ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 6 #2
16%

CAPÍTULO 6 #2

Me reí, sin ganas, con un resoplido corto.

Podría haberlo esquivado. Tengo tres o cuatro frases irónicas preparadas desde hace años para justo este momento.

No las usé.

—Me gusta dirigir —dije—. Me gusta poner reglas y que se cumplan. Me gusta restringir, y me gusta la anticipación: hacer esperar, decidir el ritmo, elegir cuándo. Pero eso no es lo importante.

—¿Qué es lo importante?

—Lo importante es que me excita ver a alguien que no necesita obedecer a nadie *decidir* obedecerme.

—Lo miré a los ojos y no aparté la vista, que fue la parte difícil—.

Si estuvieras asustado, no me interesaría.

Si fueras sumiso por naturaleza, me aburrirías en una semana.

Lo que me pone es que tú puedas levantarte de esta mesa y no lo hagas.

Nicolás no dijo nada durante varios segundos. Tenía la copa a medio camino y la dejó otra vez.

—Vale —dijo, y la voz le salió un punto más baja.

—Y hay cosas que no hago. No hay miedo real. No hay humillación, ni insultos sobre quién eres, ni nada que te deje pensando mal de ti mismo a las cuatro de la mañana. Eso no es mi juego y no me divierte. Si alguna vez te sientes pequeño y no en el buen sentido, se acabó.

—¿Y en el buen sentido cuál es?

—El que eliges tú.

Asintió despacio.

—Condiciones mías —dijo—. Privacidad absoluta. No se lo cuentas a nadie. Ni a tu prima, ni al forense ese tuyo del té, ni de forma anónima, ni dentro de veinte años en una cena.

—Hecho. Y lo mismo por tu parte. Ni a tu hermana.

—Elena lo va a adivinar sola.

—Que adivine. Adivinar no es que se lo cuentes.

—Segunda: nada en público. Ni un gesto, ni una broma privada delante de terceros, ni una mano en la espalda saliendo de un ascensor. Fuera de una puerta cerrada, tú y yo somos dos profesionales que ni siquiera se caen especialmente bien.

—Eso lo llevo haciendo toda la vida.

—Tercera, y esta no se negocia: nada de esto entra en Nexo. Ni en mi despacho, ni en el edificio, ni en una conversación de trabajo, ni como insinuación, ni en broma. Ochenta y cuatro personas cobran de esa empresa.

—Y cuarta —dije yo—, nada de esto entra en el expediente. Si en algún momento yo tengo que investigarte a ti, te lo digo a la cara y paramos. Todo. Sin discusión y sin dramas.

—Acepto.

—Y necesitas una palabra.

—¿Una palabra?

—Una palabra de seguridad. —Aparté el plato para tener sitio, como si fuera a explicarle un diagrama de flujo, porque es lo que era—.

Si estamos en mitad de algo, tú puedes decir «para», «no», «espera», y yo pararé, pero esas palabras a veces forman parte del juego y se malinterpretan.

Una palabra de seguridad no se malinterpreta.

No tiene nada que ver con el contexto. La dices y se acaba todo inmediatamente, sin preguntas, sin reproches y sin que tengas que justificarte.

No es un botón de emergencia para gente asustada.

Es la condición para poder hacer cualquier otra cosa.

—Elígela tú.

—No. La eliges tú. Tiene que ser tuya.

Se quedó pensando. Miró hacia la ventana, hacia la esquina por la que llevaba toda la noche pasando gente con paraguas.

—Norte —dijo.

—¿Norte?

—Norte. —Le quitó importancia con la mano—. En el almacén de Alcobendas las rutas se ordenan por cuadrantes. Norte es el punto de referencia. Es lo que miras cuando te has perdido.

—Norte, entonces.

—¿Así de fácil?

—Así de fácil. Y hay una segunda cosa, y esta es más importante.

—Me incliné—. Cuando tengas las manos ocupadas, o la boca ocupada, o simplemente no quieras hablar, necesitas una señal que no dependa de la voz.

Así que te voy a poner la llave de las esposas en la mano.

Cerrada en el puño. Es tuya todo el tiempo.

—¿Y?

—Y si abres la mano y la sueltas, se para todo. No me tienes que mirar, no me tienes que explicar nada, no tienes que decir ni una palabra. Oigo caer la llave y se acabó. Y no me enfado, y no pregunto por qué, y no pasa nada.

Nicolás bajó la vista a la mesa. A mi mano derecha, concretamente, que estaba apoyada al lado de la copa.

—Me estás dando la llave —dijo.

—Te estoy dando la llave.

—Entonces el que manda soy yo.

—No. —Negué con la cabeza—. El que consiente eres tú. Mandar sigo mandando yo, si me dejas. Pero mando sobre algo que tú puedes recuperar en cualquier momento, y eso es lo único que hace que esto sea un juego y no otra cosa.

Levantó la vista.

Y en ese momento me di cuenta de que llevábamos cuarenta minutos hablando de límites, protocolos y palabras de seguridad, sin rozarnos, con un mantel de por medio y una botella de albariño medio vacía, y de que yo tenía el pulso a ciento veinte y la boca seca y las piernas cruzadas con más fuerza de la necesaria.

Nunca me había puesto tanto una conversación.

—Pide la cuenta —dije.

* * *

Fuera había dejado de llover y la calle olía a asfalto mojado y a la panadería que abre de madrugada dos portales más abajo.

Caminamos hasta la esquina sin decir nada. Yo iba contando farolas, mi método de toda la vida para no pensar.

En la esquina se paró y se giró hacia mí, y se metió las manos en los bolsillos, exactamente igual que aquella noche en el aparcamiento.

—Vera.

—Dime.

—Voy a quedarme aquí quieto —dijo— y tú vas a hacer lo que quieras hacer.

Y ese fue el problema, claro. Que lo dijo bien. Que entendió a la primera cómo funcionaba yo y me lo devolvió sin que yo se lo hubiera pedido.

Di un paso. Le puse la mano abierta en el esternón, por encima del jersey, no para empujarlo sino para sentir si el corazón le iba tan rápido como a mí.

Le iba más.

Lo besé.

Fue breve y no fue suave. Le agarré la nuca con la otra mano y noté cómo separaba los labios de inmediato, cómo cedía el cuello hacia atrás medio centímetro, cómo se le escapaba un sonido corto por la garganta que no llegó a ser nada.

Tenía las manos en los bolsillos y no las sacó.

Ni una vez. Aunque yo notaba en la tensión de los hombros exactamente cuánto le estaba costando.

Y por eso mismo me separé.

Cuatro segundos. Puede que cinco. Lo corté yo, a propósito, con la mano todavía en su pecho, y di medio paso atrás mientras él respiraba por la boca bajo la farola.

—Ya está —dije.

—¿Ya está?

—Hoy sí.

Tardó un momento en recolocar la cara. Después se rio, bajito, hacia dentro, igual que aquella primera noche contra el hormigón.

Y entonces sacó las manos de los bolsillos, las juntó por delante, con las muñecas pegadas y las palmas hacia arriba, y me las ofreció a la altura del cinturón.

No dijo nada durante un segundo. Se limitó a sostenerlas ahí, en mitad de la calle, delante de la mujer que diez días antes se las había puesto a la espalda contra un pilar.

—Aquella noche no me preguntaste —dijo—. Ahora te lo estoy preguntando yo. Y la decisión, esta vez, sí es tuya.