ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Clara Montes tiene una manera de dejar una taza sobre la mesa que es peor que gritar.

La puso delante de mí a las ocho menos veinte de la mañana, sin decir nada, y se sentó al otro lado de su escritorio con la espalda muy recta y las gafas en la mano.

Detrás de ella, la ventana de Viriato daba a la fachada de enfrente y a un andamio que llevaba puesto desde febrero. La luz entraba gris y honesta.

—Cuéntamelo otra vez —dijo—. Desde que aparcaste.

—Clara, te lo he mandado por escrito a las tres de la mañana.

—Lo he leído. Cuéntamelo otra vez.

Se lo conté otra vez. Las 22:47, el Porsche torcido en la 114, el abrigo azul marino, la coincidencia física, la orden de recuperación, el portazo tres plantas más abajo, la muñeca, el pilar, las esposas, el doble seguro, los once minutos, el DNI auténtico y la denuncia por usurpación del día 4.

Clara escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, se puso las gafas.

—Vale. Ahora la parte que no me has contado.

—No hay más parte.

—Vera.

—No hay más parte.

—Llevas once años trabajando conmigo y te he visto equivocarte tres veces. Las tres fueron por prisa. —Apoyó los codos en la mesa—. Esta ha sido por orgullo. Te dio la explicación correcta antes de que lo esposaras y no la quisiste.

Me quedé mirando el borde de la taza.

Es una cosa muy fea, que alguien te diga en voz alta a las ocho de la mañana lo que tú llevas toda la noche pensando en la oscuridad de tu propio salón. Peor aún cuando lo dice sin crueldad y con la carpeta abierta.

—Sí —dije.

—Bien. Ya está. No lo vamos a repetir más. —Sacó un folio y me lo empujó por encima de la mesa—. Ahora esto.

Era un formulario interno. Cronología de incidente. Cinco columnas: hora, ubicación, acción, fundamento y testigo.

—Hora por hora —dijo Clara—. No «sobre las once». No «poco después». Hora por hora, con el fundamento legal de cada decisión que tomaste, incluidas las que no tienen fundamento legal. Sobre todo esas.

—Va a quedar precioso.

—Va a quedar honesto, que es lo que tiene que quedar. —Se quitó las gafas otra vez—. Vera. Berta Ayala me ha llamado a las siete y cuarto.

Levanté la cabeza.

Berta Ayala es la responsable de siniestros complejos de la Mutua Ibérica de Riesgos.

Lleva quince años en el puesto, habla en párrafos cortos y nunca ha levantado la voz en su vida.

Mutua Ibérica es el cuarenta y uno por ciento de nuestra facturación.

Lo sé porque lo miro cada trimestre, como quien se toca un lunar.

—¿Qué le has dicho?

—Que el vehículo está recuperado, precintado y en depósito judicial, que es exactamente lo que nos contrataron para conseguir. —Clara hizo una pausa—. Y que la persona a la que inmovilizaste es la víctima de la suplantación y no va a denunciar.

—¿Y?

—Y me ha preguntado si estoy segura de eso último.

—Dijo que no iba a denunciar.

—Dijo que no iba a denunciar anoche, en un garaje, quince minutos después de que le quitaran las esposas.

—Clara se levantó y fue hacia la ventana—.

La gente dice muchas cosas en los quince minutos siguientes.

Después llega a casa, se toma un vaso de agua, se mira las muñecas en el espejo del baño y llama a un abogado.

—Viene con abogado a las nueve.

—Ya lo sé. Por eso te he hecho venir a las ocho menos veinte.

—Se giró—. Mutua Ibérica acepta que sigas en el expediente con una condición.

Yo firmo cada informe. Yo valido cada actuación de campo antes de que la hagas.

Y si hay una segunda incidencia, cualquiera, aunque sea aparcar mal, te sacan del caso y probablemente de la lista de proveedores.

Noté el calor subiéndome por el cuello. No era vergüenza exactamente. Era esa cosa que se parece mucho a la vergüenza y que en mi caso siempre sale por la boca en forma de chiste.

—Entonces soy una investigadora con supervisión de adultos.

—Eres una investigadora con una cronología que redactar. —Clara volvió a sentarse—. Y con la mejor pista que hemos tenido en dos semanas metida en una bolsa de pruebas encima de tu mesa, así que deja de compadecerte y empieza a escribir.

* * *

Nicolás Ferrer llegó a las nueve menos dos minutos.

Lo vi desde la sala pequeña, a través del cristal del pasillo, porque nuestro despacho es una sucesión de cajas transparentes que Clara mandó poner hace seis años para que nadie pudiera decir que aquí se hablaba a escondidas.

Entró con traje gris oscuro, sin abrigo azul marino —lo noté, y me molestó notarlo—, y detrás de él un hombre bajito de unos sesenta años con una cartera de cuero de las que ya no se fabrican.

—Ismael Ponte —dijo el hombre bajito, tendiéndome la mano—. Llevo los asuntos del señor Ferrer desde hace dieciocho años.

—Vera Salvatierra.

—Sé quién es usted. —Sonrió con una amabilidad absolutamente desprovista de calor—. La conozco de un informe de trazabilidad de 2021, en el asunto de las naves de Getafe. Muy buen trabajo. Lo digo en serio.

—Gracias.

—Lo cual hace todo esto bastante más incómodo.

Nos sentamos. Clara en la cabecera. Ismael y Nicolás a un lado, Clara y yo al otro, y entre nosotros la mesa de la sala pequeña, que es de esas mesas ovaladas que no permiten que nadie quede exactamente enfrente de nadie.

Nicolás me miró una vez, al principio, y después no volvió a mirarme hasta bastante más tarde.

Tenía las manos sobre la mesa. Llevaba las mangas de la camisa por debajo del puño de la chaqueta, cerradas con gemelos simples de metal mate, y yo, que soy una profesional con quince años de carrera, me pasé los primeros noventa segundos de reunión calculando si aquello era casualidad o si se había vestido esa mañana pensando en unas líneas rosadas que a estas alturas ya se le habrían borrado.

—Empezamos —dijo Clara.

Fue una hora y diez minutos. Lo recuerdo porque miré el reloj tres veces.

Ismael Ponte abrió leyendo en voz alta un párrafo que había escrito él mismo y en el que se hacía constar, sin adjetivos, que la noche anterior su cliente había sido retenido e inmovilizado mediante grilletes por una profesional sin potestad para ello, durante un período aproximado de once minutos, sin lesiones, y que su cliente renunciaba expresamente a ejercitar acciones penales y civiles por ese hecho.

—Expresamente —repitió Clara.

—Expresamente. Contra mi criterio.

—Consta.

—Quiero que conste dos veces —dijo Ismael—. Le he recomendado denunciar. Se lo he recomendado por escrito a las siete y media de esta mañana. Lo he traído en el correo impreso.

Y lo puso sobre la mesa.

Nicolás no se movió. Miraba el folio como se mira el menú de un sitio al que vas a menudo.

—¿Por qué? —pregunté.

Era la primera vez que hablaba en toda la reunión y la pregunta no estaba en ningún guion.

Entonces sí levantó la vista.

—Porque una denuncia tarda catorce meses y no me devuelve el nombre —dijo—. Y porque usted es la única persona que anoche hizo algo. Todos los demás me dieron un número de expediente.

—Eso no es una razón jurídica.

—No pretendía que lo fuera.

Ismael Ponte carraspeó con la delicadeza de un hombre que lleva dieciocho años carraspeando.

—Sigamos con el acuerdo.

Firmamos el acuerdo. Doce páginas, como estaba anunciado.

Confidencialidad recíproca, definición de información protegida, prohibición de uso externo, cláusula de no interferencia, penalización, foro, plazo.

Clara había añadido de madrugada dos párrafos nuevos que yo no conocía: uno que dejaba claro que Nicolás Ferrer no era cliente del despacho ni tenía relación contractual con nosotras, y otro que establecía que toda comunicación relevante entre las partes debía quedar registrada por escrito.

—¿Por qué el segundo? —preguntó Ismael.

—Porque las conversaciones que no se registran acaban siendo la palabra de uno contra la de otro —dijo Clara—, y en este despacho no trabajamos con eso.

—Razonable.

—Suelo serlo.

El bolígrafo pasó de mano en mano. Cuando le llegó el turno a Nicolás, se levantó a medias para alcanzar la última página, que había quedado en mi lado de la mesa, y se inclinó.

Fue medio segundo.

Se apoyó con la mano izquierda en la mesa, a unos veinte centímetros de mi antebrazo, y firmó con la derecha, y durante ese medio segundo tuve delante el ángulo de su hombro, el olor de una colonia seca y limpia, algo cítrico y amargo, y el borde blanco del puño de la camisa contra la muñeca.

No me aparté.

Lo pensé —pensé en echar la silla hacia atrás quince centímetros, como habría hecho cualquiera— y decidí no hacerlo, y esa decisión me costó una cantidad de energía completamente desproporcionada.

Él firmó, se incorporó y volvió a su sitio.

—Gracias —dijo.

—De nada.

Clara me miró. Clara mira como quien pasa un detector de metales.

—Bien —dije, y abrí mi carpeta, básicamente para tener algo que hacer con las manos—. Vamos a lo que importa.

* * *

Puse la bolsa de pruebas sobre la mesa y la empujé hacia el centro con dos dedos.

Dentro estaba la tarjeta. Plástico blanco, banda magnética, chip, dos círculos entrelazados en azul.

Nadie dijo nada durante unos cuatro segundos.

Yo no estaba mirando la tarjeta. Estaba mirándole a él, que era justo para lo que había preparado el momento, y sé exactamente lo que vi porque lo anoté doce minutos después en la libreta.

Primero: nada. Cero. La misma cara organizada del aparcamiento.

Segundo: se inclinó hacia delante y leyó el número de serie. No el logotipo, no el nombre de la empresa. El número de serie, que está impreso en la parte de abajo en cuerpo seis.

Tercero: se le movió el músculo de la mandíbula una vez.

Cuarto: miró a Ismael Ponte.

Esa fue la única que no me esperaba.

—¿Dónde estaba? —preguntó.

—En el hueco de la puerta del conductor del Porsche. De canto, entre el plástico y el altavoz. Compatible con haberse caído del bolsillo de una chaqueta al sentarse.

—¿Tiene fotografías?

—Once. Con la referencia del depósito y la hora.

—¿Y la cadena de custodia?

Levanté una ceja.

—Firmada por el funcionario del depósito y por mí, a las 07:52.