CAPÍTULO 28
Sloan no esperaba encontrar ese desastre cuando llegaron al castillo. Morag y él cabalgaban al lado del otro, pero los demás se les habían adelantado ligeramente debido a que la joven aún no se encontraba recuperada del todo de sus heridas y estaba demasiado pálida.
El primero en llegar al castillo fue Arran, que saltó del caballo cuando vio que el portón había caído. El guerrero corrió desesperado entre las flechas que había clavadas en el suelo con el corazón desbocado. Rápidamente, gritó desesperado:
—¡Kester!
Cerca de él se encontraba Rowan, que fue el primero en localizar el cuerpo del hermano gemelo.
—¡Kester!
—Está aquí, Arran —dijo con suavidad, incapaz de controlar su ira.
El aludido miró primero a Rowan y al ver la aflicción en sus ojos, comenzó a negar con la cabeza.
—No, Kester… ¡No!
Su grito rompió el silencio en el que estaba sumido el patio. Por primera vez, veían a Arran romperse al ver muerto a su hermano y compañero de bromas.
El propio Sloan abrió mucho los ojos al ver el cuerpo de Kester, casi irreconocible bajo tanta sangre.
A su lado, Morag se apoyaba en él ligeramente doblada e incapaz de contener las lágrimas.
Era el último de los Chattan al que había visto antes de salir del castillo y, como siempre, había bromeado con ella.
Ahora se encontraba sin vida, con los ojos aún abiertos por el dolor y la muerte, y parecía observarlos desde el más allá.
Sloan sintió que se le encogía el corazón al ver el dolor de Arran.
Él mismo había sentido ese dolor muchos años atrás y no había podido sobrellevarlo.
Vio llorar a Arran con el cuerpo de Kester entre sus brazos.
Lo escuchaba renegar, clamar al cielo por la vida de su hermano, pero todos sabían que no podrían recuperar a esa otra mitad de Arran.
Rowan se arrodilló junto al cuerpo de Kester y lo observó.
Arran lo mecía mientras lloraba y gritaba desesperadamente.
No sabía qué hacer. Por primera vez en su vida, especialmente desde que había tomado las riendas del clan, no sabía qué hacer.
Junto a él, se arrodilló también Gillian y le sostuvo la mano, pero ni siquiera eso logró apaciguar los sentimientos que había en su interior.
Cerca de ellos, Alasdair miraba a un lado y a otro, junto a los demás guerreros, intentando adivinar qué había pasado y si los culpables de eso seguían allí.
Morag le tomó la mano a Sloan, que estaba totalmente impresionado por lo que había pasado.
Sabía que el guerrero tenía la sensación de revivir lo que le había sucedido a Craig y no dejaba de temblar.
Pero sabía que lo que más le impresionaba era ver a Arran llorando de aquella forma.
Siempre lo veían reír y bromear junto a Kester.
Ambos formaban el equipo perfecto, pero uno de ellos acababa de perder la vida.
Sloan y Morag vieron cómo Arran lo soltaba y lo miraba a sus ojos aún abiertos; esos ojos carentes de vida que parecían mirarlo.
—Vamos, Kester, ¡háblame! No me dejes solo, por favor.
Sloan dejó escapar el aire contenido de golpe y desvió la mirada. Sus ojos se llenaron de lágrimas que aguantó como pudo.
—Dime que es una broma, por Dios. ¡Háblame!
A pesar de que Arran lo sacudía, el rostro de Kester permaneció impasible, sin moverse. En ese momento, Sloan se soltó de la mano de Morag y se acercó a Arran. Se arrodilló a su lado y le puso una mano en el hombro. Cuando este lo miró, desesperado, Sloan comenzó a negar.
—No va a volver, Arran.
—¡Mentira! —chilló—. ¡El sí volverá! ¡Kester, por favor!
Sloan miró a Morag, que tragó saliva, ruidosamente. La joven se puso a la cabeza de Kester y levantó la barbilla de Arran. Recordó lo que le dijeron de pequeña y la esperanza que ella mantenía desde entonces por volver a encontrarse con los suyos.
—Tu hermano se encuentra ahora al otro lado, mirándote, pero no puede hablarte, Arran.
Todos nuestros muertos nos esperan en el más allá y solo podemos reunirnos de nuevo cuando morimos.
Mis padres y mis hermanos me esperan desde hace mucho.
Ahora tienes a tu padre y a tu hermano allí, esperando que llegues después de una vida larga.
Arran negó con la cabeza y se soltó de Morag. El guerrero dejó caer la cabeza contra el pecho de Kester. De su cuerpo aún salía un hilo de sangre de la herida que lo había matado. Y fue entonces cuando Arran comprendió que su hermano había muerto cuando él mismo sintió ese pinchazo en el vientre.
En ese momento, Alasdair se acercó a ellos de nuevo.
—Rowan, debemos buscar si hay algún… superviviente.
El laird pareció reaccionar entonces y asintió, levantándose del suelo con los ojos ligeramente llorosos por la pérdida de su hermano, y su mente voló directamente hacia su madre.
Todos entraron en la fortaleza y comenzaron a buscar desesperadamente por cada rincón del castillo.
Alasdair fue directamente hacia el dormitorio de Lottie, esperando encontrarla allí con vida, sin embargo, lo primero que pisó cuando abrió la puerta fue un charco de sangre que corría hacia allí desde donde se encontraba la que había sido su esposa durante solo unas horas.
La joven yacía con las muñecas cortadas y sin un pedazo de aliento en su pecho.
—No… —susurró al pensar en lo que dirían los Ross al enterarse de la muerte de la hija del laird.
Rechinando los dientes, el guerrero observó todo a su alrededor, intentando averiguar si había alguna prueba que indicara quién había hecho aquello, pero no había nada.
—¡No, madre! —escuchó que vociferaba Rowan no muy lejos de allí.
Alasdair salió del dormitorio de su esposa muerta y corrió hacia el de Amelia.
La madre de su amigo y laird yacía con un agujero en el pecho del que aún salía sangre caliente.
Sus ojos, ya sin vida, parecían mirarlos desde el suelo.
Rowan se había arrodillado y sujetaba el rostro de la mujer.
Los gritos por el dolor de la pérdida se alzaban de un lado a otro, pues, de todas las personas que habían quedado en el castillo, tan solo los más avispados habían logrado sobrevivir al esconderse en los pasadizos, como algunos sirvientes, entre los que se encontraba Nora.
Sin embargo, los demás habían caído bajo la espada de los enemigos y los que habían ido a cazar se lamentaban por no haber previsto antes ese ataque.
En ese instante, una imagen apareció en la mente de Alasdair.
Su corazón se sobresaltó de nuevo y salió del dormitorio de Amelia para correr directamente hacia el de Cora.
Su tez se tornó lívida al descubrir que la joven no se encontraba allí.
Hasta ese momento, había estado tan estupefacto por todo lo que había pasado que no había podido pensar en ella.
Recorrió todo el piso superior en busca de la joven y comenzó a llamarla a gritos.
Esta no aparecía por ningún lado ni la escuchaba gritar. Con pasos apresurados, subió hasta lo alto de la torre para comprobar si se encontraba allí, ya que en muchas ocasiones había encontrado como un refugio aquella parte de la torre. Sin embargo, no estaba en ese lugar.
Alasdair rugió de rabia al pensar que se la habían llevado y dio un puñetazo contra la pared.
Estaba rabioso. Debió haberse quedado junto a ella, tal y como había hecho en las últimas semanas, para protegerla de los enemigos, pues era a ella a quien buscaban.
El guerrero apoyó la frente contra la pared mientras el viento soplaba a su lado y refrescaba ligeramente su cuerpo sudoroso.
Desde allí podía escuchar aún el lamento de Arran junto al cuerpo de Kester y no pudo evitar sentir verdadero dolor por la pérdida de un hermano que, aunque no era de sangre, sí lo consideraba como tal.
Cuando hubo recuperado la serenidad que lo caracterizaba, Alasdair descendió nuevamente por las escaleras y acudió al dormitorio de Amelia esperando encontrar a Rowan. Sin embargo, este había salido y bajaba ya por las escaleras.
—No encuentro a tu hermana, Rowan —le informó—. Se la han llevado.
El laird se giró hacia él para responderle, sin embargo, un movimiento a la espalda de Alasdair llamó su atención y sus ojos se abrieron desmesuradamente.
Pensando que había un enemigo tras él, Alasdair se giró con rapidez llevando la mano a la empuñadura de la espada, pero una cabellera pelirroja se lanzó contra él para abrazarlo.
Sorprendido, rodeó inconscientemente a Cora con sus brazos.
La joven temblaba sin control y se apretaba con tanta fuerza sobre él que llegó a hacerle daño en la espalda, aunque aguantó como pudo.
—¿Dónde estabas? —preguntó Alasdair—. No te he visto por ningún lado…
Rowan ascendió las escaleras que había bajado y se puso a su lado para hablarle también.
Colocó una mano sobre la espalda de su hermana con la esperanza de que la joven levantara la cabeza hacia él, pero consiguió el efecto contrario.
Cora apartó la mirada de su lado y escondió el rostro en el hueco del cuello de Alasdair.
Este miró a Rowan sin saber qué hacer, pero este se encontraba tan superado por los acontecimientos que le pidió a su amigo que cuidara de ella mientras él revisaba el resto del castillo con los demás guerreros.
Alasdair asintió y respiró hondo mientras Cora lloraba. La joven mojaba su cuello y él, que no era ducho en palabras, simplemente la acunó. Pasados unos minutos, en los que Cora no dejó de temblar en ningún instante, Alasdair la obligó a separarse de él y le tomó el rostro para que lo mirara.
—¿Qué ha pasado?
—Los han matado a todos, por mi culpa.
Alasdair suspiró y negó con la cabeza.
—No es tu culpa, Cora.
—¡Sí lo es! —gritó separándose de él—. Kester y mi madre están muertos. He visto cómo los mataban. Venían a por mí y ¡están todos muertos!
Cora se llevó las manos al rostro con gesto amargo.
—Y todo por la maldita culpa de tu puñetera esposa. ¡Ha sido ella!
Alasdair frunció el ceño.