ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Pasé el sábado por la tarde limpiando un piso que ya estaba limpio.

Lo digo porque conviene que quede claro el nivel de ridículo al que había llegado.

Cambié las sábanas, que llevaban puestas dos días.

Ordené los libros de la mesa baja por tamaño y después los volví a desordenar porque parecía una consulta de dentista.

Tiré un yogur caducado. Guardé la carpeta del expediente Ferrer en el archivador, con llave, no porque fuera a leerla nadie sino porque no soportaba la idea de que estuviera encima de la mesa esa noche.

A las siete entendí lo que estaba haciendo y me senté en el suelo del salón con la espalda contra el sofá.

Lo que estaba haciendo era prepararme un escenario. Y yo, en mi trabajo, sé perfectamente qué significa que alguien prepare un escenario: significa que le importa el resultado.

A las ocho menos cuarto saqué las esposas del cajón del recibidor y las puse sobre la mesa.

A las ocho menos diez las quité de la mesa y las metí en el bolsillo de la chaqueta que colgaba de la silla, porque dejarlas a la vista me pareció una declaración de intenciones demasiado cursi.

A las ocho menos cinco las volví a sacar.

Comprobé el mecanismo. Comprobé que la llave abría los dos aros sin forzar. Comprobé el doble seguro, que es lo que impide que el trinquete siga cerrándose y te destroce la muñeca, y que la mayoría de la gente no sabe ni que existe.

Después dejé la llave en el centro de la mesa, sola, y me quedé mirándola.

Llamó al telefonillo a las ocho y dos minutos.

—Cuarto derecha.

Subió andando. Lo supe porque tardó demasiado para el ascensor y porque llegó respirando un poco más de la cuenta, y eso me tranquilizó bastante más de lo que habría admitido en voz alta.

Traía una botella de vino, lo cual era absurdo y encantador a partes iguales.

—No sabía si esto se hace —dijo, ofreciéndomela.

—No tengo ni idea de lo que se hace.

—Menos mal.

Le enseñé el piso en cuarenta segundos, que es todo lo que da de sí: salón con dos ventanas a Ríos Rosas, cocina pequeña, un pasillo corto, el dormitorio al fondo.

Él miró las cosas con esa atención suya de inventario, y yo vi exactamente en qué se fijaba: en las fotografías del estante, en el orden de los cables, en que no había ni un objeto puesto al azar.

—Vives como trabajas —dijo.

—Es el único método que tengo.

Dejé la botella en la cocina sin abrirla. Los dos lo notamos.

—Nada de alcohol —dije—. Ni una copa. Hoy no.

—¿Por protocolo?

—Por protocolo. Si mañana alguno de los dos quiere revisar lo que ha pasado, quiero que los dos recordemos lo mismo.

—Vale.

—Siéntate.

Se sentó en el sofá. Yo me quedé de pie, que no fue casualidad.

—Repasamos —dije—. Sé que te lo sabes. Lo repasamos igual.

—Adelante.

—Palabra de seguridad.

—Norte.

—¿Qué pasa si la dices?

—Se para todo. Sin preguntas.

—Bien. Segunda señal. —Cogí la llave de la mesa y se la enseñé entre el índice y el pulgar—. Esto va en tu mano. Si abres la mano y la sueltas, se para todo igual. No tienes que hablar, ni mirarme, ni explicarme nada.

—Entendido.

—Tercera cosa, y esta es mía y no tuya: si en algún momento veo algo en tu cara que no me gusta, paro yo, aunque tú no digas nada. No voy a discutirlo contigo en ese momento. Lo hablamos después.

Levantó una ceja.

—O sea, que tú también tienes palabra de seguridad.

—Yo tengo criterio, que es peor. —Me senté en el brazo del sofá, a medio metro—. Y una cosa más. Esta noche no vamos a follar.

Se quedó quieto medio segundo.

—Ah.

—No pongas esa cara.

—No he puesto ninguna cara.

—Has puesto una cara de contrato que se cae en el último minuto.

Se rio, y eso aflojó algo en el ambiente.

—Explícame por qué —dijo.

—Porque no sé cómo respondes. Ni tú tampoco.

—Me incliné hacia delante, con los codos en las rodillas—.

Tú te has pasado diez días pensando en once minutos contra un pilar con adrenalina de por medio, en una situación que no elegiste.

Eso no es un dato fiable. Puede que esposado te sientas increíble.

Puede que a los cuatro minutos te suba una claustrofobia de la que no sabías nada y quieras arrancarte el metal.

Las dos cosas están bien y las dos son información.

—¿Y por eso no...?

—Por eso hoy no. Porque si metemos sexo completo en la ecuación, los dos vamos a estar pendientes de llegar a algún sitio, y yo no quiero llegar a ningún sitio. Quiero mirarte.

Nicolás se quedó un momento mirando el techo.

—Eso ha sonado peor que si me hubieras dicho que me vas a atar al radiador.

—Lo del radiador no está descartado. Otro día.

—Vera.

—¿Qué?

—Vale. —Se levantó, muy despacio, y se quedó de pie delante de mí—. Hoy no follamos. ¿Puedo pedir algo?

—Puedes pedir siempre. Yo decido.

—Que no me trates con guantes. —Lo dijo sin sonreír—. Si esto es una prueba, que sea una prueba de verdad. Si vas a tener miedo de mí en mitad, prefiero que no empecemos.

Me levanté yo también. Me sacaba dieciséis centímetros y tuve que subir la barbilla, cosa que no me molesta en absoluto.

—No te voy a tratar con guantes —dije—. Dame las manos.

* * *

Las juntó por delante, con las muñecas pegadas y las palmas hacia dentro, igual que en la esquina de Viriato.

—Más separadas —dije—. Los pulgares hacia arriba. Así.

Le coloqué las muñecas con dos dedos. Tenía la piel caliente y el pulso disparado, y me estuve un segundo de más ahí, con la yema encima de la arteria, contándoselo sin querer.

—Ciento cuarenta —dije.

—Eso no puede ser.

—Que sí.

Le puse el primer aro. El chasquido del trinquete sonó exactamente igual que en el aparcamiento de Zurbano, y los dos nos quedamos quietos medio segundo, porque los dos oímos lo mismo.

—¿Bien?

—Bien.

Cerré el segundo. Metí el meñique entre el metal y su piel para comprobar la holgura, corregí dos muescas y eché el doble seguro. Después le abrí la mano derecha, le puse la llave en la palma y le cerré los dedos encima con los míos.

—Repíteme qué es eso.

—Es el final —dijo.

—Es el final. Ciérrala.

Cerró el puño.

Y entonces me quedé mirándolo, porque quería mirarlo y porque hacerlo esperar era medio juego.

Nicolás Ferrer de pie en mi salón, a las ocho y veinte de un sábado, con un jersey gris, las manos esposadas por delante y una llave de cinco centímetros en el puño derecho.

Sin un rasguño, sin una sola razón para estar ahí, sin nadie obligándole a nada.

Ochenta y cuatro personas cobraban de las decisiones que tomaba ese hombre y él estaba en mi salón esperando a que yo decidiera cuándo lo tocaba.

Noté el calor subiéndome por dentro de una manera que no tenía nada que ver con el cuerpo que tenía delante. Podría haber sido cualquier cuerpo. No era eso. Era que él había elegido.

—Quítate los zapatos —dije.

Parpadeó.

—¿Los zapatos?

—Sí.

Se los quitó pisando el talón con la punta del pie contrario, con la torpeza incómoda de quien tiene las manos juntas, y algo en esa torpeza me gustó muchísimo.

—Ahora no te muevas.

Me acerqué. Le puse las dos manos en el pecho, por encima del jersey, igual que en la calle, y noté que el corazón le iba a saltar.

—Mírame.

Me miró.

Lo besé. Y esta vez no lo corté a los cuatro segundos.

Lo besé despacio, con una mano en la nuca y la otra en la mandíbula, controlando el ángulo, obligándole a seguir mi ritmo y no el suyo.

Él intentó acelerar dos veces —la boca más abierta, la cabeza inclinándose para tomar la iniciativa— y las dos veces bajé la velocidad hasta que se rindió, y a la segunda se le escapó un sonido contra mis labios que no era voluntario.

Tenía las manos entre los dos, subidas a la altura del pecho porque no podía bajarlas del todo sin empujarme, y noté el metal frío contra el esternón cada vez que me apretaba.

Le mordí el labio inferior al separarme. No fuerte.

—Levanta los brazos.

Los levantó. Le saqué el jersey por encima de las manos esposadas, que es un movimiento imposible y ridículo, y tuve que ayudarle con la cabeza, y los dos nos reímos medio segundo, y el hecho de poder reírnos en mitad de aquello me pareció una de las mejores señales de toda la noche.

Debajo llevaba una camiseta gris. Se la subí hasta el pecho, le miré, y después se la saqué también.

Y ahí me tomé mi tiempo.

Tenía el torso de un hombre que va al gimnasio tres veces por semana desde hace quince años sin ninguna pasión especial por el asunto: hombros anchos, buen pecho, una cicatriz pequeña bajo la costilla derecha, algo de vello oscuro en el centro. Nada espectacular. Nada de escaparate.

Lo que me secó la boca no fue el cuerpo. Fue la respiración.

—Estás temblando —dije.

—Un poco.

—¿De qué?

—No lo sé. —Tragó saliva—. No estoy asustado.

—No te he preguntado eso.

—Entonces no lo sé.

Le pasé las uñas por el esternón hacia abajo, despacio, hasta el ombligo, y se le contrajo el abdomen entero.

—Quédate quieto.

Me quedé un minuto entero sin tocarlo. Puede que no fuera un minuto; a mí me pareció larguísimo y a él le pareció más. Solo lo miré, de pie a treinta centímetros, con las manos a los costados.

Nicolás cerró los ojos.

—Ábrelos.

Los abrió.

—Esa es la regla de esta noche —dije—. Cuando yo pare, tú te quedas donde estás y me miras. Si te escondes dentro de tu cabeza, esto no sirve para nada.

—Vale.

—Dilo entero.

—Vale, me quedo quieto y te miro. —Y después, con una media sonrisa que le costó—: ¿Siempre das tantas instrucciones?

—Siempre. ¿Te molesta?

—Me está matando.

Volví a besarlo. Le bajé la boca por el cuello, por la clavícula, por el punto exacto donde se le marca el músculo del hombro, y cuando le pasé la lengua por debajo de la oreja se le fue la cabeza hacia atrás y soltó el aire de golpe.

Le desabroché el botón del pantalón. Solo el botón. Nada más.

—Vera.

—Chss.

Bajé la mano por encima de la tela, sin prisa, y comprobé lo que ya sabía desde hacía diez minutos. Estaba dura. Muy dura. Apoyé la palma y no me moví, solo dejé la mano ahí, y él empujó la cadera hacia delante dos centímetros antes de poder evitarlo.

—No —dije.

Se quedó quieto.

—Bien.

Y entonces dijo:

—Norte.