ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El tren a Valencia salió de Atocha a las siete y media con dos minutos de retraso, y yo llevaba despierta desde las cinco menos cuarto por culpa de una decisión que había tomado a las once de la noche anterior y que consistía en no tomar ninguna decisión.

Hugo ocupó la ventanilla, sacó el termo del té y puso el portátil sobre la mesita antes de que el tren hubiera salido de la estación. Nicolás se sentó enfrente, en el pasillo, con un abrigo doblado en el regazo y una carpeta que no abrió en toda la hora y cincuenta minutos.

Yo me senté enfrente de Hugo. Es decir, al lado de Nicolás.

Eso tampoco fue una decisión. Fue la geometría de un asiento reservado por Hugo hacía cuatro días, cuando Hugo todavía creía que estaba reservando un billete para tres adultos que trabajaban juntos.

—Repaso —dijo Hugo, sin levantar la vista—.

Suministros Adarve, ese ele. Constituida el 25 de agosto del año pasado en Valencia.

Objeto social amplísimo, de esos que valen para vender tornillos o cohetes.

Capital tres mil cero seis euros. Administrador único: un señor que existe, que vive en Alicante, que tiene setenta y nueve años y que, según la conversación telefónica que tuve el martes, cree que firmó unos papeles para una cosa de energía solar.

—Hombre de paja.

—Involuntario, que es peor. —Giró la pantalla—. Domicilio social: Ausiàs March 68, planta cuarta. Eso no es una nave ni una oficina. Es un centro de negocios. Alquilan direcciones.

—¿Cuántas sociedades hay domiciliadas ahí?

—Doscientas doce.

Nicolás levantó las cejas.

—Doscientas doce empresas en una planta cuarta.

—Doscientas doce empresas en un mostrador con una impresora —dijo Hugo—. Es legal. Es asqueroso, pero es legal. Y nos viene bien, porque un sitio así guarda registros. Contratos, recibos, libro de entrada de correspondencia. Los centros de negocios son basureros documentales maravillosos.

Apunté en la libreta: *212. Contrato. Firma. Quién recoge el correo.*

Y noté, con una precisión humillante, que Nicolás había movido el brazo dos centímetros y que ahora su antebrazo estaba a un centímetro del mío sobre el reposabrazos compartido.

Un centímetro. No me tocaba. Estaba ahí.

Seguí escribiendo.

—¿Quieres que pida el listado de altas y bajas?

—Sí. Y el de acceso a la sala de reuniones. Si tienen tres horas al mes incluidas, alguien las habrá usado alguna vez.

—Eso me gusta —dijo Hugo—. Eso es una idea de persona que ha dormido.

—He dormido.

—Tienes cara de haber dormido cuatro horas y de estar muy contenta con ese dato.

Nicolás miró por la ventanilla con una concentración absolutamente falsa. Yo le vi el perfil, la esquina de la boca, el esfuerzo.

Hugo Beltrán tiene treinta y cinco años, lee a gente por oficio y bebe té porque dice que el café le quita precisión. Yo llevaba tres semanas mintiéndole por omisión, y lo peor de mentir a Hugo por omisión es que él te deja hacerlo.

—Cuatro y media —dije—. Y estoy contenta con el dato.

—Anotado.

Dejamos las maletas en el hotel, junto a la estación, a las nueve y veinte. Tres habitaciones en la sexta planta: la 605 para Hugo, la 612 para mí, la 618 para Nicolás. Lo digo porque después importó.

A las diez menos diez estábamos en la calle Ausiàs March.

Era un edificio de oficinas de los años setenta con el portal recién reformado y el ascensor no.

La cuarta planta olía a moqueta y a ambientador de cítricos.

Había un mostrador blanco, una pared con doscientos y pico buzones de plástico numerados, dos despachos acristalados vacíos y una placa con un nombre comercial: CENTRO DE NEGOCIOS VELA.

La responsable se llamaba Loreto Bonet, tenía cincuenta y tantos, gafas de leer colgando del cuello y la paciencia exacta de quien lleva doce años explicando a la gente que ella no es la empresa, que ella solo alquila el domicilio.

—Nosotros no podemos dar datos de clientes —dijo antes de que terminara la primera frase.

—Lo sé. —Puse sobre el mostrador la copia del acta y el escrito de Clara—.

No le pido datos de un cliente. Le pido que mire si el cliente es real.

Esta sociedad está utilizando la identidad de este señor.

—Señalé a Nicolás con la barbilla—. Que está aquí, que tiene una denuncia por usurpación desde marzo y que puede enseñarle el número de atestado.

Nicolás sacó el móvil y se lo enseñó sin decir nada.

No intentó caerle bien. No sonrió de más.

Se quedó quieto y dejó que el papel hablara, y yo tuve que apartar la vista del mostrador un segundo porque llevaba semanas descubriendo que ese hombre callado me gustaba más que casi cualquier hombre hablando.

Loreto Bonet miró la pantalla. Después me miró a mí.

—¿Adarve?

—Adarve.

—Ya me extrañaba.

Sacó una carpeta de anillas de un cajón. Los centros de negocios con doce años de historia todavía tienen carpetas de anillas.

El contrato de domiciliación de Suministros Adarve, S.

L. estaba firmado el 21 de agosto del año anterior: casi ocho meses atrás, un mes y una semana después de que Nexo Logística Digital despidiera a Sergio Landa.

Cuarenta y nueve euros al mes, domiciliación social, recepción de correspondencia y tres horas mensuales de sala de reuniones.

Firma digital. Y grapada detrás, la copia de un DNI.

Era el DNI de Nicolás.

No una falsificación torpe, no un montaje: un escaneo limpio, a color, del documento auténtico.

El mismo número que yo había leído bajo un fluorescente en un aparcamiento de Zurbano.

La misma fotografía. Se le veía hasta el reflejo del plástico en la esquina inferior derecha, la marca que deja un documento apoyado en un cristal.

—Esto no es de una fotocopiadora de papelería —dije—. Esto es un escáner plano. Alguien puso tu DNI boca abajo sobre un cristal y cerró la tapa.

Nicolás tardó en contestar.

—Mi DNI no ha salido de mi cartera nunca.

—Ha salido cinco minutos. Eso es todo lo que hace falta.

—Cinco minutos —repitió.

—Contrato de un piso. Una reserva de hotel. Un alta en un gimnasio. Un registro de visitas en un edificio de oficinas. —Fotografié la hoja con la regla graduada al lado—. Cualquiera de esas cosas lo lleva a un mostrador, y en cualquiera de esos mostradores hay un escáner.

Vi cómo se le tensaba la mandíbula y cómo lo apagaba. Se le da bien. Le sale solo.

Seguimos dos horas más. Loreto Bonet, que empezó cerrada y terminó indignada, nos dejó consultar lo que podía dejarnos consultar y nos dijo lo que podía decirnos:

Que la correspondencia de Adarve se redirigía a un apartado de Correos de Madrid, el 4.118, hasta el mes de diciembre.

Que a partir de diciembre la recogía alguien en persona, dos veces al mes, siempre entre las nueve y las nueve y media, siempre lunes.

Que el libro de entrega de correspondencia tenía once firmas, todas el mismo garabato ilegible, y un nombre escrito en mayúsculas la primera vez: J. MARCO.

Que el 3 de diciembre el recibo mensual volvió impagado y un hombre se presentó a pagarlo en efectivo, con billetes de veinte, y que ella lo recordaba porque nadie paga cuarenta y nueve euros en efectivo.

Que ese hombre no era el señor de la foto del DNI.

—¿Cómo era?

—Normal —dijo, y enseguida se corrigió, porque la gente honesta se corrige—. Cuarenta y tantos. Delgado. Educado. De los que te dan las gracias por el nombre de pila porque lo han leído en la placa.

Hugo levantó la vista del portátil.

—¿Cámaras?

—Una en el ascensor. La del pasillo lleva dos años sin grabar. Y guardamos treinta días.

—Treinta días es nada.

—Treinta días es lo que pone el reglamento.

La sala de reuniones se había usado cuatro veces a nombre de Adarve.

La última, el 19 de enero, dos horas, con petición de conexión a la pantalla.

Y para conectar la pantalla hay que enchufar un cable a un equipo, y el equipo de la sala de reuniones guarda, porque nadie lo mira nunca, un registro de dispositivos emparejados.

Hugo se puso las gafas.

—Vamos a necesitar esa sala —dijo, y sonaba como un cura ante un altar.

Fueron once horas de trabajo de verdad. Papel, fotografías, actas, firmas, un requerimiento que Clara me dictó por teléfono a las dos de la tarde mientras yo comía un bocadillo de pie en la acera de Ausiàs March.

Y por debajo de las once horas, sin interrumpirlas ni una sola vez, estuvo la otra cosa.

No fue nada. Ese es el problema: no fue absolutamente nada y ocupó todo el día.

Fue que a las once y veinte me pasó un café sin preguntarme cómo lo tomaba, y acertó.

Fue que a la una, agachados los dos sobre la misma carpeta, me apartó con dos dedos un mechón que me estaba molestando y yo tardé tres segundos en volver a leer la línea donde estaba.

Fue que a las cuatro y media, cuando Loreto Bonet dijo «el señor Ferrer entenderá que esto es delicado», él contestó «el señor Ferrer no entiende nada, para eso la ha traído a ella», y yo tuve que morderme el carrillo por dentro.

Fue el ascensor.

Volvíamos al hotel a las ocho y diez. Hugo se había quedado en la cuarta planta con el equipo de la sala de reuniones y un permiso escrito, feliz como un hombre en su casa. Subimos los dos solos desde el vestíbulo del hotel, un cubo de espejos que te enseña la nuca desde cuatro ángulos.

Pulsé el seis.

Ninguno dijo nada durante una planta y media.

—Vera.

—No.

—No he preguntado nada.

—Ya sé lo que ibas a preguntar.

—Iba a preguntar si has cenado alguna vez en Valencia.

—Mentira.

—Mentira —admitió.

El ascensor pasó el cuatro. Yo miraba el panel como si fuera a examinarme de él.

—Esta noche —dijo—. Sí o no. Y si es no, es no, y mañana desayunamos y no pasa nada, y te lo digo ahora en el ascensor para que no tengas que decírmelo en un pasillo.

Me giré hacia él.

Estaba apoyado en la pared del fondo, con las manos en los bolsillos y a un metro largo de distancia. No se había acercado. En tres semanas no se había acercado nunca sin que yo le dejara sitio, y esa disciplina suya me ponía peor que cualquier otra cosa que hubiera hecho.

—Sí —dije.

—Vale.

—Mi habitación. La 612. A las nueve.

—Vale.