ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Las oficinas de Nexo Logística Digital ocupan la cuarta planta de un edificio de Méndez Álvaro que por fuera parece un archivador y por dentro parece un anuncio.

Espacio diáfano, suelo de microcemento, mesas corridas de madera clara, plantas grandes que alguien riega de verdad.

Una pared entera con el logotipo de los dos círculos entrelazados y, debajo, una frase escrita en vinilo sobre la eficiencia de la cadena de suministro que preferí no leer entera.

Olía a café bueno, que ya es una declaración de intenciones.

Llegamos a las nueve y diez, Hugo y yo, con dos portátiles, un disco de clonado y la sensación agradable de estar entrando por la puerta en un sitio donde normalmente habría tenido que sacar la información con sacacorchos.

—Esto me gusta demasiado —dijo Hugo en el ascensor.

—¿El qué?

—Que nos dejen pasar. Me pone nervioso. Yo funciono mejor cuando la gente me odia.

—Tranquilo. Alguien lo hará.

Alguien lo hizo a los once minutos.

Nicolás nos recibió en la zona de reuniones acristalada del fondo, la que tiene la mesa larga y las persianas verticales.

Llevaba camisa azul claro, sin chaqueta, las mangas dobladas dos vueltas por debajo del codo, y una carpeta física, lo cual me dio una información muy concreta sobre qué esperaba de la mañana.

—Buenos días —dijo—. Hugo Beltrán, supongo.

—El mismo.

—Tiene usted una cara de no haber dormido que me resulta muy tranquilizadora.

—Es mi cara habitual. Duermo perfectamente.

—Lamento oírlo.

Yo saqué el portátil sin sentarme.

—El registro de la tarjeta —dije.

—Aquí. —Abrió la carpeta y me pasó tres folios grapados—. Emisión, entrega, devolución y baja lógica de las cincuenta tarjetas de la remesa de 2022. Lo sacó anoche una persona de sistemas en la que confío, sin decirle para qué era.

—¿Nombre de esa persona?

—Si se lo doy, ¿va a entrevistarla?

—Probablemente.

—Entonces se lo doy. Marisol Quintanar, lleva nueve años aquí.

Anoté el nombre. Me gustó que no dudara y me molestó que me gustara, que era más o menos el estado emocional en el que yo llevaba instalada desde el jueves por la noche.

—Segunda cosa —dije—. Anoche, a las 23:04, alguien abrió sesión en su portal de proveedores con sus credenciales y se descargó un listado de contratos. Cerró a las 23:31.

Nicolás se quedó muy quieto.

—Anoche a las 23:04 yo estaba...

—Sí.

—En un aparcamiento.

—Sí.

—Con las manos a la espalda.

—Señor Ferrer.

—Solo estoy estableciendo los hechos. —Se sentó, apoyó los antebrazos en la mesa y se quedó un momento mirándose las muñecas, y por primera vez le vi algo que no era compostura—. ¿Se da cuenta de lo que significa eso?

—Significa tres cosas —dijo Hugo, que ya estaba enchufando cables—.

Una, que no es usted, y eso es bueno para usted.

Dos, que quien es usted por las noches no sabía dónde estaba usted a las once de la noche del jueves, lo cual quiere decir que no le vigila en tiempo real.

Y tres, que tiene su contraseña o algo mejor que su contraseña.

—Tengo doble factor.

—Todo el mundo tiene doble factor —dijo Hugo—. Es el «como mucho tomo dos copas» de la seguridad informática.

Nicolás lo miró un segundo largo y después hizo una cosa que no me esperaba: se rio. Una sola vez, corto, por la nariz.

—Quiero los registros de acceso de los últimos catorce meses —dije—. Puertas físicas, portal de proveedores, VPN, correo. Con sellos de tiempo completos, no resúmenes.

—Los tendrá.

—Y quiero hablar con cuatro personas hoy. Sistemas, recepción, compras y la persona que gestiona las tarjetas.

Y entonces se abrió la puerta de cristal.

Tomás Bermejo tiene cuarenta y cinco años, el pelo peinado hacia atrás con esmero y ese tipo de corbata que la gente elige para que nadie se fije en ella. Entró sin llamar, con una tablet contra el pecho, y se detuvo a mitad de camino como si le hubieran puesto una cinta en el suelo.

—Nicolás, necesito un minuto.

—Estamos reunidos.

—Justamente. —Nos miró, a Hugo y a mí, y la mirada duró lo suficiente para que quedara claro que sabía perfectamente quiénes éramos—. Buenos días. Tomás Bermejo, dirección financiera.

—Vera Salvatierra.

—Sé quién es usted. —Otra vez esa frase. Empezaba a pensar que la enseñaban en algún máster—. Ayer por la tarde me llegó una petición de extracción de registros de control de accesos firmada por dirección de operaciones. Sin memoria justificativa. Sin comité. Sin informar al DPD.

—El DPD está informado desde las ocho de esta mañana —dijo Nicolás.

—El DPD está informado después. —Tomás dejó la tablet sobre la mesa con mucho cuidado—.

Nicolás, escúchame bien, porque esto lo voy a decir una sola vez y delante de testigos, cosa que además me preocupa.

Vamos a firmar una alianza estratégica en cinco meses.

Cinco. La diligencia debida de la otra parte empieza el día 3.

Y tú acabas de meter en esta planta a dos personas ajenas a la compañía, con equipos propios, a leer quién entra y quién sale por nuestras puertas.

—Sí.

—No puedes autorizar eso tú solo.

—Puedo.

—Estatutariamente puedes. Prudencialmente es una temeridad. —Tomás se giró hacia mí—. Y usted, con todo el respeto, y le pido que no se lo tome como algo personal, no va a interrogar a empleados de esta casa.

—No interrogo. Entrevisto.

—Es la misma palabra con mejor abrigo.

Aquello, tengo que reconocerlo, estuvo bien.

—Señor Bermejo —dije—, no soy autoridad pública. Nadie está obligado a hablar conmigo. Cada entrevista es voluntaria, se informa de que lo es, se pide consentimiento para tomar notas y la persona puede levantarse cuando quiera. Si alguien se levanta, lo anoto y ya está.

—¿Y qué pasa cuando el director de operaciones en persona le pide a un empleado que hable voluntariamente con usted?

Silencio.

Otra vez estuvo bien. Dos de dos.

—Pasa que la voluntariedad se resiente —admití—. Por eso preferiría que no se lo pidiera él.

Tomás parpadeó. Creo que era la primera vez en toda la conversación que alguien le daba la razón.

—Entonces estamos de acuerdo en que esto no debe hacerse.

—No. Estamos de acuerdo en que debe hacerse de una manera concreta.

—Me senté, por fin—. Yo no pido entrevistas.

Recursos Humanos envía un correo a los cuatro, con copia a usted si quiere, explicando que hay una investigación externa sobre una suplantación de identidad corporativa, que la participación es voluntaria y que la negativa no tiene ninguna consecuencia laboral. Quien quiera, viene. Quien no, no.

—Eso me deja fuera del control del proceso.

—Eso le pone a usted en copia de todo el proceso, que es más de lo que tiene ahora mismo.

Tomás me miró un rato. Después miró a Nicolás.

—Quiero que conste mi oposición en acta.

—No hay acta —dijo Nicolás.

—Pues haz una.

Y ahí fue cuando pasó.

Nicolás no levantó la voz. No se levantó de la silla.

No se inclinó hacia delante ni hizo ninguna de esas cosas que hace la gente cuando quiere ocupar más sitio del que tiene.

Simplemente apoyó la espalda en el respaldo, cruzó las manos y dijo, con el mismo tono con el que había pedido un café veinte minutos antes:

—Tomás. Redacta tú el acta. Con tu oposición entera, con la fecha y con la hora, y me la pasas firmada esta tarde y yo la firmo debajo.

Y que conste también que la decisión es mía y que respondo yo.

—Una pausa muy corta—. Y ahora, por favor, envía tú el correo de Recursos Humanos, porque si lo mando yo tienes razón en lo de la voluntariedad.

Tomás se quedó con la boca medio abierta durante un segundo entero.

Le habían dado exactamente lo que había pedido y le habían quitado exactamente lo que quería, que no era lo mismo, y ahora encima tenía que colaborar.

—Está bien —dijo.

—Gracias.

Recogió la tablet y salió. La puerta de cristal se cerró con ese siseo caro que tienen las puertas de cristal caras.

Hugo silbó bajito, sin apartar los ojos de la pantalla.

—Joder —dijo.

Yo no dije nada.

Yo estaba ocupada.

* * *

Voy a contarlo porque si no lo cuento, mentiría.

Durante los cuatro o cinco minutos siguientes hice como que ordenaba papeles.

Alineé tres folios. Abrí una hoja de cálculo.

Escribí la palabra «accesos» en una celda y la borré.

Y mientras tanto, por debajo, con esa parte del cerebro que no se apaga con trabajo, estaba viendo otra vez cómo aquel hombre había resuelto en cuarenta segundos y sin subir el volumen un conflicto que a cualquier otro le habría costado una hora y dos enemigos.

Ese era el problema.

No que fuera guapo, que lo era de una manera irritantemente sobria. No que oliera bien. No que se doblara las mangas dos vueltas exactas.

El problema era que mandaba bien.

Mandaba como mando yo cuando trabajo: sin adornos, sin necesidad de que nadie se humille, calculando dos movimientos por delante, dejando que el otro se vaya con la dignidad puesta para que quiera volver a colaborar la próxima vez.

Y en el momento exacto en que le vi cruzar las manos sobre la mesa, mi cabeza —mi cabeza, no mi cuerpo, esto es importante y también es lo humillante— proyectó sin permiso una imagen de dos noches antes.

La línea del hombro contra el hormigón. La exhalación corta.

Las dos palmas planas contra el hormigón.

Un hombre que decide en tiempo real, con tamaño de sobra para no hacerlo, quedarse absolutamente quieto.

Hay algo que sé de mí desde hace años y que no le he contado a casi nadie.

No me excita que alguien sea débil. Me excita ver a alguien que no lo es eligiendo, con todas sus facultades, hacer lo que yo digo. La diferencia entre las dos cosas es la diferencia entre todo.

Y llevaba dos días con esa idea encendida al fondo, como un piloto de stand-by, y acababa de subir de intensidad en mitad de una reunión de trabajo, en la sede del sujeto de mi investigación, con mi analista forense sentado a metro y medio.

Cerré el portátil más fuerte de lo necesario.

—¿Qué? —dijo Hugo.

—Nada.

—Has cerrado el portátil como si te debiera dinero.

—Tengo hambre.