CAPÍTULO 9
El tren a Valencia salía a las siete y media de la mañana. Hugo ya había impreso los billetes y reservado dos habitaciones en un hotel de negocios junto a la estación.
A las nueve y diez de la noche estaba subiendo en el ascensor del edificio de Nicolás, en Arganzuela, con una bolsa de tela colgada del hombro y la sensación muy nítida de estar haciendo algo que iba a tener consecuencias.
Me abrió descalzo, con una camisa gris sin corbata y las mangas dobladas dos vueltas. Detrás de él, el ático: mucho espacio, poca cosa personal, una pared entera de ventanas con Madrid detrás en naranja y gris. Una estantería con más carpetas que libros. Ni una foto.
—Llegas puntual.
—Llego siempre puntual.
—Ya, pero hoy no sabía si ibas a llegar.
Dejé la bolsa en el suelo, junto al sofá, y no contesté a eso.
Había vino abierto y había comida de verdad: arroz, verduras, algo con limón.
Comimos en la isla de la cocina y hablamos veinte minutos del caso porque los dos necesitábamos esos veinte minutos para aterrizar.
Le conté lo del centro de negocios y lo de los umbrales de quince mil euros, y se le puso una cara muy fea.
—Ese umbral lo puse yo —dijo.
—Lo sé.
—Lo puse para agilizar. Para que un jefe de área no tuviera que esperar tres días a que yo firmara unos cables.
—Lo sé.
—Y lo está usando para...
—Nicolás.
Levantó la vista.
—No he venido a trabajar —dije—. Si vamos a seguir con esto, dímelo y me quedo hasta las doce revisando facturas contigo. Pero entonces me quedo a eso.
Dejó el tenedor.
—No —dijo—. No quiero seguir con eso.
—Bien.
—Quiero hablar de otra cosa, y llevo tres días ensayándolo, así que te agradecería que no me interrumpieras hasta el final.
Me apoyé en la encimera con la copa en la mano. Sentí el cambio de temperatura de la habitación como se siente un cambio de presión antes de una tormenta.
—Adelante.
—El otro día en tu casa. —Se tomó un segundo—. Fue lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Eso primero, para que no te preocupes por dónde va esto.
—No estaba preocupada.
—Estabas preocupada. Se te pone una arruga aquí. —Se señaló el entrecejo—. Sigo.
Cerré la boca.
—Estuve esposado en mitad de tu salón cuarenta minutos, me hiciste esperar, dijiste cuándo y dijiste cuánto, probé la palabra y funcionó, y me fui a mi casa a las dos de la mañana sintiendo algo que no había sentido nunca y que todavía no sé nombrar del todo.
—Apoyó las dos manos en la encimera—. Y aun así llevo tres días con una cosa atravesada.
—Dila.
—Que me estabas estudiando.
Noté el golpe en el esternón, limpio, como cuando alguien te dice tu propia frase antes de que la pienses.
—No te estaba estudiando.
—Vera.
—Te estaba mirando.
—Me estabas mirando como miras un expediente.
—No lo dijo con rencor. Lo dijo con esa precisión suya de hombre que lleva quince años dando malas noticias en reuniones—.
Con muchísima atención, con muchísimo cuidado, tomando nota de todo.
Y yo entiendo que eso es parte de lo que haces y también entiendo que gracias a eso esto es seguro.
Pero hubo un momento, cuando me desabrochaste la camisa, en que levanté la cabeza y tú tenías la misma cara que cuando estás mirando una factura falsa.
—Esa cara es de estar concentrada.
—Esa cara es de estar fuera.
Dejé la copa. Me había subido una cosa caliente por el cuello que no era vergüenza exactamente, pero se le parecía bastante.
—¿Y qué quieres? ¿Que pierda la cabeza para que estés más cómodo?
—No.
—Porque una de las dos cosas que hacen que esto funcione es que yo no pierda la cabeza. Si yo pierdo la cabeza contigo esposado, esto se convierte en otra cosa y esa otra cosa no me interesa.
—No te estoy pidiendo que dejes de dirigir.
—Se apartó de la encimera y se acercó dos pasos, y se paró donde se para siempre, justo en el borde exacto en el que yo lo noto y todavía no me invade—.
Te estoy pidiendo que estés dentro. No quiero ser un experimento tuyo.
Quiero ser algo que te pasa a ti también.
—Eso es muy bonito y no significa nada.
—Significa una cosa muy concreta y la voy a decir, aunque te vas a poner en modo interrogatorio.
—Inclinó un poco la cabeza—. Quiero verte.
Quiero que te quites la ropa tú también.
Quiero que digas en voz alta lo que quieres, en vez de ordenármelo en imperativo para no tener que decirlo en primera persona.
Y quiero participar. No aguantar: participar.
Pedir. Provocarte. Y si un día me apetece, quiero poder llevarte yo a algún sitio dentro de lo que hemos acordado.
Silencio.
En la calle, ocho pisos más abajo, pasó una moto.
—Sabes lo que me estás pidiendo —dije.
—Creo que sí.
—No. —Me oí la voz demasiado plana—. Me estás pidiendo que me exponga. Eso es lo que me estás pidiendo. «Dilo en voz alta.» Yo llevo seis años dirigiendo precisamente para no tener que decirlo en voz alta.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes, porque no te lo he contado.
—Entonces cuéntamelo.
Y ahí estuve muy cerca de coger la bolsa.
Lo pensé de verdad: la distancia hasta la puerta, el ascensor, llegar a Ríos Rosas en diecinueve minutos y ponerme con las preguntas para el centro de negocios, que era exactamente lo que me convenía hacer.
Pero me quedé.
—Hace seis años estuve con alguien —dije—. Le conté una cosa que me gustaba. Una cosa de esto, de dirigir, dicha en voz baja y a oscuras, que para mí fue enorme. Cuando lo dejamos, la usó. La contó. Delante de gente. En una terraza de Malasaña, en una cena a la que fuimos siete, imitándome la voz.
Nicolás no se movió.
—Y yo me reí —seguí—. Esa es la parte que no soporto.
Me reí, porque era eso o levantarme, y me quedé sentada cuarenta minutos más.
Desde entonces no lo he dicho en voz alta ni una vez.
Doy instrucciones. Las instrucciones son seguras.
Si tú no cumples una instrucción, el problema es de la instrucción.
Si yo digo «esto me gusta» y tú te ríes, el problema soy yo.
Pasaron unos segundos.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó.
—No.
—Vale.
—No vas a hacer nada con ese nombre.
—Iba a odiarlo un rato en privado, nada más. —Bajó la vista al fondo de la copa—. Gracias por contármelo.
—No lo he contado para que me des las gracias.
—Lo sé. Te lo doy igual. —Y entonces, porque es quien es, añadió—: Y sigo queriendo lo mismo.
Me reí. Una risa corta, de sorpresa.
—Eres un cabezota.
—Soy director de operaciones. Es lo mismo cobrando.
—Y si yo digo que no a lo de desnudarme y hablar, ¿qué pasa?
—Pues no pasa nada. Nos tomamos el vino, te vas a tu tren y mañana en Valencia somos dos personas educadas.
—Lo dijo sin un gramo de chantaje, y por eso me desmontó—.
Yo he dicho lo que quiero. Lo que quieres tú lo decides tú.
Esa era exactamente mi queja, Vera: que las dos partes de esta cosa tienen que poder pedir.
Miré la ventana. Madrid entero encendiéndose, y yo con la garganta seca y el pulso en las muñecas.
Y me oí decir:
—Ven aquí.
—Eso es una instrucción.
—Lo sé. Ven aquí igual, y después te digo una cosa en primera persona.
Vino.
* * *
Recogí la bolsa y lo llevé al dormitorio por la muñeca, con dos dedos, que es todo el agarre que hace falta cuando alguien viene porque quiere.
Era una habitación de hombre que duerme poco: cama grande, sábanas grises, una silla con una americana encima. Encendí la lámpara de la mesilla, saqué las esposas de la bolsa y las dejé sobre la madera con un golpecito metálico que los dos oímos.
Al lado puse la llave.
—Ya sabes cómo va esto —dije—. «Norte» y paro. La llave está ahí, a tu alcance. Si la coges y la sueltas, se acabó, sin explicaciones y sin cara rara.
—Lo sé.
—Repítemelo.
—Norte. Y la llave. —Media sonrisa—. Me lo sé mejor que tú.
—Bien.
Y entonces me quité el jersey.
Lo hice deprisa, de un tirón, como se entra en el agua fría, y me quedé delante de él en vaqueros y sujetador negro con la piel de gallina en los brazos y una necesidad casi física de hacer un chiste.
No lo hice.
—Esto es lo que quiero —dije—. Y lo digo en primera persona, que era el trato.
Quiero verte desnudo antes de tocarte. Quiero esposarte.
Quiero que me digas lo que quieres, con palabras, porque cuando tú pides se me va la cabeza más que cuando obedeces.
Y quiero acostarme contigo esta noche, entera, sin parar a la mitad.
Nicolás cerró los ojos un segundo.
—Joder —dijo—. Vale.
—¿Sí?
—Sí. —Y añadió, con la voz un poco rota por abajo—: Y tú quítate también los vaqueros, porque si no es injusto.
—No estaba negociando.
—Yo sí.
Me los quité.
Lo desnudé yo, a mi ritmo, que es lento.
Botón por botón, y cuando llegué al último le aparté la camisa de los hombros y me tomé el tiempo de mirarlo de verdad: la línea del cuello, el pecho, la marca del cinturón en la cintura, el vello oscuro bajando.
Le apoyé la palma en el esternón y noté el corazón dándole contra la mano, rapidísimo, absolutamente en desacuerdo con su cara tranquila.
—Tienes el pulso a ciento veinte.
—Estás en calzoncillos delante de mí. Está justificado.
Le bajé la cremallera. Le quité los pantalones, la ropa interior, todo, y él me dejó hacerlo de pie, quieto, con las manos a los lados y sin taparse, y estaba dura y estaba respirando por la boca y no apartó los ojos ni una sola vez.
—Siéntate en el borde de la cama.
Se sentó.
—Las manos.
Las levantó, juntas y por delante, con esa docilidad deliberada que no tiene nada de sumisa y que es lo que me pone de rodillas desde el primer día: un hombre que decide, delante de ti, dejar de decidir un rato.
El primer aro se cerró con su chasquido.
El segundo también. Comprobé que cabía un dedo, como siempre, y le puse la llave en la palma derecha.
Cerró los dedos alrededor.
—Dime lo que quieres —dije.
—Que me beses.
—Más concreto.
—Que me beses y no pares a los treinta segundos como el otro día. —Levantó las cejas—. Y que me digas antes lo que vas a hacer, porque me estás matando con eso.
—¿Lo de anunciarlo te gusta?