CAPÍTULO 5
Sergio Landa Vilches, treinta y nueve años, nacido en Logroño, licenciado en Económicas por la Complutense, máster en gestión de compras, once años de experiencia repartidos entre una consultora grande, dos medianas y tres proyectos por cuenta propia.
En papel, el hombre más aburrido de Madrid.
—Eso es lo que me preocupa —dijo Hugo a las nueve y veinte de la mañana siguiente, con la segunda taza de té del día y el pelo levantado por un lado—.
La gente normal deja un rastro feo. Multas, una derrama del edificio impagada, una reclamación de una compañía telefónica.
Este tío está limpio como un expediente que se ha revisado a sí mismo.
—O es limpio.
—O sabe qué se mira.
Estábamos otra vez en la sala acristalada de Méndez Álvaro, la del fondo, con las persianas verticales medio cerradas porque a media mañana el sol daba de lleno y las pantallas no se veían.
Sobre la mesa larga habían aparecido, a lo largo de tres horas, cuarenta y un contratos de proveedores, dos carpetas de nóminas de consultoría externa, un archivador de facturas de 2022 y 2023 que alguien había subido en un carrito desde el archivo físico, y una bandeja de cafés que se había enfriado sin que nadie la tocara.
Nicolás llegó a las nueve y media con una camisa blanca y ojeras.
—¿Ha dormido? —pregunté.
—Cuatro horas.
—Yo tres.
—Entonces gano yo.
—No es un concurso.
—Todo es un concurso, señora Salvatierra. Es lo peor que tengo.
Se sentó enfrente. Yo abrí la libreta por una página nueva, escribí la fecha y la hora en la esquina, y le hice la primera pregunta de las treinta y siete que le hice ese día.
—Cuénteme cómo entró Sergio Landa en esta empresa.
* * *
Tardamos siete horas en reconstruirlo, y lo hicimos de la única manera en que se reconstruyen estas cosas, que es sin emoción y por orden.
Landa entró en enero de 2022 como consultor externo de compras.
No lo contrató Nicolás: lo contrató el comité de dirección a propuesta de una firma intermediaria, con un encargo concreto y bastante vulgar, que era renegociar el marco de proveedores logísticos porque Nexo estaba pagando un doce por ciento por encima de mercado en transporte terrestre.
—Y lo hizo bien —dijo Nicolás.
—¿Cómo de bien?
—Nos ahorró cuatrocientos diez mil euros el primer año. —Se echó hacia atrás—. Y no fue suerte. Se sabía el sector, se sabía los márgenes reales de cada transportista y se sabía en qué mes del año un operador mediano está desesperado por cerrar volumen.
—¿Le caía bien?
Lo pensó. Me gustó que lo pensara.
—Me caía muy bien. Es un hombre agradable. Se acuerda del nombre de los hijos de la gente. Cuando el padre de una compañera de facturación se puso enfermo, Landa fue quien organizó los turnos para cubrirla, y lo hizo sin decírselo a nadie.
—¿Y eso le pareció generoso?
—Entonces sí.
—¿Y ahora?
—Ahora me parece que aquella mujer le debía un favor. —Tardó un segundo en volver a levantar la vista—. Es horrible pensar eso de alguien. Es exactamente en lo que no quiero convertirme.
Lo anoté sin comentarlo.
Hugo, desde el otro extremo de la mesa, iba levantando la mano cada vez que encontraba algo, como un niño en clase, y decía «tengo uno» con un entusiasmo creciente que en cualquier otro contexto habría sido inapropiado.
El primero que tuvo fue una adjudicación de octubre de 2022 a una empresa de paletizado de Alcalá. Tres ofertas, como manda el procedimiento interno. La ganadora, la más barata por un margen de ciento ochenta euros.
—Mira los membretes —dijo Hugo.
Los miré.
—Son distintos.
—Son distintos. Y los pies de página también. Y los logos. Todo distinto. —Giró la pantalla—. Y las tres ofertas se guardaron en el gestor documental el mismo martes, en un intervalo de once minutos, desde la misma sesión.
—Eso puede ser que él las escaneara juntas.
—Puede. Por eso he mirado los metadatos de los PDF. —Sonrió con esa cara suya de gato con un ratón—. Los tres se generaron con la misma versión del mismo programa. Y los tres tienen el mismo autor: un usuario llamado «sl».
Nicolás se levantó y se acercó a la pantalla. No dijo nada durante un buen rato.
—Dos de esas empresas existen —dijo al final.
—Existen —confirmó Hugo—. Y probablemente no sepan que participaron en un concurso.
Es una técnica antigua y muy sucia: no te inventas al ganador, te inventas a los perdedores.
Así el que gana es real, cobra de verdad, presta el servicio de verdad, y nadie detecta nada porque el dinero llega a donde dice que va a llegar.
—¿Y qué gana él? —pregunté.
—Que el ganador le deba la adjudicación a él y no al procedimiento.
Nicolás volvió a sentarse.
—Eso fue lo que encontré —dijo.
Levanté la vista.
—¿Cómo?
—En junio. —Cogió el vaso de café frío, lo miró y volvió a dejarlo—.
Una transportista de Guadalajara nos facturó dos veces la misma ruta.
Un error suyo, tonto, de un administrativo.
Nuestro departamento lo detectó y lo reclamó, y el gerente me llamó a mí directamente para disculparse, porque nos conocíamos de antes.
—Siga.
—Y al final de la llamada, cuando ya estábamos despidiéndonos, me dijo: «Oye, y dale las gracias otra vez a Sergio por acordarse de nosotros». —Hizo una pausa—. Y yo no tenía ni idea de qué tenía que agradecerle Sergio.
—¿Qué hizo?
—Nada, durante dos semanas. Pensé que era una manera de hablar.
—¿Y después?
—Después pedí los expedientes de las once adjudicaciones de ese año. —Se frotó los ojos—. Los pedí yo mismo, un sábado, con mi propio usuario, porque no quería que constara una petición formal hasta estar seguro. Encontré cuatro con el mismo patrón que acaba de describir su compañero.
—¿Habló con él?
—Hablé con él.
—¿Dónde?
—En mi despacho. Un martes por la tarde. Sin abogados, sin Recursos Humanos y sin testigos, que es la primera de las tres cosas que hice mal.
Dejé el bolígrafo sobre la libreta.
—¿Cuáles son las otras dos?
—La segunda es que no lo denuncié. —Lo dijo mirándome de frente, sin buscar la aprobación ni la absolución, que es una manera de decir las cosas que yo no me encuentro a menudo—.
Acordamos una salida discreta. Rescindimos el contrato de consultoría con un preaviso pagado, se firmó un acuerdo de confidencialidad y se cerró el asunto.
Sin acusación, sin informe al consejo, sin nota interna. Oficialmente terminó el proyecto.
—¿Por qué?
—Le voy a dar las dos razones y la segunda es peor que la primera. —Se apoyó en la mesa—. La primera es que denunciar significaba una auditoría de cuatro meses, un agujero en la diligencia debida y una operación de alianza que se caía. Ochenta y cuatro personas dependen de esta empresa.
—¿Y la segunda?
—Que me pareció suficiente.
—¿Suficiente?
—Suficiente castigo. Se quedó sin el cliente más grande que tenía, con cuarenta años, en un sector en el que todo el mundo se conoce. —Abrió las manos un par de centímetros sobre la mesa y volvió a cerrarlas—. Pensé que ya se había hecho daño solo y que yo no tenía que añadir nada.
Hugo silbó bajito.
—¿Y la tercera cosa que hizo mal? —pregunté.
—La tercera es la única que me quita el sueño.
—Miró el archivador—. Le quitamos el correo, el portátil y la VPN el mismo viernes.
Lo comprobé personalmente. Lo que no comprobé es si se había llevado las tarjetas físicas, porque las tarjetas de los externos las gestiona compras, y yo di por hecho que compras lo haría.
—Compras no lo hizo.
—Compras no lo hizo.
Me quedé un momento mirando la libreta.
Hay una cosa que pasa en este trabajo cuando alguien te cuenta la verdad, y es que la verdad tiene una textura distinta.
Va desordenada. Incluye detalles que no benefician a nadie.
La gente que miente te da una historia con principio, nudo y desenlace; la gente que no miente te da un martes por la tarde, una llamada de un tal gerente de Guadalajara y un despacho sin testigos.
—Señor Ferrer.
—Nicolás. Llevamos tres días.
—Nicolás. —Cerré la libreta—. Si esto llega a un juzgado, le van a hacer estas mismas preguntas delante de un juez y la respuesta «me pareció suficiente castigo» va a sonar muchísimo peor que hoy.
—Ya lo sé.
—¿Y aun así me la ha dado?
—Usted me dijo que si le ocultaba algo por parecerme irrelevante acabaría contándoselo en una situación mucho peor. —Se levantó y empezó a recoger su carpeta—. He decidido creerla.
* * *
A media tarde llamé a Clara desde el hueco de la escalera, que es el único sitio de aquel edificio sin cristal.
—Resúmemelo —dijo.
—Consultor externo de compras, dos años y medio, adjudicaciones con ofertas de relleno fabricadas por él. Lo detectó Ferrer en junio y lo sacó de la empresa en julio sin denunciarlo, con un acuerdo de confidencialidad y un preaviso pagado.
—O sea que nuestro suplantado tapó un fraude.
—Nuestro suplantado gestionó un fraude de manera cobarde y me lo ha contado él, sin que se lo pidiera, con nombres y fechas.
—Eso no lo convierte en bueno.
—No he dicho que lo convierta en bueno. He dicho que lo convierte en creíble, que es lo único que me sirve. —Me apoyé en la barandilla—. Clara, hay una cosa peor.
—Dila.
—Landa firmó un acuerdo de confidencialidad.
Tiene un papel en el que Nexo se compromete a no contar lo que hizo.
—Miré los escalones—. Si mañana yo pruebo que es él, su primera llamada no va a ser a un abogado penalista.
Va a ser a un periodista, a decir que la empresa que lo acusa le pagó por callarse.
Clara tardó un momento en contestar.
—Documéntalo todo por triplicado —dijo—. Y Vera.
—Dime.
—Que te lo cuente todo delante de mí la próxima vez.
Colgué y volví a la sala.