perfectamente. —Le quité la bolsa—. Siento el mensaje. Lo he escrito fatal.

—Has escrito «tenemos que hablar esta noche, no es por nosotros». Es literalmente la peor combinación de palabras del idioma.

Nos sentamos en el suelo del salón, en la mesa baja, como el martes. No había nada de martes en la habitación.

—Ha habido contacto —dije—. Paula está viva, está en Madrid o cerca, y me ha escrito desde un número que no es el suyo. Mañana voy a verla.

Se quedó con el envase a medio abrir.

—Joder.

—Sí.

—¿Está bien?

—Dice que no. Le creo.

—¿Va a contar lo de la autorización?

—No lo sé. Va a contar algo.

Nicolás dejó el envase. Se limpió las manos con la servilleta, muy despacio, y yo supe exactamente lo que venía.

—¿Dónde?

—No te lo voy a decir.

Se le movió algo en la mandíbula.

—Vera, no te estoy pidiendo ir.

—Ya lo sé.

—Te estoy pidiendo saber dónde vas a estar mañana por si algo sale mal.

—Ya lo sé, y la respuesta sigue siendo que no.

—Apoyé las dos manos en el canto de la mesa—.

Ha puesto una condición y la condición es literalmente que no lo sepa nadie de Nexo.

No una parte de Nexo. Nadie. Si mañana yo llego a esa cafetería y ella nota algo raro, o si dentro de tres días alguien de tu empresa menciona una calle en una conversación, la perdemos para siempre y probablemente sea lo mejor que le pase.

—Yo no soy «alguien de tu empresa». Soy la persona cuya firma han falsificado.

—Eres las dos cosas. Ese es el problema.

—Eso no es justo.

—No —dije—. No lo es. Y aun así es así.

Se echó hacia atrás, apoyó la espalda en el sofá y se quedó mirando el techo con las manos entrelazadas sobre la cabeza.

Yo lo dejé estar. Lo vi hacer lo que hace la gente que se está negociando consigo misma: dos respiraciones largas, una pierna que se mueve, el pulgar frotando el nudillo del índice.

—¿Puedo decir lo que estoy pensando o prefieres el resumen ejecutivo? —dijo al fin.

—Dilo entero.

—Estoy pensando que hay una mujer que ha usado un dispositivo asignado a ella para generar mi firma en un documento que puede llevarme a declarar ante un juez y dejarme sin empresa, que esa mujer va a contarle mañana a alguien lo que pasó, que ese alguien eres tú, y que yo me voy a enterar de lo que diga cuando y como tú decidas.

—Bajó la mirada—. Y estoy pensando que llevo cuatro semanas pagando reuniones, abogados y horas tuyas para no estar exactamente en esta situación.

—Ya.

—Y estoy pensando, además, que si le pido a Ismael una lectura del acuerdo, seguramente me diga que tengo derecho a saberlo.

—Te dirá lo contrario. Cláusula seis punto dos.

Levantó una ceja.

—¿La has mirado antes de venir a decírmelo?

—La he mirado hace dos horas con Clara al teléfono y con la cena enfriándose.

Nicolás, no estoy improvisando. Esto no es una cosa que te hago a ti.

Es lo que haría con cualquier cliente del mundo, y es precisamente lo que tiene que pasar para que mañana yo pueda mirar a esa mujer a la cara y decirle que no hay nadie detrás de mí.

Silencio largo.

—Vale —dijo.

—¿Vale de verdad o vale de «lo vamos a hablar tres veces más esta semana»?

—Vale de verdad. —Se pasó la mano por la nuca—. Y que conste que me está costando la vida.

—Lo sé. Se te ha puesto la vena del cuello.

—Tengo una vena del cuello.

—Tienes una vena del cuello que es un detector de mentiras excelente y algún día te la voy a enseñar en vídeo.

Se rio sin ganas. Después hizo algo que no me esperaba: alargó el brazo por encima de la mesa baja y me cogió la mano, entera, con las dos suyas, como se coge una taza.

—Una cosa sí te voy a pedir —dijo—. Y no es información.

—Dila.

—Mándame un mensaje cuando entres y otro cuando salgas. No me digas de dónde. Dos palabras. «Dentro» y «fuera». Y si a los noventa minutos del «dentro» no ha llegado el «fuera», llamo a Clara, no a la policía, y que decida ella.

Me quedé mirándolo.

Era exactamente lo que me había pedido Clara. Palabra por palabra, salvo el detalle de llamarla a ella y no a emergencias, que era lo único correcto y en lo que yo no había caído.

—Hecho —dije.

—Bien.

—¿Eso lo has pensado ahora?

—Lo he pensado mientras subía en el ascensor, por si decías que no a todo lo demás. —Me soltó la mano—. Soy director de operaciones. Tengo un plan B para las conversaciones.

Se fue a las doce y veinte.

Lo acompañé a la puerta y ahí nos quedamos los dos, en el recibidor, a medio metro, con la luz del rellano encendiéndose y apagándose sola porque el sensor de mi finca es de 1994.

—Te voy a besar —dije—, y después te vas a ir a tu casa.

—Eso es una decisión terrible.

—Es una decisión excelente. Mañana tengo que estar entera a las once.

—Podrías estar entera a las once y no dormir nada, que es lo que vas a hacer igualmente.

—Nicolás.

—Me voy. —Sonrió—. Pero que conste que me voy siguiendo instrucciones.

Lo besé. Duró más de lo previsto. Acabé con la espalda contra la puerta y con las dos manos de él a los lados de mi cara y con una idea muy clara de cómo iba a terminar aquello si alguno de los dos daba un paso más.

Fui yo la que puso la mano en su pecho.

—Fuera.

—Fuera.

—Mañana.

—Mañana —dijo—. Escríbeme cuando te metas en la cama.

Me escribió él primero.

00:41. «¿Estás en la cama?»

«Sí.»

«¿Luz apagada?»

«Sí. ¿A dónde vas con esto?»

«A ningún sitio. Estoy siendo un profesional. Comprobando parámetros.»

«Comprobando parámetros.»

«Es terminología.»

«Es horrible.»

«Llevo veinte años con ella.»

Me reí sola en mitad de la oscuridad, y después me quedé mirando el techo con el teléfono sobre el pecho, y a los dos minutos vibró otra vez.

«¿Puedo llamarte?»

Le dije que sí.

Y esa llamada fue la cosa más rara y más buena de toda la semana, porque duró cuarenta y un minutos y en ningún momento pasó nada.

Empezó hablando del caso, que era la excusa. Después me contó que su hermana le había mandado un vídeo de Martina cantando algo incomprensible en la bañera y que lo había visto once veces. Después hubo un silencio de esos que no incomodan, y después dijo, con la voz más baja:

—Anoche te quité la venda antes de tiempo.

—No me la quitaste. Me la subiste a ti.

—Ya sabes lo que quiero decir.

—Sí.

—No te lo he preguntado hoy con todo el lío. ¿Estás bien con aquello?

Me puse de lado, con el teléfono apoyado en la almohada.

—Estoy bien con aquello —dije—. Llevo todo el día acordándome a horas inapropiadas.

—¿Cuáles?

—Durante una llamada con la aseguradora, por ejemplo.

—Eso es muy poco profesional.

—Ha sido humillante.

—Cuéntamelo.

—No.

—Vera.

—Que no. —Me tapé la cara con la mano en mitad de mi propio dormitorio, a oscuras, como si él pudiera verme—. Si empiezo a contártelo, no voy a dormir, y mañana tengo que ser la persona más tranquila de una cafetería llena de niños con globos.

—Vale. —Oí cómo se removía en su cama—. Entonces te lo cuento yo.

—No.

—Te voy a contar exactamente lo que estaba pensando yo cuando me pusiste el dedo en el esternón y no lo moviste.

—Nicolás, te juro que...

—Estaba pensando que tenías que estar desnuda y que no podía saberlo. —Lo dijo tranquilo, sin prisa—. Y que eso era lo peor que me habían hecho en mi vida. Y que quería que durara media hora más.

Me quedé absolutamente callada.

—¿Sigues ahí? —preguntó.

—Sigo aquí.

—¿Y?

—Y voy a colgar.

—No vas a colgar.

—Voy a colgar en un minuto —dije, y me oí la voz tres tonos más baja que al principio de la llamada—, y te vas a quedar exactamente con esto en la cabeza, y mañana por la noche, cuando termine todo lo de mañana, vas a venir a mi casa y vamos a recuperar la conversación en el punto exacto en el que la dejamos.

Se hizo un silencio.

—Eso es cruel —dijo.

—Eso es anticipación. Te destroza. Me lo dijiste tú.

—Me destroza —admitió—. Y también lo decidiste tú sola sin consultarme, así que técnicamente estás abusando de tu posición.

—Puedes decir «norte» y te lo cuento todo ahora mismo.

—Ni de coña —dijo, y se rio, y fue una risa preciosa—. Buenas noches, Vera.

—Buenas noches.

Colgué. Me quedé con el móvil apagándose sobre la almohada y con una sonrisa de idiota en una habitación completamente a oscuras.

Dormí cinco horas y media, que para mí es dormir bien.