CAPÍTULO 2
Las llaves de unas esposas son ridículamente pequeñas. Uno espera que un objeto capaz de decidir si una persona puede mover los brazos tenga cierta presencia, y resulta que pesa menos que un clip.
Me temblaba un poco la mano. No mucho. Lo suficiente para que tuviera que hacerlo en dos intentos.
—Quieto un segundo.
—Llevo veinte minutos quieto.
—Once.
—Once, entonces.
El primer aro se abrió. Después el segundo. Nicolás Ferrer separó las muñecas, se giró despacio y se quedó frente a mí frotándose el antebrazo izquierdo con el pulgar, sin dramatizarlo, mirándome con una atención que yo habría preferido no recibir.
—¿Está bien? —pregunté.
—Estoy perfectamente.
—Enséñeme las muñecas.
—¿Por qué?
—Porque tengo que anotar si hay marcas.
Levantó las manos con las palmas hacia arriba. Había dos líneas rosadas, superficiales, del ancho exacto del metal. No había piel rota. Le giré la mano derecha con dos dedos para verla del otro lado y noté que el pulso le iba rápido bajo la yema.
Lo solté como si quemara.
—Marcas leves, sin lesión —dije en voz alta, para la grabadora—. Veintitrés horas y nueve minutos. Sujeto liberado tras verificación de identidad.
—«Sujeto» —repitió él.
—Es terminología.
—Es horrible.
—Llevo ocho años con ella.
El agente mayor volvió del coche patrulla con una carpeta y una expresión de funcionario a punto de terminar el turno.
—A ver. El vehículo queda inmovilizado y precintado, lo retira la grúa judicial. —Me miró—. Usted presenta el informe mañana y que la aseguradora hable con el juzgado. Y usted —se volvió hacia Nicolás— puede denunciar esto si quiere.
—¿Denunciar el qué?
—A ella.
Se hizo un silencio de dos segundos que a mí me duró bastante más.
Yo conocía la aritmética. Una denuncia por detención ilegal, aunque no prosperase, entra en el expediente.
El expediente lo ven las aseguradoras. Las aseguradoras tienen memoria y tienen alternativas.
Clara Montes lleva once años construyendo un despacho que vive de una sola cosa, que es que cuando nosotras firmamos un informe nadie lo discute, y yo acababa de poner ese activo contra un pilar de hormigón.
Nicolás miró las esposas, que yo seguía teniendo en la mano izquierda sin haberlas guardado.
—No —dijo—. No voy a denunciar nada.
—Como quiera. —El agente ya estaba destapando el bolígrafo—. Firme aquí, entonces.
Firmó. Devolvió el bolígrafo. Esperó a que se marcharan, con esa paciencia suya de hombre que no tiene prisa porque en su cabeza ya ha decidido el orden de las cosas, y cuando el ascensor se tragó los dos uniformes se volvió hacia mí y dijo:
—Ahora hablamos usted y yo.
—Le pido disculpas.
—No he pedido disculpas.
—Se las estoy dando igual. —Guardé las esposas en el bolsillo interior de la chaqueta—.
Me he equivocado. No voy a envolverlo en explicaciones.
Tenía la matriculación, tenía la orden, tenía una descripción física compatible y usted respondió con una frase que me pareció una evasiva.
Nada de eso lo justifica. Me he equivocado y es enteramente mío.
Ladeó la cabeza.
—¿Siempre asume así los errores?
—No tengo muchos con los que practicar.
—Eso lo explica todo.
—¿Qué explica?
—Por qué se le ha puesto esa cara.
Me di la vuelta y eché a andar hacia mi coche, básicamente para no tener que contestar. Él me siguió. No corriendo, no acelerando, simplemente con esa zancada larga que hace que la gente alta no necesite esforzarse para alcanzarte, y eso me irritó más que si me hubiera gritado.
—Señor Ferrer.
—Nicolás.
—Señor Ferrer, entiendo perfectamente que quiera decirme cuatro cosas, y probablemente me las merezca, pero son casi las doce y...
—No quiero decirle cuatro cosas. Quiero su informe.
Me detuve.
—¿Cómo?
—Su informe. Su caso. Todo lo que tenga sobre ese coche.
—Se metió las manos en los bolsillos del abrigo—.
Lleva dos semanas, ha dicho. Dos semanas persiguiendo compras hechas con mi nombre.
Yo llevo tres semanas llamando a puertas que no se abren.
Usted es la primera persona en este país que ha ido físicamente a un sitio a buscar a ese hombre.
—Lo he ido a buscar a usted.
—Se ha equivocado de cara, no de método.
Debo reconocer que aquello me desarmó un poco.
—Eso no funciona así —dije—. Usted no es mi cliente. Mi cliente es una aseguradora, y el expediente es confidencial.
—Entonces hágame cliente.
—No puedo trabajar para las dos partes.
—No hay dos partes. Somos la misma. —Dio medio paso hacia mí, no lo bastante para invadirme, lo bastante para que lo notara—. A usted le han robado dos semanas de trabajo. A mí me han robado el nombre. Es el mismo hombre.
Tenía razón, y yo estaba demasiado cansada y demasiado humillada para admitirlo en ese aparcamiento.
—Mañana a las nueve —dije—. Chamberí, Viriato 32. Traiga la denuncia, el número de atestado, los movimientos de sus cuentas del último trimestre y a su abogado, porque va a necesitarlo para firmar un acuerdo de confidencialidad de doce páginas.
—¿Doce?
—Las escribió Clara. Son doce.
—Allí estaré.
—No prometo nada.
—No le he pedido que prometa nada.
Abrí la puerta del coche. Él seguía ahí, bajo el fluorescente parpadeante, sin moverse un centímetro del sitio en el que lo había dejado, con una expresión imposible de leer.
Y entonces dijo:
—¿Puedo preguntarle una cosa?
—Diga.
—¿A cuánta gente ha esposado en su vida?
—A cuatro.
—¿Y qué hicieron los otros tres?
—Uno intentó pegarme. Otro se puso a llorar. El tercero se meó encima.
Asintió despacio, como si estuviera archivando la información en alguna carpeta interna.
—Entonces soy el cuarto.
—Es usted el cuarto, sí.
—Nunca me habían esposado. —Lo dijo sin énfasis, mirando un punto indeterminado detrás de mí—. Ni de broma. Ni en una despedida de soltero. Nada. Treinta y siete años y es la primera vez que alguien decide por mí dónde estaban mis manos.
Se me secó la boca.
Fue así de inmediato y así de estúpido. Una frase dicha en tono neutro por un hombre al que acababa de agraviar profesionalmente, y mi cuerpo entendió antes que yo que no la había dicho como una queja.
Levantó la vista y me encontró mirándolo.
Y por un instante —medio segundo, tal vez menos— vi cómo se le movía algo detrás de los ojos y cómo lo apagaba. Fue un gesto minúsculo: apretó la mandíbula, bajó la barbilla un grado y volvió a ser exactamente el mismo hombre educado de antes.
Yo llevo quince años leyendo a gente que miente. Sé cómo se ve alguien tapando una emoción a toda prisa.
—Buenas noches, señor Ferrer.
—Nicolás.
—Buenas noches.
Cerré la puerta. Arranqué. Cuando salí a la calle Zurbano y el aire frío me dio en la cara por la ventanilla bajada, tenía el corazón acelerado y hacía rato que aquello no tenía nada que ver con el susto.
* * *
A las siete y cuarto de la mañana siguiente estaba en el depósito judicial de la calle Alcalá, con un café de máquina y un formulario de inspección, delante del Porsche precintado.
No había dormido. Había pasado la noche escribiendo la cronología del incidente, minuto a minuto, porque si algo he aprendido es que un error se defiende con documentación y no con explicaciones.
—Tienes veinte minutos —dijo el funcionario—. Guantes.
—Traigo.
El interior olía a ambientador de coche nuevo y a algo más, un fondo de comida rápida. Fotografié el cuentakilómetros: 1.847. Fotografié la guantera: manual, documentación del vehículo con los sellos falsos que ya conocía, un cargador, dos tiques de gasolinera de Valencia con fecha del 12 y del 19.
Valencia. Lo anoté.
Bajo el asiento del copiloto había un envoltorio de bocadillo y un cupón de aparcamiento.
Y en el hueco de la puerta del conductor, metida de canto entre el plástico y el altavoz como si se hubiera caído del bolsillo de una chaqueta, había una tarjeta blanca.
La saqué con unas pinzas y la puse sobre el asiento para fotografiarla.
Era una tarjeta de acceso. Plástico rígido, banda magnética, chip. En la esquina superior izquierda, un logotipo azul con dos círculos entrelazados. Debajo, en tipografía limpia:
NEXO LOGÍSTICA DIGITAL
Y en la parte inferior, impreso en pequeño, un número de serie y una fecha de caducidad que había pasado hacía catorce meses.
Me quedé mirándola un rato largo, agachada en la puerta de un Porsche robado, con el café enfriándose en el techo del coche.
Una tarjeta caducada no abre nada. Es un trozo de plástico muerto. La gente las tira, las pierde, las deja en un cajón.
Salvo que no la habían tirado. La llevaban encima.
Saqué el teléfono y abrí el navegador. Tardé cuatro segundos en encontrar la web: consultoría tecnológica, optimización de cadenas de suministro, tres sedes, ochenta y tantos empleados. En la pestaña de equipo directivo, cuatro fotografías en blanco y negro con fondo gris.
La segunda por la izquierda.
Director de operaciones. Nicolás Ferrer.
Llevaba la misma expresión organizada que le había visto la noche anterior a un centímetro del hormigón, y en la fotografía tenía las manos cruzadas por delante, tranquilas, de hombre que jamás ha necesitado que nadie decida dónde ponérselas.
—Joder —dije en voz alta.
El funcionario asomó la cabeza.
—¿Algo?
—Algo.
Metí la tarjeta en una bolsa de pruebas, la etiqueté, firmé la cadena de custodia y subí al coche con el pulso otra vez donde no debía.
Porque el hombre que había estado usando el nombre de Nicolás Ferrer para comprar coches de ciento sesenta mil euros no era un desconocido que hubiera sacado unos datos de un vertedero digital.
Llevaba en el coche una tarjeta de la empresa de Nicolás Ferrer.
Había estado dentro.