ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

No toqué la carpeta.

Sé que suena a virtud y no lo es. Es puro instinto de conservación.

Un documento que yo cojo de la mesa de alguien a la una de la madrugada, sin testigos y sin autorización, no vale nada delante de un juez y vale menos que nada delante de un abogado.

Vale para saber. Y saber sin poder usarlo es la peor posición en la que puedo estar.

—Ábrela —dijo Nicolás.

—No.

—Vera, es mi empresa.

—Es el escritorio de un empleado tuyo en el que hay documentación sobre una sociedad que está siendo investigada.

—Me puse los brazos en jarras, que es lo que hago cuando necesito ocupar más espacio del que ocupo—.

Si la abro yo, sola, a la una de la mañana, mañana Tomás puede decir que metí ahí lo que quise. Y tendría razón.

—¿Entonces qué hacemos?

—Fotografiarla cerrada, con la mesa entera en el encuadre, y llamar a Clara a las ocho.

Eso hice. Nueve fotografías desde cuatro ángulos, con la hora incrustada, dos de ellas incluyendo la ventana con las luces de la M-30 al fondo para poder acreditar el momento del día.

Las subí a la nube del despacho antes de salir del edificio, como hago siempre, porque un archivo que solo existe en un móvil es un archivo que puede desaparecer en un bolsillo.

Dormí tres horas y media.

A las ocho y cinco, Clara Montes ya tenía las fotos abiertas en tres pestañas y esa cara suya de exabogada mercantil leyendo un contrato que no le gusta.

—Vas a pedirle a Ferrer que convoque a Bermejo formalmente —dijo—. En una sala, con acta. Tú preguntas, yo entro por videollamada, Hugo toma nota. Y la carpeta la abre Bermejo, con sus manos, delante de todos.

—Eso le da tiempo para vaciarla.

—Eso le da la oportunidad de vaciarla. Que es distinto y es útil. Si la vacía, ya sabemos algo.

Por eso trabajo con Clara.

* * *

La sala grande de Nexo tiene una mesa para catorce personas y una pared de cristal que da al pasillo.

Bajamos la cortina. A las diez y cuarto estábamos dentro Nicolás, Hugo, yo, un portátil con la cara de Clara y Tomás Bermejo, que entró con la carpeta azul debajo del brazo antes de que nadie se la pidiera.

Eso ya me descolocó.

Tomás Bermejo tiene cuarenta y cinco años, la espalda muy recta y la costumbre de mirar a la gente dos segundos antes de hablar, como si estuviera comprobando saldos. Lleva diecinueve años en Nexo. Se sentó, puso la carpeta delante y la cubrió con las dos manos.

—Antes de que empecéis —dijo—, quiero que conste que esto lo he hecho yo solo y con mi tiempo.

—Va a constar todo —dijo Clara desde la pantalla—. Buenos días. Clara Montes, socia supervisora del expediente. Esta reunión se graba.

—Perfecto.

—¿Qué es esa carpeta, Tomás? —preguntó Nicolás.

Y ahí Tomás lo miró de esa manera. Dos segundos. Comprobando saldos.

—Es la razón por la que llevo cinco semanas durmiendo mal —dijo—.

Y antes de abrirla quiero decir una cosa que va a sentar fatal, así que la digo rápido.

—Respiró—. Llevo cinco semanas investigando por mi cuenta, sin decírselo a nadie de esta empresa, porque no me fiaba de nadie de esta empresa. Y en «nadie» te incluyo a ti, Nicolás.

Silencio.

Yo he estado en unas cuantas salas en el momento en que alguien dice algo así. Casi siempre lo que viene después es un espectáculo. Esta vez no. Nicolás se recostó en la silla, cruzó los brazos y dijo:

—Sigue.

—¿Ya está? ¿«Sigue»?

—Tomás, si yo fuera tú y estuviera viendo lo que tú has visto, tampoco me fiaría de mí. Sigue.

Y fue ahí, en ese momento exacto y no en un despacho a oscuras, cuando yo tuve el problema de la semana.

Porque sentí orgullo. Un orgullo cálido, físico, absolutamente inapropiado en una sala de reuniones con acta. Y un investigador que siente orgullo de un investigado tiene un problema mucho más serio que uno que siente deseo.

Lo anoté en la libreta. Literalmente. Escribí «OJO» y lo rodeé con un círculo, que es mi sistema de alarma desde hace once años.

Tomás abrió la carpeta.

Dentro había setenta y tantos folios ordenados con separadores de colores y una letra de contable en los márgenes. No era el material de un aficionado. Era el material de un hombre que lleva diecinueve años cuadrando cosas.

—Empecé el 14 de marzo —dijo—. Estaba cerrando la previsión de tesorería del último trimestre y me salió un desajuste de cuarenta y un mil euros en el área de compras indirectas. Cuarenta y un mil euros en una empresa que mueve lo que movemos nosotros es ruido. No debería haberlo mirado.

—Pero lo miraste —dije.

—Lo miré porque el desajuste estaba muy bien hecho. —Levantó la vista—. Un error de tesorería es feo. Tiene picos, tiene un céntimo que no cuadra, tiene una factura duplicada. Esto estaba liso. Estaba repartido en seis conceptos por debajo del umbral de autorización.

—Quince mil euros —dijo Nicolás, en voz baja.

—Quince mil euros.

Hugo, a mi izquierda, dejó de teclear.

—¿Qué encontraste? —pregunté.

Tomás sacó tres folios del separador azul y los giró hacia mí.

—Estas son las altas de proveedor de los últimos catorce meses, con dos columnas que el sistema no enseña por defecto y que yo he sacado de los registros contables. La fecha de creación de la ficha y la fecha del primer documento asociado.

Los miré.

Y cuando entendí lo que estaba mirando se me puso la piel fría, que es lo más parecido a la alegría que existe en mi oficio.

—Suministros Adarve —leí—. Ficha creada el 3 de septiembre.

—Primera factura: 19 de diciembre —dijo Tomás—. Tres meses y medio después.

—¿Y eso es raro?

—Es imposible. —Se le puso una voz distinta, la del hombre que por fin habla de lo suyo—.

Una ficha de proveedor se crea porque hay una compra en curso.

Es papeleo, nadie lo hace por gusto ni por adelantado.

Yo he mirado las mil doscientas altas de los últimos seis años.

La media entre creación de ficha y primer documento es de nueve días. La mediana, cuatro.

—¿Y hay más como esta?

—Hay tres más. —Sacó otro folio—. Creadas entre septiembre y noviembre, todas por debajo del radar, todas sin actividad durante meses, todas con datos bancarios cargados desde el primer día. Y aquí viene lo que me quita el sueño.

Pasó el dedo por una columna.

—Las cuatro tienen configurado el calendario de pago. No solo la cuenta: el calendario. Fecha valor, periodicidad, importe máximo. Eso se rellena normalmente cuando ya hay contrato. En estas cuatro estaba puesto meses antes de que existiera un solo albarán.

Hugo soltó el aire.

—Eso no es un fraude —dijo—. Eso es una tubería.

—¿Cómo? —dijo Nicolás.

—Que no está robando. Todavía. —Hugo se giró hacia mí, y tenía en la cara la expresión que pone cuando entiende algo tres segundos antes que el resto de la sala—.

Está instalando una tubería para que un día se abra el grifo y salga todo a la vez.

Por eso las fichas están frías. Una ficha de proveedor con seis meses de antigüedad no la revisa nadie. Un alta nueva, sí.

Me quedé mirando el folio.

Yo había entrado en esa sala pensando en la palabra «desvío». Alguien que se lleva dinero poco a poco, un chorrito, un goteo. Todo lo que habíamos encontrado hasta entonces —el Porsche, los relojes, los equipos informáticos— encajaba en eso: un ladrón con prisa y gustos caros.

Y el ladrón con prisa y gustos caros llevaba siete meses preparando un calendario de pagos para más adelante.

Esas dos cosas no las hace la misma cabeza. O sí, pero no para lo mismo.

—Tomás —dije—. ¿Por qué no se lo contaste a nadie?

Cerró la carpeta.

—Porque las cuatro altas están hechas con credenciales de dirección —dijo—. Dos con las de compras. Y dos con las de él.

Señaló a Nicolás con la barbilla, sin agresividad, casi con fastidio.

—Y en marzo yo no tenía forma de saber si el director de operaciones de esta empresa estaba montando una red de proveedores fantasma o si alguien estaba usando su nombre.

Y si era lo primero y yo abría la boca, el expediente desaparecía en cuarenta y ocho horas.

—Lo dijo sin pedir perdón por ello—. Así que me callé y fui haciendo copias.

En papel. Porque el papel no deja rastro en un servidor.

Nicolás llevaba un rato sin moverse.

—Cinco semanas —dijo.

—Cinco semanas.

—Podías habérmelo dicho el día que apareció la investigadora.

—El día que apareció ella pensé que la habías contratado tú para tapar algo. —Tomás me miró por primera vez directamente—. Sin ánimo de ofender.

—No me ofendo. Es exactamente lo que habría pensado yo.

Y era verdad, y decirlo en voz alta en esa sala me colocó de golpe en el sitio incómodo en el que llevaba dos horas sin querer colocarme.

Tomás Bermejo era el sospechoso más limpio que yo tenía.

Tenía acceso, tenía conocimiento del sistema, tenía carácter de hombre que prefiere resolverlo todo dentro y tenía una carpeta con el nombre del proveedor ficticio en su mesa.

Si me hubieran puesto ese expediente delante sin conocer a nadie, habría pedido su historial bancario esa misma tarde.

Y yo, sentada en esa silla, había estado deseando que la explicación fuera buena.

Eso es lo que me asustó. No haberme equivocado: haberlo querido.

—Una última cosa —dije—. ¿Quién puede ver esas dos columnas que has sacado tú a mano?

—Dirección financiera y auditoría externa.

—¿Y quién sabía que tú las estabas mirando?

Tomás tardó en contestar.

—Nadie —dijo—. Aunque el mes pasado pedí a sistemas un volcado de altas y el ticket lo tramitó compras.

Hugo levantó la cabeza como un perro que oye una llave en la cerradura.

—¿Quién de compras?

—El ticket lo firma el área. No la persona. —Tomás se frotó los ojos—. Pero la que gestiona esos tickets, en la práctica, es Paula.

Escribí «Mir» en la libreta, por segunda vez en doce horas, y esta vez no lo subrayé porque no hizo falta.

La reunión terminó a la una menos veinte. Clara se quedó con las copias escaneadas, Hugo se llevó los originales al despacho con cadena de custodia firmada y Tomás se fue a comer sin despedirse de nadie, que es su manera de estar de buen humor.