CAPÍTULO 14 #2
Nicolás me alcanzó en el pasillo.
—Comemos y me cuentas qué te ronda —dijo.
—No voy a comer contigo.
Se paró.
—Vale.
—No es lo que estás pensando.
—No estoy pensando nada, Vera, llevas cuatro segundos hablando.
Me apoyé en la pared del pasillo, junto a la fotocopiadora, y me obligué a decirlo entero. Y decirlo entero me costó tanto trabajo que tuve que mirar la moqueta.
—Hoy, ahí dentro, cuando Tomás ha dicho que no se fiaba de ti y tú has dicho «sigue» sin pestañear, he sentido una cosa que no me puedo permitir sentir.
—Levanté la vista—. Y quince minutos después he caído en que llevaba toda la mañana deseando que su explicación se sostuviera.
Porque si Tomás es honesto, tú sigues estando limpio.
Y si Tomás es culpable, esto se acaba pronto y bien y tú sigues estando limpio.
Fíjate qué casualidad que las dos versiones que me gustan acaban igual.
Nicolás no dijo nada.
—Yo no puedo trabajar así —seguí—. No es moral, es técnico. Si yo quiero que un dato salga de una manera, el dato sale de esa manera. Se llama sesgo de confirmación, tiene estudios, y me ha arruinado exactamente un caso en quince años.
—¿Qué necesitas?
—Una noche.
—¿Una noche?
—Hoy no nos vemos. Ni cena, ni casa, ni mensajes a las once y media. Voy a coger los setenta folios de Tomás y voy a pasarme la tarde intentando demostrar que tú montaste esas cuatro fichas. En serio, no de boquilla. Y no puedo hacerlo bien si a las nueve he quedado contigo.
Vi cómo lo encajaba. Se le tensó la mandíbula un grado y después lo dejó ir.
—Vale —dijo.
—¿Vale?
—No me gusta. Pero vale. —Se apoyó de espaldas en la pared de enfrente—. Te agradezco una cosa, ya que estamos.
—¿El qué?
—Que me lo digas. —Ladeó la cabeza—. La última vez que decidiste tomar distancia me enteré porque dejaste de contestar dieciocho horas.
—Eso fue en Valencia.
—Eso fue hace cinco días.
Tenía razón, y tuve que tragarme el impulso automático de defenderme, que es mi deporte nacional.
—No voy a desaparecer —dije—. Mañana a las ocho y media te llamo y te cuento lo que haya. Aunque lo que haya sea horrible.
—Sobre todo si es horrible.
—Sobre todo si es horrible.
Y me fui, y no le toqué ni el brazo, y en el ascensor entendí que había estado a punto y que no hacerlo me había costado un esfuerzo desproporcionado para una mujer adulta en una jornada laboral.
* * *
Hugo se presentó en Viriato a las seis y media con dos cajas de los originales y una bolsa de plástico con comida tailandesa que olía a cacahuete por todo el rellano.
—No te he traído esto por amabilidad —dijo, dejándolo en la mesa—. Te lo he traído porque cuando no comes te vuelves agresiva y después me toca a mí.
—Qué detalle.
—¿Vas a contarme por qué has quedado contigo misma un martes?
Se lo conté. En corto, sin la parte del despacho a oscuras, que Hugo no necesita y que además sospecho que ya intuye desde hace dos semanas, porque Hugo intuye todo y no dice nada hasta que le conviene.
Me escuchó comiendo fideos.
—A ver si lo he entendido —dijo—. Estás asustada porque hoy has descubierto que quieres que salga limpio.
—Sí.
—Vera, siempre quieres que alguien salga limpio. Con el caso de los almacenes de Getafe estabas segurísima de que el encargado era inocente porque tenía la foto de una niña en la mesa.
—Y lo era.
—Lo era por casualidad. —Señaló los folios con los palillos—. El problema no es que quieras algo. El problema sería que dejaras de comprobarlo. Y llevas doce horas comprobándolo con una saña que me parece hasta excesiva.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía tranquilizarte. Pretendía que dejaras de perder el tiempo en el diagnóstico. —Se levantó y cogió su abrigo—. Te diré yo cuándo estás mezclando. Es literalmente mi función en tu vida.
—Tu función es el análisis forense.
—Mi función es el análisis forense y decirte cosas que no quieres oír a las siete de la tarde. Viene en el contrato.
Se fue. Trabajé sola hasta las once y veinte de la noche, con la mesa de la sala pequeña cubierta de folios y tres cafés.
Hice lo que había dicho que iba a hacer.
Construí la hipótesis de la culpabilidad de Nicolás Ferrer con toda la mala fe de la que fui capaz: un directivo con participación minoritaria, una alianza estratégica a la vista que iba a diluir su porcentaje, cuatro sociedades preparadas para recibir pagos y una denuncia por usurpación de identidad interpuesta convenientemente tres semanas antes de que nadie mirara nada.
Lo escribí como si tuviera que defenderlo delante de Berta Ayala.
Salió un documento de cinco páginas bastante desagradable de leer.
Y después me puse a comprobar las altas una por una.
Ficha de Adarve. Creada el 3 de septiembre, a las 17:12, con credenciales de dirección.
Ficha de la segunda sociedad. 26 de septiembre, 16:48. Compras.
Ficha de la tercera. 9 de octubre, 18:30. Compras.
Ficha de la cuarta.
Me detuve.
La cuarta ficha no era un alta de proveedor. Era otra cosa: un documento de autorización interna, de los que se firman para habilitar un pago recurrente sin intervención humana. Fechado el 11 de marzo a las 20:04. Importe máximo mensual, veintidós mil euros.
Y en el pie del documento, donde en Nexo aparece una línea azul con el nombre del autorizante, la hora y un identificador largo, ponía:
Autorizado por NICOLÁS FERRER MORENO — Validación biométrica — Dispositivo corporativo — 11/03, 20:04:37
No era una firma escaneada. No era un nombre tecleado en una casilla.
Era una huella.