ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

—Y no me toques en el pasillo.

—No iba a tocarte en el pasillo.

—Lo digo porque llevas todo el día pensándolo.

Se abrió la puerta en el seis. Salió él primero, sin mirarme, y dijo, sin volverse:

—Llevo todo el día pensando cosas bastante peores que tocarte en un pasillo.

* * *

Llegó a las nueve en punto. Se había duchado y llevaba la camisa por fuera, y traía en la mano la botella pequeña de agua del minibar, y eso —no sé por qué, o sí sé por qué— me pareció lo más íntimo de la noche.

Cerré la puerta. Eché el pestillo.

—Una hora —dije—. A las diez y cuarto hemos quedado con Hugo para cenar y no vamos a bajar tarde, porque si bajamos tarde Hugo hará una broma y yo tendré que decidir si me río.

—Una hora.

—Y hoy no traigo esposas.

Levantó las cejas.

—¿No?

—No. —Dejé el móvil boca abajo en la mesilla—. Hoy no me apetece montar nada. Llevo once horas montando cosas. Hoy quiero otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Quiero decirte lo que quiero y que lo hagas. Sin metal. Solo eso.

Nicolás dejó la botella en la cómoda.

—Eso me parece bien —dijo—. Que conste que una parte de mí está decepcionada.

—Que conste.

—¿Y «norte» sigue valiendo sin esposas?

—«Norte» vale siempre. En un ascensor, en un tren y en una cena con tu abogado.

—Entonces estamos bien.

Lo besé yo. De pie, junto a la puerta, con las dos manos en su cara, y esta vez no hubo ningún ritmo estudiado ni ninguna pausa calculada: llevaba once horas a un centímetro de su brazo y se me notó.

Le saqué la camisa de los pantalones. Él me subió la camiseta y yo levanté los brazos para que me la quitara, y nos quedamos así, medio vestidos, respirando fuerte en una habitación de hotel de negocios con una cabecera acolchada y una lámpara que no se podía apagar desde la cama.

—Al borde de la cama —dije—. Siéntate.

—¿Ves? Instrucciones.

—Cállate.

—Me encanta cuando te contradices.

Se sentó. Le quité el resto yo, deprisa esta vez, y me subí encima con las rodillas a los lados de sus caderas, y él me abrió el sujetador con una sola mano y se rio contra mi cuello cuando le dije que eso era una habilidad sospechosa.

—Dime lo que quieres —le pedí.

—Quiero que no dirijas nada.

—Eso no puedo.

—Quiero que no dirijas nada durante diez minutos. —Me sujetó la nuca, sin apretar, y me obligó a mirarlo—. Después vuelves a mandar todo lo que te dé la gana. Diez minutos, Vera.

Y aquí está lo que me pasó, que es lo que llevo intentando contar desde el principio: que le dije que sí, y que dije que sí porque quería, y que en los primeros treinta segundos me di cuenta de que ceder diez minutos con este hombre era más difícil y más excitante que cualquier cosa que yo hubiera dirigido nunca.

Me tumbó de espaldas. Me besó despacio el cuello, el esternón, el vientre, sin prisa, comentándolo en voz baja de una manera que debería haberme parecido ridícula y que me tenía temblando en dos minutos.

Me bajó la ropa interior con una calma insultante.

Cuando bajó la boca entre mis muslos, me sujetó las caderas con las dos manos para que no pudiera imponer el ritmo, y yo entendí perfectamente que era una devolución y un chiste privado y una declaración.

—Nicolás.

—Dime.

—No pares.

—No estaba parando. Estaba escuchándote decirlo.

Me corrí así, con una mano agarrada al cabecero acolchado y la otra en su pelo, mordiéndome el antebrazo porque las paredes de los hoteles de negocios son de cartón y yo tenía a Hugo Beltrán tres puertas más allá.

Después subí yo. Recuperé mis diez minutos con intereses: lo hice esperar, le puse el preservativo yo, le dije exactamente lo que iba a hacer y lo hice a mi ritmo, y él me miró todo el tiempo, y cuando le pedí que dijera lo que quería lo dijo, con detalle, sin ninguna vergüenza, y eso fue lo que me terminó de romper a mí.

Nos corrimos con dos minutos de diferencia y sin nada de metal por medio.

Me quedé tumbada en diagonal sobre una cama de matrimonio de hotel, con el pelo pegado a la frente, mirando un techo de pladur.

—¿Sigues dentro? —preguntó él, al techo.

—Deja de preguntar eso.

—Es mi frase.

—Es tu frase y la vas a gastar. —Giré la cabeza—. Estoy dentro.

Se quedó callado un momento.

—¿Puedo decir una cosa que no te va a gustar?

—No.

—Me gusta más esto que lo del otro día.

—Me lo esperaba —dije, y me sorprendió no molestarme—. A mí también, y eso sí que no me gusta.

—¿Por qué?

—Porque lo otro lo controlo yo.

Nicolás no contestó. Me puso la mano en el estómago, y la dejó ahí, y nos quedamos quietos cinco minutos exactos porque yo los conté.

* * *

Bajamos a cenar a las diez y veinte, con doce minutos de diferencia entre uno y otro, lo cual era una precaución absurda porque Hugo llevaba ya el segundo vaso de agua con gas y una cara de estar disfrutando de algo.

El restaurante del hotel estaba casi vacío.

Comimos arroz meloso, hablamos del registro de dispositivos emparejados de la sala de reuniones y Hugo nos explicó, con las manos, que el equipo de la pantalla había guardado los nombres de cuatro aparatos y que uno de ellos se llamaba, literalmente, «Portátil-Compras-03».

—Ese nombre lo ponemos nosotros —dijo Nicolás.

—Exacto. Y ese equipo salió del inventario de Nexo hace quince meses, con un albarán de retirada y la firma de alguien.

Yo estaba escribiendo la palabra «albarán» en la libreta cuando me sonó el móvil y no era el mío.

Era el de Nicolás, boca arriba junto a su copa.

RECEPCIÓN — HOTEL.

Contestó con la servilleta todavía en la mano.

—¿Sí?

Le vi la cara cambiar en dos fases. Primero la atención normal. Después algo más quieto.

—Sí, soy yo. La 618. —Pausa—. ¿Abierta?

Dejó la servilleta encima de la mesa muy despacio, como si le hubieran pedido que lo hiciera sin ruido.

—No, yo he bajado a cenar a las diez y veinte. No he subido desde entonces. —Pausa—. No, no he pedido ningún servicio.

Hugo dejó el tenedor.

Y yo, que llevaba once horas mirando papeles de una empresa que no existe y una hora y media pensando en un hombre que sí, sentí cómo se me ordenaba todo de golpe en la cabeza, limpio y frío, como cuando se enciende un fluorescente en un aparcamiento.

—Vamos —dije, y ya me había levantado.