ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 8
21%

CAPÍTULO 8

Una empresa que no existe tiene exactamente el mismo aspecto que una que sí. Esa es la parte que la gente no entiende.

Por eso funciona.

—Adarve —dijo Hugo, girando la pantalla hacia mí—. Que además, para tu información, es un término militar. El adarve es el camino de ronda que hay en lo alto de una muralla, por donde se pasea el vigilante.

—¿Y eso qué nos dice?

—Que quien lo eligió se cree gracioso. —Le dio un sorbo a su té, que olía a jengibre y a castigo—. Lo cual, en mi experiencia, reduce el sospechoso de ocho mil personas a unas doscientas.

Eran las diez y veinte de la mañana y llevábamos desde las ocho en la sala pequeña del despacho, la que tiene la mesa demasiado grande para el espacio y una ventana que da al patio interior de Viriato 32.

Sobre la mesa había once facturas impresas, dos extractos de cuenta, un acta notarial y el listado de proveedores homologados de Nexo Logística Digital, que Clara había conseguido por vía formal, con su sello y su registro de entrada, porque desde el episodio que ninguna de las dos mencionaba en voz alta todo lo que entraba en este expediente entraba por escrito.

—Empieza por el administrador —dije.

—Rubén Talens Ortí. Setenta y nueve años, jubilado, domicilio en Alicante. —Hugo movió el dedo por la pantalla—. Administrador único de Suministros Adarve y de otras cuatro sociedades constituidas entre marzo y septiembre. Tres de ellas ya están disueltas. Ninguna ha tenido nunca un empleado.

—Un hombre de paja.

—Un hombre de paja de manual. Le habrán dado cuatrocientos euros por firma y una explicación tranquilizadora. Lo he llamado esta mañana. Tres veces. Salta el buzón y el buzón está lleno, que es la forma que tiene un teléfono de decirte que su dueño lleva meses sin querer saber nada.

—¿Y el domicilio social?

Ahí Hugo se recostó en la silla y puso la cara que pone cuando ha encontrado algo que le parece elegante, aunque le reviente admitirlo.

—Ausiàs March 68, planta cuarta. Valencia. —Giró de nuevo la pantalla—. Eso no es una oficina. Es un centro de negocios. Alquilan direcciones.

Miré la fotografía de Street View: un edificio de oficinas de los años noventa, cristal verde, un rótulo lateral con un nombre genérico, tres plantas de despachos y, en la cuarta, doscientas y pico empresas domiciliadas en ciento veinte metros cuadrados.

—Por cincuenta euros al mes te dan un buzón, una placa con el nombre de tu empresa en un panel de la entrada, una recepcionista que contesta al teléfono diciendo lo que le digas y una sala de reuniones tres horas al mes —siguió Hugo—.

Es legal. Lo usa mucha gente honrada. Autónomos, consultores, gente que trabaja desde casa y no quiere poner su portal en las facturas.

—Y gente que no quiere que la encuentren.

—Y gente que no quiere que la encuentren, sí. Lo bonito del caso es que puedes pagarlo a doce meses con una tarjeta y no volver a aparecer nunca por allí.

Anoté la dirección en la libreta. Debajo escribí «¿quién firmó el contrato de domiciliación? ¿presencial o a distancia? ¿pidieron DNI? ¿lo guardan?», y subrayé la última pregunta dos veces, porque la respuesta a esa era la única que me interesaba de verdad.

—Eso hay que preguntarlo allí —dije—. En persona.

—Eso hay que preguntarlo allí —repitió Hugo—. Y te van a decir que no pueden dar datos de sus clientes, y tú vas a poner tu cara, y a lo mejor funciona.

—Mi cara funciona el cuarenta por ciento de las veces.

—Tu cara funciona cuando estás cansada. Hoy estás fresca. Es un problema.

Lo ignoré y cogí la primera factura.

Las facturas eran lo importante. Las facturas eran, de hecho, lo único que llevaba dos días quitándome el sueño.

Nexo compra material a través de un sistema interno que Nicolás implantó hace cuatro años y que, por lo que yo había podido reconstruir, funciona así: cualquier gasto por debajo de quince mil euros lo puede autorizar un responsable de área con firma digital simple; por encima de quince mil hacen falta tres presupuestos comparativos y dos firmas, una de operaciones y otra de finanzas.

Las referencias de pedido llevan un formato fijo: dos letras de centro de coste, año, y un correlativo de cuatro cifras.

Los proveedores nuevos pasan por un alta previa con documentación fiscal.

Los pagos se agrupan los días 5 y 20 de cada mes.

Las once facturas de Suministros Adarve, S. L. cumplían todo eso. Todo. Sin una sola desviación.

—Mira los importes —dijo Hugo.

Los había mirado. Catorce mil doscientos. Trece mil novecientos ochenta. Catorce mil seiscientos cincuenta. Once mil cuatrocientos.

—Ninguna llega a quince mil.

—Ninguna llega a quince mil. La más alta se queda a trescientos cincuenta euros del umbral.

—Hugo levantó las cejas—. Eso no es prudencia, Vera.

Eso es alguien que conoce el número exacto y juega a rozarlo, porque si te quedas muy por debajo llamas la atención por lo contrario: once facturas de dos mil euros en cuatro meses las mira cualquiera.

—¿Y las descripciones?

—Ahí está lo bueno. —Abrió un documento comparativo a dos columnas—. Izquierda, una factura real de un proveedor real de Nexo, de hace dos años. Derecha, una de Adarve. Léelas.

Las leí. «Suministro de material de red y latiguillos categoría 6A, según pedido.

» «Servicios auxiliares de reacondicionamiento de puestos, según pedido.

» La misma sintaxis, la misma economía de palabras, la misma coletilla final.

Hasta el mismo error: una coma antes de «según» que en la contabilidad de Nexo llevaba años repitiéndose porque alguien la puso una vez en una plantilla y nadie la quitó nunca.

Se me quedó fría la nuca.

—Ha copiado la plantilla.

—Ha copiado la plantilla y el hábito. Que es distinto y es peor.

—Hugo dejó el té—. Un tío que roba unos datos y se inventa facturas te pone «Material informático, 14.

200 €, gracias por su confianza». Este sabe cómo escribe Nexo.

Sabe qué compra Nexo, a qué ritmo lo compra, con qué centros de coste, en qué semanas del trimestre y con qué umbrales.

Sabe que el día 20 hay una remesa y que nadie revisa una remesa de cuarenta apuntes buscando el que sobra.

—Alguien de dentro.

—Alguien que ha estado dentro —corrigió—. No es lo mismo, y tú lo sabes mejor que yo.

Y después estaba la firma.

Nueve de las once facturas estaban autorizadas con un certificado digital emitido a nombre de Nicolás Ferrer Moreno.

No una firma escaneada, no un garabato en un PDF: un certificado con su número de serie, su fecha de emisión y su sello de tiempo.

En el sistema de Nexo, esas nueve autorizaciones aparecían como suyas. Con hora. Con registro.

—El certificado se solicitó en octubre —dijo Hugo—.

Presencialmente, con documentación. Con su DNI, con un poder de representación de Nexo que existe de verdad y una copia del acta de nombramiento que también existe de verdad, porque están las dos en el Registro Mercantil y las puede pedir cualquiera por nueve euros.

—¿Y nadie comprobó la cara?

—Alguien comprobó una cara. —Hugo lo dijo con una crueldad muy suya—.

Alguien de mediana edad, con prisa, delante de un mostrador, comparando a un señor de metro ochenta y tantos con una foto de carné de dos por tres centímetros.

Te sorprendería la de veces que eso sale bien. Me sorprendería más que saliera mal.

Me levanté y me acerqué a la ventana. El patio interior olía a detergente. En el segundo, una señora había puesto una toalla verde a secar y llevaba tres días sin recogerla.

—Hugo.

—Dime.

—Si yo quisiera hundir a Nicolás Ferrer, ¿qué haría?

—No le compraría un Porsche.

—Exacto. —Me giré—. Un Porsche es ruidoso. Un Porsche es lo primero que se ve y lo primero que se investiga. Un Porsche hace que una imbécil se plante en un garaje de Zurbano a las once de la noche.

—No te llames imbécil, que luego lo pones en el informe.

—Lo pongo igual. —Volví a la mesa—. El coche, los relojes, la furgoneta: eso es ruido. Eso es alguien pasándolo bien mientras monta lo otro. Lo otro son once facturas de catorce mil euros que nadie habría mirado jamás si no fuera porque el ruido nos trajo hasta aquí.

Hugo se quedó callado un segundo, que en él es mucho.

—Entonces el ruido es un error suyo.

—O no lo es. —Cogí la factura de arriba y la solté otra vez—. A lo mejor el ruido nos ha traído exactamente adonde quiere que lleguemos.

Clara entró a la una menos cuarto con dos cafés y una carpeta bajo el brazo, dejó los cafés y no soltó la carpeta.

—Resumen —dijo.

—Proveedor ficticio domiciliado en un centro de negocios de Valencia.

Once facturas en cuatro meses, ciento cincuenta y dos mil euros en total, todas por debajo del umbral de doble firma.

Nueve autorizadas con un certificado digital emitido a nombre de Ferrer en octubre, presencialmente, con documentación registral pública.

La operativa replica el procedimiento interno de compras de Nexo hasta en los errores de plantilla.

—¿Conclusión?

—Que quien lo ha hecho no ha entrado por la ventana. Tenía llave y sabía dónde estaba el interruptor de la luz.

Clara asintió despacio, dejó la carpeta sobre la mesa y la abrió: eran mis propios informes, ordenados, con pestañas de colores. Ese es su modo de recordarme que está ahí.

—Berta Ayala ha llamado esta mañana —dijo—. La Mutua quiere saber si esto sigue siendo un caso de recuperación de activos o si se les ha convertido en otra cosa.

—Se les ha convertido en otra cosa.

—Eso le he dicho. —Me miró un segundo más de lo necesario—. Vera. El expediente lo superviso yo. Las comunicaciones con el señor Ferrer, las formales, pasan por mí. ¿Seguimos así?

—Seguimos así.

—Bien. —Cerró la carpeta—. ¿Y las que no son formales?

Hugo se concentró muchísimo en su taza.

—Son mías —dije.

—Ya. —Clara se levantó—. Pues que sigan siéndolo. Y si dejan de serlo, me lo dices tú antes de que me lo diga otro.

Se fue. Hugo esperó cuatro segundos enteros.