CAPÍTULO 16 #2
—Me puso. —Se rio, y se le encendió esa franja de piel por encima del cuello de la camisa, igual que en un aparcamiento de Zurbano un mes antes—.
Me puso cederte una decisión de mi empresa delante de mi gente.
Y eso hay que mirarlo con cuidado, porque una cosa es esto en tu casa y otra es que se me mezcle con el trabajo.
Y ahí, por primera vez en el día, me relajé del todo.
—No tienes un problema —dije—. Tienes buen criterio y un cuerpo con mala educación.
Pero vamos a separar las dos cosas, porque yo también las quiero separadas: hoy has hecho lo correcto por motivos profesionales, y si algún día me das la razón por otro motivo te lo diré a la cara y se acabó todo esto.
—De acuerdo.
—Dicho lo cual.
—Dicho lo cual.
Recogí los recipientes, los dejé en la encimera y volví. Él seguía sentado en la alfombra con la espalda apoyada en el sofá.
Saqué la llave del bolsillo y la puse sobre la mesa baja, entre la botella de agua y la salsa de cacahuete.
Nicolás la miró.
—No has traído las esposas.
—No hay esposas esta noche.
—Entonces esa llave no abre nada.
—Abre exactamente lo mismo que siempre —dije—. Si la coges y la sueltas, paramos. Hoy no hace falta metal para eso, y creo que ese es justo el punto.
Se le movió la garganta.
—Vale. ¿Y cuáles son las normas?
—Una. No usas las manos hasta que yo lo diga.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Los codos cuentan como manos? Es una pregunta técnica. Tengo que saber el alcance del contrato.
—Los codos cuentan. Los antebrazos cuentan. Los hombros los negociamos sobre la marcha.
—Los hombros son la clave de todo —dijo con absoluta seriedad, y me tuve que morder el carrillo para no reírme antes de tiempo.
Le señalé el sofá.
—Siéntate ahí. Brazos extendidos sobre el respaldo.
Se sentó. Estiró los dos brazos sobre el respaldo, abriéndose entero, y esa postura —voluntaria, sin un gramo de metal, sostenida solo porque él había decidido sostenerla— me hizo más efecto del que estaba dispuesta a admitir un martes a las once.
Lo desnudé de cintura para arriba, botón a botón, con él quieto y respirando cada vez peor. Le apoyé dos dedos en el esternón.
—Ciento diez.
—Ciento treinta, calculo yo.
Me senté a horcajadas encima de él, todavía vestida, y le besé el cuello, y noté cómo se le tensaban los brazos sobre el respaldo y cómo no los movía.
Le pasé la boca por la clavícula, por el hombro, por la mandíbula.
Le mordí el labio. Cada vez que yo me movía un centímetro, él soltaba el aire de una forma distinta.
—Vera.
—¿Qué?
—Permiso para una mano.
—No.
—Media mano. La izquierda, que es la mala.
—No.
—Un dedo.
—Estás negociando fatal.
—Estoy negociando en condiciones pésimas —dijo, con la voz ya rota por abajo—, que no es lo mismo.
Me quité la camiseta y el sujetador. Le vi la cara al hacerlo y esa cara era mejor que cualquier cosa que él pudiera hacerme con las manos.
—La boca sí puedes usarla —dije.
La usó. Con una concentración de hombre al que le han quitado todas las herramientas menos una: me recorrió el pecho, me sujetó con los dientes el borde del hombro, me hizo cosas con la lengua que me obligaron a agarrarme al respaldo por encima de sus brazos, y en algún momento entendí que había perdido el control de la escena hacía un rato y que él lo sabía.
—Estás haciendo trampa —conseguí decir.
—Estoy cumpliendo el contrato al pie de la letra. Es distinto.
Me levanté lo justo para quitarme los vaqueros y desabrocharle el cinturón. Se lo quité todo despacio, aunque a esas alturas lo de despacio me estaba costando un esfuerzo considerable. Estaba dura desde hacía un buen rato y llevaba callándoselo el mismo rato.
—Sigo sin poder usar las manos —dijo.
—Sigues sin poder.
—¿Ni para esto?
—Para esto lo hago yo.
Lo hice yo. Le puse el preservativo despacio, mirándolo a él y no a lo que hacía, y volví a subirme encima. Bajé de una vez y nos quedamos quietos un segundo, frente contra frente.
—Joder —dijo.
—Brazos donde están.
—Están donde están.
Me moví. A mi ritmo, lento, con las manos en sus hombros y el sofá quejándose por debajo, y él aguantó un tiempo que yo calculé en dos minutos y que él juraría que fueron veinte. Tenía los nudillos blancos contra el respaldo. No los movió.
—Pídelo —dije.
—Las manos.
—Dilo entero.
—Quiero las manos. —Levantó la cara—. Quiero agarrarte, quiero llevarte yo un rato y quiero que después me dejes otra vez donde estaba. Por favor.
Se me fue el aire.
—Concedido.
Y fue como soltar un muelle. Me agarró por la cintura con las dos manos a la vez, me levantó medio palmo y empujó hacia arriba, y perdimos el ritmo, el equilibrio y un cojín; y me reí contra su boca mientras él seguía moviéndose, y él se rio también, y la risa se nos deshizo en otra cosa a la mitad.
Terminamos en la alfombra, él encima y yo con una pierna todavía en el sofá, y me corrí así, con la boca contra su hombro, y lo noté irse detrás de mí diciendo mi nombre con una voz que no se parecía nada a la de la sala Ebro.
Después nos quedamos en el suelo mirando el techo.
—Tienes gotelé —dijo.
—Es un edificio de 1931. El gotelé es histórico.
—El gotelé es un crimen.
Le pasé el pulgar por la muñeca, por costumbre. No había ninguna marca que anotar y me quedé un rato tocándosela igual.
—No había esposas —dijo él—. Y ha funcionado.
—Ha funcionado mejor.
Se giró hacia mí, apoyado en el codo, con esa mirada suya de organizar el mundo.
—Es que no era el metal. Nunca ha sido el metal.
Cogí la llave de la mesa baja, esa llave ridícula que pesa menos que un clip, y me la quedé en la palma sin decir nada, porque tenía razón y yo todavía no estaba preparada para decirlo en voz alta.
* * *
El jueves a las nueve la sala Ebro estaba preparada, con agua, con el guion de preguntas y con Ismael repasando el bloc amarillo.
A las nueve y diez Paula Mir no había llegado.
A las nueve y veinte llamé a su móvil y saltó el buzón a la primera, como salta un teléfono apagado y no uno sin cobertura. Su jefa directa no sabía nada: no había avisado, no había mandado correo, no había pedido día.
A las diez menos cuarto estaba yo en el portal de su edificio, en Tetuán, con una vecina del segundo que regaba unos geranios en el descansillo.
—¿La chica del cuarto? Se fue el domingo por la noche —dijo—. Con una maleta grande y una bolsa de deporte. Pensé que se iba de viaje, pero es que llamó al timbre para darme la llave y pedirme que le regara las plantas.
—¿Le dijo cuánto tiempo?
La vecina se encogió de hombros y siguió regando.
—No me dijo cuánto. Me dijo que si venía alguien preguntando por ella, que no abriera a nadie.