CAPÍTULO 15
Lo llamé a las ocho y media de la mañana, como había dicho, y a las ocho y cincuenta y dos estaba en el despacho de Viriato con el pelo mojado y un abrigo puesto sobre un jersey, sin afeitar, que en Nicolás Ferrer es el equivalente a salir a la calle en pijama.
Le puse el folio delante sin preámbulos. Clara estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, y no era casualidad: se lo había pedido yo. Cuando una conversación puede torcerse, quiero a alguien en la habitación que no me quiera.
Nicolás leyó.
Tardó mucho más de lo que tarda en leer una página, porque la leyó tres veces. Le vi hacer el recorrido con los ojos: la fecha, el importe, la línea azul del pie, el identificador.
—Esto es una autorización de pago recurrente —dijo.
—Sí.
—A un proveedor que no existe.
—Sí.
—Firmada con mi huella.
—Con una validación biométrica registrada a tu nombre, desde un dispositivo corporativo, el 11 de marzo a las 20:04 y treinta y siete segundos. —Mantuve la voz exactamente igual de plana que si estuviera leyendo una matrícula—. Eso es lo que dice el documento. No digo nada más.
Dejó el folio sobre la mesa. Muy despacio, como si lo apoyara sobre algo frágil.
Y entonces se puso de pie.
No gritó. Creo que la gente que no ha estado nunca delante de alguien de verdad furioso se imagina gritos, y lo que hay casi siempre es esto: un hombre de metro ochenta y seis que se levanta, se va a la ventana, se queda mirando la calle Viriato con las manos en los bolsillos y tarda veinte segundos en poder hablar.
Tenía los hombros de piedra. Se le había puesto el cuello rojo por encima del jersey, esa franja que ya le conozco y que delata a la gente que controla todo lo demás.
—El 11 de marzo yo estaba en Bilbao —dijo, sin volverse.
—¿A las ocho de la tarde?
—A las ocho de la tarde estaba cenando con dos proveedores en un restaurante de Abando.
Hay factura, hay tarjeta y hay dos personas que se acordarán.
—Ahora sí se giró—. Y sé perfectamente que eso no significa nada, porque una firma biométrica no exige que estés en un sitio concreto, solo que alguien tenga el dedo.
—Correcto.
—Y no tengo el dedo cortado, así que la conclusión evidente es que alguien clonó el registro o que estoy mintiendo.
—Correcto otra vez.
Se frotó la mandíbula sin afeitar con el canto del pulgar.
—¿Sabes lo que más rabia me da? —Y ahí le salió, por fin, una grieta en la voz—.
Que llevo un mes diciéndole a todo el mundo que a mí me han robado el nombre.
A la policía, al banco, al comité, a mi socio.
Y todo el mundo asiente y hace un gesto de pena, y yo veo cómo ese gesto de pena tarda medio segundo en convertirse en otra cosa.
Porque nadie se cree del todo que le roben el nombre a nadie.
En el fondo todo el mundo piensa que algo habrás hecho.
—Cogió el folio y lo volvió a soltar—. Y ahora tengo mi huella en un papel.
—Nicolás.
—Y lo peor no es eso. Lo peor es que si yo fuera tú, con esto encima de la mesa, ya habría llamado a la aseguradora.
—Me alegro de que lo digas —dije—. Porque eso es exactamente lo que vamos a hacer ahora.
Clara se movió por primera vez desde la ventana.
—Señor Ferrer, siéntese, por favor —dijo, con ese tono de exabogada que hace que la gente se siente—. Vera va a pedirle algo. Y como supervisora del expediente le recomiendo formalmente que no acceda sin consultar a su abogado.
Nicolás se sentó.
—Dímelo.
Yo llevaba desde las tres y cuarto de la madrugada dándole vueltas a cómo formularlo, y al final resultó que no había manera elegante.
—Quiero tus dispositivos —dije—. Todos. El portátil corporativo, el personal, el móvil de empresa, el móvil privado, la tableta que usas en casa.
Quiero la lista completa de tus accesos: corporativos, bancarios, correo personal, gestor de contraseñas, dominio del ático, lo que sea.
Quiero los registros de autenticación de los últimos catorce meses y quiero poder pedir a tu operador la geolocalización de tus líneas.
Y quiero que firmes una autorización que me permita entregar todo lo que encuentre a la aseguradora y al juzgado, incluso si lo que encuentro te perjudica.
Silencio.
En la calle, un camión de reparto se puso a pitar.
—Eso es todo —dijo él.
—Eso es todo. Y no es negociable por partes. No sirve que me des el portátil corporativo y te quedes el correo personal, porque entonces cualquier cosa que encuentre en el portátil vale la mitad. O es completo o no lo hago.
—¿Y si digo que no?
—Si dices que no, sigo trabajando el caso con lo que tengo, informo a Berta Ayala de que el sospechoso principal se ha negado a entregar sus dispositivos y esa frase entra en el expediente. —Sostuve la mirada—. Y probablemente sea el final de la investigación tal y como la estamos haciendo.
—¿Y de lo otro?
—De lo otro hablamos cuando esto no esté encima de la mesa. Hoy no me estás preguntando eso.
—Te estoy preguntando eso exactamente.
—Ya lo sé. —Noté que me subía el calor por el cuello y lo dejé subir—. Y no te voy a contestar hoy, porque hoy la respuesta sería falsa en cualquiera de las dos direcciones.
Clara, que es una profesional, miró por la ventana con muchísimo interés.
—Vale —dijo Nicolás—. Otra pregunta, y esta es fácil. ¿Tú crees que lo hice?
—No te voy a contestar a eso.
—Es una pregunta de sí o no.
—Es una pregunta trampa, y la trampa no la has puesto tú.
—Apoyé las dos manos en la mesa—. Si te digo que no creo que lo hicieras, ¿qué has ganado?
Nada. Has ganado una opinión mía. Y mi opinión, en este expediente, vale menos que la de cualquiera, porque soy la persona con más motivos del mundo para equivocarme a tu favor.
—A mí me valdría.
—Ya. Y ese es el problema. —Me oí la voz más dura de lo que pretendía y no la suavicé—.
Yo no te voy a exonerar por intuición, Nicolás.
Ni hoy ni dentro de un mes. Si esto termina contigo limpio, va a ser porque hay un registro, una hora y un aparato que lo demuestran. No porque yo te conozca la cara.
Se quedó callado un momento.
—Es curioso —dijo—. Eso debería ofenderme y es lo único que me ha tranquilizado en todo el día.
Nicolás tardó cuatro minutos completos. Los conté, porque siempre los cuento. Cuatro minutos en los que no dijo nada, en los que se levantó otra vez, dio dos vueltas por la sala pequeña, se paró delante de la estantería de los archivadores y leyó los lomos sin verlos.
—En ese correo personal hay cosas —dijo al fin, de espaldas.
—Lo sé.
—Hay un hilo de cuatro años con mi padre que termina de una manera muy fea.
Hay lo que le escribí a Elena el mes que se separó, que es lo más sincero que he escrito en mi vida.
Hay facturas médicas. Hay una carpeta con la tasación del ático que no quiero que vea nadie porque me da vergüenza lo que pagué.
—Lo sé.
—Y hay mensajes tuyos.
—Lo sé —dije, y esa fue la única de las tres que me costó.
Se giró.
—¿Los vas a leer tú?
—Los va a indexar Hugo con una herramienta forense y va a filtrar por palabras clave, fechas y adjuntos.
Yo veré lo que caiga en el filtro. Y lo que caiga en el filtro y no tenga nada que ver con el caso, lo cierro y lo anoto en el registro de acceso, que es un documento que tú puedes pedir cuando quieras.
—Hice una pausa—. Pero no te voy a vender que es indoloro.
Va a haber cosas tuyas que yo voy a ver.
No sé cuáles. Esa es la parte honesta de la pregunta.
Asintió.
Y entonces hizo algo que no olvidaré en mucho tiempo: se sacó el móvil del bolsillo del abrigo, lo desbloqueó, entró en los ajustes, desactivó el bloqueo biométrico, escribió un PIN nuevo delante de mí, lo apuntó en un pósit con mi bolígrafo y me lo dejó encima del folio de la autorización.
—Seis, cuatro, ocho, ocho —dijo—. Está también el de Bilbao. Hay fotos del restaurante.
—Nicolás, no hace falta que...
—Sí hace falta. —Se sentó otra vez, y de golpe parecía diez años más cansado—. Si lo voy a hacer, lo hago entero. Media entrega no es una entrega. Eso me lo enseñó una señora muy pesada hace un mes.
Me reí sin querer, y fue un sonido inapropiado y necesario.
Clara puso el documento de autorización sobre la mesa, dos copias, y le tendió un bolígrafo.
—Antes de firmar, señor Ferrer —dijo—: mi recomendación formal sigue siendo que hable con Ismael Ponte.
—Le he escrito a Ismael mientras venía en el coche. Me ha contestado que ni se me ocurra.
—Que conste en acta.
—Que conste.
Firmó las dos copias.
* * *
Pasamos las tres horas siguientes haciendo lo menos erótico que existe sobre la faz de la tierra: un inventario.
Marca, modelo, número de serie, IMEI, sistema operativo, fecha de última actualización.
Precinto, etiqueta, bolsa. Hugo llegó a las once con dos discos duros y su cara de día de Navidad, y a mediodía teníamos cinco dispositivos alineados en la mesa de la sala pequeña como cinco órganos en una bandeja.
Nicolás estuvo presente en todo, que era su derecho y también, sospecho, su forma de soportarlo.
Y a mitad de la mañana, mientras Hugo le pedía por tercera vez que introdujera una contraseña que ni siquiera recordaba, me pasó una cosa por la cabeza que me obligó a salir a por un café que no me apetecía.
Era esto.
Yo llevaba un mes viendo a ese hombre decidir dejar de decidir.
Lo había visto ofrecerme las muñecas en una mesa de restaurante, quedarse quieto cuando yo le decía «quieto», ponerse de rodillas en su propio despacho y esperar sin tocarme porque yo se lo había pedido.
Y yo me había convencido a mí misma de que eso era una cosa del dormitorio.
Un juego con reglas, un accesorio de acero, un compartimento estanco de mi vida que no se comunicaba con el resto.
No lo era.
Era la misma operación. Exactamente la misma. Un hombre que se ha pasado la vida entera anticipándose a todo para que nadie pueda hacerle daño, poniendo voluntariamente en manos de otra persona la cosa que más le importa y aguantando las ganas de recuperarla.
Solo que aquí no había palabra de seguridad.
Aquí, si él decía «norte», yo no podía parar.
Ese pensamiento me dejó de pie en la puerta de la cocina del despacho, con un vaso de plástico en la mano, sintiendo a la vez dos cosas que no deberían ir juntas: una responsabilidad enorme y un deseo absolutamente inoportuno.
Cuando volví, él me estaba mirando desde la mesa.
—¿Qué? —dije.
—Nada.
—Nicolás.
—Que sé exactamente lo que estabas pensando ahí fuera —dijo, en voz baja, con Hugo a metro y medio tecleando y sin enterarse de nada—. Porque yo lo he pensado hace veinte minutos.
—No sabes lo que estaba pensando.
—Vale. —Media sonrisa, la más cansada que le he visto—. Entonces los dos hemos pensado por casualidad la misma cosa a la vez.
No contesté. No podía. Tenía a mi socia en el despacho de al lado, a mi analista a metro y medio, una cadena de custodia a medio firmar y un pulso completamente inaceptable en las muñecas.
—Esta es distinta —conseguí decir.
—Ya lo sé. Esta es peor. —Cogió el bolígrafo y firmó la última etiqueta—. Y la estoy haciendo igual.
Estuvimos dos segundos así. Sin tocarnos, a un metro de distancia, con una bandeja de aparatos precintados entre los dos. Ni un roce, ni un dedo. Fue lo más íntimo que había pasado en aquella sala en once años, y no habría podido explicárselo a nadie.
Hugo levantó la cabeza.
—¿Puedo llevarme ya todo esto o seguís haciendo lo que sea que estáis haciendo?
—Llévatelo —dije.
Cargó las cajas y se fue con Clara a firmar el traslado, y durante tres minutos nos quedamos los dos solos en la sala pequeña, con la mesa vacía y el olor a plástico de las bolsas de precinto.
—¿Y ahora qué haces tú? —pregunté.
—Ahora me voy a mi casa sin móvil, sin portátil y sin tableta, y a las cinco tengo una reunión de preparación de la alianza en la que tengo que parecer una persona funcional. —Se abrochó el abrigo—. Llevo doce años sin estar cuatro horas seguidas ilocalizable. Es una sensación rarísima.
—¿Mala?
Se tomó su tiempo.
—No lo sé todavía —dijo—. Es parecida a otra.
—No lo digas.
—No lo he dicho.
—Lo has pensado muy alto otra vez.
—Es un defecto que tengo. —Llegó a la puerta y se paró con la mano en el marco, sin girarse del todo—. Vera. Una cosa y me voy. Si aparece algo ahí dentro que me destroce, prefiero que lo encuentres tú.
—Voy a encontrarlo yo.
—Lo sé. Era una manera de decirte otra cosa.
—Lo sé —dije.
Y se fue, y yo me quedé mirando una mesa vacía durante bastante más tiempo del que puedo justificar en una hoja de horas.
* * *
A las siete y cuarenta de la tarde sonó el teléfono. Hugo, desde su cueva de Prosperidad, con el ruido de un ventilador de fondo.
—Vale, tengo la primera —dijo, y por el tono supe que no era buena ni mala, sino de las que cambian el mapa—. La validación biométrica del día 11.
—Dime.
—El documento es auténtico. Eso primero, porque te lo vas a preguntar. Nadie lo ha fabricado después: se generó el 11 de marzo a las 20:04:37 dentro del sistema de Nexo y se registró en el log de firmas esa misma noche.
Cerré los ojos.
—Sigue.
—El sistema de firma de Nexo no guarda la huella.
Guarda un identificador de dispositivo más un token que emite el propio aparato cuando alguien pone un dedo registrado.
O sea, que lo que acredita ese documento no es que Nicolás Ferrer pusiera el dedo.
Es que un dispositivo concreto dijo que alguien había puesto un dedo válido.
—¿Y el dispositivo?
—Ahí está lo bueno. El identificador no coincide con ninguno de los cinco aparatos que he precintado esta mañana. Ni con el portátil, ni con los dos móviles, ni con la tableta.
Me senté en el borde de la mesa.
—¿Entonces de quién es?
—He cruzado el identificador con el inventario de activos de Nexo. Es una tableta corporativa del lote de 2023, alta el 14 de junio de ese año, con seguro y todo.
—Hugo.
—Asignada, según el inventario, a la adjunta de compras.
Miré el folio, que seguía en el centro de la mesa desde las nueve de la mañana, con la línea azul y el nombre de Nicolás.
—Paula Mir —dije.
—Paula Mir.