Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Sloan se sentía realmente iracundo en ese instante.

Sorteó a la gente que había en medio del pasillo para dirigirse hacia las escaleras.

Las subió de dos en dos y, en lugar de irse con Morag para intentar calmarse y hablar con ella sobre la obstinación de Rowan, se dirigió directamente hacia el dormitorio de Cora.

Cuando estuvo frente a la puerta, llamó con insistencia y tan solo escuchó un gruñido desde el interior que él interpretó como una señal para que abriera la puerta.

El guerrero entró el dormitorio de la joven, que estaba tan desordenado como el resto del castillo.

La ropa de esta se encontraba tirada a un lado y a otro de la cama, la chimenea estaba casi apagada, los sillones se encontraban patas arriba e incluso las sábanas de la cama estaban desgarradas.

Sloan cerró la puerta tras de sí y encaró a Cora, que lo miraba desde la jamba de la ventana con una ceja arqueada.

Su rostro claramente denostaba duda por su presencia allí, por lo que rápidamente apartó la mirada para seguir observando el exterior.

El día estaba llegando a su fin y la luz ya era escasa, pero aún podía seguir viendo el patio y lo que sucedía en él, aumentando el dolor de su alma.

—Si vienes a hacer leña del árbol caído, ya puedes dar media vuelta y marcharte, Sloan —le espetó al ver, de reojo, que el guerrero se acercaba a ella lentamente.

Su hermano negó con la cabeza y suspiró, apoyándose en el otro lado de la jamba. Cora lo miró de soslayo y apartó de nuevo la mirada.

—¿Qué quieres? Necesito estar sola.

Sloan la miró de arriba abajo. Era la primera vez que lo hacía en toda su vida, como si no hubiera reconocido a la joven como su hermana hasta ese instante.

No se había dado cuenta de que Cora ya había entrado en la veintena de años y que había crecido en todos los ámbitos de su vida.

Él nunca había sido un hombre que se fijara demasiado en la gente, pero desde que se había obligado a cambiar parecía ser más consciente de todas las cosas que lo rodeaban, como el crecimiento de su hermana.

Descubrió que las manos de Cora temblaban a pesar de que estaba cruzada de brazos e intentaba disimular. Su pecho subía y bajaba con cierta congoja y sus ojos estaban tan abiertos que solo Dios sabría lo que la joven había visto mientras ellos estaban fuera de allí.

Sloan tragó saliva y carraspeó.

—Solo quiero preguntar cómo estás después de lo que ha pasado.

Cora lo miró y arqueó una ceja.

—No quiero tu lástima, Sloan.

—¿Tampoco mi apoyo?

La joven resopló y se encogió de hombros.

—¿Tú apoyándome? Nunca nos hemos llevado bien.

—Eres mi hermana.

—Esta familia se ha roto esta tarde, Sloan.

—Lo que siento por ti no se ha roto.

Cora lo miró y entornó los ojos.

—¿Y qué sientes? Porque si ahora mismo le pregunto a Arran me dirá que siente odio. Por mi culpa han matado a Kester.

Sloan negó con la cabeza.

—Yo sé lo que es cargar con culpa que no te pertenece, pero esa es otra conversación… Lo que siento por ti es orgullo, honrado por ser tu hermano, preocupación, admiración, fascinación, respeto, pero, sobre todo, amor.

Cora se quedó estupefacta al escucharlo y no pudo evitar arquear ambas cejas por la sorpresa.

—Jamás pensé que esa clase de palabras podrían salir de tu boca, Sloan —admitió—. Y menos que fueran dirigidas a mí.

—Bueno, yo nunca pensé que perdería el miedo a decirlas…

La joven lo miró largamente.

—¿Por qué me apoyas? Alasdair ya me ha dejado claro que he perdido el juicio y los Ross son unos santos…

Sloan sonrió con tristeza.

—Me temo que Rowan está de su parte. Te apoyo porque es la verdad. Ellos han matado a Kester y a madre, y estuvieron a punto de hacer lo mismo con Morag. Te creo, hermana, tan solo nos queda esperar a que los demás también lo hagan antes de que sea demasiado tarde.

Cora se encogió de hombros.

—Ya es demasiado tarde, Sloan. Esta familia se ha destruido.

Venían a por mí, pero madre me obligó a esconderme en un pasadizo.

Qué irónico, ¿no? Padre me enseñó a ser una guerrera, pero madre me obligó a ser una dama en apuros.

Lo peor de todo es que no encajo ni en una ni en otra…

No soy nada, Sloan. Tan solo una pieza en esta guerra que, de no haber nacido, nunca habría existido.

El guerrero le tomó una mano.

—No digas eso, Cora.

—No quiero victimizarme, Sloan, pero es la verdad. Todos me han intentado proteger y han acabado muertos. Tal vez vosotros seáis los siguientes si yo no hago nada.

—Pero ¿qué vas a hacer?

—Luchar por la libertad y la paz de este clan.

—No puedes hacerlo sola.

—Ya me da igual, Sloan. Sé que estoy sola en esto. Sé que soy quien tiene que acabar con los Ross. Es la profecía, ¿no?

—Entonces, si quieres seguir la profecía, no estás sola.

Cora rio amargamente.

—Sí, claro. El gato mayor que nadie sabe quién es. Madre me dijo que ya lo conocía, pero que debía abrir los ojos. Por Dios, fue hermética hasta la muerte…

Sloan suspiró.

—Solucionaremos esto. Te lo juro.

—No, yo lo solucionaré. Hasta ahora los hemos buscado debajo de las piedras. Ya sabemos quiénes son. Ahora toca vengarse.

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A primera hora del día siguiente, se produjo el entierro de todos los caídos durante el ataque de los Ross.

La familia no se había atrevido a decir absolutamente nada antes de llegar al lugar asignado para el descanso eterno de sus familiares.

No habían querido hacer mención alguna a los culpables de eso, pero todos en su cabeza pensaban en lo mismo.

Los guerreros del clan serían enterrados junto a los cuerpos del antiguo laird, su esposa Amelia, Craig y Kester.

La familia Chattan se encontraba junto a los cuerpos de su madre y su hermano.

Arran se encontraba arrodillado frente a Kester, incapaz de soltar su cuerpo, mientras que los demás se encontraban de pie a un lado viendo cómo eran metidos en la tierra para ser enterrados.

Cora tenía un nudo en la garganta en ese momento, especialmente por la rabia de sentir que nadie la creía.

Tenía la impresión de que todas las miradas estaban dirigidas a ella, pues era una de las pocas supervivientes de la matanza del día anterior y creía que pensaban que no tenía derecho a estar allí, viva.

Su hermano Rowan dedicó unas palabras a los muertos que la joven no pudo escuchar, pues su mente volvía una y otra vez al momento en el que el escuchó el ruido del portón al chocar contra el suelo.

A su lado, Morag no dejaba de mirarla de reojo.

Se había colocado a su lado con toda la intención, para darle su apoyo no solo físico, sino también moral ante todo el peso que su cuñada portaba sobre sus hombros.

No habían hablado, pero la sentía demasiado lejos de allí.

Cora tenía los ojos perdidos, tanto o más que el propio Arran, que era incapaz de asumir la muerte de Kester.

Morag se acercó a ella con la intención de rozar su brazo para llamar su atención mientras Rowan hablaba, pero Cora mantuvo los ojos agachados, mirando los cuerpos de su madre y su hermano envueltos en seda blanca.

La joven respiró hondo y desvió su mirada hacia Sloan.

Su esposo apenas había dormido durante la noche, y ella, a pesar del dolor y el cansancio, tampoco había podido hacerlo.

No habían hablado al levantarse para ir al entierro de todos los muertos, pero no hacía falta.

Tan solo se habían dado la mano antes de salir del castillo y aún no se habían soltado.

Morag podía ver la emoción, la rabia y la pena en los ojos del guerrero, pero este no se atrevía a mostrarla a los demás, sino que mantenía un porte erguido y frío, como solía hacer frente a los demás.

Y eso le recordó al Sloan que ella había conocido.

—Que sus almas reposen en paz y nos esperen al otro lado… —dijo Rowan para finalizar su discurso.

Morag apenas había reparado en él. Lo escuchaba de forma lejana, no solo con su interés puesto sobre Sloan o Cora, sino mirando hacia un lado y a otro del valle que se extendía tras ellos, temerosa de volver a ser atacados.

Los Chattan se habían sumido en una espiral de dolor por la pérdida de una madre y un hermano, además de los guerreros, y no estaban en condiciones de tomar todas las precauciones necesarias en esos momentos.

Sin embargo, Morag se obligó a no dejarse llevar por la lástima y debía seguir siendo la guerrera fría que debía ser para protegerlos.

Esa gente había sufrido lo indecible en el día anterior, así que ella debía cargar con el peso de mantenerse serena para evitar que volviera a ocurrir lo mismo.

Los hermanos comenzaron a descender el cuerpo de Amelia hacia la tierra, pero la voz de Cora se escuchó claramente en el silencio:

—Fueron los malditos Ross.

Rowan levantó la mirada hacia ella. Tenía el ceño fruncido y mostraba una expresión adusta en él que Morag había visto muy pocas veces, pues estaba destinaba a sus enemigos.

—No sigas por ahí, Cora. Los Ross son inocentes.

La joven apretó los puños y miró a Morag, buscando su ayuda.

—Entiendo que estés dolido por lo que ha pasado, pero ¿por qué demonios no quieres ver la verdad?

Rowan la miró entornando los ojos.

—Tú no te metas. Esto es algo entre mi familia y yo.

—¿Y qué se supone que soy? ¿La sirvienta? —preguntó Morag roja de ira, intentando contenerse por respeto a Sloan, que miró con auténtico odio a Rowan.

—Te agradecería que no le hablaras así a mi esposa —dijo entre dientes.

—Estamos en medio de un entierro —intervino Alasdair con voz suave y controlada—. ¿Podemos dejar la pelea para después?

Morag rechinó los dientes. Por primera vez desde que estaba en tierras Chattan la habían despreciado, asegurándole que no pertenecía a la familia a pesar de estar casada con Sloan, y eso le había dolido, pues le recordó que estaba sola en el mundo y que realmente no pertenecía a ningún lugar.