ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Eso fue todo. Cuarenta y tres minutos de existencia en el mundo, sin una llamada, sin datos, sin un mensaje. Un aparato que se enciende, mira alrededor y se vuelve a dormir.

—Está comprobando que el número sigue vivo —dijo Hugo, con el té en una mano y el portátil en las rodillas, en el tren de vuelta—. O si alguien lo está mirando. Si lo vuelve a encender en otra celda, es que pasea. Si lo enciende en la misma, es que vive ahí.

Llegamos a Atocha a las siete y cuarto y a las ocho menos cuarto estábamos los tres en Méndez Álvaro, porque así funciona esto cuando un caso empieza a moverse: el cuerpo pide cama y la cabeza no deja.

Las oficinas de Nexo a esa hora son un sitio distinto.

De día, un espacio diáfano con ochenta personas y ese ruido de teclados que suena a lluvia.

De noche se vacían por capas. A las siete se va logística.

A las siete y media, marketing. A las ocho quedan tres luces encendidas en una planta entera y el aire acondicionado sigue soplando para nadie.

Nos instalamos en la sala de reuniones pequeña. Hugo montó dos pantallas. Nicolás trajo café para nosotros y una infusión para Hugo sin que nadie se lo pidiera, y yo apunté eso mentalmente en la carpeta que tengo abierta desde hace semanas y que no pienso enseñarle a nadie.

Trabajamos tres horas cruzando los registros de acceso de catorce meses con el listado de proveedores dados de alta.

Días en que alguien entró en el sistema fuera de horario, días en que apareció una ficha nueva.

Es un trabajo aburridísimo y es el noventa por ciento de lo que hago.

La gente se imagina persecuciones. La realidad son dos columnas de fechas y una lupa.

A las diez y veinte, Hugo cerró el portátil y anunció que se iba porque su novio le había escrito tres veces y porque, cito, tenía dignidad.

—Mañana a las nueve te paso el mapa de celdas —dijo desde la puerta—. Y duerme.

—Duermo.

—Duermes fatal, pero vale.

Se fue. La puerta de cristal se cerró con ese sonido neumático y suave, y de repente la planta entera se quedó en silencio.

No en el silencio de una casa: en el silencio raro de un sitio construido para tener gente dentro.

Se oía el motor de una nevera al fondo. Una fotocopiadora en reposo.

El tráfico de la M-30, muy abajo, como un mar.

Nicolás estaba de pie junto a la pizarra, con las mangas remangadas y la corbata desaparecida desde hacía dos horas, mirando la columna de fechas.

—Hay una cosa que no te he dicho —dijo.

Levanté la cabeza despacio.

Habíamos vuelto de Valencia con un acuerdo nuevo de una sola cláusula.

No se omite nada: ni lo irrelevante, ni lo vergonzoso, ni lo que uno se ha convencido de que no viene al caso.

Él decide qué cuenta; yo decido qué es relevante.

Se lo dije con esas palabras en un andén, y no fue una conversación agradable.

—Te escucho.

—Paula Mir entró en Nexo hace tres años. En el proceso de selección había tres personas: recursos humanos, el jefe de compras de entonces y un consultor externo que revisaba el área.

—Landa.

—Landa.

Dejé el bolígrafo sobre la mesa.

—¿La propuso él?

—No lo sé. Sé que estuvo en la entrevista final y que puso muy bien su informe.

Lo he mirado esta mañana en el tren. —Dio dos golpecitos en la pizarra con el nudillo, sin mirarme—.

Es un dato pequeño. Hace tres semanas te habría dicho que no significa nada, porque Landa estuvo en catorce procesos de selección y once de esa gente sigue aquí.

—Sigue sin significar nada por sí solo.

—Ya. Pero te lo digo igual. Ese era el trato.

No fue ternura, lo que sentí. Fue algo más incómodo: alguien acababa de mover una pieza pesada a mi lado del tablero sin que yo tuviera que empujar. Llevo quince años sacándole información a gente que no quiere dármela. Que te la entreguen antes de pedirla te deja los brazos en una postura rara.

—Gracias —dije.

—No me des las gracias por cumplir lo que acordamos.

—Te las doy porque casi nadie lo hace.

Anoté «Mir / Landa / selección 2022 — verificar informe», con la fecha y la hora, 22:31, y subrayé «verificar», porque una cosa es que me lo cuente él y otra que yo lo dé por bueno.

Cuando levanté la vista, Nicolás seguía mirándome.

—¿Qué?

—Nada.

—Nicolás.

—Que llevas tres horas con esa cara.

—¿Qué cara?

—La de estar disfrutando. —Se apoyó de espaldas en la pizarra, con los brazos cruzados—. Lleva cuatro semanas destrozándome la vida un tío con mi nombre, y la mujer que lo busca se lo está pasando en grande.

—No me lo estoy pasando en grande.

—Has hecho un ruido, Vera. Cuando ha salido lo del acceso del 14 de marzo a las once y media has hecho un ruido.

Me reí. No pude evitarlo, y me salió más alto de lo que pretendía en una planta vacía.

Y ahí, exactamente ahí, cambió la temperatura de la habitación.

No sé decir quién lo hizo. Yo dejé de mirarlo a los ojos y miré la línea de su antebrazo, y cuando volví a subir él ya me estaba viendo hacerlo.

Llevábamos cuatro días sin tocarnos. Cuatro días de Valencia, de una discusión en un andén, de dos noches en habitaciones separadas por decisión mía, y todo eso estaba en la sala con nosotros como un mueble más.

—No —dije.

—No he dicho nada.

—Has pensado algo muy alto.

—Eso no es un delito.

—Aquí sí. —Señalé alrededor con el bolígrafo—. Esto es tu empresa. Tú pusiste ese límite el primer día y lo pusiste en primer lugar de la lista. Nada que toque Nexo.

Asintió despacio. Se tomó su tiempo, como hace siempre antes de decir algo que ha pensado de verdad.

—Sí. Y lo mantengo. Pero quiero decirte qué quise decir con eso, porque creo que tú lo entendiste más ancho de lo que era.

—Adelante.

—No quería que esto tocara a mi gente. Que nadie de aquí supiera nada, que no se usara dentro del juego, que ningún día alguien se sentara frente a mí en una reunión pensando algo.

Mi trabajo es lo único que he construido yo solo y no quiero que sea material.

—Descruzó los brazos—. No dije «nunca en este edificio». Dije «que no salpique».

—Es la misma frase con otra ropa.

—No lo es y lo sabes.

Lo sabía.

—¿Y por qué ahora? —pregunté.

—Porque llevo cuatro días dándole vueltas a lo cómodo que me resulta ser generoso contigo en tu terreno.

En tu casa, en la mía, en un hotel. Sitios donde mandas tú o donde no manda nadie.

—Se separó de la pizarra—. Aquí mando yo.

Aquí decido desde hace seis años, todo el día, de quién es cada cosa y a qué hora.

Quiero saber si soy capaz de hacer lo que hago contigo dentro de este sitio, porque si no lo soy, entonces lo que hay entre nosotros depende del escenario. Y no quiero que dependa del escenario.

Se me quedó la boca seca.

—Eso es un argumento muy bien montado para pedirme algo —dije.

—Soy director de operaciones.

—Es lo mismo cobrando, ya me sé el chiste.

—Y aun así te ríes.

No me reí, para que constara. Me levanté.

—Vale. Entonces vamos a hacerlo como se hace.

—¿Cómo se hace?

—Con preguntas aburridas. —Cogí la libreta—. ¿Cámaras?

—En la entrada, en el muelle de carga y en el pasillo del CPD. En la zona de despachos no: lo vetó el comité de empresa en 2021.

—¿Tu despacho tiene sensor de presencia conectado a algo?

—A la luz. No a un registro.

—¿Limpieza?

—Lunes, miércoles y viernes a las seis. Hoy es martes.

—¿Seguridad?

—Un vigilante en el vestíbulo. Ronda a las doce y a las cuatro, y no sube: hace perímetro y puertas de emergencia. —Me miraba con una atención muy quieta—. La planta la cerró logística a las siete y media. Estamos tú y yo y nadie más hasta las siete.

—El registro de accesos va a decir que hemos salido a la una.

—Va a decir que dos personas que trabajan en un caso trabajaron hasta la una, que es lo que hemos hecho los últimos once días.

Anoté las respuestas. Todas. Con la hora al margen, 22:47, y me di cuenta de la hora justo al escribirla, y no dije nada porque hay coincidencias que no se comentan.

—Última, y esta la contestas despacio. Si dentro de un mes o de un año esto te deja una sensación rara cada vez que entres en tu propio despacho, yo no puedo arreglarlo. No hay marcha atrás para eso.

Nicolás no contestó deprisa. Fue a la ventana, miró la planta vacía, las sillas metidas, la luz verde de emergencia encima de la puerta.

—Ya me pasa —dijo—. Ya entro y pienso que alguien se ha sentado en mi sitio y ha firmado con mi cara. Llevo un mes sintiéndome un invitado en mi propia oficina. —Se giró—. Prefiero que esta planta tenga también otra cosa dentro.

Eso no me lo esperaba, y me llegó a un sitio al que no quería que me llegara nada a las once menos cuarto de la noche.

—Vale —dije.

—¿Vale?

—Tu despacho. Las persianas bajadas, la puerta cerrada y el teléfono boca abajo. —Cogí la chaqueta—. Y las reglas son las de siempre, aunque esta noche no traigo nada.

* * *

En su despacho hay poca cosa: mesa larga de roble, dos sillas, una estantería con archivadores, una planta que sobrevive por milagro y un ventanal de suelo a techo con la M-30 debajo, un río de luces rojas y blancas.

Bajé la persiana yo, lámina a lámina, y después comprobé que no quedaba ninguna rendija, porque yo soy así y porque quería que él me viera comprobarlo.

Eché el pestillo. Puse mi móvil boca abajo en la estantería y esperé a que él hiciera lo mismo con el suyo.

Después saqué la llave de las esposas del bolsillo interior de la chaqueta y la dejé sobre la mesa, en el centro, bajo el flexo.

Nicolás la miró.

—No llevas las esposas.

—No. Esta noche no van a hacer falta. —Empujé la llave un centímetro hacia él con el dedo—. Pero la señal es la señal. Si la coges y la sueltas, se acabó, sin explicaciones y sin cara rara. Y la palabra sigue siendo la misma.

—Norte.

—Dilo otra vez.

—Norte. —Y añadió, bajando la voz—: Y no la voy a decir.

—Eso no lo sabes.

—No, no lo sé.

—Bien. Entonces empezamos.