ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—Impresionante —dijo—. Esa mujer podría dirigir un país pequeño.

—Cállate y busca las cámaras.

* * *

El primer mensaje me llegó a las 13:52, mientras mordía un sándwich de máquina y leía el acta de constitución por tercera vez.

«¿Habéis comido algo o estáis fingiendo?»

Lo dejé en visto once minutos. Después contesté.

«Sándwich de atún de la máquina del segundo.»

«Eso no es comida. Eso es una advertencia.»

«Es proteína.»

«Es un delito.»

Y ya está. Eso fue todo. Cuatro líneas en un día de nueve horas, y yo, que llevo quince años entrenada para que un teléfono sea una herramienta y nada más, me descubrí a las 14:20 dándole la vuelta al móvil sobre la mesa para ver si se había encendido la pantalla.

Me molestó de una forma desproporcionada.

No el mensaje. Lo otro. El gesto. El movimiento automático de la muñeca, la comprobación innecesaria, la pequeña decepción tonta de encontrar la pantalla negra.

Llevaba seis años sin hacer eso. Lo había desinstalado de mí con una precisión de la que estaba francamente orgullosa, y había bastado una noche en mi propio salón —él de pie en mitad de la alfombra, las muñecas esposadas por delante, la llave en la palma de su mano derecha, y esa manera suya de mirarme mientras yo decidía cuánto tiempo hacerle esperar— para que volviera a instalarse solo.

Porque eso era lo peor: no había pasado nada. Nada de lo que la gente llama pasar algo. Lo habíamos parado a propósito. Y aun así llevaba dos días con el cuerpo en un estado de alerta bajísima y continua, como una nevera zumbando en otra habitación.

A las 18:10 escribí yo.

«Mañana no me escribas entre las 10 y las 13.»

«¿Motivo?»

«Entrevistas. No quiero tener tu nombre en la pantalla mientras hablo con alguien de tu empresa.»

Tardó un minuto largo.

«Entendido. Me parece bien que lo digas así.»

«No lo digo por ti.»

«Lo sé. Lo dices por ti. Por eso me parece bien.»

Apagué la pantalla y la puse boca abajo, y esta vez la dejé.

* * *

Las cámaras llegaron a las 19:40.

Fue un trabajo de tres días, y ni siquiera fue brillante: fue paciencia.

Los dos tiques que encontré en la guantera del Porsche eran de la misma estación de servicio de la V-30, en Valencia, con fecha del 12 y del 19.

Repostajes de noventa y tantos euros, pagados en efectivo, uno a las 21:14 y otro a las 20:47.

Clara pidió las grabaciones por conducto formal, con la orden judicial de recuperación por delante y el número de atestado de la denuncia de Nicolás por detrás, y la operadora, que tenía política de conservación de treinta días y un responsable de seguridad razonable, nos mandó dos archivos.

Hugo los abrió en la pantalla grande.

La imagen era mala, como son siempre: grano, contraluz de los focos del surtidor, una marca de agua con la fecha en la esquina. El Porsche entró marcha atrás en el surtidor 4 —marcha atrás, otra vez, aparcando como aparca la gente a la que le da igual— y del lado del conductor bajó un hombre.

Metro ochenta y algo. Complexión fuerte. Pelo oscuro. Abrigo azul marino.

Se me secó la boca por segunda vez en dos semanas.

—Amplía.

—Estoy ampliando.

—Amplía más.

—Vera, si amplío más lo que vas a ver son cuadraditos.

Lo que se veía era un hombre de espaldas, y después tres cuartos, y después, durante exactamente un segundo y medio mientras colgaba la manguera, una cara vuelta hacia la cámara. Mandíbula recta. Pelo peinado igual. La misma forma de mover los hombros dentro del abrigo.

Un desconocido diría que era él. Un desconocido lo juraría ante un juez.

Yo lo había tenido a un centímetro del hormigón, y sé cómo respira, y sé cómo mira, y me quedé mirando aquella cara granulada con la sensación física de que alguien me estaba enseñando un dibujo muy bueno de una persona que conozco.

—¿Es él? —preguntó Hugo.

—No.

—¿Segura?

—No sé si es un parecido o si es trabajo. Peluquería, gafas, postura. —Me acerqué a la pantalla—. Pero el abrigo es idéntico, Hugo. Y eso no es casualidad. Eso es alguien que se ha comprado el abrigo.

Hugo congeló la imagen. Arriba a la derecha, la marca de agua: 12 · 21:14.

—Día 12 —dijo—. Nueve y cuarto de la noche. Valencia.

Y ahí me cambió el cuerpo, porque el día 12 me sonaba.

Abrí la carpeta de Nexo y busqué el calendario corporativo que nos habían entregado en el volcado, el de reuniones internas del último trimestre. Pasé tres pantallas. Lo encontré.

Día 12. De 17:00 a 21:30, sala grande de Méndez Álvaro. Comité ampliado de operaciones con el equipo de la consultora externa para la due diligence de la alianza. Convocados: veintiuno. Asistentes según acta: veinte, más el secretario.

Presidía Nicolás Ferrer.

Había acta firmada, había lista de asistencia con hora de entrada y salida, había una grabación de la videollamada de los dos asistentes que se conectaron en remoto, y había veinte personas que podían declarar bajo juramento que a las nueve y cuarto de la noche del día 12 Nicolás Ferrer estaba en una sala de Méndez Álvaro discutiendo un calendario de integración.

A cuatrocientos kilómetros de aquel surtidor.

Hugo silbó muy bajito.

—Vale —dijo—. O sea que no es solo un tío con sus datos.

—No.

—Es un tío que sale a la calle vestido de él.

Me quedé mirando la imagen congelada: el abrigo azul marino, la mano en la manguera, la cara vuelta hacia la cámara durante un segundo y medio. Justo el tiempo necesario.

Y entendí, con una claridad que no me gustó nada, que esa cara no estaba ahí por descuido.

Estaba ahí para que la encontráramos.