Esposa no deseada (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 6
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Capítulo 6

Carey

THALIA Y EL resto de los de la casa estaban dormidos cuando llegué.

Todos menos uno: mi padre. La única luz de la planta baja provenía de su estudio, y al pasar por delante, me llamó con voz baja y seca: —Entra, hijo.

Me dieron ganas de mandarlo a la mierda, pero al fin y al cabo era mi padre, e ignorarlo me traería más problemas que enfrentarlo en ese momento.

Entré en el estudio. Estaba en su escritorio, trabajando. Sus manos se movían deprisa mientras garabateaba. Sentí lástima por sus asistentes, que tendrían que transcribir todo aquello el lunes. Sin mirarme, señaló la silla frente a su escritorio y dijo: —Siéntate.

—Si quieres tener una charla con tu hijo, tendrá que ser mañana. Estoy agotado. He pasado horas en la comisaría intentando evitar que un adolescente mimado acabara entre rejas. Quiero dormir.

Dejó caer la pluma y me miró. Cinco años atrás, esa mirada me habría intimidado hasta hacerme obedecer.

Ahora la reconocía por lo que era: una amenaza vacía.

Crucé los brazos. Él se recostó en su silla.

—Está bien, seré breve. Pero siéntate. No me gusta tener que alzar la vista para hablar con mi hijo.

Saqué la silla y me senté en el borde. Satisfecho de que le hubiera obedecido, continuó: —¿Qué planes tienes con Thalia?

—Solo llevamos un mes saliendo. Lo menos que puedo hacer es conocerla primero.

—Ella no es de los nuestros.

Resoplé con desdén. Ya sabía por dónde iba la conversación antes de que empezara. Su odio por «las clases bajas» era tan arcaico que cualquiera pensaría que había viajado en el tiempo desde el siglo dieciocho. —¿Y?

Arqueé las cejas para enfatizar.

—Tienes una carrera en la que pensar.

—Y es mi prioridad.

—Tu carrera política.

Puse los ojos en blanco. Otra vez con lo mismo.

Se creía el próximo Joseph P. Kennedy Sr. Su deseo de crear la siguiente dinastía Kennedy habría sido admirable de no resultar tan repulsivo.

Quería que uno de sus hijos llegara a presidente, y en algún momento de mi infancia decidió que ese sería yo.

Ojalá me hubiera preguntado si quería una carrera política.

—¿Convertirme en socio no es avanzar en mi carrera?

Asintió. —Lo es. Habrías acelerado el proceso si hubieras sido fiscal...

—No ganan tanto dinero, y muchos fiscales de distrito han ganado elecciones sin haber ejercido como tales.

—Y pocos lo han logrado estando solteros. Podrías llegar a fiscal de distrito sin casarte, pero a cargos más altos, como senador, alcalde o, me atrevo a decir, gobernador, no te acercarás ni de lejos si sigues soltero.

—¿Adónde quieres llegar?

—A que ya es hora de que te cases. Preferiblemente con alguien de buena familia y buena cuna.

—¿Quieres que mi esposa pertenezca al mismo círculo elitista en el que me muevo? Suerte con que eso le caiga bien al electorado.

Una leve sonrisa le cruzó el rostro por un instante. —Solo quiero que estés con alguien que no avergüence a esta familia.

—¿Y si no quiero casarme?

—Entonces tendrás que acostumbrarte a vivir solo, sin fondo fiduciario ni trabajo que te mantenga.

—¿Me estás chantajeando para que me case?

—Solo te estoy exponiendo tus opciones.

—Eres el peor padre del mundo. ¿Lo sabías?

Mi padre esbozó una sonrisa de suficiencia. —Todo lo que hago, lo hago por ti y por esta familia. Puede que ahora no lo entiendas, pero algún día lo harás.

—¿Es por mí o por tu afán de conseguir tus metas a través de mí?

—¿Vas a hacerlo o no?

Por eso siempre había odiado a este hombre.

Preguntaba como si yo tuviera elección, pero sabía que no era así.

Podía hacer lo que me pedía o rechazar su ultimátum, pero ¿adónde me llevaría eso?

Al mismo lugar donde estaba mi hermana Ivy.

Rebuscando lo indispensable para sobrevivir, sin acceso a ninguna fuente de dinero.

Ya se lo había hecho a Ivy. Podía hacérmelo a mí con la misma facilidad.

No iba a dejar que dictara mi vida. Si había alguna forma de tomar mis propias decisiones, la aprovecharía.

Había otra manera de ganar. Solo tenía que aceptar mi propuesta.

Al día siguiente mi padre ya no estaba, pero su presencia seguía cerniéndose sobre mí.

Sobre nosotros. Thalia ya no era la misma persona despreocupada de antes, y supe, sin necesidad de preguntarle, que mi padre tenía algo que ver.

Para alejarnos de él, la llevé a pasear por la playa.

El sol era cálido y acogedor, y el mar estaba en calma.

—¿Qué tal mi padre? —pregunté tras caminar en silencio unos quince minutos.

Se le tensó la espalda y forzó una sonrisa. —¿Dijo algo de mí?

—Sé lo… intenso que puede llegar a ser, y te prometo que no sabía que iba a estar aquí.

—Lo entiendo.

—Le gusta provocar. Pero ya se fue, y según mi hermano, lo llamaron a una reunión de emergencia, así que no volverá.

—Carey —me tomó de la mano—. Lo entiendo. Hablamos un poco después de cenar y luego me fui a la cama.

—¿No te interrogó sobre por qué estamos saliendo?

—No sabía que estuviéramos saliendo. Creía que esto no iba en serio.

Un pájaro pasó volando sobre nosotros y alcé la vista para seguirlo.

Qué maravilla sería ser tan libre como él, pensé.

Sin embargo, al volver la mirada hacia Thalia, me di cuenta de que estar con ella era la primera vez en mi vida que había sentido algo parecido a la libertad.

No me exigía nada. Cuando estaba con ella, nunca sentía que tuviera que fingir ser quien no era.

Es más, quería ser mejor persona por ella, no porque me presionara, sino porque sentía que eso fortalecería nuestra relación.

—¿Alguna vez has pensado en casarte?

Thalia apartó la mano y desvió la mirada. —¿Por qué lo preguntas? —le tembló la voz. ¿De emoción o de otra cosa? No sabría decirlo. Hundió los dedos del pie en la arena.

—¿Alguna vez has pensado en casarte?

—A-algún día, sí.

—La mayoría de la gente se casa por amor. ¿Eres una de esas personas?

Levantó la cabeza de golpe. Tenía los ojos muy abiertos y vidriosos. Debía de ser el viento. Volvió a bajar la mirada.

—Creo que nos hemos metido en un tema serio —soltó una risita nerviosa.

La atraje hacia mí y la obligué a mirarme.

—Mi padre quiere que me case. Es un hombre que siempre consigue lo que quiere. No quiero darle ese gusto. Si no me caso, él mismo me buscará esposa.

—¿P-por qué? Todavía eres joven.

Una pequeña ráfaga de viento pasó y agitó sus rizos a nuestro alrededor.

Era tan hermosa que me dolía el corazón.

Sería perfecta, decidí. Antes no estaba seguro, pero en ese momento lo tuve claro.

No quería perderla. Quería que fuera mía.

Me asaltaron imágenes: Thalia con vestido de novia, caminando hacia mí por el pasillo.

Thalia descalza y embarazada de mi hijo.

Thalia a mi lado en cada evento. Solo tenía que convencerla de que ella quería lo mismo.

—Mi padre tiene un plan trazado para mí desde que era pequeño. Quiere que entre en política. Y para lograrlo, prácticamente ha dictado cada aspecto de mi vida: desde la escuela a la que fui hasta las carreras que estudié y las personas con las que salí.

Le tomé las manos entre las mías.

—Y ahora quiere dictar con quién me caso.

—Carey...

—No quiero casarme con una niña pija y estirada que mi padre elija para mí. Puede que no tenga muchas opciones en la vida, pero esto quiero elegirlo yo. Por eso tengo una propuesta para ti.

—Carey...

—Matrimonio. Conmigo. No puedo prometerte mucho.

Sé que no me quieres, pero hay gente que se ha casado por menos.

No tienes que preocuparte de que te engañe, porque estas últimas semanas me han demostrado que eres la única persona con la que quiero estar.

Tengo una cuenta bancaria bastante abultada...

—No me importa tu dinero.

—Lo sé, pero no tendrás que matarte a trabajar en dos empleos para sobrevivir. Y además, creo que nos compenetramos bien. Nos gustan las mismas cosas. Un matrimonio entre nosotros no puede ser tan malo.

Me callé, consciente de que había soltado un montón de palabras sin parar.

Thalia estaba visiblemente impactada.

—Vaya, es... demasiado de golpe.

—Lo sé. No tienes que decir que sí ahora mismo. Puedes pensártelo.

—¿Estás seguro de que tu padre quiere que te cases con una niña pija y estirada, como dices?

—Eso dijo.

—¿Cómo sabes que casarte conmigo no lo enfurecerá?

La solté y di un paso atrás.

—Puede que aún no lo vea, pero serías una esposa de político magnífica, si eso es lo que quieres, claro.

Ella volvió a tomarme la mano.

—¿Es eso lo que tú quieres? No tienes por qué hacer todo lo que tu padre diga.

Ese era el problema, ¿no? Por mucho que odiara el carácter dominante de mi padre, parte de mí quería los mismos objetivos que él tenía para mí.

Quería ser abogado. Quería dedicarme a la política.

El único problema era que a veces me costaba distinguir dónde terminaban mis propios objetivos y dónde empezaba mi necesidad innata de complacer a mi padre.

—De lo que sí estoy seguro es de que te quiero a ti. ¿Te casarás conmigo, Thalia MacNeal?

Contuve el aliento mientras esperaba su respuesta. El corazón me latía con fuerza al darme cuenta de que quería que dijera que sí más que nada en el mundo.

Volvió a bajar la mirada, y por un momento pensé que estaba buscando alguna forma de rechazarme con tacto, hasta que dijo:

—Si eso es lo que quieres, entonces sí.