CAPÍTULO 5 #2
Las últimas dos horas las dedicamos a los ocho meses posteriores al despido, que es donde yo esperaba encontrar algo y donde no encontré prácticamente nada.
Landa había facturado a tres clientes pequeños entre agosto y noviembre: una distribuidora de material de oficina, una empresa de mudanzas y un gimnasio.
Importes de cuatro cifras. Después, desde diciembre, silencio.
Ninguna factura. Ningún alta. Ningún movimiento visible.
—Cuatro meses sin ingresar nada —dijo Hugo—. Con una hipoteca.
—Puede estar viviendo de ahorros.
—Puede. O puede estar trabajando a jornada completa en otra cosa. —Cerró el portátil—. Y adivina en qué.
Nicolás miró la pantalla apagada con una cara que no le había visto en tres días.
—¿Me está diciendo que lleva cuatro meses dedicándose solo a esto?
—Le estoy diciendo —contesté— que a partir de diciembre su única actividad económica conocida es ninguna, y que a partir de enero alguien empezó a comprar coches con su nombre.
Terminamos a las nueve menos cuarto de la noche.
Hugo se fue a las siete y media a cenar con su hermana, cargado con el disco clonado y una lista de once cosas que mirar, y para entonces el edificio ya estaba prácticamente vacío: solo quedaba un chico de desarrollo con auriculares al otro lado de la planta y la señora de la limpieza pasando la mopa entre las mesas corridas.
Bajé con Nicolás en el ascensor. Los dos mirando la puerta. Ninguno hablando. Ese silencio de final de jornada larga que es distinto de todos los demás silencios porque no es incómodo, solo es cansado.
Salimos al aparcamiento exterior. Era marzo y había refrescado de golpe, y olía a asfalto y a la gasolinera de la esquina.
Mi coche estaba en la última fila. El suyo —el Volvo, el de verdad— dos plazas más allá.
—Le acompaño —dijo.
—Son treinta metros.
—Ya. Es una tontería. —Hizo sonar las llaves del coche una vez y las dejó quietas—. Pero llevo diez horas hablando de lo peor que he hecho en mi carrera y no me apetece subirme al coche todavía.
Aquello era lo más sincero que me había dicho en tres días, y me pilló sin guion.
—Vale.
Nos apoyamos los dos en el lateral de mi coche, a unos ochenta centímetros el uno del otro, mirando la valla y las luces de la M-30 por encima. Un camión frenó en algún sitio. Se oía la radio de alguien.
—¿Puedo preguntarle una cosa? —dijo.
—Es lo que ha estado haciendo todo el día.
—Esta no es del caso.
—Ah.
—Puede no contestar.
—Ya lo sé. Llevo quince años enseñándole a la gente que puede no contestar. —Me crucé de brazos—. Dispare.
Tardó un segundo.
—¿Siempre lleva las esposas encima?
Ahí estaba.
Yo llevaba tres días esperando esa pregunta de la misma manera que se espera un resultado médico: sabiendo que iba a llegar, calculando cuándo, decidiendo qué cara iba a poner. Y aun así, cuando llegó, noté perfectamente el segundo y medio que tardó mi cerebro en encontrar algo que decir.
Lo que encontró fue exactamente lo que encuentra siempre.
—Las llevo desde hace ocho años —dije—. Como el chubasquero. Ocupan poco y un día llueve.
—¿Eso es una respuesta?
—Es una metáfora meteorológica. Son muy prestigiosas.
—Es una evasiva.
—Es una evasiva con estilo, que es distinto.
Nicolás se rio. Bajito, hacia dentro, igual que en el aparcamiento de Zurbano, y era la tercera vez que le oía ese ruido, y yo ya era capaz de identificarlo, lo cual me pareció una noticia pésima.
—Vale —dijo.
—Vale.
—Pues ahora le contesto yo, que no me lo ha preguntado.
—No le he preguntado nada.
—Por eso lo hago ahora, que es más fácil.
Me giré un poco hacia él. Ochenta centímetros. No se movió ni uno.
—Llevo tres noches sin dormir bien —dijo, mirando la valla—. Y me he estado diciendo que es por el caso. Por el nombre, por la empresa, por la alianza, por la cara que va a poner mi hermana cuando se entere. Todo eso es verdad y es lo bastante gordo como para no dormir.
—Pero.
—Pero no es lo que pienso a las cuatro de la mañana.
Noté el metal frío del coche a través de la chaqueta.
—Nicolás.
—Déjeme terminar, por favor. Lo voy a decir una sola vez y voy a intentar decirlo bien, porque llevo tres días redactándolo mentalmente y a cada intento sale peor.
—Respiró—. Tengo treinta y siete años. Dirijo las operaciones de una compañía de ochenta y cuatro personas.
Desde los catorce, en mi casa, el que decidía era yo, porque el que tenía que decidir aparecía o no aparecía según el día.
Llevo veintitrés años decidiéndolo todo, todos los días, y se me da bien, y no me quejo, y no querría que fuese de otra manera.
Se quedó callado un segundo.
—El jueves pasado, durante once minutos, no decidí nada.
Ninguno de los dos dijo nada.
Un coche entró en la gasolinera. La radio de alguien cambió de emisora.
—No he dejado de pensar en eso —dijo—. Y soy perfectamente consciente de lo que implica decírselo a usted, precisamente a usted, en este momento, con mi abogado pidiéndome por escrito que la denuncie.
No le estoy pidiendo nada. No estoy insinuando que aquello estuviera bien hecho: fue un error suyo y usted lo asumió a los diez minutos, y con eso ya está.
Solo le estoy diciendo lo que hay, porque llevo tres días viéndola tomar notas de todo y me parecía indecente ser la única cosa de este caso que no está documentada.
Me oí tragar saliva.
Debería haber dicho muchas cosas. Que era mi expediente.
Que él era parte interesada directa. Que Clara firmaba cada informe y Berta Ayala esperaba una segunda incidencia.
Que hacía seis años un hombre llamado Álvaro me enseñó con mucha eficacia lo que pasa cuando le cuentas a alguien lo que te gusta.
Tenía el párrafo entero preparado. Lo tengo siempre preparado.
Y lo que salió, en un aparcamiento de Méndez Álvaro, a las nueve menos cuarto de la noche de un jueves, con las llaves del coche clavándoseme en la palma de la mano, fue otra cosa completamente distinta.
—¿Qué parte exactamente no has dejado de pensar?