CAPÍTULO 12
Hay una cara que pone la gente cuando reconoce un nombre y quiere no reconocerlo. Se le va la vista dos centímetros a la derecha, como buscando dónde dejarlo, y luego vuelve.
Nicolás la puso durante un segundo largo, con la bolsa de pruebas encima de un mantel de papel y un café con leche enfriándose al lado.
—Sí —dijo—. Me suena.
—Cuéntamelo despacio.
—Vedat nos instaló el control de accesos de Méndez Álvaro. Lectores, tarjetas, el software. Estuvieron seis años. Los dimos de baja hace dos.
—¿Por qué?
—Porque facturaban mantenimientos preventivos que no hacían. —Se pasó el pulgar por la ceja—. Cuatro visitas trimestrales con parte firmado. Comprobé los partes contra los registros de entrada al edificio y en catorce de dieciocho no había entrado nadie.
—¿Y quién gestionaba ese proveedor?
Silencio.
—Nicolás.
—Sergio Landa.
Dejé la taza en el plato sin hacer ruido, que es lo que hago cuando quiero hacer mucho ruido.
—Eso fue hace veintiséis meses.
—Sí.
—Y a Landa lo despediste hace ocho.
—Sí.
—O sea que descubriste que tu consultor de compras te estaba metiendo partes falsos de una empresa que le instaló las cerraduras, y lo tuviste dieciocho meses más trabajando contigo.
—No lo descubrí así. —Levantó la mano, no para callarme, para ordenar—.
Lo descubrí como se descubren estas cosas, en capas.
Primero fue Vedat, que era un proveedor entre setenta.
Sergio vino con una explicación buena y una propuesta mejor: cortamos con ellos, reclamamos, renegociamos con otro.
Y lo hizo. Lo hizo él, y lo hizo bien, y nos ahorró cuarenta mil euros al año.
—Me miró—. Lo que ahora parece una confesión, entonces parecía un tío haciendo su trabajo.
—Vale.
—No lo digas así.
—No lo he dicho de ninguna manera. He dicho «vale».
—Lo has dicho con la libreta.
Y era verdad, porque yo ya estaba escribiendo.
Escribí: *Vedat. Baja hace 26 m. Gestor: Landa. Coche de empresa de Vedat en Valencia ayer 17:52.* Y debajo, subrayado dos veces, la pregunta que llevaba diez minutos formándose sola: *¿Quién queda dentro de Vedat?*
—Hay una cosa más —dijo Nicolás.
Levanté la vista.
Llevo quince años oyendo esa frase. La dicen los administradores, los testigos, los cónyuges. «Hay una cosa más» significa siempre lo mismo: que hay una cosa desde el principio y que la persona ha estado calculando durante semanas si tenía que contarla.
—Dila.
—A Sergio Landa no lo despedí.
El ruido de la cafetería del hotel siguió exactamente igual. Cucharillas, la máquina de café, un señor pidiendo una tostada sin mantequilla. Yo lo oía todo con una nitidez desagradable.
—Perdona.
—Formalmente no fue un despido. —Tenía las dos manos planas sobre la mesa—.
Fue una salida pactada. Baja voluntaria con acuerdo de extinción, indemnización de veinticuatro mil euros, cláusula de confidencialidad mutua y un compromiso de no concurrencia de doce meses.
Firmado el 14 de julio. Lo redactó Ismael, lo firmó Tomás por la parte financiera y lo autoricé yo.
Me quedé absolutamente quieta.
—Sigue.
—Y el acuerdo incluía diez días hábiles de transición ordenada. —Lo dijo entero, sin bajar la voz, hay que reconocérselo—. Para traspasar expedientes. Mantuvo el correo corporativo, el acceso a la carpeta de compras y la VPN hasta el 28 de julio. Trabajando desde su casa.
Conté hasta cuatro antes de abrir la boca. Lo hago desde los veintiséis años y en general me ha ido bien.
—¿Quién más lo sabe?
—Ismael. Tomás. La responsable de personas. Y el consejo, que aprobó la indemnización en acta.
—O sea, cinco personas y un acta.
—Sí.
—Cinco personas, un acta, y una investigadora que lleva veintidós días reconstruyendo un calendario a partir de una fecha que tú me diste en un coche.
—Vera.
—¿Está en el expediente laboral que me enviasteis el día 9?
Tardó dos segundos.
—El expediente que te enviaron es el de la relación laboral. El acuerdo de extinción se archiva aparte, en la carpeta de asesoría jurídica.
—Claro que sí.
* * *
Me levanté de la mesa, dejé cuatro euros que no había consumido y salí a la calle, y él salió detrás de mí, y no discutimos en la cafetería de un hotel porque eso sí lo tengo aprendido.
Discutimos doscientos metros más allá, en un banco del jardín del Turia, a las diez menos veinte de la mañana, entre gente haciendo footing.
—Diez días hábiles —dije.
—Vera.
—Diez días hábiles son catorce naturales. Del 14 al 28 de julio.
—Sí.
—¿Sabes qué le dije yo a la aseguradora en el informe de situación del día 11?
—Saqué el móvil y busqué el documento, porque no quería decirlo de memoria, porque de memoria suena a reproche y leído suena a lo que es—.
«Sergio Landa Vilches causó baja por cese disciplinario el 14 de julio, con revocación de credenciales el mismo día.
» Página cuatro. Firmado por mí. Supervisado por Clara Montes.
—Yo nunca te dije que le revocaran las credenciales ese día.
—Me dijiste que lo habías despedido cuando detectaste irregularidades en contratos. Eso me dijiste en una sala de reuniones de Méndez Álvaro, hace tres semanas.
—Y es sustancialmente verdad.
—«Sustancialmente.»
—Vera, es verdad. Lo eché. La forma jurídica de echarlo fue un acuerdo.
—La forma jurídica de echarlo es lo único que importa.
—Me oí levantar la voz y bajé el volumen, porque a tres metros había una señora estirando el gemelo—.
Escúchame bien, porque esto no es una discusión de sentimientos y quiero que quede clarísimo.
Hugo construyó el análisis de accesos anómalos con una fecha de corte: el 14 de julio.
Todo lo que hicieron esas credenciales después de esa fecha lo clasificó como uso ilegítimo. Cuatrocientas y pico entradas.
Vi el momento exacto en que lo entendió. Se le fue el color un poco.
—Joder.
—Doscientas ochenta de esas entradas son de esos catorce días.
Doscientas ochenta entradas que yo he presentado como prueba de intrusión y que son, jurídicamente, un empleado en período de traspaso usando un acceso que su empresa le había autorizado por escrito.
—Cerré el móvil—. ¿Sabes qué pasa con eso en un juzgado?
Que el abogado de Landa coge mi informe, señala la página cuatro y me convierte en una investigadora que no comprobó el expediente laboral del principal sospechoso.
Y después coge todo lo demás que yo he firmado y le pasa la misma duda por encima.
—Eso lo arreglamos rehaciendo el análisis.
—El análisis se rehace. Mi firma no.
Se quedó callado.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque me pareció irrelevante.
—No me digas eso.
—Es la verdad y prefiero decirte la verdad aunque sea peor.
—Se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas—.
En mi cabeza, el 14 de julio yo eché a un tío que me estaba robando.
Que luego recursos humanos, un abogado y un director financiero convirtieran eso en un documento con una cláusula de traspaso es fontanería.
Todas las salidas se hacen así. Todas. En quince años no he visto una sola salida de un cargo intermedio que no lleve dos semanas de transición, porque si no las lleva se cae un proyecto y el perjudicado es el cliente.
—Y a ti eso te parece una explicación.
—Me parece un contexto.
—Nicolás, tú no me ocultaste un detalle administrativo. —Me giré en el banco para mirarlo de frente—. Tú decidiste qué parte de tu propia empresa era relevante para mi investigación. Esa decisión no era tuya. Es literalmente lo único que te pedí.
—Lo sé.
—No, no lo sabes, porque si lo supieras no habría hecho falta que un tío entrara en tu habitación para que te salga la frase «hay una cosa más».
Eso fue duro. Lo dije para que lo fuera.
Se le tensó la mandíbula. Y esta vez no lo apagó.
—Vale. Ahora yo. —Se puso de pie—. Llevo ocho meses gestionando esto solo.
Solo, Vera. Con un consejo que me pidió discreción, un director financiero que cree que soy el problema, ochenta y cuatro personas cuyas nóminas dependen de que esto no salga en prensa antes de la alianza, y una hermana a la que no le he contado nada porque tiene una niña de cinco años y bastante tiene.
Yo no oculto cosas por deporte. Yo contengo. Es lo que hago desde los catorce años.
—Ya sé lo que haces desde los catorce años.
—Entonces no me lo pintes como un cálculo.
—Te voy a pintar como lo que es: un hombre que decide qué información necesita cada persona a su alrededor. Eso no es contener. Eso es administrar gente.
—¿Y tú qué haces? —Lo dijo sin gritar, que fue peor—. Tú llevas tres semanas administrándome a mí. Qué te cuento, qué no te cuento, qué noche sí y qué noche no, qué parte del caso puedo saber, cuándo se apaga el móvil. Tienes un protocolo hasta para acostarte conmigo.
—Ese protocolo es lo que hace que esto sea seguro.
—Ya. Y el mío es lo que hace que ochenta y cuatro personas cobren a fin de mes. —Bajó la vista al suelo y se quedó así un segundo—. Perdón. Eso ha sido injusto.
—No ha sido injusto. Ha sido exacto y me ha jodido, que no es lo mismo.
Nos quedamos callados un momento, a metro y medio, respirando como si hubiéramos subido escaleras.
—Da igual el motivo. —Me levanté yo también—. Esta es la parte que te va a doler y te la voy a decir igual, porque si no te la digo ahora me la trago y me sale dentro de tres semanas en peor sitio.
—Dila.
—Anoche dormí en tu habitación.
Parpadeó.
—Sí.
—Y esta mañana, cuando has dicho «hay una cosa más», mi primera reacción, la primera, antes que la profesional, ha sido pensar en cómo iba a contárselo a Clara.
Y la segunda ha sido pensar si yo he tardado tres semanas en ver un expediente laboral porque el expediente laboral es aburrido o porque he dejado de mirarte con la misma frialdad.
—Vera...
—No he terminado. —Levanté la mano—. No creo que me hayas mentido para acostarte conmigo. No pienso eso, no lo he pensado en ningún momento y no quiero que lo pienses tú. Pero yo no puedo permitirme no saber la respuesta. Y ahora mismo no la sé.
Nicolás no se movió. Tenía los hombros muy quietos y la mandíbula apretada. Detrás de él pasó un chaval en patinete.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó.
—Lo que voy a hacer es esto. —Conté con los dedos, como hace Hugo, y me di cuenta a mitad y seguí igual—. Uno: llamo a Clara en cuanto suba al tren y le cuento lo del acuerdo de salida y lo de anoche. Todo. Que ella decida si tengo que apartarme del expediente.
—Vas a contarle lo nuestro.
—Ya se lo conté hace dos semanas. —Vi la cara que puso—. No los detalles. La existencia. Clara no supervisa un expediente sin saber quién se acuesta con quién, y yo no trabajo con socias a las que escondo cosas, que es exactamente lo que estamos discutiendo.
—Vale.
—Dos: Hugo rehace el análisis con la fecha correcta, y yo mando una corrección a Berta Ayala firmada por mí, con el párrafo erróneo citado literalmente. Va a ser muy desagradable.
—Puedo llamar yo a la aseguradora y explicar que el error viene de mi información.
—Ni se te ocurra.
—Es verdad.
—Es verdad y es igual. Yo firmé sin comprobar. —Cogí la bolsa del banco—. Y tres.
Esperó.
—Tres: esta noche no.
—Vale.
—Ni mañana. No sé cuántas noches. No es un castigo y no quiero que lo vivas como un castigo, y tampoco voy a hacer el paripé de decir que es por prudencia procesal.
—Me colgué la bolsa del hombro—. Es porque anoche me quedé a dormir contigo, y ha sido lo mejor que me ha pasado en seis años, y doce horas después he descubierto que había una carpeta que no me habías enseñado.
Necesito estar unos días sin tocarte para saber cuál de las dos cosas me duele.
Lo dije sin que me temblara la voz, que me costó.
Nicolás asintió una vez, despacio.
—¿Puedo decir una cosa?
—Sí.
—Que me parece bien. Las tres. —Tragó saliva—. Y que preferiría mil veces esto a que te hubieras ido sin decírmelo.
—No soy de irme sin decirlo.
—Sí que lo eres. —Media sonrisa, sin ninguna gracia—. Pero hoy no lo has hecho.
* * *
El tren de vuelta salía a las 13:40.
Hugo nos miró subir, miró el metro y medio de distancia entre nosotros, miró la cara de cada uno, y tuvo el detalle enorme de ponerse los auriculares y no decir absolutamente nada durante cuarenta minutos.
Llamé a Clara desde el pasillo, entre dos vagones, con el ruido de las vías de fondo. Le conté el acuerdo de salida, los diez días hábiles, el párrafo de la página cuatro y lo de la habitación 214. Clara me escuchó entera, sin interrumpir, como escucha siempre cuando la cosa es seria.
—¿Te apartas? —dijo al final.
—No lo sé. Por eso te llamo.
—Si te apartas ahora, la aseguradora entiende que hubo un problema, y ya vienes de un problema. —Oí el clic de su bolígrafo—. Te quedas. Pero a partir de hoy todo lo que venga de Ferrer entra por mí y lo contrasto yo. Y la corrección a Berta la firmamos las dos.
—Gracias.
—No me des las gracias, que estoy furiosa. —Una pausa—. ¿Estás bien?
—Estoy operativa.
—Vera.
—Estoy fatal, Clara.
—Eso ya me suena más a ti.
Volví al asiento. Nicolás miraba por la ventanilla campos de naranjos y no me dijo nada, y yo saqué el portátil y me puse a rehacer la cronología desde julio, línea por línea, para no tener que sentir nada.
Tardé una hora y catorce minutos en llegar a agosto.
En algún punto entre Requena y Motilla del Palancar llevaba leído cuatro veces el mismo asiento contable, y lo que estaba mirando en realidad era su mano izquierda apoyada en la mesita, quieta, con esa marca finísima que ya no está.
Cerré el portátil dos minutos. Los conté. Después lo abrí otra vez.
Lo peor de aquella mañana no fue el acuerdo de extinción, ni el párrafo de la página cuatro, ni la llamada a Clara. Lo peor fue descubrir que seguía queriendo tocarlo exactamente igual que a las cinco de la madrugada, y que eso no me servía absolutamente de nada para decidir si podía fiarme de él.
A la altura de Cuenca, Hugo se quitó un auricular.
—Tengo una cosa —dijo—. Y no sé si es buena o es muy mala.
—Dila.
—Sergio Landa salió del país. —Giró el portátil—. Tengo un registro de embarque a nombre de Landa Vilches, Sergio, Madrid-Lisboa, el 6 de enero. Y después Lisboa-Casablanca el 8. Sin retorno registrado. Noventa y seis días fuera.
Nicolás se separó de la ventanilla por primera vez en una hora.
—Entonces no puede ser él quien entró anoche.
—No. Podría tener a alguien. —Hugo levantó un dedo—. Pero esta es la parte que estaba mirando cuando os he interrumpido.
Giró un poco más la pantalla.
—Su línea de móvil lleva noventa y cuatro días apagada. Cero actividad. Ni datos, ni voz, ni itinerancia. Y hace cincuenta y cuatro minutos ha vuelto a registrarse.
—¿Dónde? —dije.
Hugo me miró por encima de las gafas.
—En Madrid.