CAPÍTULO 17
Una persona que desaparece deja más rastro que una persona que se queda.
Eso no lo entiende casi nadie. La gente cree que huir es borrarse, y huir es exactamente lo contrario: es generar, en cuarenta y ocho horas, más transacciones, más desplazamientos y más decisiones que en los seis meses anteriores. El que se queda quieto es invisible. El que corre va dejando papel.
—¿Y la tarjeta?
—Bancario.
—Ahí está lo interesante. —Se bebió medio vaso de té de un trago, porque Hugo bebe té hirviendo como otros beben agua—.
El sábado sacó seiscientos euros en tres cajeros distintos del mismo barrio.
Cuatrocientos el viernes. Y el jueves, doscientos cincuenta.
Mil doscientos cincuenta euros en efectivo repartidos en siete operaciones.
—Debajo del umbral de comunicación.
—Debajo de cualquier umbral que te interese. Eso no lo hace alguien que entra en pánico un domingo por la noche. Eso lo hace alguien a quien le han explicado cómo se hace.
Clara levantó la vista de su cuaderno.
—O alguien que lleva meses en una trama de comisiones y ha aprendido por imitación.
—También.
Eran las ocho y veinte de la mañana del viernes y llevábamos hora y media en la sala pequeña del despacho, con los cristales empañados y tres cafés y un té.
Sobre la mesa, la vida reciente de Paula Mir reducida a lo que se puede documentar: extractos, validaciones, un contrato de alquiler, una cuenta de mensajería que no había vuelto a abrirse.
—Quiero su historial de búsquedas en el equipo corporativo —dije.
—Ya lo tengo. Y no vas a estar contenta. —Hugo giró el portátil—. En los diez días previos buscó tres cosas. «Delito de falsedad documental pena», «cooperador necesario definición» y «testigo protegido España requisitos».
Me quedé mirando la pantalla.
—Sabía lo que había hecho.
—Sabía lo que había hecho y estaba calculando cuánto le iba a costar. —Hugo se recostó—. Eso no es una empleada que ha metido la pata con una autorización. Eso es alguien que llevaba semanas haciendo cuentas.
—Y aun así no se fue hasta que la llamamos a la sala Ebro.
—Correcto.
—Lo que significa que lo que la hizo salir corriendo no fue la culpa. Fue nuestra reunión.
Clara cerró el bolígrafo con un clic.
—O fue alguien a quien alguien le contó que existía nuestra reunión.
Se hizo un silencio corto y desagradable.
—Éramos cinco en esa sala —dije.
—Erais cinco en esa sala y ochenta en el edificio, y las reuniones de una hora con el director de operaciones, el financiero y el abogado se comentan en la cocina antes de comer —dijo Clara—. No empieces a construir una teoría con una silla vacía. Documenta.
—Estoy documentando.
—Estás documentando a una velocidad que me tiene un poco preocupada.
Levanté la vista.
—¿Perdón?
—Has mandado once correos a Hugo entre la una y las cuatro de la madrugada. —Clara no lo dijo con reproche. Lo dijo como se lee una cifra en un balance—. Once. Yo llevo once años trabajando contigo y sé perfectamente qué significa esa cifra.
—Significa que se me ha escapado una testigo.
—Significa que te has tomado como propio un fallo que es de todos. —Recogió sus papeles—. Y significa que a las once tienes que llamar a Berta Ayala para informar del estado del expediente, así que te agradecería que llegaras a esa llamada durmiendo un poco más de tres horas.
Cuando salió, Hugo se quedó mirándome por encima del vaso de té.
—Dilo —dije.
—No voy a decir nada.
—Hugo.
—Vale. —Dejó el vaso—. En el correo de las 03:50 me pediste que cruzara las validaciones de transporte de Paula con las ubicaciones del móvil de Nicolás.
—Es una comprobación estándar.
—Es una comprobación que ya hicimos el martes, y salió limpia, y tienes el informe firmado en tu carpeta. —Se encogió de hombros—. Lo repetiste a las cuatro menos diez de la mañana. Yo solo apunto que eso no es método. Eso es otra cosa.
No contesté.
Porque llevaba razón, y porque la palabra que Hugo estaba teniendo la delicadeza de no decir la llevaba yo pensando desde las tres y media.
* * *
Llegué a Arganzuela a las diez y media de la noche con el pelo mojado y sin haber cenado.
Nicolás me abrió con el portátil todavía en la mano, cerró la puerta con el pie y me quitó la bolsa del hombro antes de que yo me quejara.
—¿Novedades?
—Ninguna buena. —Me quité las botas—. Y no quiero hablar del caso.
—Vale.
—Quiero hablar de otra cosa y llevo todo el día ensayándolo. —Me oí decirlo y me oí reconocer la frase, que era suya, de una cocina, hacía tres semanas—. Así que te agradecería que no me interrumpieras.
Levantó las dos cejas y se sentó en el brazo del sofá.
—Adelante.
Me quedé de pie. Necesitaba estar de pie.
—Esta madrugada, a las tres y cincuenta, le pedí a Hugo que volviera a cruzar tu geolocalización con los movimientos de Paula. Un cruce que ya habíamos hecho el martes y que ya había salido limpio, con informe firmado y todo.
Nicolás no se movió.
—Vale —dijo despacio.
—No lo pedí porque sospechara de ti. Lo pedí porque a las tres y cincuenta de la mañana me di cuenta de que llevaba once días sin volver a comprobarlo, y de que no lo había vuelto a comprobar porque no me había hecho falta, y de que eso podía significar dos cosas.
—Tragué—. Una: que soy buena en mi trabajo y una vez verificado un dato no se verifica cada mañana.
Dos: que he dejado de mirarte con los mismos ojos con los que miro a todos los demás.
—¿Y salió limpio otra vez?
—Salió limpio otra vez. —Me apreté las sienes con los dedos—. Ese no es el problema, Nicolás. El problema es que no sé cuál de las dos cosas es verdad. Y eso me está matando.
Se levantó del brazo del sofá.
—Quieto ahí. No he terminado.
Se quedó quieto. Ahí mismo.
—Yo he construido quince años de carrera sobre una sola idea, que es que mi criterio no depende de cómo me caiga la gente.
Puedo investigar a alguien que me da pena.
Puedo exonerar a alguien que me repugna.
Es lo único que vendo. —Me oí la voz demasiado plana y no intenté arreglarla—.
Y ahora hay un hombre en el expediente al que me llevo a la cama, y cada vez que tomo una decisión sobre este caso hay una vocecita que me pregunta si la habría tomado igual el mes pasado.
Hoy he pedido setenta y dos horas para Paula en lugar de suspenderla.
Estoy convencida de que era lo correcto.
Lo defendería delante de un juez. Pero no puedo demostrarme a mí misma que lo pensé por criterio y no porque quería quedar bien contigo delante de tu gente.
Silencio.
En la calle, ocho pisos más abajo, un camión de la basura.
—¿Puedo hablar ya? —preguntó.
—Sí.
—No te lo puedo resolver. —Se apoyó en el canto de la mesa—. Lo digo en serio. No te voy a decir «claro que es criterio, cariño», porque ni lo sé ni me corresponde, y porque si te lo dijera estarías peor dentro de dos horas.
—Gracias, supongo.
—Pero te puedo decir lo que hago yo. —Dio dos pasos y se paró donde se para siempre—.
Yo no puedo saber si decido por criterio o por miedo.
Nunca lo sé. Llevo veinte años sin saberlo.
Lo que hago es escribir la decisión antes de tomarla, con el motivo al lado, y enseñársela a alguien que no me quiere nada.
Me quedé quieta.
—Eso es un control de sesgo.
—Eso es lo que hacemos en operaciones los lunes por la mañana y le llamamos comité.
—Media sonrisa—. Dáselo a Clara. O a Hugo, que te tiene un cariño moderado.
Escribe cada decisión importante de este caso, el motivo, y que la firme alguien que no se acueste contigo.
Si al final del expediente no hay ninguna que no aguante la lectura, tendrás la respuesta.
Y si hay una que no aguanta, la tendrás también, y te apartas, y yo lo voy a entender aunque me joda.
Me senté en el sofá porque me fallaron un poco las piernas y no quise que se notara.
—Lo haré —dije.
—Vale.
—Empezando mañana.
—Vale.
—Y ahora ven aquí.
* * *
Lo llevé al dormitorio por la muñeca, con dos dedos, que sigue siendo todo el agarre que hace falta.
Dejé las esposas sobre la mesilla. Al lado, la llave. Y encima de las dos cosas, doblada en cuatro, una corbata azul oscuro que él se había quitado esa tarde y que estaba sobre el respaldo de la silla.
Nicolás la miró y noté cómo cambiaba el aire de la habitación.
—¿Eso es lo que creo que es?
—Depende de lo que creas.
—Creo que quieres taparme los ojos.
—Quiero taparte los ojos. —Lo dije en primera persona porque esa era la norma y porque esa norma me sigue costando cada vez—. ¿Lo has hecho alguna vez?
—No.
—¿Te apetece?
Tardó tres segundos en contestar y esos tres segundos me gustaron más que un sí rápido.
—Sí —dijo—. Me apetece bastante. Y me da un poco de vértigo.
—Bien. Entonces las normas. Las esposas van por delante, la llave va en tu mano derecha, y la venda te la quitas tú cuando quieras. No tienes que decir «norte» para eso. Solo te la subes y ya.
—¿Y si me la subo se acaba todo?
—Se acaba la venda. No se acaba nada más. —Le cogí la barbilla con dos dedos—. Y una cosa más, que es la única que te pido. No puedes ver lo que voy a hacerte, así que me lo vas a ir diciendo tú. Lo que crees que estoy haciendo. En voz alta.
Soltó el aire entre los dientes.
—Eres una mala persona.
—Soy metódica.
Lo desnudé yo. Despacio, como me gusta. Después le puse la corbata sobre los ojos, doblada, y se la até por detrás sin apretar, comprobando con dos dedos que no le tiraba del pelo, y esa comprobación —tan tonta, tan de protocolo— fue lo que me terminó de encender.
Se quedó sentado en el borde de la cama, desnudo, con la cara hacia mí y sin poder verme.
—Manos.
Las levantó, juntas y por delante. El primer aro. El segundo. Un dedo de holgura. La llave en la palma derecha y los dedos cerrados alrededor.
—Túmbate. Brazos por encima de la cabeza.
Se tumbó.
Y entonces me quedé de pie, mirándolo, veinte segundos enteros sin tocarlo y sin hacer un solo ruido, y vi cómo se le iba acelerando la respiración solo con el silencio.
—Estás ahí —dijo.
—Estoy aquí.
—Te estás quitando la ropa.
—Sigue.