ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Casa Lúa tiene once mesas, dos de ellas junto a la ventana, y yo reservé la número nueve, que está al fondo, contra la pared, en el rincón donde la luz no llega bien y desde el que se ve toda la sala.

No lo elegí por romanticismo. Lo elegí porque llevo quince años sentándome de espaldas a las paredes.

Llegué a las nueve menos cuarto. Él llegó a las nueve en punto, y eso también lo anoté, aunque esa noche yo no llevaba libreta y aquello era, técnicamente, una cena.

—Has venido antes —dijo, mientras dejaba el abrigo en el respaldo.

—Reviso las salidas.

—¿De un restaurante de veinte cubiertos en Chamberí?

—De todos los sitios.

Se sentó. Llevaba un jersey fino gris en vez de traje y me molestó darme cuenta de que me fijaba en eso, y me molestó más el motivo: sin corbata parecía menos una parte interesada y más un hombre.

—Vamos a hacerlo en orden —dije—. Primero el caso. Toda la cena, si hace falta. Después, si queda algo por hablar, hablamos.

—¿Y si el caso dura toda la cena?

—Entonces pedimos postre.

Pedimos: pulpo, unas alcachofas, merluza para él, arroz meloso para mí, y una botella de albariño de la que yo iba a beber una copa y media porque conduzco y porque necesitaba la cabeza entera.

Saqué el móvil, abrí las notas y le leí lo que teníamos.

Sergio Landa Vilches. Treinta y nueve años.

Consultor externo de compras de Nexo durante dos años y medio.

Despedido —«resuelto el contrato mercantil», me corrigió él— hace ocho meses y once días.

Sus credenciales aparecían en los registros de acceso de Nexo cuatro veces después de su salida: dos en enero, una en marzo, una la semana pasada.

Ninguna coincidía con una presencia física en el edificio.

—O sea, que entra de fuera —dijo Nicolás.

—Entraba. Ahora ya no necesita entrar, y ahí está el problema.

—Giré el teléfono para que viera la tabla que había hecho Hugo—.

Fíjate en esto. La última conexión con tus credenciales, la del martes, mientras tú estabas en mi despacho firmando doce páginas.

Trece minutos. No copió nada. No descargó nada. Solo miró.

—¿Y eso qué significa?

—Que ya tiene lo que necesita y está comprobando que sigue funcionando. Como quien pasa por delante de una casa para ver si han cambiado la cerradura.

Dejó el tenedor.

Es una cosa que hace, y la tengo catalogada: cuando algo le importa de verdad, se le quedan las manos quietas. La gente normal gesticula más cuando se pone nerviosa. Él se apaga.

—Tú crees que el coche no le importa —dijo.

—Creo que el coche es ruido. Ciento sesenta mil euros son mucho dinero para ti y para mí, y son calderilla para lo que se puede hacer con un nombre.

—Empujé la copa dos centímetros a la derecha, porque estaba torcida respecto al plato y eso me pone de mal humor—.

Nadie construye una identidad digital completa de un director de operaciones durante meses para darse un capricho alemán.

El coche es la parte visible. Es lo que ha querido que encontráramos.

—¿Por qué iba a querer que lo encontraras?

—No dije que me quisiera a mí. Quería que alguien encontrara compras fraudulentas a tu nombre.

Yo he llegado antes de tiempo y esposando a quien no era, cosa que sigue siendo culpa mía y de nadie más, pero el resultado que él buscaba era ese: un rastro de Nicolás Ferrer gastando dinero que no es suyo.

Tardó en contestar. Fuera pasó una moto con el escape trucado y la sala entera se calló medio segundo.

—Firmamos la alianza con Varel Group en cinco meses —dijo—. Debida diligencia incluida.

—Ya.

—Si en esos cinco meses aparece una sola factura con mi firma digital pagando a un proveedor que no existe...

—No firman.

—No firman, y yo salgo del consejo antes de que nadie pregunte nada, porque así es como se protegen estas cosas. —Se echó atrás en la silla—. Y no hace falta que sea verdad. Hace falta que sea plausible.

—Exacto.

—Es mucho más inteligente que robar un coche.

—Es la misma persona haciendo las dos cosas, y eso es lo que me gusta de él. —Vi cómo levantaba una ceja—. En sentido profesional.

—Aclaración innecesaria.

—Aclaración necesarísima.

Comimos un rato en silencio. Yo tenía tres cosas en la cabeza y solo una era el caso.

—Necesito dos cosas de ti —dije—. La primera, que Tomás deje de bloquearme los accesos. Llevo cuatro días esperando los registros de compras del último año y cada vez que pregunto aparece un motivo nuevo.

—Hablaré con él.

—No. Quiero el acta del comité autorizándolo por escrito. Si Tomás está limpio, se protege. Si no lo está, quiero que sepa que la petición está documentada.

Asintió despacio.

—¿Y la segunda cosa?

Y ahí llegó el momento. Lo había ensayado en el coche, y en la ducha, y mientras me vestía, y aun así noté que se me tensaba la mandíbula.

—La segunda es que voy a llamar a Clara ahora, delante de ti.

—¿Para qué?

—Para quitarte de en medio.

* * *

No es una frase que se pueda decir a medias, así que la dije entera.

—A partir de esta llamada, Clara Montes asume la supervisión formal del expediente.

Firma ella los informes, responde ella ante la aseguradora, y tú dejas de ser mi interlocutor contractual.

Cualquier cosa que tú quieras pedir, discutir, exigir o reclamar sobre este caso, se lo pides a ella.

Yo sigo investigando. Yo dejo de ser la persona a la que puedes presionar.

Nicolás no se movió. Tenía los antebrazos apoyados en el borde de la mesa y no se movió ni un centímetro.

—Nadie te ha presionado.

—No. Y no pienso darte la oportunidad. —Tragué saliva y odié tener que hacerlo—.

Voy a decirlo con todas las letras, aunque quede feo encima de un plato de alcachofas.

Tú y yo nos estamos mirando desde hace diez días de una manera que no tiene nada que ver con este expediente.

Lo sabes tú y lo sé yo, y anoche, en tu coche, lo dijimos en voz alta.

Eso puede pasar. Lo que no puede pasar es que ocurra mientras tú eres parte interesada directa en algo que yo investigo.

—Vera...

—Déjame terminar, porque me está costando.

—Bebí un sorbo—. Si tú y yo nos acostamos hoy, mañana tú eres un hombre que tiene acceso a la investigadora que decide qué se escribe sobre él en un informe que van a leer una aseguradora, un juzgado y un grupo inversor.

Y yo soy una profesional que se acostó con un sospechoso al que había esposado en un garaje.

Da igual que tú seas inocente. Da igual que yo sea honesta.

Existe la posibilidad, y la posibilidad se puede utilizar, y el hombre que nos ha montado esto se dedica exactamente a utilizar posibilidades.

Silencio.

—¿Has terminado? —dijo.

—Sí.

—Pues llama.

Me quedé un segundo desconcertada.

—¿Así, sin discutirlo?

—¿Qué quieres que discuta? Llevas razón. —Se apoyó en el respaldo—. Además, hay una parte que no has dicho y que también es verdad.

—¿Cuál?

—Que si no llamas, dentro de dos meses vas a mirar tu propio informe y no vas a saber si escribiste lo que pensabas o lo que querías. Y eso no lo arreglaría yo diciéndote que confío en ti.

Le sostuve la mirada. A veces ese hombre me irritaba profundamente.

Llamé a Clara. Descolgó al tercer tono, con el sonido de la tele de fondo, y le expliqué en cuarenta segundos lo que quería sin adornarlo: supervisión formal del expediente Ferrer, firma suya en los informes, interlocución única con el cliente y con Nexo, y constancia escrita de que la decisión la tomaba yo esa noche y por iniciativa propia.

Clara tardó tres segundos en contestar. Los conté.

—¿Motivo? —dijo.

—Conflicto potencial de imparcialidad.

—Vera.

—Motivo: personal.

Otro silencio. Después, el ruido de un bolígrafo.

—Correo mañana a primera hora con la modificación de la hoja de encargo y comunicación a Ayala. —Una pausa—. ¿Está delante?

—Sí.

—Señor Ferrer —dijo Clara, en un tono que no admitía réplica—, a partir de mañana me llama a mí. Buenas noches a los dos.

Colgó.

Dejé el teléfono boca abajo sobre el mantel, junto al cuchillo. Tenía las manos frías.

—Ya está —dije.

—Ya está.

—Esto no significa que vaya a pasar nada.

—Lo sé.

—Significa que si pasa, pasa porque queremos, no porque a alguien le convenga.

—Eso es exactamente lo que significa. —Nicolás se inclinó un poco hacia delante—. Y ahora, si no te importa, me gustaría hacer la pregunta de anoche otra vez, porque me dejaste a mitad.

Miré la sala. Once mesas. Ocho ocupadas. Nadie a menos de tres metros. El camarero al fondo, con la vista en su móvil.

—Pregunta.

—Anoche me preguntaste qué parte no había dejado de pensar.

—Bajó la voz, y esa fue la primera vez en toda la noche que noté calor de verdad en la nuca—.

La respuesta es incómoda y la he estado ordenando todo el día, así que voy a decirla bien.

No fue el metal. No fue tu mano. Fue el momento exacto en que dejé de tener que decidir qué hacía a continuación.

No contesté.

—Llevo desde los catorce años decidiendo —siguió—.

Por mi madre, por mi hermana, por ochenta empleados, por un comité, por proveedores, por gente que me llama a las once de la noche porque no sabe si mandar un camión.

Y me da igual, se me da bien. Pero ese jueves, contra un pilar, hubo once minutos en los que no había una sola cosa que yo pudiera resolver.

Y en lugar de sentir pánico sentí... —se detuvo, buscó la palabra y no la suavizó— alivio.

Y después me pasé tres días avergonzado de eso.

—¿Por qué avergonzado?

—Porque un hombre que disfruta de que le quiten la capacidad de decidir es un hombre al que se le puede quitar todo lo demás.

Eso es lo que me asusta. No tú. No las esposas.

—Se pasó el pulgar por la muñeca izquierda, en el sitio exacto donde había tenido la marca—.

Me asusta que si aprendo a soltar, no sepa volver a agarrar cuando me haga falta.

Cogí la copa y no bebí.

—Te toca —dijo.

—¿Me toca qué?

—Yo te he dicho lo mío. Dime lo tuyo. Y no me digas «me gusta mandar», porque eso lo sabe hasta el camarero.