ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

—Son las diez menos cuarto.

—Pues tengo hambre desde temprano.

Me levanté y me fui al pasillo, y me quedé un minuto mirando por el ventanal la M-30 y la fila de camiones de la estación de autobuses, respirando por la nariz como si eso arreglase algo.

Vamos a ver, Vera.

Es la parte interesada directa de un expediente que firma Clara.

Tiene un abogado que te quiere denunciar.

Hace cuarenta y ocho horas le pusiste unas esposas sin fundamento y le dejaste dos marcas en las muñecas que documentaste tú misma con hora y minuto.

Estás bajo supervisión formal ante Mutua Ibérica porque tomaste una decisión con el cuerpo antes que con la cabeza.

Y la solución que se te ocurre es volver a tomar decisiones con el cuerpo.

—Eres idiota —le dije en voz baja al ventanal.

Detrás de mí, un carraspeo.

Me giré con la calma de quien no tiene ningún motivo para no estar calmada. Era una chica joven, veintipocos, con una bandeja de tazas.

—¿Café? —dijo.

—Sí, gracias. Solo.

—Es que hay quien lo quiere solo.

—Yo soy de esas.

Volví dentro.

A las once y media vino Marisol Quintanar, de sistemas, que fue la única de los cuatro que contestó al correo de Recursos Humanos antes de comer.

Tenía cincuenta y algo, un jersey de punto grueso y esa manera de sentarse de la gente que lleva nueve años en una empresa y ha visto pasar a tres directores generales.

—Le recuerdo que esto es voluntario —dije—. Puede irse cuando quiera y no pasa nada.

—Ya, ya. Me lo ha puesto Tomás en el correo tres veces. En negrita.

—Me lo imagino.

—¿Puedo tomar notas yo también?

—Puede. Es la primera persona que me lo pide en cuatro años.

—Es que después la gente se acuerda raro.

Aquella mujer me cayó bien en once segundos. Le pregunté por el procedimiento de tarjetas y me lo contó con un nivel de detalle que ojalá tuvieran la mitad de mis clientes: quién las pedía, quién firmaba la entrega, dónde estaba el cajón, qué pasaba cuando alguien se iba.

—¿Y con los externos?

—Ahí está el lío. —Se ajustó las gafas—.

El interno se va y le quitas el portátil, la tarjeta y el correo el mismo día, porque lo lleva Recursos Humanos.

El externo se va y a veces no se entera nadie hasta que se acaba la factura.

El contrato lo firma compras, el alta la pide compras y la baja la tiene que pedir compras. Y compras tiene otras cosas que hacer.

—¿Se ha quejado alguna vez de eso por escrito?

—En 2021, en 2022 y en marzo de este año.

—¿A quién?

—A dirección financiera. —Lo dijo sin ninguna carga—. Y no es culpa de Tomás, ¿eh? Es que él quería un sistema nuevo, y el sistema nuevo costaba noventa mil euros, y el consejo dijo que no.

Lo anoté todo. Después nos quedamos quince minutos más hablando de un incidente de 2023 con un becario y una impresora, que no tenía nada que ver con nada, y que me sirvió para confirmar dos cosas: que Marisol Quintanar decía la verdad y que en aquella casa había un agujero del tamaño de un camión por el que llevaba años entrando y saliendo gente sin dejar rastro en ningún sitio.

Cuando se fue, Hugo levantó la vista del portátil.

—¿Buena?

—Muy buena. Y absolutamente inocente.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me ha contado sin que se lo pidiera el único fallo del sistema que le hace quedar mal a ella. —Guardé la libreta—. La gente que esconde algo te enseña primero los fallos de los demás.

* * *

Estuvimos cinco horas con los registros.

Es un trabajo que la gente se imagina emocionante porque lo ha visto en series y que en realidad consiste en mirar tablas hasta que te lloran los ojos.

Hugo cruzó los ficheros de control de accesos físicos con los de VPN y los del portal de proveedores, y yo fui construyendo a mano una línea de tiempo en papel cuadriculado, que es como lo he hecho siempre porque en el papel se ven las cosas que en la pantalla no.

Lo primero que apareció fue lo obvio: en los catorce meses había cuatro accesos nocturnos con las credenciales de Nicolás en fechas en las que él estaba, demostrablemente, en otro sitio.

Uno de ellos coincidía con el vuelo de vuelta de un viaje a Oporto.

Los cuatro se descargaban lo mismo: listados de contratos de proveedores, con sus condiciones de pago.

Lo segundo fue menos obvio y mucho más feo.

—Vera —dijo Hugo—. Ven.

Rodeé la mesa.

—Mira las tarjetas. La remesa de 2022, las cincuenta. —Señaló una columna—. Cuarenta y nueve tienen fecha de devolución física. Alguien firmó un papel al recogerlas. La cincuenta no.

—¿Cuál?

—La tuya. La del Porsche.

Sentí ese pequeño tirón en el estómago que es la única razón por la que sigo en este oficio.

—O sea que esa tarjeta nunca se devolvió.

—Nunca se devolvió. Se dio de baja en el sistema veintidós meses después de emitirse, por caducidad automática de perfil, no porque nadie la recogiera. —Hugo dio un golpecito en la pantalla—. Y ahora la parte buena. El registro de entrega tiene nombre.

Me incliné.

Nicolás se levantó de su sitio y se acercó también, y se puso a mi izquierda, a la distancia correcta, ni un centímetro menos.

En la pantalla había una fila de una hoja de cálculo exportada de un sistema antiguo, con la tipografía fea de esas cosas. Número de serie. Fecha de emisión: 14 de marzo de 2022. Perfil: acceso general, plantas 1 y 4. Entregada a:

LANDA VILCHES, SERGIO. Consultoría externa de compras.

Miré a Nicolás.

Se había puesto pálido. No mucho. Lo justo para que se le notara alrededor de la boca.

—¿Lo conoce? —pregunté.

Tardó tres segundos en contestar, y en esos tres segundos entendí que no estaba buscando el nombre en la memoria. Estaba decidiendo por dónde empezar.

—Sí —dijo—. Trabajó aquí dos años y medio.

—¿Y por qué ya no trabaja?

—Porque lo eché yo. —Se apoyó con las dos manos en el respaldo de la silla—. Hace ocho meses.