ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Eso no lo hace un ladrón que huye. Eso lo hace alguien que entra y deja la puerta preparada para salir rápido sin ruido de cerradura.

—No entres —dije.

Nicolás ya había puesto la mano en la hoja.

—Nicolás. No entres.

Bajó la mano. Un segundo entero de lucha, pero la bajó.

—Vale.

—Hugo, ¿llevas guantes?

—Llevo bolsas de pruebas, guantes y una linterna ultravioleta, porque soy quien soy —dijo Hugo—. Y ya he llamado al 091 desde el móvil, no desde recepción, para que quede registrada la hora.

—Las 23:14.

—Las 23:14.

La subgobernanta que nos había abierto se llamaba Amparo y tenía cara de querer estar en cualquier otro sitio.

—Ha avisado el cliente de la 620 —dijo—. Que salía y vio la puerta así. Nosotros no hemos tocado nada. Yo he entrado dos pasos, he visto el cajón abierto y he cerrado.

—¿A qué hora avisó?

—Las once y cuarto, más o menos.

—«Más o menos» no. Mire la centralita.

Miró la centralita. Las 23:09.

Nos quedamos los cuatro en el pasillo, mirando una puerta entornada, hasta que llegó la policía. Cuarenta y un minutos. Nicolás no dijo nada en cuarenta y un minutos, y yo, que llevo quince años leyendo a la gente por oficio, no supe leerlo, y me molestó más de lo que era razonable.

Lo que faltaba en la habitación 618 lo supimos a la una y media de la madrugada, con dos agentes tomando nota y Nicolás repasando en voz alta un inventario que se sabía de memoria porque hace inventarios desde los veinticuatro años.

No faltaba el reloj. Estaba sobre la mesilla, un Longines que le regaló su hermana cuando lo ascendieron, quinientos y pico euros de segunda mano, perfectamente visible desde la puerta.

No faltaban los cuatrocientos euros en efectivo del bolsillo interior de la maleta.

No faltaba el portátil corporativo, porque el portátil corporativo estaba en el bolso de Hugo desde las siete de la tarde.

Faltaba la carpeta azul.

—Contratos de compras del ejercicio anterior —dijo Nicolás—. Copias. Las traje porque quería contrastarlas con lo del centro de negocios.

—¿Copias de qué exactamente?

—Órdenes de compra por debajo del umbral de quince mil. Doce meses. Y la relación de proveedores dados de alta desde el año pasado.

Faltaba una libreta. Negra, de tapa dura, de las que usan los directivos que desconfían de los móviles. Notas de reuniones. Nombres.

Faltaba el sobre con las fotocopias que Loreto Bonet nos había dejado sacar esa misma tarde: el contrato de domiciliación de Suministros Adarve, S. L. y el DNI escaneado.

Y faltaba el cargador del móvil, lo cual era casi cómico y no lo era en absoluto, porque significaba que alguien había vaciado un cajón de un barrido y se había llevado lo que hubiera dentro.

—Documentos —dijo el agente más joven, escribiendo—. Nada de valor.

—Todo de valor —dije.

Me miró.

—Lo que se ha llevado vale mucho más que ese reloj. Vale ocho meses de trabajo de alguien.

El agente escribió «documentación diversa» y me pidió que se lo deletreara.

Le deletreé «Suministros Adarve, ese ele», le di el número de atestado de la denuncia de marzo de Nicolás, el número de expediente de la aseguradora y el teléfono de Clara, y le dije que al día siguiente tendría un escrito de ampliación firmado por una abogada, porque una denuncia que empieza con «documentación diversa» se archiva en once días y una que empieza con un número de expediente, no.

La cerradura no estaba forzada. Lo miré tres veces con la linterna de Hugo. Ni una marca en el canto, ni un arañazo en el lector, ni cinta en el resbalón.

—Han entrado con tarjeta —dijo Hugo.

—Han entrado con una tarjeta que abre esa puerta.

—Eso es lo mismo.

—No es lo mismo. Una tarjeta que abre esa puerta puede ser la del cliente, la de una camarera de piso o una tarjeta de mantenimiento programada por alguien que sepa programar tarjetas de mantenimiento.

Hugo levantó la vista muy despacio.

—Vera.

—Mañana —dije—. Ahora no. Ahora nos vamos de esta planta.

A las tres y veinte de la madrugada estábamos en la planta segunda, en tres habitaciones nuevas, con las maletas hechas a toda prisa y una hoja de incidencias firmada por el director de noche, que nos ofreció trasladarnos a otro establecimiento del grupo y al que le dije que no.

—¿Por qué no? —preguntó Hugo en el ascensor.

—Porque si nos vamos a otro hotel, mañana también sabrán en qué hotel estamos. —Me apoyé en el espejo—. El problema no es este edificio.

—El problema es que saben que estábamos aquí.

—El problema es que saben que estábamos aquí, en qué habitación, y que a las diez y veinte bajamos a cenar los tres. Eso son tres datos. Y los tres datos juntos solo los tiene alguien que nos está mirando o alguien a quien se los han contado.

Hugo se frotó los ojos.

—Vera.

—Dime.

—El viaje lo sabían siete personas. —Levantó la mano y fue contando con los dedos—. Nosotros tres. Clara. Tu contacto de la aseguradora, Berta. Y en Nexo: Tomás Bermejo, porque firmó el gasto de los billetes, e Ismael Ponte, porque le mandaste el escrito del requerimiento.

—Y la persona que reservó las habitaciones.

—Las reservé yo.

—Con una tarjeta.

—Con la tarjeta del despacho. —Hizo una pausa—. Joder.

—Mañana lo miramos todo. Correos, calendarios, quién abrió qué. Y hasta que lo sepamos, nadie de Nexo recibe un documento nuestro que no pase por Clara.

Nicolás llevaba diez minutos sin abrir la boca.

—Eso incluye a Nicolás —dijo él.

Lo miré.

—Sí.

—Vale.

—No lo digo por ti.

—Lo dices por el procedimiento. —Cogió su maleta del suelo del ascensor—. Vera, llevo toda la noche esperando que lo dijeras. Me habría preocupado que no lo dijeras.

Y se fue a su habitación, la 214, sin mirar atrás.

Hugo esperó a que se cerrara la puerta.

—¿Estás bien?

—Estoy operativa.

—No he preguntado eso.

—Ya sé lo que has preguntado.

Me puso una mano en el hombro, dos segundos, que en Hugo Beltrán es una declaración de amor eterno, y se metió en la 209.

Yo me quedé en el pasillo de una planta segunda que olía a moqueta nueva, con el móvil en la mano, a las tres y media de la madrugada, con la libreta llena de horas exactas y con la sensación muy concreta de que por primera vez en todo el caso no era yo quien estaba mirando.

Llamé a la 214.

—¿Sí?

—¿Estás despierto?

—Estoy sentado en una cama de hotel mirando una pared.

—Voy.

* * *

Abrió antes de que llamara. Se había quitado la chaqueta y nada más; seguía con la camisa del día, arrugada, y con los zapatos puestos, y tenía la maleta en el suelo sin abrir, en diagonal, como la había soltado.

Eso fue lo que me contó todo lo que no me había contado en cuatro horas. Nicolás Ferrer no deja una maleta en diagonal.

—No traigo nada —dije—. Ni esposas, ni instrucciones, ni una idea buena.

—Menos mal.

Cerré la puerta.

—¿Puedo?

Asintió.

Le desabroché el reloj y lo dejé en la mesilla.

Le quité los zapatos yo, de rodillas en el suelo, porque no se los había quitado y porque hay que empezar por algún sitio.

Después me senté a su lado en el borde de la cama y le cogí la mano, la izquierda, la de las marcas de hace tres semanas que ya no se ven.

Estuvimos así un rato largo sin hablar.

—Han estado en mi habitación —dijo al fin.

—Sí.

—No me da miedo que hayan estado en mi habitación. Me da miedo otra cosa y no sé decirla.

—Dila mal.

Se rio sin ganas.

—Llevo tres semanas creyendo que esto era un problema de papeles.

Alguien me ha copiado el nombre, alguien ha comprado un coche, es feísimo, hay abogados, se resuelve.

—Se apretó los ojos con el pulgar y el índice—.

Y esta noche he entendido que hay una persona.

Una persona física, con manos, que esta tarde ha abierto mi cajón mientras yo estaba abajo comiendo arroz, y que ha tenido en las manos una libreta donde está escrito el nombre del colegio de mi sobrina porque apunté que tenía que ir a buscarla el jueves.

Se le quebró un poco al final. Muy poco. Lo justo.

—Nicolás.

—Y he estado cuarenta minutos en ese pasillo pensando qué habría pasado si tú hubieras estado en esa habitación en vez de en la tuya.

—No estaba.

—Ya sé que no estabas. —Me miró—. Es que estuve muy cerca de subir a la tuya y no a la mía, esta tarde. Fue la diferencia de un pasillo.

Ahí se me rompió algo a mí también.

No lo besé. No entonces. Le puse la mano en la nuca y le apoyé la frente en la clavícula, y le dejé que se agarrara a mí con las dos manos por la cintura, fuerte, más fuerte de lo que había hecho ninguna otra noche, y me quedé quieta y le dejé apretar.

—Respira más despacio —le dije—. Conmigo. Cuatro dentro.

—Vera.

—Cuatro dentro. Y seis fuera.

—Esto es lo que haces con los testigos.

—Esto es lo que hago con los testigos, sí, y funciona, y ahora cállate y respira.

Respiró. Cuatro dentro, seis fuera, tres veces, cuatro, y noté cómo se le soltaba la espalda debajo de mis manos como se suelta una cuerda.

Y después sí lo besé.

Fue distinto de todo lo anterior. No hubo anuncios, ni ritmo, ni nadie esperando permiso.

Nos quitamos la ropa medio sentados en el borde de una cama de hotel, con torpeza, chocándonos las manos, y cuando se le enganchó la camisa en el reloj que ya no llevaba se rio contra mi boca y yo me reí también y ese fue el momento exacto en que se nos pasó a los dos el frío.

No dirigí nada.

Lo digo porque me costó verlo y porque tardé dos días en admitirlo: no dirigí absolutamente nada.

Nos tumbamos de lado, frente a frente, y lo hicimos así, muy despacio, con una pierna mía por encima de su cadera y su mano en mitad de mi espalda, tan pegados que apenas había movimiento, más presión que otra cosa.

Me besaba el cuello, la sien, la frente, sin decir nada, y cada vez que yo intentaba acelerar me sujetaba un poco y yo me dejaba sujetar.

—Mírame —dijo una vez, y fue la única cosa parecida a una orden de toda la noche.

Lo miré. Aguanté la mirada. Eso es lo más difícil que he hecho desnuda.

Me corrí así, casi en silencio, con la frente contra la suya y su nombre dicho en un tono que no he vuelto a usar delante de nadie. Él tardó un minuto más, con la boca en mi hombro y el brazo cerrado alrededor de mi espalda como si le hubieran dicho que no me soltara.

Después nos quedamos exactamente igual. No nos separamos. No hubo agua, ni manta del sofá, ni comprobación de marcas, ni «marcas leves, sin lesión». No había nada que comprobar.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Esa es mi pregunta.

—Te la robo esta noche.

—Estoy bien. —Le busqué la mano y se la puse en el esternón, donde él me ponía la suya—. ¿Quieres que me quede?

—Sí.

—Dilo entero.

—Quiero que te quedes a dormir aquí, y no por el sexo. —Una pausa—. Y ya sé que eso te va a poner nerviosa.

—Me pone nerviosísima.

—Pues quédate igual.

Me quedé.

Dormí cuatro horas y media en una habitación que no era la mía, con un brazo ajeno sobre la cintura y la puerta con el pestillo echado y una silla atrancada bajo el picaporte que puse yo a las cinco de la mañana, en pijama, mientras él dormía, porque hay cosas que una no deja de ser.

Y a las cinco y diez, de vuelta en la cama, con los ojos abiertos en un techo que no conocía, hice la cuenta que llevaba cuatro horas evitando.

Llevo seis años acostándome con hombres y marchándome a mi casa.

No por drama: por higiene. Duermo mal al lado de la gente, no me gusta que nadie me vea con la cara de las siete de la mañana y, sobre todo, no me gusta la conversación del desayuno, ese momento en que hay que decidir si lo de anoche era una cosa o era otra.

Ahí no hubo nada de eso. Me dormí en cuatro minutos, con la mano de alguien apoyada en las costillas, en una planta segunda con una silla atrancada bajo el picaporte.

Eso no era una prueba de nada. Eso era un dato. Y yo, con los datos, hago siempre lo mismo: los anoto y decido más tarde qué significan.

Ese fue el primer dato que decidí no anotar.

* * *

A las nueve menos diez de la mañana bajé a la 618 con la subgobernanta, el parte de la policía, guantes y la cámara.

La habitación seguía precintada con cinta del hotel y no con cinta policial, porque una sustracción de documentos sin violencia en la cerradura no moviliza a nadie a las once de la noche de un jueves. La científica no iba a venir. Lo que hubiera ahí lo tenía que ver yo.

Trabajé hora y cuarto. Fotografié el cajón, la maleta, el orden de la ropa —el intruso había pasado la mano por debajo de las camisas dobladas sin sacarlas, lo cual quiere decir que buscaba papel y no objetos—, el hueco entre el colchón y el somier, la papelera.

La papelera del baño estaba vacía. La de la habitación tenía cuatro cosas: el plástico de una botella de agua, un folleto del hotel arrugado, un billete de tren usado de Nicolás y, doblado en cuatro, un tique.

No era de Nicolás. Nicolás no había repostado en Valencia porque Nicolás había venido en tren.

Lo abrí con las pinzas sobre la mesa, con la regla al lado, y lo fotografié antes de tocarlo con los dedos.

Era un tique de gasolinera. Estación de servicio de la A-3, salida 342. Gasóleo A, 61,40 litros, 78,82 euros. Fecha: la del día anterior. Hora: 17:52.

Y abajo, donde los tiques normales ponen «tarjeta bancaria» y cuatro dígitos, aquel ponía otra cosa, porque las tarjetas de flota imprimen el nombre del titular para que el gestor de la empresa pueda cuadrar el gasto a fin de mes:

TARJETA PROFESIONAL — CLIENTE: VEDAT INSTALACIONES Y MANTENIMIENTO, S. L.

Me senté en el borde de la cama deshecha de la habitación 618 con el tique en la mano.

Saqué el móvil. Abrí el listado de proveedores de Nexo que Hugo había normalizado tres semanas antes, ordenado alfabéticamente, con fechas de alta y de baja, y bajé hasta la uve.

Ahí estaba.

VEDAT INSTALACIONES Y MANTENIMIENTO, S. L.. Alta: hacía seis años. Baja: hacía veintiséis meses. Objeto del contrato: instalación y mantenimiento del sistema de control de accesos de la sede de Méndez Álvaro.

Tarjetas. Lectores. Puertas.

El hombre que había entrado en la habitación de Nicolás Ferrer conducía un coche pagado por la empresa que instaló las cerraduras de su oficina.

Bajé a la cafetería con el tique metido en una bolsa de pruebas y etiquetado, firmé la cadena de custodia sobre un mantel de papel y busqué a Nicolás con los ojos entre las mesas del desayuno.

Estaba en la del fondo, de espaldas a la pared, como se sienta siempre.

Le puse la bolsa delante.

—¿Este nombre te suena?

Lo leyó.

Y por primera vez desde que lo conocía —desde el aparcamiento, desde las esposas, desde todo— vi a Nicolás Ferrer poner una cara que no había apagado a tiempo.