CAPÍTULO 3 #2
—Bien —dijo, y volvió a mirar la tarjeta—. Es nuestra. El prefijo de serie es el de la remesa de 2022. Las emitíamos por tandas de cincuenta.
—¿Suya suya? ¿Personal?
—No. Las personales llevan foto desde hace tres años. Esta es de las antiguas: acceso genérico con perfil asociado en el sistema. —Hizo una pausa muy corta—. Se pueden anular a distancia. Esta figura caducada, así que alguien la dio de baja, o expiró sola, o las dos cosas.
—Entonces no abre nada.
—No abre ninguna puerta, no. —Levantó la vista—. Pero tiene un número, y ese número está asociado a una persona en un registro interno que conservamos siete años. Puedo saber a quién se le entregó y cuándo se le retiró.
Clara y yo nos miramos.
—¿Cuánto tarda? —preguntó Clara.
—Si lo pido esta mañana, dos horas. Si lo pido por los cauces normales, una semana, porque tendría que pasar por dirección financiera y Tomás Bermejo me pediría que se lo justificase por escrito.
—¿Y quién es Tomás Bermejo?
—Nuestro director financiero. —Nicolás lo dijo con un tono absolutamente plano, que es una manera muy elegante de decir muchas cosas—. Y la persona que lleva tres semanas insistiendo en que todo esto se gestione internamente.
Ismael Ponte se movió en la silla.
—Nicolás.
—Lo sé.
—Lo que estás a punto de hacer no le va a gustar a nadie de tu consejo.
—Lo sé.
Apoyé los brazos en la mesa.
—Antes de que siga, señor Ferrer, quiero decirle tres cosas y quiero que las oiga su abogado.
—Adelante.
—Una. Yo no trabajo para usted. Mi cliente es la Mutua Ibérica de Riesgos y mi obligación es con ellos. Si mañana aparece un documento que lo incrimina a usted, lo entrego. Sin avisarle.
—De acuerdo.
—Dos. Todo lo que me dé pasa por Clara antes que por mí, y todo lo que yo le dé a usted va por escrito y con registro. No habrá llamadas a deshoras, ni cafés informales, ni «esto que te cuento no me lo has oído». Si empieza a haberlos, se acabó.
—De acuerdo.
—Tres. —Y aquí bajé un poco la voz, no sé muy bien por qué—. Si en algún momento me oculta algo porque le parece irrelevante, me lo va a acabar contando en una situación mucho peor. Siempre pasa. Lo he visto cuarenta veces.
Se quedó un momento callado.
—De acuerdo —dijo por tercera vez.
—Pues entonces pida ese registro.
Sacó el móvil, escribió algo de pie, junto a la ventana, y volvió a sentarse.
—Dos horas —dijo.
—Bien.
—Ahora dígame usted una cosa. —Se pasó el pulgar por el borde de la mesa—. ¿Cuánta gente sabe que esa tarjeta existe?
—Nosotros cuatro. El funcionario del depósito, que no sabe lo que es. Y mi analista, que la tiene fotografiada y va a intentar leer el chip.
—¿Cuántos son «nosotros cuatro» dentro de veinticuatro horas?
Y ahí, por primera vez en toda la mañana, entendí que aquel hombre no era solamente una víctima con buenos modales.
—Depende de a quién se lo cuente usted —dije.
—A nadie.
—Ni a su director financiero.
—A nadie —repitió—. Si alguien de dentro lleva catorce meses guardando una tarjeta muerta, es porque le sirve para algo. Y lo único para lo que sirve una tarjeta muerta es para saber cómo se mueve la gente que lleva las vivas.
Clara cerró su carpeta.
—Señor Ponte —dijo—, creo que hemos terminado.
—Eso creo yo.
Ismael se levantó, se abrochó la chaqueta y recogió el correo impreso que nadie había leído. Antes de salir se volvió hacia mí.
—Señora Salvatierra. Le he recomendado a mi cliente que la denuncie y sigo recomendándoselo. Que conste que no tengo nada personal contra usted.
—Lo sé.
—Solo llevo dieciocho años viendo cómo la gente se mete en líos por confiar en la persona equivocada en el momento adecuado.
—Yo llevo quince viendo lo mismo, señor Ponte.
—Pues estamos de acuerdo en algo.
Salieron los dos. Clara se fue detrás, hablando con Ismael de un asunto de 2019, y Nicolás se retrasó dos pasos en el pasillo de cristal, con la mano en el picaporte, y me dijo, sin girarse del todo:
—Buenos días, Vera.
—Buenos días.
—Ha dicho «señor Ferrer» siete veces.
—Las he contado yo también.
Y se fue.
Me quedé de pie junto a la mesa ovalada durante un minuto entero, con la bolsa de pruebas en la mano y una sensación muy concreta en el pecho, que es la que tengo cuando sé que una pieza no encaja y todavía no sé cuál.
Después bajé al despacho del fondo, donde Hugo Beltrán tiene tres pantallas, una tetera eléctrica y una silla que le regaló su madre.
—¿Y bien? —dije.
—Y mal. —No apartó los ojos de la pantalla central—. Siéntate.
—¿Has sacado algo del chip?
—Del chip, poca cosa. Es una tarjeta de proximidad de las baratas, no guarda historial.
—Giró la pantalla hacia mí—. Pero llevo desde las seis rastreando el nombre de tu hombre por los sitios donde deja huella la gente que existe.
Dominios, correos corporativos, firmas digitales, accesos a plataformas de proveedores.
Todo lo que se pueda usar para ser alguien sin ser alguien.
—¿Y?
—Y las credenciales corporativas de Nicolás Ferrer se usaron anoche.
Me senté despacio.
—¿A qué hora?
—A las 23:04 se abre sesión en el portal de proveedores de Nexo con su usuario. Se descarga un listado de contratos. Se cierra a las 23:31. —Hugo cogió su té y sopló—. Veintisiete minutos.
—Hugo.
—Sí.
—A las 23:04 de anoche, Nicolás Ferrer estaba en el aparcamiento de Zurbano.
—Ya.
—Esposado.
Hugo dejó la taza en la mesa con mucho cuidado, como quien no quiere que un ruido estropee un momento.
—Entonces tienes la mejor coartada que he visto en mi vida —dijo—, y se la has dado tú.