ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—Te has quitado el jersey... no. La camiseta. —Tenía la voz una nota más grave—. Y te lo estás tomando con calma para que yo me vuelva loco.

—Vas muy bien.

Me subí a la cama. Me senté a horcajadas sobre sus muslos sin tocarlo todavía en ningún sitio, y él levantó las caderas buscando y no encontró nada.

—Ahora no sé dónde estás.

—Ya lo sé.

Le puse un dedo en el esternón. Solo uno. Y lo bajé, muy despacio, por el centro del pecho, por el vientre, hasta pararme justo antes, y él arqueó la espalda y soltó un sonido que no se parecía a ninguno que le hubiera oído antes.

—Dime lo que estoy haciendo.

—Nada. Estás haciendo nada y me estás destrozando.

—Más concreto.

—Tienes un dedo... joder. —Tragó saliva—. Tienes un dedo justo donde no sirve de nada y estás esperando a que te lo pida.

—Pídemelo.

—Tócame.

—Dilo entero.

—Tócame la polla, Vera, por favor, llevo diez minutos así.

Lo toqué. Con la mano entera y despacio, y el ruido que hizo se lo llevó todo por delante. Estaba dura y estaba caliente y tenía los nudillos blancos alrededor de una llave que no pensaba soltar.

Y aquí es donde pasó lo importante, aunque yo tardé dos días en entenderlo.

Bajé la boca. Lo hice sin anunciarlo, que era hacer trampa, y él dijo mi nombre de una forma que me recorrió entera.

Y mientras lo hacía —con él ciego, con él sin poder verme la cara, sin poder ver lo que me estaba pasando a mí— me oí decir cosas en voz alta que jamás había dicho con alguien mirándome.

—Me pone muchísimo esto —dije, contra su muslo—. Me pone que no puedas verme. Me pone poder mirarte todo el rato sin que sepas que te estoy mirando. Llevo mojada desde que te he atado la corbata.

—Vera...

—Y hay una cosa que no te he dicho nunca y te la voy a decir ahora porque no me estás viendo, y eso es una cobardía y me da exactamente igual. —Subí. Me coloqué sobre él—. Me da miedo la cantidad de veces al día que pienso en esto.

Se quedó absolutamente quieto debajo de mí.

—Te ha cambiado la voz —dijo.

—Cállate.

—No me callo. Te ha cambiado la voz y quiero...

Le tapé la boca con la mano. Cogí un preservativo de la mesilla y se lo puse, y me coloqué, y bajé de una vez y hasta el fondo, y los dos dejamos de hablar durante un rato largo.

No fue lento. Esa noche no me salió lento.

Me moví como me dio la gana, con las manos apoyadas en su pecho y la cadena de las esposas sonando cada vez que él tiraba de los brazos por encima de la cabeza sin poder evitarlo, y le oí pedir tres veces y no le di ninguna de las tres, y cuando por fin le di la tercera se le rompió la voz en mitad de mi nombre.

Me corrí antes que él, y me corrí de una forma que no me gusta describir ni a mí misma, ruidosa y sin ningún tipo de administración, con la frente contra su hombro y los dedos clavados donde no debía.

Él aguantó unos segundos más y se fue detrás de mí, empujando hacia arriba, ciego, sujetándome con las dos muñecas esposadas por detrás de la espalda.

Después, el silencio.

Yo estaba tumbada sobre su pecho, temblando de una manera que no podía parar, con el pulso en la garganta y la cara caliente y la respiración hecha un desastre.

Y mi primer impulso, el primero, a los cuatro segundos, fue levantarme. Ir a por agua. Ir al baño. Buscar cualquier cosa que hacer con las manos durante los noventa segundos que tardo yo en volver a tener cara.

Me incorporé.

—Quítamela —dijo él.

Me paré.

—Espera un segundo.

—No. —Movió las manos esposadas hasta encontrarme la rodilla—. Quítamela ahora.

—Es que...

—Ya lo sé. —Su voz sonaba amortiguada, tranquila, absolutamente firme—.

Ya sé lo que estás haciendo. Estás esperando a recomponerte para que yo te vea recompuesta.

Y yo llevo veinte minutos a oscuras oyéndote decir cosas que no me dices con la luz encendida, y no quiero que la primera cara que vea sea la que te pones tú.

Se me cerró la garganta.

—Eso no es justo.

—No. No lo es. —Una pausa—. ¿Es un no?

Y ahí estuvo, otra vez, todo lo que yo tenía. La puerta, el ascensor, diecinueve minutos hasta Ríos Rosas.

—No es un no —dije.

Le subí la corbata de los ojos.

Nicolás parpadeó dos veces contra la luz de la mesilla, enfocó, y me miró.

Y yo me quedé ahí, sentada a horcajadas sobre él, desnuda, con el pelo pegado a la sien, la piel del cuello y del pecho llena de manchas rojas, los ojos brillantes por algo que no era exactamente llorar pero se le parecía bastante, las manos temblándome de una forma visible y ridícula, y la boca abierta porque todavía no había recuperado la respiración.

No me tapé. No hice un chiste. No dije «vaya cara tendré».

Aguanté.

Duró unos ocho segundos, y fueron los ocho segundos más largos que he pasado desnuda con alguien.

—Vale —dijo él en voz muy baja—. Gracias.

—No me des las gracias.

—Te las doy igual. —Levantó las manos esposadas y me apartó el pelo de la cara con el dorso de los dedos, torpemente, porque con las dos muñecas juntas no se hace bien—. Estás preciosa y estás hecha un desastre y las dos cosas son verdad a la vez.

Me reí. Me salió rota y mojada y me dio igual.

—Dame la llave, anda.

Abrió la mano. La llave estaba ahí, caliente, con la forma marcada en la palma. Me costó dos intentos abrir el primer aro porque me seguían temblando las manos, y él no dijo nada sobre eso, que también se lo apunté.

Le froté las muñecas con los pulgares. Dos líneas rosadas, superficiales, sin piel rota.

—Marcas leves, sin lesión —dije.

—Estás fatal.

—Lo sé.

Y entonces se levantó él.

Fue a la cocina descalzo, volvió con dos vasos de agua y una botella, dejó todo en la mesilla, cogió la manta gris del sillón y me la echó por encima de los hombros mientras yo seguía sentada en mitad de la cama sin saber muy bien qué hacer con mi propio cuerpo.

Se sentó detrás de mí, con la espalda contra el cabecero, y me colocó entre sus piernas con la manta por delante.

—Bebe.

Bebí.

—Otra vez.

Bebí otra vez.

Me cogió una mano y me pasó el pulgar por la muñeca, por dentro, despacio, exactamente como le había hecho yo a él dos minutos antes. Lo estaba imitando a propósito.

—A ti no te ha apretado nada —dije.

—No. Pero las tienes frías y te siguen temblando. —Siguió frotando—. ¿Estás bien?

—Estoy bien.

—Vera.

—Estoy... —Cerré los ojos—. Estoy mareada. Y me da vergüenza estar mareada.

—¿Te ha molestado algo de lo que hemos hecho?

—Nada.

—¿Lo de la venda repetirías?

—Mañana mismo.

—¿Y lo de después?

Me tomé mi tiempo. Fuera se oía el zumbido de Madrid y dentro solo su respiración detrás de mi oreja.

—Lo de después ha sido peor que lo de durante —dije—. Y creo que ha sido lo único importante que ha pasado hoy en esta casa.

Nos quedamos así mucho rato. Él me pasó los dedos por el pelo un par de veces, sin hablar, y en algún momento dejé de temblar y no supe decir cuándo había sido.

—¿Tienes hambre? —preguntó.

—Un hambre criminal.

—Hay huevos y hay pan de ayer.

—Es lo más romántico que me han dicho nunca.

Estaba a punto de quedarme dormida contra su esternón, con la manta hasta la barbilla y un vaso de agua a medias en la mesilla, cuando me vibró el móvil en el bolsillo de los vaqueros, en el suelo, tres veces seguidas.

Tres vibraciones seguidas es Hugo. Hugo nunca escribe una sola línea.

Me solté, alargué el brazo y lo cogí.

01:12. Hugo Beltrán.

«Renfe ha contestado.»

«Paula compró el lunes un billete en la app. Chamartín–Ourense, 07:20, asiento 14C. Pagado con tarjeta a las 06:12.»

«El billete nunca se validó. Ese tren salió con el 14C vacío.»