CAPÍTULO 9 #2
—Lo de anunciarlo me destroza.
—Entonces te lo voy a anunciar todo.
Lo besé. De pie, entre sus rodillas, con una mano en su mandíbula y la otra en su nuca, y esta vez no paré: lo besé hasta que se le fue la cadera hacia delante buscándome y hasta que el metal sonó porque había subido las manos esposadas y me las había puesto en la espalda baja, empujándome hacia él.
—Eso no te lo he pedido.
—Ya. Lo he hecho igual. —Me mordió el labio inferior, sin fuerza—. Tenías la opción de quitármelas de encima.
No se las quité. Esa fue la primera cosa que aprendí esa noche sobre mí misma.
—Voy a bajar —dije contra su boca—. Te lo anuncio, ya que te destroza.
—Vera.
—¿Qué?
—Dilo mejor.
Me reí, con la frente apoyada en la suya, y lo dije mejor:
—Voy a arrodillarme y voy a metérmela en la boca, y tú te vas a quedar quieto todo lo que puedas, y cuando no puedas me lo dices.
Se le escapó un sonido que no había oído hasta entonces.
Me arrodillé. Le empujé las rodillas para abrirlas y lo cogí con la mano primero, despacio, mirándolo desde abajo, porque quería ver la cara exacta que ponía en el segundo previo. La puso. Se le fue la cabeza atrás dos centímetros y volvió, como si se obligara a mirar.
Y después usé la boca.
Lo hice despacio. Lo hice mirándolo cada pocos segundos, con la lengua y con la mano a la vez, marcando un ritmo que no era el que él quería y que por eso funcionaba tan bien.
Le oí la respiración cambiar de sitio: primero el pecho, luego el vientre.
Tenía los brazos esposados apoyados sobre la cabeza y los nudillos blancos sobre la llave.
—Para —dijo de pronto, con la voz áspera.
Paré en seco, con las dos manos quietas sobre sus muslos.
—¿Norte?
—No. No, no. —Tragó saliva—. No es norte. Es que si sigues me corro, y quiero seguir.
—Vale.
—No me mires con esa cara de satisfacción.
—Es exactamente la cara que tengo.
Me levanté. Me quité el sujetador y las bragas de espaldas a él, y después me giré, y ahí sí me costó: estar desnuda delante de alguien que puede mirarte tranquilamente es una asimetría que yo llevaba seis años evitando.
Nicolás no dijo ninguna gilipollez. Eso también se lo apunté.
—Ven —dijo, y sonó a petición y no a orden, y luego añadió—: Súbete. Quiero llegar con la boca.
Me quedé parada un segundo.
—Eso lo decido yo.
—Eso lo pido yo. —Levantó las manos esposadas, con la llave todavía cerrada en el puño, y me enseñó la cadena—. Esto no es para que no pueda hacer nada, Vera. Es para elegir dónde dejo el mando. Lo dejo aquí, contigo, porque quiero. No he dejado de estar. Y quiero que te sientes encima de mi cara.
Creo que fue ahí cuando entendí a Nicolás Ferrer por completo, y fue una cosa mucho más grande que el sexo.
—Túmbate —dije.
Se tumbó.
Subí. Me sujeté al cabecero y me coloqué encima de él, y cuando bajé y noté su boca abrirse contra mí se me escapó un ruido que no reconocí como mío.
No fue delicado. Fue una lengua y unos labios y una insistencia que no tenía nada de servicial: me sujetaba con las manos esposadas por detrás de un muslo, tirando de mí hacia abajo, y cada vez que yo intentaba levantarme un poco para recuperar el ritmo él gruñía contra mí y no me dejaba.
—Esto es trampa —conseguí decir.
Notó que me reía y aprovechó para hacer algo con la lengua que me borró la frase de la cabeza.
Aguanté menos de lo que me habría gustado. Me corrí con la frente contra la madera del cabecero, apretando los dientes, y él no paró hasta que le empujé la frente con la mano porque ya no podía más.
Bajé. Me tumbé a su lado un momento, temblando, con la cara en su hombro, y él giró la cabeza y me habló al pelo:
—¿Sigues dentro o te has ido a mirar una factura?
—Cállate.
—Es una pregunta legítima.
—Estoy dentro. —Levanté la cabeza—. Estoy tan dentro que me está dando vértigo.
—Bien.
Alargué la mano hacia la mesilla, saqué un preservativo del bolsillo de la bolsa, lo abrí y se lo puse yo, despacio, con las dos manos, mientras él me miraba hacer.
—¿Te las quito? —pregunté, tocando el metal.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro. Pero súbeme las manos por encima de la cabeza y déjalas ahí. —Sostuvo mi mirada—. Y dime otra vez lo que vas a hacer.
Le subí los brazos. Le abrí la palma derecha para comprobar que la llave seguía ahí, y estaba, caliente de su mano, y le cerré los dedos otra vez.
—Voy a follarte yo —dije—. Encima, y a mi ritmo, y no te voy a dejar acelerar.
—Dios.
Me coloqué y bajé despacio, obligándome a sentirlo todo, y él soltó el aire entre los dientes y dijo mi nombre completo, las dos palabras, como si estuviera leyendo un expediente. Me quedé quieta unos segundos con las manos apoyadas en su pecho. Después empecé a moverme.
Y fue exactamente como había dicho: mi ritmo. Lento hasta que resultó cruel, y él debajo de mí levantando la cadera y encontrándose con la mía, y el sonido de las esposas contra el cabecero cada vez que tiraba de los brazos sin querer.
—Más —dijo.
—No.
—Vera, por favor.
—Dilo entero.
—Más rápido. Quiero más rápido. —Tenía la voz destrozada y los ojos abiertos—. Por favor.
Le di más rápido. Y en algún punto perdí yo la cuenta de quién estaba llevando a quién, porque él levantó las manos esposadas y me las pasó por encima de la cabeza, rodeándome, y me bajó contra su pecho sin soltar la llave, y desde ahí me sujetó y empujó hacia arriba con una fuerza que no había usado en toda la noche, y yo lo dejé.
Eso fue lo segundo que aprendí sobre mí misma.
Me corrí por segunda vez con la boca contra su cuello y la cadena de las esposas apoyada en mi espalda, y lo noté irse dos o tres embestidas después, con un sonido ronco y muy corto, agarrándome como si se cayera de algún sitio.
Nos quedamos así. Un minuto entero, quizá dos.
Después le subí los brazos, le abrí la mano, cogí la llave y le quité las esposas.
Le froté las muñecas con el pulgar, una y otra, comprobando: dos líneas rosadas, superficiales, sin piel rota.
La misma anotación que había hecho en un aparcamiento de Zurbano hacía tres semanas, con el cuerpo en un estado radicalmente distinto.
—Marcas leves, sin lesión —dije.
—Estás fatal.
—Lo sé.
Fui a por agua. Volví con dos vasos y una manta del sofá, porque se había quedado con la piel fría en los brazos, y me metí en la cama a su lado con la espalda contra el cabecero.
Bebió medio vaso de un trago.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Estoy muy bien. —Se quedó pensando—. Estoy bien de una manera rara. Como cuando terminas un examen difícil.
—¿Eso es bueno?
—Es buenísimo. Llevo veinte años sin tener una hora en la que nadie dependiera de mí. —Se puso de lado, apoyado en el codo—. ¿Y tú?
—Yo me he pasado la conversación anterior queriendo irme.
—Ya lo he visto. Se te notaba en los pies. Los pusiste hacia la puerta.
Me tapé la cara con la mano.
—Odio que hagas eso.
—Lo aprendí de mi padre. Se aprende mirando a alguien cuando entra en casa para saber en qué estado viene. —Lo dijo ligero, y no lo era.
Me giré hacia él. Le puse la mano en el pecho, ahí donde el corazón ya iba normal, y me quedé un rato así, sin hablar, en un piso demasiado grande y sin fotos, con Madrid entero zumbando abajo.
—No se lo he contado a nadie —dije al fin—. Lo de la terraza de Malasaña. Ni a mi prima. Y se lo cuento todo.
—Entonces te lo guardo yo.
—No te estoy pidiendo que me lo guardes.
—Ya. Te lo ofrezco. Es distinto. —Me apartó el pelo de la cara con dos dedos—. Es lo mismo que has hecho tú con la llave: ponerla donde el otro pueda cogerla.
No contesté, porque no tenía nada inteligente que decir y porque me estaba dando cuenta de una cosa.
El tren salía a las siete y media. Tenía que levantarme a las cinco y media, repasar el guion de preguntas y dormir cuatro horas si quería llegar a Valencia siendo alguien capaz de leer un contrato de domiciliación.
Y lo que yo estaba pensando, tumbada al lado de un hombre que forma parte del expediente que supervisa mi socia, con las esposas todavía en la mesilla y la llave en mi puño cerrado, no era nada de eso.
Estaba pensando en cuándo lo repetiríamos.
No en si. En cuándo, y dónde, y con qué, y en si quedaría alguna noche libre en Valencia.
Lo había hecho todo bien. El protocolo, los límites, la supervisión, la palabra de seguridad. Cada pieza colocada con una prudencia de la que podría haber presumido delante de Clara.
Y aun así acababa de descubrir, con el pulso todavía irregular y la llave clavándoseme en la palma, que aquello no iba a ser una vez, ni dos.
Que quería repetirlo mucho más de lo que me convenía.