CAPÍTULO 34
Lo del cordón lo apunté por rutina, porque apunto todo, y porque llevo quince años sabiendo que el dato inútil de las ocho es el dato decisivo de las doce.
Nexo había encargado cordones nuevos para el evento.
Grises, con el logotipo actual impreso cada quince centímetros.
Los repartían en una mesa de la entrada dos chicas de la empresa de protocolo, y para las diez y media no quedaba ni uno.
—Grises —le dije a Hugo por el manos libres—. Todos.
—Fascinante.
—Apúntalo.
—Lo apunto. «Cordones grises». Ya está en el informe. Berta Ayala va a llorar de emoción.
Yo estaba en la planta primera, en el pasillo acristalado que da al atrio, con un vaso de café que no me bebí y una tarjeta de visitante colgada del cuello, gris, como las demás.
Desde ahí se veía todo: el mostrador, los tornos, la escalera abierta, la zona de catering, el hueco despejado donde a las doce iban a poner la mesa con las dos carpetas y las plumas ridículas que se compran para estas cosas.
Y se veía a Nicolás.
Estaba junto a la columna del fondo con dos hombres del grupo Varel y una mujer que llevaba la carpeta de la alianza bajo el brazo.
Traje gris marengo. La postura de siempre, esa que tiene de tipo que ya ha decidido el orden de las cosas.
Se reía en el momento en que hay que reírse.
Nadie que lo mirase habría dicho que esa mañana, a las 06:40, me había preguntado tres veces seguidas si estaba segura.
—Estoy segura —le había contestado la tercera—. Y tú no vas a hacer nada.
—Eso ya lo hemos hablado.
—Repítelo.
—No voy a hacer nada. —Una pausa larga—. ¿Puedo preguntar cuánto va a durar el «nada»?
—Hasta que yo te diga.
Había asentido. Solo eso. Y se había ido a ponerse una corbata.
Ahora, desde arriba, lo miraba negociar con un hombre de Varel la fotografía de después y pensaba en lo que le estaba costando, porque lo sabía por la mano. Tenía la izquierda en el bolsillo del pantalón. Nicolás no se mete las manos en los bolsillos cuando trabaja. Las deja a la vista.
La noche anterior habíamos cerrado el dispositivo en una sala de la Brigada con un plano del edificio impreso en A3 y catorce personas alrededor.
Lo expuse yo, porque el equipo estaba en Nexo y la información era mía, y lo expuse con la boca seca, porque seis meses antes esa misma gente había leído un atestado en el que yo inmovilizaba a un ciudadano contra un pilar de hormigón por un parecido razonable.
Nadie lo mencionó. Eso fue lo peor.
—Usted no interviene —me había dicho Sedano al final, sin retintín, señalando el plano—. Usted identifica y se aparta. Si hay que tocar a alguien, lo tocamos nosotros.
—Perfecto.
—¿Perfecto de verdad o perfecto de decirlo?
—De verdad.
Y era verdad. Es la única frase de todo aquel mes de la que estoy completamente segura.
A las 11:02, Hugo soltó el señuelo previo.
Todavía faltaba casi una hora para el lote que esperábamos a partir de la firma, pero en el entorno espejo hicimos aparecer cuatro confirmaciones simuladas, con sus referencias, sus horas y sus contravalores.
No eran las órdenes reales: eran el cebo.
Si Landa seguía vigilando el histórico, entraría a comprobarlas.
Y podía hacerlo desde fuera porque le habíamos dejado abierta una puerta que él creía haber abierto solo.
—Ha entrado —dijo Hugo—. 11:04. Ha mirado las cuatro. Se ha ido.
—¿Cuánto tarda?
—Depende de si es listo o de si es rápido. Nunca es lo mismo.
Los veintisiete minutos siguientes fueron los más largos que he pasado de pie.
No se puede explicar bien la textura de esperar así.
Abajo había gente comiendo canapés de una bandeja y hablando de tipos de interés.
Dos comerciales se reían junto a la máquina de agua.
Alguien probó el micrófono y dijo «uno, dos» tres veces.
Y yo, apoyada en una barandilla de cristal con un café frío, iba tachando cosas en la cabeza: que Landa no viniera, que viniera con otro cordón, que el equipo no estuviera donde Paula había dicho, que sí estuviera pero que ya lo hubiera borrado en remoto, que yo señalara a un hombre de cuarenta años con gafas que resultara ser el director comercial de Varel.
Esa última era la que me tenía la mandíbula agarrotada. Once minutos de vigilancia, una descripción compatible y una frase mal interpretada me habían costado ya un caso, un expediente interno y la única relación que me importaba en años.
—Vera —dijo Hugo en el oído, que me conoce demasiado—. No mires caras.
—No estoy mirando caras.
—Estás mirando caras.
—Estoy mirando el atrio.
—Estás mirando caras y estás decidiendo cuál de ellas te va a arruinar la vida otra vez. Mira otra cosa.
Miré otra cosa.
Landa entró por la puerta principal a las 11:31, con una acreditación clonada de un empleado de la oficina de Valencia que ese día estaba en Valencia, pasó el torno sin que sonara nada, porque nosotros mismos habíamos pedido que no sonara, y se quedó cuatro segundos parado a la derecha del mostrador mirando el atrio.
La inspectora Sedano lo tenía localizado desde la mesa de control. Yo no. Yo lo que tenía era doscientas personas con traje y un cerebro que llevaba seis meses recibiendo imágenes de un hombre que se había afeitado, se había cortado el pelo y se había puesto unas gafas de pasta fina.
Coincidía lo suficiente con cuarenta hombres de aquel atrio. Esa frase ya me costó un caso una vez.
Así que no miré la cara.
Miré el cordón.
Era azul marino. Con los dos círculos entrelazados en la versión que Nexo dejó de imprimir hacía dieciséis meses, cuando rehicieron la identidad corporativa y tiraron a la basura cuatrocientos cordones y dos mil tarjetas.
Un hombre que guarda un cordón dieciséis meses es el mismo hombre que guarda una tarjeta caducada en el hueco de la puerta de un coche.
—Cordón azul —dije—. Mostrador, a la derecha, chaqueta azul, gafas. Es él.
—Confirmado —dijo Sedano, y su voz no cambió de tono ni medio grado—. Nadie se mueve.
Landa cruzó el atrio.
Pasó a tres metros de Nicolás.
Yo estaba veinte metros más arriba, detrás de un cristal, y lo vi entero: vi a Landa girar la cabeza lo justo, un grado, sin frenar el paso, con la curiosidad barata de quien pasa por delante de un incendio que ha encendido él; y vi a Nicolás verlo.
Fue medio segundo. Se le quedó la mandíbula quieta a mitad de una frase.
Los hombros bajaron un centímetro, que es lo que hacen los hombros cuando el cuerpo entero decide que sí, que podría.
Tenía las llaves del edificio en el bolsillo, tenía cuarenta kilos de ventaja sobre el otro y tenía seis meses de razones.
Y volvió a la conversación.
Levantó el vaso, dijo algo, el hombre de Varel se rio, y Landa siguió andando hacia la escalera.
He visto a gente hacer cosas difíciles. He visto a un testigo declarar contra su hermano. Esa mañana vi a un hombre no hacer nada durante cuatro segundos y me pareció lo más violento que le he visto hacer a nadie.
—Sube por la escalera —dije—. Planta dos.
* * *
A las 11:40, mientras Landa subía, Paula Mir estaba en una sala de la Brigada con su abogado y un pendrive.
Eso lo supe después, en el orden en que se saben las cosas, pero lo que me llegó en directo fue un mensaje de Hugo de dos líneas y una captura.
«Audio. 4 min 12 s. Voz de Landa. Le dice dónde enchufarlo.»
Paula había hecho lo único inteligente que hizo en todo aquel asunto: tenía miedo desde el primer día y grabó.
Grabó una conversación de abril en un aparcamiento de Las Tablas en la que Sergio Landa, con la paciencia de quien explica algo por segunda vez, le indicaba a una adjunta de compras de veintinueve años que bajara al archivo de la planta dos, abriera el armario de la telefonía antigua, conectara un equipo del tamaño de un libro de bolsillo a la boca 14 del panel y se olvidara.
Decía «se olvida usted». De usted. Y decía el número de la boca.
Y había una fotografía con metadatos de las 19:22 del 9 de abril en la que se veía el armario abierto, el equipo puesto y, en el borde, la punta del zapato de Paula.
Con eso ya no hacía falta nadie que interpretara nada. Con eso no hacía falta yo.
A las 12:01, abajo, empezó la firma.
A las 12:04, Sergio Landa abrió la puerta del archivo de la planta dos con una llave que no había devuelto en catorce meses.
Yo estaba dentro.
También estaban la inspectora Sedano, el agente Cifuentes y Amadeo, el jefe de seguridad de Nexo, que llevaba veinte minutos sin parpadear y respiraba como si estuviera nadando.
El archivo son cuarenta metros cuadrados de estanterías metálicas con cajas de facturación de 2018 y 2019, un fluorescente y un olor a cartón que no se va nunca.
Landa encendió la luz. Fue directo al armario del fondo. No dudó ni buscó: sabía dónde estaba porque él había decidido dónde estaba.
Abrió la tapa, desenchufó el equipo con dos movimientos limpios y lo sostuvo un segundo en la mano, y entonces sacó del bolsillo interior un destornillador plano.
—Sergio.
Se quedó quieto.
No corrió. Quiero dejarlo claro porque durante meses me imaginé esa escena de siete maneras distintas y en cinco de ellas alguien corría.
No corrió nadie. Sergio Landa se giró despacio, con un ordenador en una mano y un destornillador en la otra, vio a cuatro personas entre él y la puerta, y bajó los brazos.
—Deje eso en la estantería —dijo Sedano—. Despacio.
Lo dejó.
Y me miró a mí, que era lo que yo no quería y lo que iba a pasar de todas formas.
—Usted.
—Yo.
—¿Cómo?
—Un cordón azul.
Frunció el ceño. De verdad. Fue lo único auténtico que le vi en toda la conversación: la contrariedad genuina de un hombre al que le explican que se le ha caído un tornillo.
—Los repartieron nuevos esta mañana —dije—. Grises. Usted llevaba uno de los viejos.
—Eso es una tontería.
—Sí.
—He estado dos años dentro de esa empresa sin que nadie lo supiera.