ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

Di la vuelta a la mesa. Él no se movió, de pie junto a su propia silla, y aquello ya era la mitad del asunto: el hombre que decide dónde se sienta todo el mundo en esa planta, esperando a que yo le dijera dónde ponerse.

—Quítate el reloj.

Se lo quitó y lo dejó junto a la llave.

—Ponte ahí. —Señalé el hueco entre la mesa y la estantería—. De pie, las manos a los lados. No me toques hasta que yo lo diga.

—Vale.

—No es «vale». Dime que lo has entendido.

—No te toco hasta que lo digas.

Me acerqué. Le desabroché los dos botones superiores de la camisa, muy despacio, y le recorrí el esternón con el dorso de los dedos, una sola vez, y lo noté coger aire por la nariz.

—¿Cuánto llevas pensando en esto?

—Desde el andén. —Tenía la voz más baja de lo normal—. Estabas enfadadísima conmigo y yo estaba pensando en tu boca, y me pareció de una bajeza considerable.

—Lo es.

—Ya.

Le desabroché el cinturón sin quitarle nada. Lo dejé abierto, me aparté dos pasos y me senté en el borde de su mesa, con las manos apoyadas atrás.

—¿Y ahora? —preguntó, y me di cuenta de que era la misma pregunta que me había hecho en un aparcamiento de Zurbano con las manos a la espalda.

—Ahora esperas.

Esperó.

Le di treinta segundos. Los conté, porque siempre los cuento, y él estuvo quieto, respirando cada vez más alto, con las manos a los lados. En algún momento cerró los puños y los volvió a abrir.

—De rodillas —dije.

Lo hizo sin una palabra. Bajó primero una rodilla y después la otra sobre la moqueta gris de su propio despacho, con la camisa abierta por arriba y la cara a la altura de mis muslos, y yo tuve que sostener el borde de la mesa con las dos manos para que no se me notara nada.

—Puedes usar las manos ya. Solo las manos.

Me subió la falda hasta las caderas con esa lentitud deliberada que usa cuando quiere devolverme la jugada. Me quitó las medias y la ropa interior, me abrió las rodillas con las palmas y volvió a quedarse quieto. Levantó la vista.

—¿Puedo? —preguntó.

—Todavía no.

Apretó los dientes.

—Eres muy cruel.

—Sí.

—Dilo tú también.

Y ahí estaba otra vez, el cabrón, pidiéndome lo mismo que en su casa: que no me esconda detrás del imperativo.

—Quiero que me mires un rato antes —dije, y me costó lo suyo—. Quiero ver cuánto aguantas. Me pone que aguantes.

—Joder.

—Y ahora sí.

No fue delicado, y yo no lo quería delicado. Con la primera vuelta de su lengua tuve que apoyar una mano en la mesa, detrás, y la otra en su pelo.

Y entonces empecé a hacer lo que había ido a hacer.

—Más despacio.

Fue más despacio.

—Para.

Paró, con la boca todavía contra mí, la respiración caliente y quieta, y sentí cómo todo el cuerpo se me quedaba suspendido en ese hueco.

—Otra vez. Igual de despacio.

Volvió.

Lo hice cuatro veces. Cinco. Marcando el tiempo con la voz, deteniéndolo justo cuando yo empezaba a irme, y en algún punto dejé de entender si el ejercicio consistía en que él obedeciera o en que yo soportara hacerlo esperar a costa mía.

—Vera. —Tenía la frente apoyada en mi muslo—. Deja de pararme.

—No.

—Por favor.

—Dilo entero.

—Déjame terminar. —Levantó la cara y tenía los ojos oscurísimos—. Quiero que te corras en mi boca y llevas cuatro minutos no dejándome. Es una gestión pésima.

Me reí, y la risa se me cortó por la mitad porque aprovechó exactamente ese segundo para volver, y esta vez no le dije que parara.

Aguanté menos de lo que había planeado. Me corrí con la mano cerrada en su pelo y la otra agarrada al canto de la mesa de roble, mordiéndome el interior del labio para no hacer ruido en un edificio vacío, y él me sostuvo por debajo de los muslos hasta que dejé de temblar.

Después apoyó la frente en mi rodilla y se quedó así unos segundos.

—Levántate —dije, cuando pude.

Se levantó. Le temblaba un poco el pulso, se le notaba en las manos.

—Date la vuelta y pon las manos en la estantería.

Lo hizo. Yo le bajé los pantalones y la ropa interior lo justo, de pie detrás de él, y le pasé la mano por delante y lo agarré entero, y el sonido que hizo contra el estante de metal fue lo mejor que había oído en cuatro días.

—Ni se te ocurra moverte —dije, con la boca en su espalda.

—Eso es imposible.

—Inténtalo.

Lo mantuve así todo lo que pude: mi mano, mi ritmo, su cadera intentando marcar otro y encontrándose cada vez con que yo bajaba la velocidad en cuanto lo intentaba. Le apoyé la frente entre los omóplatos.

—Vera, o paras o esto se acaba de pie.

—¿Qué prefieres?

—Prefiero dentro. —Giró la cabeza lo justo para mirarme por encima del hombro, y fue el mismo ángulo exacto del pilar de hormigón, y creo que los dos lo pensamos a la vez—. Por favor.

Saqué el preservativo del bolsillo de la chaqueta, porque llevo cosas útiles encima y esa noche había decidido, en algún punto entre el tren y la sala de reuniones, que aquello era una cosa útil.

—Date la vuelta.

Se apoyó de espaldas en la estantería y se lo puse yo, despacio, mirándolo a la cara, porque quería ver cómo se le descomponía la expresión organizada.

—Al sillón.

Se sentó en su propio sillón de director, con las manos en los reposabrazos, y yo me subí y bajé despacio, obligándome a sentirlo todo, con las dos manos en sus hombros.

—Las manos quietas —dije—. Todavía.

—Me estás matando.

—Lo sé.

Me moví a mi ritmo. Despacio hasta que resultó insoportable para los dos, con la frente contra la suya, en un despacho a oscuras y la M-30 sonando lejísimos detrás de la lámina.

Y entonces, muy en su estilo, esperó a que se me escapara un gemido y dijo:

—Dime que puedo tocarte.

—Puedes tocarme.

Me agarró por la cintura y empujó hacia arriba, y a partir de ahí ya no llevé yo el ritmo del todo, y no me importó, y ese sigue siendo el descubrimiento más raro que he hecho sobre mí misma en seis años.

Me corrí por segunda vez con la boca contra su cuello.

Él lo hizo unos segundos después, muy callado, apretándome contra el pecho como si se cayera de un sitio alto.

Nos quedamos ahí. La silla crujió. Le oí el corazón bajar de revoluciones despacio, como un motor.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Estoy muy bien. —Me pasó el pulgar por el pómulo—. Estoy bien de una manera nueva.

Le llevé agua de la botella que tenía en la mesa. Nos vestimos con esa torpeza que da la ropa cuando ya no hay prisa; él se remetió la camisa con cuatro gestos exactos y en un minuto y medio volvía a ser un director de operaciones a la una menos cuarto de la noche.

Salvo por el pelo.

—Tienes el pelo imposible.

—Tú tienes una marca en la rodilla.

—Esa me la quedo.

Subí la persiana. Recogí la llave de la mesa y me la guardé en el bolsillo interior, y él me miró hacerlo sin decir nada, y creo que los dos entendimos que esa llave había estado veinte minutos a sesenta centímetros de su mano sin que la necesitara.

* * *

La planta seguía a media luz, con esa iluminación de emergencia que lo deja todo del color del agua sucia.

Cogí la libreta de la sala de reuniones y salimos por el pasillo largo, el que pasa por delante de la zona de dirección financiera, y yo iba pensando en Landa, en cuarenta y tres minutos de antena y en si un hombre que enciende un teléfono en Salamanca lo hace porque vive ahí o porque quiere que lo pensemos.

Y entonces pasé por delante de la mesa de Tomás Bermejo.

Tomás es de los que dejan la mesa vacía al irse. Lo había apuntado tres semanas atrás, porque un escritorio así dice cosas: bandeja a cero, teclado alineado con el borde, la silla metida.

Esa noche había una carpeta. De cartón azul, con goma elástica, en el centro exacto de la mesa, encima de un bloc.

Me paré.

—¿Qué pasa? —dijo Nicolás dos pasos por delante.

No contesté enseguida.

En el lomo, escrito a mano con rotulador negro y en mayúsculas de contable, había dos palabras y unas siglas.

SUMINISTROS ADARVE, S. L.

Y debajo, más pequeño, subrayado dos veces:

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