ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Yo tenía la mano en su entrepierna y la boca a un centímetro de su cuello.

Me aparté como si me hubieran dado un golpe en el pecho.

Fue puramente físico, no razonado: retiré la mano, di un paso atrás y el frío del salón se metió entre los dos de golpe.

Después me acordé del resto y fui a por ello.

Le cogí el puño derecho, le abrí los dedos, saqué la llave, metí la llave en el primer aro y lo abrí.

Luego el segundo. Las esposas cayeron sobre el sofá con un ruido sordo.

Diez segundos, quizá doce. Menos, probablemente.

—¿Estás bien? —dije.

Tenía la voz rara. Lo noté yo misma.

—Estoy bien.

—Siéntate. —Le empujé el hombro hacia el sofá y fui a la cocina a por un vaso de agua, y cuando volví él seguía sentado con las muñecas sobre las rodillas, mirándome—. Bebe. ¿Te mareas? ¿Te falta el aire?

—Vera.

—¿Has notado hormigueo en las manos? Dime si notas las yemas raras, porque a veces...

—Vera. —Me cogió la muñeca, suavemente, y me obligó a mirarlo—. Lo he dicho a propósito.

Me quedé de piedra en mitad de mi propio salón.

—¿Qué?

—Que no me pasaba nada. Lo he dicho para ver qué hacías. —Bajó la mano—. Necesitaba saberlo antes de seguir. No saberlo de palabra. Saberlo de verdad.

La primera cosa que sentí fue rabia. Una rabia bastante fea, además, del tipo que a mí me sale cuando alguien me pone a prueba sin avisar, que es exactamente lo que me hicieron una vez y no pienso contar aquí.

La segunda cosa que sentí, tres segundos después, fue otra cosa.

Me senté a su lado en el sofá. Me temblaban las manos y no me molesté en esconderlas.

—Has hecho lo correcto —dije.

—¿Sí?

—Sí. Me ha sentado como una patada, pero has hecho exactamente lo correcto. —Me obligué a aflojar los hombros—. Yo habría hecho lo mismo. De hecho, yo lo habría hecho a los dos minutos, no a los veinte.

—Lo sé. Por eso he tardado veinte.

Nos quedamos callados. Fuera pasó un autobús. En el piso de arriba, alguien arrastró una silla.

—Te has puesto pálida —dijo.

—Me he asustado.

—¿De qué?

—De haberte hecho daño y no haberme dado cuenta. —Lo miré—. Eso es lo único que me da miedo de todo esto. No me importa que me digas que no. Me importa no enterarme.

Nicolás bajó la cabeza y estuvo tres segundos mirándose las manos.

Después se giró hacia mí en el sofá, se inclinó y me besó él, por primera vez en toda la noche, y fue un beso completamente distinto: sin negociación, sin ritmo, sujetándome la mejilla y con una precisión que me dejó bastante peor de lo que estaba.

Cuando se separó, cogió las esposas del sofá y me las puso en la mano.

—Otra vez —dijo.

—¿Estás seguro?

—Pregúntamelo bien.

—¿Quieres que te vuelva a esposar?

—Sí.

—Dímelo entero.

—Quiero que me vuelvas a esposar. —Y me tendió las muñecas, juntas y con los pulgares hacia arriba, como le había enseñado veinte minutos antes.

* * *

La segunda vez fue distinta, y la diferencia fue toda mía.

Antes iba con cuidado y no me había dado cuenta. Ahora sabía que el freno existía, que él sabía usarlo y que yo respondía. Y cuando quitas el miedo a hacer daño, lo que queda debajo es mucho más grande de lo que yo esperaba.

Lo tumbé en el sofá. Le puse las manos esposadas por encima de la cabeza, contra el brazo del sofá, con la llave otra vez en el puño, y me senté a horcajadas sobre él con los vaqueros todavía puestos.

—No las bajes —dije.

—No.

—Y no te muevas hasta que yo te lo diga.

Estuve mucho rato ahí. Besándolo, mordiéndole el cuello, aprendiéndome dónde tenía la piel más sensible —debajo de la oreja, el interior del brazo, una franja a la altura de las costillas que le hacía contener la respiración—, moviéndome encima de él solo lo justo para que no pudiera pensar en otra cosa.

Le tenía debajo, duro contra mí a través de dos capas de tela, y cada vez que empujaba la cadera yo paraba en seco y esperaba a que se quedara quieto.

A la cuarta vez aprendió.

Y la quinta vez que paré no hizo falta que dijera nada: se quedó inmóvil, con los brazos por encima de la cabeza y la mandíbula apretada, esperando, y me miró y esperó, y yo tuve que cerrar los ojos un segundo porque aquello me dio un golpe de calor de arriba abajo que no me esperaba.

Estaba empapada. Y él ni siquiera me había tocado, porque no podía.

—Dime qué quieres —le dije al oído.

—Que me toques.

—Más concreto.

—La mano. —Tenía la voz hecha polvo—. Por favor.

Le bajé la cremallera y lo saqué, y lo tuve así un rato, sin apretar, aprendiendo cómo respiraba según lo que hacía.

Lo que me interesaba no era la polla. Lo que me interesaba era el mapa: qué le aceleraba el pulso, en qué punto se le tensaban los muslos, cuándo se le cerraban los ojos, cuándo tenía que recordarle que los abriera.

Duró lo que duró. Fue subiendo, se le puso la respiración entrecortada, empezó a apretar el puño de la llave hasta que se le blanquearon los nudillos —y esa fue la imagen que se me quedó, no otra: la mano cerrada alrededor de su propia salida, apretándola para no soltarla—, y cuando noté que estaba a punto, paré.

Saqué la mano. Me incorporé. Me senté sobre los talones, a horcajadas todavía, y me quedé mirándolo.

Nicolás abrió los ojos.

—Me estás tomando el pelo.

—No.

—Vera, por favor.

—He dicho que esta noche no. —Le apoyé la mano en el centro del pecho, que le subía y le bajaba como después de correr—. Y esto también es la prueba. Quería saber cómo respondes cuando no consigues lo que quieres.

Tardó unos segundos larguísimos. Después cerró los ojos, soltó el aire por la nariz y se rio. Bajito, hacia dentro, con las manos todavía esposadas por encima de la cabeza.

—Eres una persona horrible —dijo.

—Sí.

—Sigue siendo lo mejor que me ha pasado este año.

Le abrí las esposas. Le froté las muñecas con los pulgares, comprobé las marcas —dos líneas rosadas, superficiales, sin piel rota, igual que la primera noche y por motivos completamente distintos—, le llevé el vaso de agua y una manta que tengo en el respaldo y que no uso nunca, y me senté a su lado con las piernas encima de las suyas.

No hablamos durante un rato. Él me pasaba el pulgar por el tobillo, arriba y abajo, con los ojos cerrados, y yo llevaba diez minutos sin pensar en el caso, ni en Clara, ni en Landa, ni en lo que iba a pensar de mí misma al día siguiente.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Estoy bastante mejor que bien. —Abrió un ojo—. Estoy físicamente fatal y anímicamente excelente.

—Eso pasa.

—¿A ti también?

—A mí ahora mismo me está pasando algo bastante parecido, sí.

—Podríamos...

—No.

—No he terminado la frase.

—No hace falta.

Se incorporó un poco, se apoyó en el codo y se quedó mirándome con una seriedad nueva.

—Entonces te voy a pedir una cosa —dijo—. Y quiero pedirla ahora, con la cabeza fría, no dentro de tres días por mensaje.

—Dime.

—Quiero que haya una segunda vez. No esta noche.

—Lo dijo despacio, eligiendo cada palabra, como quien lee un acta—.

Esta noche se queda tal cual está, porque me parece que las dos cosas que han pasado aquí han sido buenas y no quiero estropearlas.

Pero quiero otra. Con lo mismo. Y sabiendo los dos desde ahora que esa vez sí.

Miré la llave, que se había quedado encima del cojín, entre los dos, con la cadena de las esposas al lado.

—Vale —dije.